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from the May 2016 issue

Las Manos Rotas de los Náufragos

Dedicado a mi amor, al viento de Tramontana que sacudió mi vida para siempre.

 Un libro es una botella al mar.
Yo quiero que los míos
vayan a las manos rotas
de los náufragos.

—Samuel Feijóo

Construí un bar que combinara con tus ojos, aunque no estuvieras aquí.
Encontré un viejo asteroide minero que no interesaba a nadie y lo alquilé por un par de kopeks confederados.

Busqué la cavidad adecuada, dentro del reguero de túneles a punto del derrumbe, hasta que encontré la acústica perfecta para tu voz. Pagué a obreros de atmosfera cero y a ingenieros de minas para que aquella gruta fuera un cubo perfecto para oírte. No me cobraron tanto cuando les hablé de ti. Cuando les puse aquella vieja grabación tuya cantando.

. . . piensa en mí cuando sufras,     
cuando llores
también piensa en mí.
Cuando quieras
quitarme la vida
no la quiero para nada
para nada
     me sirve sin ti . . .

Forré las paredes, el piso y el techo en madera sintética, plástico y gamuza. En esto no hubo rebajas por parte de los mayoristas. Igual gasté el dinero en tu nombre.

 

Siempre te dije que, por alguna extraña razón, estaba destinada a ser un sueño. Una ola que lame la roca despacio, sin desprender siquiera un granito de arena para futuras playas. Una lluvia finita y leve, de las que casi no mojan el suelo ni merecen un paraguas.

Pero tú eras un hombre del espacio y necesitabas construirme un bar en un asteroide. Un bar con viejos toneles de cerveza. Con la acústica perfecta para mi voz. Me prometiste incluso servir el Screwdriver con un tornillo real y verdadero en el fondo. Al principio me reí de tu extravagante idea y te miré cómo me mirabas con tus ojos hermosos de tuareg del desierto.
Luego, cuando me explicaste de los acondicionadores de gravedad, de las viejas victrolas-USB que valían casi nada en el mercado negro inter orbital, de los asteroides abandonados a su suerte, empecé a verme por momentos en aquel lugar que tú soñabas para mí. Y cuando estaba a solas, me veía cantando contigo bajo aquellas luces bajas que, me contabas, harían juego con mis ojos

Voy a apagar la luz
para pensar en ti
y así dejar soñar
a la imaginación.
Ahí donde todo lo puede,
donde no hay imposibles,
¿qué importa vivir de ilusiones
      si así soy feliz . . .?

Compré en las candongas de Alfa-Pisces un juego de luces que iba del infrarrojo al ultravioleta. Contraté a un mecánico de cruceros de lujo para que fijara el sistema en la luz que hace a tus ojos verse tan hermosos.
Acondicioné el lugar a la temperatura exacta de tu piel y con el olor de las plantas exóticas que usabas en Vieja Tierra.

Encontré una barra de bar, hecha con madera auténtica, en un pecio encallado en la nube de Oort de Epsilon-Eridianis. La hice traer de contrabando en un carguero militar. Pagué de más, pero necesitaba servir sobre ella las bebidas terrícolas que te gustan. Vodka con ácidos cítricos y un tornillo en el fondo, Whisky sin soda y Ron con refresco de nuez de cola.

Fue difícil acondicionar la gravedad artificial para que fuera igual a la de casa. La masa del asteroide no era mucha. Su forma era suficientemente caprichosa como para que cada tres metros hubiera una fuerza de gravedad diferente, en cualquier dirección. Los generadores costaron dinero y amistades. Tuve que poner anuncios de compañías fantasmas en los mundos limítrofes, hipotecar los tres astropuertos que nutrían de clientela al bar y emplear androides de segunda mano para el mantenimiento.

Al final conseguí que dentro de los veinte metros cúbicos de bar, la gravedad fuera igual a la que acariciaba tus pies cuando bailabas en el prado, la que hacía que tu pelo no flotara por el aire y siguiera siendo bello. La gravedad que te castigó desde niña y te hizo pequeña y liviana. La que hizo de ti una mujer planetaria que cautivó a un hombre del espacio como yo. La que te impregnó de la maldición del miedo a la impesantés y a los espacios estelares abiertos. La gravedad que nos separó, irremediablemente.

     Si tú supieras mi sufrimiento . . .
Si te contara
la inmensa amargura
     que llevo por dentro . . .
La triste historia
que noche tras noche
de dolor y pena
llega a mi alma,
surge a mi memoria
     como una condena . . . 

Así pasó el tiempo, demasiado tiempo para un hombre que miraba siempre por encima de la línea del horizonte, demasiado poco para una mujer como yo, destinada a ser un sueño con los pies bien puestos en la tierra que pisa. Tuviste que marcharte y no lloré. Las mujeres como yo no sabemos llorar. O lloramos cuando no nos ve nadie, con lo cual nadie puede dar fe de si lloramos o no. Allá, en la otra punta del universo te esperaban nuevos planetas, supernovas, pulsares de nombres caprichosos . . . 

Quién era yo para pedir que te quedaras.

Cuando tú te hayas ido
me envolverán las sombras,
cuando tú te hayas ido
con mi dolor a solas
evocaré el idilio
de las azules olas.
Cuando tú te hayas ido
     me envolverán las sombras . . . 

Yo, un Hombre del Cosmos, de esos que odian el clima, los gérmenes y la gravedad. Jamás logré seducirte con el espacio. Las supernovas no alimentaban el brillo de tus ojos. Los pulsares no cortaban tu aliento. Eras una mujer planetaria que se contentaba con cantar en un viejo bar de un viejo planeta. Yo tuve que partir, seguir el llamado de mis estrellas, esos soles lejanos que habían impregnado mis ojos con la luz de otros mundos.

 

Hice tus maletas la noche última en que miramos juntos las estrellas y sonreí cuando me contaste de cómo nacían y de cómo morían. Y de cómo nuestro bar tendría para sí un sol muerto, para que fuera siempre de noche.
Nuestra noche.

Luego volví a sonreír y tú saliste andando como si fuéramos a vernos mañana. Dentro de diez días.

Un mes cuando más.

Uno se despide insensiblemente
de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol
que en tiempo de otoño
se queda sin hojas.
Al fin la tristeza
es la muerte lenta
de las simples cosas
de esas cosas simples
     que quedan doliendo en el corazón . . . 

Y me fui. Solo para comprender demasiado tarde que solo las supernovas de tus ojos encienden mi alma. Que ya los soles de mil mundos no calientan mi pecho como una palabra tuya. Que ahora, que estoy lejos, necesito de ti y de tus pulsares.

De tu preciada gravedad.

 

Y el bar se convirtió en un espejismo. El mejor de todos.
Allí canté cada noche las canciones que más te gustaba escuchar: las de amores perdidos y guapería barata.

Según tu punto de vista
yo soy la mala,
vampiresa en tu novela
la Gran Tirana.
Cada cual en este mundo
cuenta el cuento a su manera
y lo hace ver de otro modo
     en la mente de cualquiera . . . 

Allí bebí, siempre que pude, nuestros tragos preferidos. Allí esperé por tu regreso todos los años. No más cerrar los ojos y estaba contigo, lejos de la rutina cotidiana de los gemelos que tuvimos sin que lo supieras. El bar estaba ahí como un refugio, como una especie de guarida tibia donde acunar los recuerdos. Ha sido mi tabla de salvación en la vejez que ahora me vence y hace que escriba para ti esta suerte de despedida.

 

Por eso mi bar—digo, tu bar—no tuvo ventanas, ni claraboyas. Solo un mamparo cúbico con barra y victrola-USB. Una de las viejas, anteriores a las rocolas universales, de las que solo tienen los bares de los puestos remotos. Con canciones en español arcaico, canciones tristes de amores lejanos. Canciones que despiertan la nostalgia de los cosmonautas del anillo-tavarish y hacen llorar a los marines de la base orbital del sistema. Todas las canciones que tú cantabas. En el único lugar del universo que tiene una acústica perfectamente diseñada para el tono ronco de tu voz.

. . . Si ahora tú te vas      
pronto descubrirás
que los días son eternos y vacíos
sin mí.
Y de noche,
y de noche
     por no sentirte solo . . .
Recordarás nuestros días felices,
recordarás el sabor de mis besos…
Y entenderás en un solo momento
     qué significa un año de amor . . .

En vano busqué tu nombre en las noticias. En vano los anuncios de aquel bar tantas veces prometido y soñado y anhelado. Tus hijos también fueron hombres del espacio y ninguno supo nunca de un lugar con mi nombre, donde sirvieran el screwdriver con un tornillo real y verdadero en el fondo. Por alegrarme, me trajeron cientos de porta vasos de todos los confines del universo, fotos de cuanto bar visitaron dentro y fuera de la galaxia. Revolvedores de los mil y un materiales imaginados. Yo les pedía que me contaran de luz, de la música, del olor… y me alegraba de saberlos alegres, modernos, trepidantes… y me entristecía luego, a solas, de saber que en ninguno de esos lugares maravillosos habías puesto tú tu mano.
Más tarde, ya sabes cómo pasa de rápido el tiempo por acá, vinieron los nietos. De pequeños solía tenerlos en mi regazo y dormirlos cantando.

. . . duele mucho,     
     duele verte sin regreso . . .
Saber que llega el fin
de todos tus besos,
que es por mi culpa que estoy
hoy padeciendo mi suerte.
     Duele mucho ser como soy . . .
Duele,
duele
     vivir . . .

Ya mi voz no era la de antes, te soy franca. Por momentos se ajaba y yo sentía pena de saber que si algún día llegabas a abrir ese bar, ya no podría cantar para ti.

 

Hice un bar justo a la medida de ti. Excavé en la roca solo para encontrar el sitio perfecto donde tú sentarías perfecta. Renté un asteroide en un sistema planetario con un sol muerto tan solo para cumplir mi promesa.

 

Ahora prefiero que no vuelvas por mí. Una anciana como yo debe quedarse tranquila junto a la lumbre, sin aventuras intergalácticas que le aceleren demasiado el pulso.

 

Haría un bar que encajara contigo. Un sitio solo para ti.
Y lo hice.

Pese a que hube de vender mi nave para alquilar esta piedra en órbita hiperbólica, alrededor de un sol moribundo. A sabiendas de que el sindicato de los meseros exige un salario que no puedo pagar. Aunque los clientes pidan strippers y música estrafalaria. Aunque todos quieran cerveza dispensada y no de tonel.

Aunque muera a consecuencia de haber construido este bar.

 

Sin embargo hace muchos años, quién se acuerda de eso, cuentan que los náufragos desesperados escribían mensajes y los lanzaban al mar metidos en una botella. Nuestro nieto más pequeño hará hoy su último viaje. Él también ha sido un hombre del espacio. Tengo aún la última y remota posibilidad. Meteré este mensaje en una botella y en algún momento él la impulsará hacia fuera de su nave.

. . . espérame en el cielo, corazón,     
si es que te vas primero.
Espérame que pronto yo me iré
para empezar de nuevo…
Nuestro amor es tan grande
y tan grande
que nunca termina,
y la vida es tan corta que no basta
     para nuestro idilio . . . 

Ya sé que es una tontería, un capricho, pero es el último deseo de su abuela y él es un buen muchacho.
Y yo no tengo nada que perder.
Nada que esperar.

 

Porque estoy a 183 años luz de casa. Porque apenas la propulsión Tcherenkov desaceleró de la velocidad luz supe, por el ansible, que tus nietos han muerto de viejos allá en Vieja Tierra. No tenía más remedio que construir este bar y sentarme en la barra frente a un vaso de ron a esperar que los piratas asolen el sistema o vengan a por bebida. A esperar que algo choque contra este antro o que la estrella explote.

Cumplí mi promesa y solo espero que tú, por obra y gracia de cualquier misterio que rige el universo, estés aquí conmigo. Hasta que los reactores de helio III exploten por exceso de carga. O la cavidad se derrumbe por mal trabajo de los androides.

Mientras espero que algo ocurra, pongo la victrola . . . 

. . . y me llené de ensueños     
y le brindé la gloria
sabiendo que yo misma no me pertenecía.
Pues me olvidé de todas
las cosas que en el mundo
hacen la dicha corta
     y larga la agonía . . .
Perdóname,
Perdóname, conciencia,
razón sé que tenías,
pero en aquel momento
todo fue sentimiento
     la razón no valía . . .

Y a lo mejor un día, ¿quién sabe? A tu barra llega alguien, uno de esos astronautas que se ganan la vida recogiendo la basura que va a parar al espacio. Llevará esta botella en la mano e intentará vendértela como algo muy pintoresco. Una botella sellada y con una misteriosa nota dentro.
Gracias a esa disparatada esperanza, podré morir tranquila.
Sabiendo que tú sabes.

Que tú sabrás.

Que a lo mejor llegas a saber . . . 

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