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Dos Manzanas

Hay que verlo por las calles de un barrio viejo de Madrid, hay que verlo joven y tostado, con camisa blanca y suelta, cortada por un diseño pobre y pasado de moda, con vaqueros azules, paso apresurado, hay que verlo sabiendo que se llama Abdul Azad, el que vino de Rabat, aquel cuyo nombre ahora mismo está meciéndose en la cabeza de alguien que, a dos manzanas de allí, le ha preparado una trampa, mientras Abdul avanza entre la esperanza y el miedo, entre los colores que salpican los coches aparcados y las fachadas sucias.

Y hay que saber lo que nunca sabremos: qué rencor —pues no era de los nuestros— o qué necesidad exacta fueron el origen de todo lo que va a suceder hoy, domingo, dentro de diez minutos, en el piso tercero izquierda, del número 11 del callejón del Ángel, donde Rashid tiene una pistola en la mano derecha.

Las únicas noticias de que disponemos son éstas: 1. Que Abdul Azad, de 19 años, y Rashid Azad, de 28, son hermanos. 2. Que pasan los minutos dejando gotas de sudor en las dos frentes que una vez se fruncieron de preocupación y esperanza en la medina de Rabat. 3. Que Abdul rebasa la primera manzana y Rashid introduce con cuidado, con temblor, el cargador en la culata. 4. Que Abdul y Rashid piensan a la vez en el destino de Abdul. 5. Que Rashid quita el seguro de la pistola, la deposita sobre la mesa y Abdul dobla dos esquinas de la segunda manzana. 6. Que acaban los diez minutos.

Con esta información será tremendamente fácil ser testigos de los siguientes acontecimientos. Veremos con la nitidez azul de un domingo de abril a Abdul ante el telefonillo de un portal cerrado con una puerta de madera, con cicatrices en el barniz. Y que aprieta el botón metálico que llama al tercero izquierda, que provoca un zumbido al que le sigue una pausa a la que sigue una voz.

Rashid le da paso y la puerta se abre. El cuerpo de Abdul siente la humedad del zaguán; su espíritu, la penumbra.

Lo único que se escucha es el bloque del silencio donde intentan sonar los pasos de Abdul, que ha subido los escalones de madera hasta el primer piso, pues el edificio no tiene ascensor pero tiene una cansada luz amarillenta si se aprieta el interruptor de los descansillos. Eso hace Abdul.

Todavía le quedan dos pisos. Como si fuera música lejana, le llega un olor inédito a un guiso que alguien ha condimentado con tocino y hueso añejo. Nosotros sí reconocemos el cocido. Y, mientras nos ocupamos en averiguar de dónde procede y en abrir nuestro apetito, Abdul acaba de llegar frente a la puerta del tercero izquierda.

Entonces mira su pintura clara, marrón y desconchada, se fija en el signo pagano de un cristo de chapa que está clavado en el centro y en la placa donde están escritos los nombres de los seguramente muertos Don Antonio Jiménez Cuevas y Doña Antonia, señora de.

Pero se preocupa, sobre todo, de averiguar qué puede estar sucediendo al otro lado de la puerta, dentro de ese espacio que no conoce y al que pronto la vista añadirá volúmenes y formas, de escudriñar en vano qué destino se esconde en una de las habitaciones para lanzarse sobre él una vez que tome asiento para hablar con su hermano. “No hay sitio para nosotros. Ven”.

Espera unos segundos, que se condensan dentro de su cerebro para salir de inmediato por su frente transformados, de nuevo, en gotas de sudor. Se decide y llama al timbre, que no suena, que efectivamente está estropeado. Golpea con los nudillos, gastados en rostros y paredes.

Al otro lado, Rashid, sentado en una silla, empuña la pistola. Sus propios segundos interminables siguen empapando su espalda y, de paso, a dos jugadores de jockey que están estampados en su camisa. Ha sentido la respiración de su hermano antes de que se decidiera a llamar. Ha esperado la llamada con paciencia, pero, al oírla, un vértigo que nunca se explica bien cuando se siente le ha mordido el corazón. Late tan fuerte que Rashid teme que Abdul piense que le devuelven los golpes desde el otro lado de la puerta. También nosotros los escuchamos y nos gusta hacerlo. Porque disfrutamos sin querer del terror de los demás cuando lo vemos desde lejos, seguros tras la ventana. Late tan fuerte que el corazón manda y Rashid cambia de planes. Levanta con esfuerzo las bolsas de grasa de su cuerpo, se tambalea un momento y abre un cajón donde hay dos manzanas muy verdes; y, entre ellas, esconde la pistola. Entonces su mano, que había mojado el pomo del cajón, ahora moja el de la puerta.

Frente a frente, los dos hermanos acoplan la imagen que tienen delante a la que todavía vive en sus recuerdos. A Abdul le cuesta bastante trabajo, porque el Rashid de hoy está enormemente gordo y no cabe bien en el Rashid de ayer. Titubean. Se abrazan.

—Cuánto creciste —dice Rashid.

Y cierra la puerta.

Se acerca de prisa al cajón, lo abre, y la pistola lanza un destello sin que ninguna luz se haya reflejado en ella. Abdul lo ha visto y su inquietud se confirma. Pero las manos de Rashid, que están temblando de indecisión y de miedo, se deciden por las dos manzanas y alarga una al hermano. "Habrán sido ellas, como son tan verdes", piensa Abdul.

Un lento minuto se desliza bajo el portal y, como una serpiente, sube hacia el tercero izquierda. Ellos muerden en silencio sus respectivas manzanas. Sin embargo, a la boca de Rashid le cuesta mucho masticar. Él sabe que nadie podrá digerir esa fruta. Por eso se vuelve hacia el cajón, busca y Abdul recibe un tiro en la barriga.

Lo primero que cae al suelo es la manzana.

Se ha debido escuchar en todo el barrio, piensa Rashid. Es verdad. Nosotros, que ni siquiera vivimos en este barrio, lo hemos oído.

¿Qué vas a hacer, Rashid? Te vemos meter la boca del cañón en tu boca, en la que vemos un instante el brillo jugoso de un trozo de escarcha. Pero hasta que no dispares no vamos a creernos nada, porque hemos visto tanto cine con sorpresa final que ya pocas cosas nos inquietan. Claro, la vida es otra cosa y tú disparas sin contemplaciones. El corazón de tu manzana también cae primero. Nosotros nos vamos. Hemos visto bastante.

Publicado en el libro: Las botas de siete leguas y otras maneras de morir, Punto de Lectura, Madrid, 2002; y en la antología de relatos sobre inmigración Inmenso estrecho, Kailas, Madrid, 2005. ©Ernesto Pérez Zúñiga