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La oscuridad

Todo hombre tendría,
como quiso Rilke,
una muerte propia:

tan

merecida, como
el amor, privada,
dentro de sí,
contenida, una semilla, igual
a los secretos deseos
de la infancia.

Todo hombre merece
tener la idea
de otra vida
donde pueda finalmente
descansar.

Pero hay condenados

y esta sentencia
le ha quitado al sátrapa
ocasión
de hacer cumplir
una última orden. Obtuvo

no el perdón que hubiese pretendido
en su arrogancia,
sino entrar, sabiéndolo,
a la oscuridad.