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from the November 2017 issue

Casa tomada

&°°° no podía estar más feliz. @°°° no podía estar más feliz. Los gemelos *~ y #~ no podían estar más felices. Roanoke, el perro, no estaba tan entusiasmado, pero aceptó echarse en un rincón del cuarto de la lavadora que se ahuecó elegantemente conforme él daba media docena de vueltas sobre sí mismo hasta encontrar la posición ideal. 

Cuando el sol pegaba muy fuerte los vidrios se oscurecían y la temperatura se templaba. Cuando el tráfico en la calle era muy ruidoso se liberaba ruido blanco para opacarlo. Cuando llovía, el techo parecía interpretar el goteo, acentuándolo o silenciándolo para que no sonara amenazante. 

Un día que *~ y #~ correteaban por la casa, *~ se tropezó con sus agujetas y cayó. Antes de que su frente chocara con la esquina de una mesa y le abriera la piel o lo desmayara la mesa se movió unos centímetros hacia atrás y *~ se golpeó las manos lo justo como para aprender su lección pero no tanto como para que se lastimara. A partir de entonces si los niños no se amarraban las agujetas inmediatamente después de calzarse, el zapato permanecía como succionado al piso. La casa aprendía. 

Absorbía los malos olores, secaba los charcos, modulaba la luz para favorecer a quien se mirara al espejo. 

Una noche &°°° se despertó con el ruido de alguien intentando abrir una de las ventanas de la sala, podía distinguir el ruido del marco siendo movido. Sacudió el hombro de @°°° y en voz muy baja le dijo que alguien estaba dentro de la casa. Se levantaron, &°°° fue a ver a los gemelos y @°°° fue a ver a Roanoke. Roanoke solía brincar y alertar ante el menor ruido nocturno, así es que algo debía haberle sucedido. Pero lo encontró acurrucado en su rincón, la pared se abombaba protectoramente sobre él. Roanoke alzó la nariz por un momento al oler a @°°° y movió la cola en reconocimiento, pero no dio señales de querer levantarse. Entonces &°°° vino su lado a decirle que los gemelos estaban bien. Y fueron a asomarse a la sala. 

El intruso había logrado abrir la ventana y ya se impulsaba para entrar. @°°° corrió sigilosamente a la cocina y trató de sacar un cuchillo del bloque de madera donde los guardaban pero no logró moverlo ni un ápice, ni ése ni los demás cuchillos. Aterrorizado, vio desde ahí a &°°° de pie a las puertas de la sala y al hombre con medio cuerpo dentro de la casa y se dijo “la casa no sabe distinguir qué es importante”.  Justo entonces escuchó un estruendo seco y vio emerger por fuera de la ventana tres tentáculos de acero de los cimientos, que en un parpadeo entraron a la casa, prendieron al intruso, lo apretaron hasta que sus huesos tronaron, y lo arrojaron fuera. 

La casa sabía distinguir lo que era importante. 

Empezaron a comprender las implicaciones de la capacidad de aprendizaje de la casa el día que *~ le enterró un lápiz en una pierna a #~. &°°° se apresuró a curar la herida y @°°° se quitó el cinturón para dar un cintarazo correctivo a *~, uno solo para que no olvidara que eso estaba mal, pero al dar un paso hacia el gemelo agresor los mosaicos se movieron y @°°° cayó al piso. Todavía sin entender qué había pasado se puso de pie y otra vez los mosaicos lo tiraron. &°°° intentó acercarse desde el otro lado y el suelo movedizo tampoco se lo permitió. Roanoke en cambio caminó lentamente entre ellos, se sentó junto a *~, le lamió la cara y se echó sin dramatismo. 

Lo siguiente que sucedió fue cuando @°°° vio una mosca deambulando sobre su cabeza. Intentó asustarla de un manotazo pero la mosca revoloteó más agresivamente alrededor suyo. Entonces @°°° se puso de pie para aplastarla entre sus palmas, y apenas había abierto los brazos para agarrar vuelo cuando escuchó un estrépito de vidrios rotos a sus espaldas. Caminó a la cocina y vio que todos los vasos se habían estrellado en el piso, como si hubieran sido empujados desde adentro de la alacena. 

Después fue lo de la puerta. &°°° venía furiosa de la calle, por cualquiera o por todas las razones por las que lo que eso en lo que se estaba convirtiendo el mundo podían enfurecen a alguien. El aire irrespirable, la gente irrespirable, las distancias, los pájaros muertos, las cucarachas vivas, las enumeraciones que hacía de todo esto camino a casa. &°°° azotó la puerta al entrar y nomás azotarla los techos vibraron tan ostensiblemente como puede ser la vibración ostensible de un techo; pero no se sismaba: temblaba de rabia. &°°° retrocedió mientras llamaba a @°°°, a #¬ y a *~; abrió la puerta, dio un paso hacia atrás, fuera de la casa, y en cuanto lo hubo dado la puerta se cerró y el techo dejó de vibrar. &°°° se quedó de pie unos segundos frente a la puerta, luego intentó abrirla pero ésta no se dejó. La golpeó y la empujó mientras chingamadreaba en voz alta, sin éxito. Derrotada, se sentó en el piso y miró sus zapatos cruzados bajo sus tobillos, pensando no en ellos ni en la casa sino en cuán cansada y cuán cansada y cuán cansada que estaba. Y de tanto pensar en su cansancio su respiración se hizo pausada y su cuerpo se relajó y de pronto pero sin faramalla se abrió el cerrojo de la puerta, que &°°° cruzó y cerró suavemente. 

A partir de entonces comenzaron a andar a tientas por la casa, ya nomás pasitos daban y si había algún altercado más que estallar se quedaban callados y tragándose la muina hasta que se les pasaba. Por entonces comenzaron también a dar rodeos antes de volver, o salían con cualquier pretexto y regresaban mucho más tarde; todo con tal de no ser inoportunos. 

Un día que iban los cuatro por la calle se toparon a un pordiosero. @°°° le arrojó una moneda y el pordiosero dijo Gracias señor, nadie me había dado nada hoy, precisamente hoy, y @°°° dijo Qué tiene de especial hoy, y el pordiosero dijo Es mi cumpleaños señor, y @°°° dijo Ah, y los cuatro siguieron caminando, pero de golpe @°°° se detuvo y dijo Tengo una idea. La idea le había venido a la mente porque ahora dedicaba buena parte de su día a tratar de pensar cómo hacer para controlar las reacciones de la casa.  Llevó a la familia entera a una pastelería, compraron un pastel y volvieron a donde estaba el pordiosero. Tenga, es para usted, le dijo @°°°, dándoselo con una cuchara. Entonces le cantaron las mañanitas y comenzaron a aplaudirle rítmicamente, los niños brincando con cada palmada, que se lo coma, que se lo coma. Tanto barullo se hizo que más gente se reunió en torno al pordiosero, y todos aplaudían, le tomaban fotos ahí en el suelo mientras él comía su pastel y luego se las mostraban unos a otros. 

Volvieron a la casa contentos y satisfechos de sí mismos casi como si ellos se hubieran comido el pastel y no tuvieron problema alguno para abrir la puerta. Entraron, se sentaron en la sala en silencio, contentos de que habían encontrado la manera de entrar y salir sin problema. Miraban las paredes, el techo, los muebles, y luego se miraban entre sí con orgullo. 

Roanoke decidió entonces que quería salir a mear. Caminó a la salida y cuando #~ se levantó para abrirle, la puerta se abrió sola, Roanoke salió y la puerta se cerró sola. Los demás se quedaron sorprendidos un momento, luego se rieron y se pusieron a mirar por la ventana. Roanoke había terminado de mear y le sacaba provecho a la tarde a sus anchas: olisqueaba un arbusto, miraba el tendido eléctrico, se mordisqueaba una pata. &°°° dijo Ya voy a meterlo, y movió la perilla de la puerta, pero la perilla no giró. @°°° lo intentó también, hasta #~ y *~ lo intentaron, pero nada. Fueron a la puerta trasera y tampoco la pudieron abrir, ni las ventanas. 

Afuera, Roanoke se había echado de espaldas sobre el pasto y se rascaba la espalda con gozo primordial. De tan buena calidad eran esas ventanas que Roanoke no podía escuchar los gritos de desesperación de  &°°° y @°°° y #~ y *~ cuando arrojaban los muebles contra los cristales. 

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