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from the September 2014 issue

Exilium Ergo Sum

En Cuba yo era un escritor exiliado.

Primero, porque quería aislarme de ese par de hipnosis colectivas llamadas el campo literario y la tradición nacional. En Cuba yo necesitaba no tanto navegar, sino naufragar a contracorriente. Pensar peligrosamente. Combatir contra los consensos de lo correcto, lo mismo en estética que en política. Ser un raro. Practicar la palabra hasta hacerla desconocida y, por eso mismo, reconocible. Como quien inventa una lengua nueva y debe imaginarse a la par su primer diccionario.

Segundo, porque durante mis últimos cinco años en Cuba, desde que comencé a publicar columnas de opinión en mi blog Lunes de Post-Revolución [http://orlandoluispardolazo.blogspot.com], los sargentos de la censura oficial me expulsaron de los concursos, editoriales y revistas literarias de mi país. Como todas son de propiedad estatal, sus funcionarios no tienen más remedio que obedecer las resoluciones del Ministerio de Cultura que, en última instancia, son dictadas por la Seguridad del Estado, órgano de control del único partido permitido en la Isla: el comunista (un partido presidido durante medio siglo por dos hermanos, Fidel y Raúl Castro, y que ahora prepara para su sucesión genética a dos hijos de este último: Mariela y Alejandro Castro).

Estar tan aislado me acostumbró a crear creyéndome yo mismo una isla dentro de la Isla. La insolidaridad con que se apartó de mí la mayoría de la intelectualidad cubana, incluidos amigos personales que piensan igual que yo pero lo disimulan, en otra época hubiera constituido un trauma para cualquier escritor. Sin embargo, en los años dos mil o años cero, la represión a mi obra y a mi persona se convirtió paradójicamente en mi más efectiva estrategia de autor.

En efecto, en ambientes claustrofóbicos, provocar a los censores es una manera de que el miedo y la mediocridad no paralicen nuestra inspiración. Estoy convencido de que en literatura es imposible encontrar un camino propio sin cierta violencia verbal, sin crear un cortocircuito que nos desconecte de los lugares comunes y nos abra a los abismos novedosos de la creación. Si “nada es nuevo bajo el sol”, como afirma el Eclesiastés, al menos “todo debiera ser nuevo bajo el socialismo”, si es que no queremos que el silencio sea nuestro suicidio.

Así, entre 2001-2007, en La Habana publiqué cuatro libros límites de narrativa, cuyos títulos a mí mismo todavía me intrigan: Empezar de Cero (por supuesto), Collage Karaoke (rompiendo la inercia gracias a la memoria de mis músicas), Ipatrías (un neologismo sin patria) y Mi nombre es William Saroyan (casi un plagio trasplantado de Armenia a mi barrio). Mi quinto libro, llamado en inglés Boring Home, fue el que me condenó al repudio en clave de socialismo. Desde 2008 nunca más he podido publicar o hablar en público en la alguna vez llamada “Isla de la Libertad” y “Primer Territorio Libre de América”. El humor en Cuba es siempre un síntoma del horror.

El planeta entero lo ignora, pero nuestro gobierno en pleno 2014 aún no brinda de acceso privado de internet a la población. Por suerte, todo muro tiene sus grietas. Y, con el boom de los hoteles turísticos, llegó también el wi-fi a Cuba, si bien a precios prohibitivos de hasta 10 dólares por una hora de conexión no muy rápida. Fue así que comencé a lanzar a ciegas mis botellas al mar: los cientos de posts mitad ficcionados y mitad periodísticos de Lunes de Post-Revolución [http://orlandoluispardolazo.blogspot.com], que varios voluntarios traducen al inglés en el blog Post-Revolution Mondays. [http://orlandolunes.wordpress.com]

De manera que, siendo ya un no-autor del catálogo nacional, de pronto ahora yo estaba siendo leído mucho más en una lengua foránea y muy lejos de nuestras fronteras (¡hasta en Australia!). Ser paria pasó de ser lo peor o ser una especie de perversa promoción (así como existe el prestigio del exiliado, existe el del censurado). Pero el precio es casi impagable: fui interrogado, maltratado, espiado, difamado y arrestado tres veces por la Sección 21 del G-2 cubano (Departamento de Lucha contra la Subversión).

Ser un no-autor me hacía sentir como uno de esos autores cubano-americanos que jamás han sido publicados en Cuba. Para colmo, el gobierno revolucionario tampoco me permitía viajar, negándome el Permiso de Salida, un trámite tiránico que, después de décadas de apartheid migratorio, únicamente vino a desaparecer en enero de 2013. Como quien dice, ayer.

Así que en la primavera de ese año volé a New York con planes de volver a los tres días. Que en la práctica se convirtieron en tres semanas. Que fue imposible no prorrogar luego a tres meses. Que quién sabe si se extiendan a la postre durante tres años más. O tal vez hasta tres vidas en total. Sin darme cuenta, había dejado de ser un exiliado interior para caer en la categoría del exiliado a secas. Cuba quedaba allá lejos, dentro de mí, acaso como castigo por haberla deconstruido tanto cuando la tenía a diario alrededor de mí.

Confieso que escribo esto y en absoluto no me lo logro creer. Mi mente estaba bien preparada para actuar como la de un ermitaño dentro de Cuba. Pero la experiencia de serlo de verdad me tomó demasiado por sorpresa. La H muda de La Habana era mi táctica para despertar el delirio y el deleite de mis lectores: hacerme intimidante en la intimidad, ilegible al punto de lo intolerable, con suerte inolvidable. Pero Exilio se escribe sin H, y la noción de esa nación sin lugar me pone al borde de lo impronunciable.

En Cuba, estaba sitiado. Sin Cuba, no tengo sitio para estar. Como autor renacido, sé qué decir, pero ignoro cómo. Pretendo al mismo tiempo permanecer allá y metamorfosearme aquí, aunque aquí siga siendo Cuba para mí, y allá sea ahora, por ejemplo, esta pesadilla sin peso de la que no despierto de una costa a otra de los Estados Unidos.

Para muchos de mis compatriotas es un consuelo saber que la carencia crónica de Cuba ha sido el destino de las escrituras más emblemáticas de nuestra historia literaria. José María Heredia, Cirilo Villaverde, y José Martí, en el siglo XIX. Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y Guillermo Rosales, en el XX, que es nuestro siglo actual, pues en más de un sentido la literatura cubana está estancada, y se resiste a crear nuevas sensibilidades y ya sólo busca reiterar los estereotipos de Lo Cubano. Y detrás de esas mayúsculas se esconde el Castro que todos incubamos un poco por dentro, el Hombre Hueco más que el Hombre Nuevo impuesto por el Ché Guevara, un títere a imagen y semejanza del caudillo que nos sentenció a cadena perpetua, tan temprano como en el verano de 1961, cuando, con su pistola sobre un buró de la Biblioteca Nacional, Fidel Castro anunció: Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada.

Como no-autor, yo apostaría mejor, si supiera cómo, por el milagro marginal de una cubanía volátil, volcánica, balcanizada: inverosímil de tan verdadera, descubanizada. Y conspiraría a favor del magnicidio de todas las mayúsculas y también de todas las mayéuticas. No intenten comprenderme en este punto, por favor, porque yo tampoco estoy intentando explicarme.

Me antecede, en esta aventura hacia los bordes y el vacío, la Biblia de bolsillo de los exiliados cubanos: un excitante diario del aburrimiento, wunderkammer con la firma de Gustavo Pérez-Firmat, quien emigró (exactamente, lo emigraron) al inicio de su adolescencia en la Isla. Se llama Cincuenta Lecciones de Exilio y Desexilio. Y en ese volumen mínimo se acumulan ciertos versículos inciertos que leo ahora como si hubieran sido anotados por mí antes de abandonar yo la Isla (¿o es la Isla quien lo abandona a uno?):

El único regreso posible es hacia adentro, no hacia atrás.

La oposición entre extraño y entraña halla confirmación nada menos que en la etimología de exilio, que algunos diccionarios derivan de ex-ilia, sacar las ilia o las entrañas.

A los cincuenta años el destierro se convierte en destiempo.

Quiere decir que cuento con un tiempo limitado para aceptar o renegar de mi condición de cuerpo sin órganos. Conteo regresivo. Yo pensaba que en el exilio nadie moría. Y que nadie moriría en Cuba mientras yo no regresara allí. Qué inmadurez. Estoy involucionando aquí. A Pérez-Firmat se lo llevaron con sus entrañas infantiles fuera de Cuba. Yo tuve que salirme por mí mismo, para recuperar una biología que no envejeciera. Ni que me envileciera. Porque sobrevivir después de toda debacle dictatorial es siempre vil.

Por último, es cierto que escapar del castrismo es una fuga a la fidelidad que fosiliza los futuros de mi país. Pero es también, tras cinco años de insilio como activista social bajo el spotlight mediático, una búsqueda de la barbarie, mi vocación del blanco absoluto: página, paraje, apoteosis, apatía. Del sol tropical a un solipsismo totalitario, donde no quepa nadie más que yo. Y por eso arrastro de ciudad en ciudad una novela en proceso permanente que se llamará La vida que hemos perdido en Alaska. Un libro libre que haga zigzags de New York a Washington, DC, de Durham a Philadelphia, de Miami a Madison, de Pittsburgh a Atlanta, de NOLA a LA, de Boston hasta Anchorage: inercia infinita que no hace más que anclarse una y otra vez al vientre de La Habana, que en secreto sólo aspira a reconciliarse con ella tras la venganza de borrarla en los blancos vírgenes de Alaska.

Cubanía es alaskicidad. Empezar de cero, karaoke posnacional de la patria perdida pero imperdible. Ojalá alguien intente comprenderme en este punto, pero, por favor, que nadie se atreva a explicármelo.

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