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Words Without Borders is one of the inaugural Whiting Literary Magazine Prize winners!

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Hienas

1

Yo era muy amigo de Miguel Rodewald. Nos conocimos porque su familia solía veranear en Coquimbo. Viajaban desde Temuco. Cuando pendejos, su papá arrendaba una casa a pocas cuadras de la nuestra, en El Llano. Éramos cinco los que nos juntábamos detrás de la iglesia, en un sitio pelado donde, por las tardes, ejecutábamos nuestro pasatiempo favorito en vacaciones: prenderle fuego a cualquier cosa. Cuadernos llenos, ropa vieja, basura, pelotas rotas y descosidas. Después nos saltábamos hacia adentro a robar agua. Más tarde, si ya no había ánimo para quemar porquerías, matábamos las horas desinflando ruedas de autos. O dejando marcas de zapatillas en las puertas blancas de las casas más bonitas. La de Rodewald era una de ellas. Al menos así fue durante las tres primeras semanas de febrero por cuatro años.

Lo vimos sentado en la entrada, mirando pasar los autos de izquierda a derecha y no sé por qué, en vez de esperar que se metiera en la casa, le pregunté si podíamos marcar la puerta a patadas, y qué importaba, si no era suya. Ni suya ni de su padre. Quizá yo quería ponerme a pelear. Quizá era solo por joder a este niño que no hacía más que mirar hacia la calle todo el día y que, contrariamente a enojarse o salir huyendo, me preguntó si él podía hacerlo primero.

Ese era Rodewald y yo era muy amigo suyo.

Nos reencontramos mucho más viejos. Digo “reencontramos” porque llegó uno de esos febreros y ya no estuvo más. No volvieron. Nunca le pedí su teléfono, para qué, si nosotros no teníamos, no todos tenían por esos años. ¿Acaso pensaba llamarlo? Y fin. Los niños de la playa vivíamos siempre con ese destino precario: hacer amigos que desaparecían.

Llevaba viviendo un año en Santiago cuando lo volví a ver. Nos topamos haciendo el mismo ramo optativo en la universidad. Yo comenzaba un doctorado que después de un tiempo dejaría a medias, como todo por esos días, mientras él liquidaba los últimos créditos pendientes de un magíster que debía defender ese mismo año. Me costó reconocerlo: estaba delgado, alto y un poco calvo, mientras que en mis recuerdos se imprimía un niño gordo de mejillas brillantes. Pero él no dudó un segundo, gritó mi nombre desde la mitad del casino en Gómez Millas, se acercó con una enorme sonrisa y me apretó con sus brazos fuertes. ¡Soy Miguel, hueón! Esa tarde no entramos a la clase y fuimos a tomar cerveza al lado del servicentro.

Rodewald se había casado con Beatriz. Me mostró algunas fotos en su celular: una rubia altísima, pálida y risueña lo abrazaba en una playa de Río. Una rubia altísima sostenía su torta de cumpleaños. Una rubia altísima posaba junto a él en una comida familiar.

Rodewald, además, se había convertido en sociólogo. Había vuelto un par de veces a Coquimbo. No cuando

niño: su mamá murió de un infarto el último año en que nos vimos y eso aplastó por completo a su papá, que arrancó de los recuerdos familiares y se refugió en una vida dedicada exclusivamente al trabajo. Rodewald volvió con veintitantos. Una de esas veces, junto a Beatriz, y caminaron las mismas calles que caminamos nosotros.

Desde ese día otra vez nos comenzamos a ver a diario. Esa primera noche terminamos en su departamento, junto a su mujer, conversando y riéndonos hasta que nos sorprendimos descorriendo las cortinas para dejar pasar la luz de la mañana. Hablábamos de nuestras historias como las historias de alguien más. No éramos sino testigos de esos niños. Nosotros éramos hombres. Hombres tan lejos de nuestros cuentos como de nuestras casas. 

Tres semanas después, Rodewald se fue otra vez.

 

2

Beatriz quedó viuda a los veinticinco. Ella también era de Temuco. Migraron porque le ofrecieron un buen puesto a Miguel y ella decidió apoyarlo. En Santiago no tenían a nadie salvo al padre de Bea, que vivía en Vitacura y en Algarrobo.

Tras el accidente de Miguel, prefirió quedarse en la capital. Se hubiera muerto en Temuco, seguro. Santiago le entregaba la tranquilidad del anonimato: todos los días podía descubrir un barrio nuevo, una feria, una plaza. Caminaba mucho. Cuando caminó suficiente como para conocer quince cuadras a la redonda, decidió que era tiempo de comprar un auto. Otro. El primero lo perdió cuando lo perdió a él.

Empecé a acompañarla en sus salidas. Al principio porque quería saber más sobre Rodewald. Conversaba con ella porque era imposible conversar con un muerto. Ninguno de los dos quería sentarse a conmemorarlo, como solía pasar cuando Beatriz viajaba a su casa y debía soportar aquellas charlas sobre cómo estás tú porque yo todavía no lo puedo creer. Veintinueve años. Quién puede morir a los veintinueve años. No sé cómo te sostienes en pie. Y Beatriz siempre amable. Ese nunca fue nuestro estilo.

Más bien, lo que hacíamos era buscar la forma de tenerlo presente sin padecerlo. Yo aprendía de ella para conocer el mundo del tipo al que abrazaba en las fotografías. El tipo en el que se había convertido mi amigo antes de que la muerte apareciera así, frente a nosotros, que —recién empezando a vivir— no íbamos a morirnos jamás, tan conscientes de los límites de la vida ajena y tan inconscientes de la propia.

Con el tiempo su compañía se volvió renovadora. Salíamos a almorzar los fines de semana. Queríamos encontrar lugares distintos, ese era nuestro proyecto, recorrer Santiago completo. Por supuesto, nuestra definición de “Santiago completo” solo incluía lo que se encontraba al interior de la figura que formaban Los Zapadores por el norte, Matucana al poniente, Departamental hacia el sur y la casa del padre de Bea al oriente. A veces, cuando ella andaba con ganas de arrancar, nos íbamos al Mahuida y subíamos hasta donde llegara el auto. No era mucho. Caminábamos dos o tres kilómetros más por la reserva. Me hablaba del explotador de su jefe. Me hablaba del matrimonio de su tío mayor, el que había jurado no casarse de nuevo. Me hablaba de las mil personalidades que tuvo durante la adolescencia, cuando se creyó hippie y se creyó gótica y se creyó hiphopera. Yo la miraba e intentaba imaginarla gótica: rubia y blanquísima, vestida de negro y maquillada para funeral. Gótica en su matrimonio. Gótica subiendo el Mahuida con la respiración vacilante. Yo le contaba que desde chico tenía una fijación por el olor a combustible. Ella, por el olor del agua del estanque del baño. A ambos nos gustaba el sonido que hacían las piedras al chocar contra el agua antes de hundirse.

En ocasiones llegaba de improviso a mi departamento. “Estoy abajo”, me decía, con el motor del auto encendido. Esperaba fumando. ¡Cómo fumaba Beatriz! Yo demoraba diez minutos en ducharme y buscar una polera. Supongo que asumía que si ella estaba sola, yo también lo estaba. Después de todo, ambos habíamos tomado esta ciudad prestada. Santiago. Y yo seguía habituado a que los amores y los amigos no tardaban mucho tiempo en desaparecer.

Su papá, que odiaba verla sola y se vio forzado a confiar en mí, me pidió que le sugiriera un viaje a la playa. Si se lo digo yo, seguro va a pensar que lo hago para protegerla, y Bea nunca ha permitido que la protejan, me dijo. Beatriz es fuerte, al menos por fuera. Por dentro es muy difícil saber. Yo me voy a Panamá de vacaciones. Quédense en mi casa, vamos. Le hará bien salir de ese departamento. La verdad es que, contrariamente a lo que su papá creía, Beatriz no estaba nunca allí. Trabajaba todo el día como encargada en un departamento de medio rango en la Universidad Católica. Por las tardes, después de la oficina, caminaba a casa: doce cuadras por Portugal, Diagonal Paraguay, Rancagua, Salvador y Francisco Bilbao. Preparaba un café, se duchaba, se tomaba el café tibio, conversábamos cinco o diez minutos por mensaje de texto, miraba televisión y se dormía antes de los comerciales.

 

3

Teníamos once años. Estábamos detrás de la iglesia con Rodewald y dos amigos más, ya casi oscureciendo. Quedamos en juntarnos a quemar el estuche plástico de Juampa porque su abuelo le había regalado uno nuevo, cobrizo y metálico, mucho más grande y con las letras grabadas de Minera El Indio, donde él trabajaba. Entonces Juampa ofreció el otro. Lo llenamos con hojas secas, papeles y lápices de grafito viejos que habíamos traido de nuestras casas.

Antes de prenderle fuego, el Seba lo roció con el desodorante sprayde su hermano mayor. Ya habíamos visto cómo él jugaba a transformarlo en lanzallamas cuando se juntaba en la plaza con sus compañeros del liceo. Así supimos que era inflamable. Nosotros no éramos capaces de hacer lo mismo, pero robárselo para usarlo en nuestros juegos de piromanía ya era un acto que considerábamos temerario.

Después de bañar y apestar el estuche a Atkinson lavanda, el Seba prendió cuatro fósforos juntos y los lanzó: de pronto todo eso se convirtió en una breve pero hermosa lengua azul y anaranjada. Fue solo un par de segundos, luego la llama comenzó a apagarse y tuvimos que encender más fósforos, quemando el viejo estuche por sus puntas. Las llamas lucían vivas, atacando a su víctima sin reservas. Por momentos el estuche parecía saltar, retorcerse de dolor.

Éramos cuatro niños de ojos enormes mirando todo arder.

Esa noche, mientras caminábamos hacia su casa, Rodewald me contó que había visto un video en el que un grupo de hienas cazaba a un búfalo herido y se lo comían mientras seguía vivo. El animal gemía como si estuviera penando, decía: un sonido ronco y largo. Como si, entre la vida y la muerte, hubiera preferido convertirse en fantasma. Me dijo que el estuche se lo había recordado. Y que no le gustaba. No le gustaba recordar.

 

4

Salimos tarde. Beatriz pasó por mí. Cargamos el auto con una caja de comida, cervezas y tequila y partimos a Algarrobo. Hacía frío y corría viento de lluvia. Ninguno quería bañarse en la playa, así que no había problemas si caían gotas durante el fin de semana. La idea era llevar libros y ponernos al día con kilos de lectura atrasada, además del material del doctorado que pronto tiraría por la ventana. También pensábamos salir a cazar liebres y tórtolas en los alrededores de Casablanca. Era Beatriz quien lo pensaba, en realidad: yo era un perfecto cobarde para esa clase de cosas y con suerte sabía usar una corchetera. Rodewald también había sufrido con el pasatiempo de su mujer, que lo había aprendido del padre, quien, a su vez, lo heredó del suyo.

La casa quedaba sobre una loma y a metros de un pequeño bosque. Apuntaba hacia los cerros, lejos del ruido de turistas y playas. Apenas llegamos se puso a llover y se cortó la luz, por lo que decidimos suspender las pocas actividades que planeamos y nos tiramos en la cama de su papá a ver películas en mi laptop. Abrimos una cerveza de litro. Dime qué quieres ver, le pregunté. Nos decidimos por las nuevas de Batman, las tres. Destapamos otra cerveza. No alcanzamos a empezar TheDark Knight cuando se acabó la batería y tuvimos quepasarnos al computador de Beatriz. Pusimos música y seguimos bebiendo. ¿Estará lloviendo muy fuerte?, me preguntó risueña minutos después, mientras se acercaba al ventanal de la pieza. Es que tengo un pito en el auto. ¿Te importaría salir a mojarte un poco? Está en la cajita que usamos de cenicero. Para mí no había dilema: me puse la chaqueta, me até las zapatillas y salí por el barro de la entrada, rodeando la casa hasta dar con el auto y el pito.

El viento hacía que las gotas salieran disparadas a los ojos y yo había olvidado llevar linterna. Ya estaba decididamente oscuro. Cuando volvía adentro, pasé por fuera de la habitación desde la que brillaba la luz del computador, y frente a él, inmóvil, Beatriz tapándose parte de la cara con ambas manos. Su talante había cambiado. Me quedé mirándola: estuvo veinte segundos en la misma posición, como rezando con el rostro escondido. De pronto dejó caer la cabeza hacia adelante noventa grados, sin destaparse, con la respiración acelerada. Se notaba en sus hombros. A mí el frío me punzaba cada hueso en cada dedo.

Tomé un cigarro del bolsillo húmedo de la chaqueta y lo encendí, echando humo mezclado con vapor, mientras miraba la estatua de caliza pálida erguida en la habitación, temerosa de deshacerse bajo el temporal. Pensé que solo Miguel podía abrazarla y entrar en el foso de esa pena. Segundos después se quitó las manos del rostro, se limpió bajo los ojos y salió a buscarme. Por favor, dime que lo encontraste, me dijo sonriendo en la entrada de la casa.

 

5

Ya era de noche cuando volvimos con Rodewald, corriendo sin aliento, intentando ganarle la carrera a los minutos para evitar el reto de su papá, que no lo dejaba juntarse con nosotros más allá de las siete. En su reloj digital eran las nueve cuarenta. Cuando llegamos a su casa, encontramos a su padre fumando bajo el dintel de la puerta. Rodewald frenó en seco. Cruza, me dijo, tomándome de la polera, ándate por la vereda del frente, y me empujó. Yo sentí el espesor del momento en los poros de su rostro y le hice caso. Su papá me siguió con la mirada. Creo que lo único que oíamos eran las piedrecitas

y la tierra bajo las pisadas de Miguel, que avanzaba hacia su puerta arrastrando los pies con temor. Estoy seguro de que su papá también las oía. Los autos pasaban flotando entre nosotros, levantando un muro entre un lado de la calle y el otro. Me detuve a esperar a que sucediera lo que iba a suceder. Cuando Miguel estuvo suficientemente cerca, su papá le dijo que se quedara quieto. Quédate quieto, repitió más fuerte. Levanta la cara. Mírame. Notó las manchas de cenizas en sus brazos y en los pantalones cortos. Muéstrame las manos. Miguel no quería. ¡Las manos!, gritó. Dejó ver las palmas negras que nos delataban. Ahora métete las manos en los bolsillos. Mírame, levanta la cara y métete las manos en los bolsillos, te dije. Aquello era como pedirte que miraras directo al sol de mediodía sin pestañear. Entonces se suspendió todo. Los niños de la playa muchas veces no lográbamos despedirnos, podíamos levantarnos una mañana cualquiera y darnos cuenta de que las casas volvían a estar vacías, esperando nuevos arrendatarios, quizá sin hijos de nuestra edad. Otras veces se iban con abrazos. Y había otras, como esta, cuando la despedida era la condena impuesta por desobedecer las reglas. Así comenzó. La cachetada marcó el hito. El sonido del brazo de su papá cortando el aire y rompiendo como una ola sobre la mejilla de Miguel Rodewald, mi amigo. Eso era un nunca más. Ponte derecho. Sácate las manos de la cara. Te dije que te metieras las manos en los bolsillos. ¡Ponte derecho y mírame! Su rostro ahora era rojo y negruzco. No esperó que Miguel abriera los ojos para repetir el latigazo. Un sonido breve y ácido de su palma chocando

contra la piel empapada del niño, que esta vez soltó un gemido y cayó al suelo. Cuando pensé que seguiría golpeándolo hasta matarlo, el hombre se detuvo y entró. Yo no podía moverme, solo quería que Miguel me mirara para pedirle perdón por dejarlo solo a merced de las hienas. Pero entonces, de repente, en vez de limpiarse y meterse a la casa, se dio media vuelta y salió corriendo. Se negó a aceptar lo que le esperaba adentro. Quise gritarle que no lo hiciera, pero en vez de eso lo perseguí. Vuelve o te van a matar, pensaba. En serio te van a matar.

Una cuadra más adelante lo vi meterse en una plazuela sin luz con columpios de madera. Los amigos del hermano mayor del Seba habían roto los focos y nunca nadie llegó a cambiarlos. Cuando lo alcancé, lloraba sin consuelo escondido detrás de una banca. Me senté con él y le rogué que volviera a su casa para que no le siguieran pegando, creyendo que eso era todo el castigo que un niño podía recibir de su papá. Sin dejar de llorar, Miguel Rodewald me abrazó con fuerza y entre sus gemidos dejó escapar una sola palabra, entrecortada y sin ritmo, como una gotera incesante: quémalo. Quémalo, quémalo. Tomé su rostro triste con ambas manos, limpié sus lágrimas sucias y le di un beso largo y ahogado. No te preocupes, que lo vamos a quemar. Lo vamos a quemar, repetí, antes de ponerme a llorar.

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Reviewed by Hannah Weber

Since its original publication in 1980, this genre-defying book has gained a cult reputation that established Jovanović as an important counterculture figure in Serbia. Written in a highly experimental style, the book follows a woman’s coming of age in 1970s Belgrade, creating a fragmentary amalgam of life in socialist Belgrade, intense sexual relationships, and family conflicts in the shadow of old age.


“You have to push a dying person into talking about love,” declares the narrator of Biljana Jovanović’s Dogs and Others (Psi i ostali), recently released by Istros Books in John K. Cox’s dynamic translation. The narrator, Lidia, lives with her mentally ill brother and their elderly, infirm grandmother. Written in a highly experimental style, the book follows Lidia’s coming of age in 1970s Belgrade in something between stream of consciousness and the flat tone one might find in postwar existentialist fiction. The complicated prose, compounded by the protagonist’s combative personality, makes the novel an uncomfortable read; the translator’s endnote calls it “strong medicine.” While translation always requires a degree of compromise and flexibility, Cox performs lexical acrobatics to capture Jovanović's dark humor and double entendres. Jovanović clearly intended the bumpy ride, however, taking a unique and challenging approach to the traditional Bildungsroman, especially in regards to women’s sexuality. For all its difficulties, Dogs and Others is a vital part of the emerging canon of queer literature in post-Communist Europe.  

Jovanović was born to a journalist and a well-known Montenegrin politician in the Yugoslav parliament, spending her childhood in Belgrade among books and ideas. She studied philosophy and was an active member of several human rights groups beginning in the 1980s and continuing into the 1990s, when she devoted herself to the peace movement during the violent breakup of Yugoslavia. Her activism encompassed all manner of causes, including environmentalism, feminism, ethnic diversity, and campaigns for artistic freedom. As a public intellectual in Belgrade, she wrote across nearly every conceivable genre—poetry, plays, letters, novels, and a considerable nonfiction output related to her work as an activist. Dogs and Others is her second and arguably most avant-garde novel. Since its original publication in 1980, it has gained a cult reputation that established Jovanović as an important counterculture figure in Serbia. She died from a brain tumor in 1996, when she was forty-three years old. What recognition she failed to receive in life has been growing since her early death—while official critics initially balked at her unorthodox and often electrifying ideas, her bravery in both civil and literary life is finally being recognized.  

Although Lidia displays a certain grasp of the tenets of philosophy—she references Schopenhauer and Dewey, among others—there is no mistaking the novel for autofiction. The book is written in a fragmentary style and is not concerned with giving its protagonist a clear or explicit storyline. It is a rich and innovative amalgam of unvarnished urban life in socialist Belgrade, intense sexual relationships, and family in the shadow of old age, disability, and “madness.” At times, one is hesitant to call it a novel at all because the plot is so frequently interrupted by childhood recollections, vitriolic letters from an anonymous writer, changes in pace and structure, and the sporadic appearance and subsequent disappearance of new characters. The rapid and disorientating pace is bound to Lidia’s internal tempo, but what this fragmentation achieves is neither fully explained to us nor entirely understood by her.

Lidia’s intimate world comprises her brother, Danilo, her lover, Milena, and her grandmother Jaglika. An absent, abusive mother makes occasional appearances, always accompanied by a new boyfriend or husband. Unlike Lidia, Danilo does not work, struggles with drug use and addiction, and often requires psychiatric care. The siblings’ father took his own life many years before the narrative begins. Danilo’s struggle with an untreated mental illness, likely the same as his father’s, becomes progressively hopeless and culminates in an important turning point.

Lidia meets Milena through friends and is utterly captivated by her. She initially brings a refreshing joie de vivre to Lidia’s otherwise unhappy life. “If I thought of someone’s neck, then it was Milena’s,” she thinks. Milena is self-assured, acutely aware of her own sex appeal, and seemingly uninterested in the opinions of others. “Milena only came over so she wouldn’t have to be alone when she talked to herself,” Lidia remarks. She also introduces several radical ideas into the text, lamenting how women go to great lengths not to insult men’s sexuality, likening male genitalia to worms, and questioning where this “compassionate relationship to worms” comes from. Their affair plays out over several central chapters before Milena leaves Lidia, echoing much of the casually cruel treatment Lidia receives from mother and grandmother. 

Lidia suffers merciless mistreatment from members of her immediate and extended family. Her mother and grandmother routinely call her a whore, “bullshit-nik,” or sometimes simply “that girl.” Furthermore, sexual abuse is also glaringly pervasive throughout the novel. Jovanović takes care to underscore its domino effect: Lidia is raped by her psychologist and her brother Danilo finds out, driving the siblings apart; Milena is assaulted by her dentist and, in turn, Milena assaults an intellectually disabled teenager, describing it as a gesture of goodwill. 

While Dogs and Others is widely hailed as the first recorded sexual relationship between two women in Serbian literature, it may also be a pioneer in its time and country in the way it depicts mental health issues and their implications for prevailing views on gender differences. Mental illness in men is often presented in literary works as a sign of covert genius, whereas in women it is usually a mark of weakness and hysteria. Jovanović challenges this idea by giving sufficient space to both Lidia’s depression and her highly rational, critical self. She offers a detailed exhumation of the violence and sexual abuse that Lidia must come to terms with in a way that highlights the whole person—strengths and shortcomings—without giving in to either cliché, the genius or the hysteric.

Lidia thinks of herself as emotionally orphaned, with a dead father and absent mother, and resents her grandmother Jaglika, but she still looks for familial warmth and approval. This is most evident in an uncharacteristically vulnerable moment between Lidia and Jaglika:

 [...] every day I’d ask that dying figure from the doorway, wrapped in her fifteen blankets—in her rocking chair with her glasses on the tip of her furrowed, likeable nose, her swollen feet in slippers with black tassels, the same thing:

"Do you love me, grandma?"

"What’s that you’re saying?" (The first thing to go is ears, and then it’s the eyes and the heart, when you’re dying.)

"I was asking . . . whether you love me?" (I was screaming; you have to push a dying person into talking about love.)

"Why’s that? Do you love me?" (This only makes it look like a dying person has a greater need for love than the one who’s asking [. . .])

The tenderness of the interaction is soon lost when Jaglika begins, feebly, to beat her granddaughter (“the immobile Jaglika lurched forward—really, like in a bad movie”) and call her derogatory names, bringing us back to a dire reality. 

Though it tangos with these topics, the novel is never all that concerned with actually dissecting sexuality or sexual politics in 1970s Belgrade, despite several overt narratorial interventions. Instead, it addresses the more universal categories of family, the psyche, and personal trauma. Dogs and Others is Jovanović’s first novel to be translated into English, and it arrives nearly forty years after the original publication. From a writer fixated on social problems, the degree of sexual assault, harassment, and sexism in the novel is too high to be ignored. Nor can its feminist voices of dissent, such as Milena, however flawed they appear. That these issues continue to have a painfully contemporary feel speaks to their deep roots and the long, ongoing excavation. The novel comes to an uncertain end as Lidia tries to find her bearings after considerable loss, still tormented by a host of family memories—some melancholy, others excruciating. Dogs and Others questions how much one generation’s trauma can be inherited by the next, while it also gestures at vastly diverse forms such trauma can take.
 

Read an excerpt from Biljana Jovanović's Dogs and Others in our June 2017 issue of Queer literature

from the March 2019 issue

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Doa Api yang MembakarHutan

Jadikan aku lebih sederhana. Matikan 

sebagian besar hidupku.

 

Kalau membakar adalah takdirku, biarkan 

aku hanya mengabukan daun-daun kering 

di kaki-kaki pepohonan,agar kelak lebih 

hutan mereka.

 

Ceritakan kisah-kisah sedih kepada langit.

Anggrek liar mati sebelum berbunga.Buah 

jatuh sebelum berbiji.Burung sesat dalam asap 

dan kehilangan sarang.Agar menangis ia. 

Tumpah airmatanya. Hutan bertunas

berdaun dan hijau kembali.

 

Kembalikan aku pada tumpukan sampah di kota.

Pada tungku dapur orang-orang kelaparan.

Pada aliran darah orang-orang menggigil kesepian.

Pada sepasang suami istriyang sudah lama 

tidur saling berbagi punggung.

 

Jadikanaku rendah hati.

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X

 
 
 
Vassdalen. Hösten 1920 
(den döde Aslat)
 
 
 
Ni lämnade mig på
svenskens gård 
 
Ensam och svept i 
min stora kolt
 
-
 
Jag stannade inte där
 
-
 
En höst och en vinter
grät vi tillsammans
 
Sen slog ni följe med
hjorden igen och
drog bort
 
 
 
 
 
 
 
Själv vek jag ut 
kolten till vingar 
och flög min kos
 
tappade blodet
ur kroppen och
förrsvann
 
-
 
Jag kunde inte stanna 
 
Där jag fallit och 
aldrig skulle resa 
mig igen
 
-
 
Kände du pappa
 
jag blåste över havet
 
 
 
Hörde du mig inte 
 
Bland havsfåglarna 
när ni kom flyttande 
med era sommarfeta 
renar 
 
-
 
Jag var det ensamma 
strået från renens päls som 
gled över havsytan
 
i viken vid 
rensimningsstället
 
-
 
Och den fina backen
i höstsommarsol 
 
Där hjorden själv
fick söka sig 
nerför klipporna
 
 
 
 
 
Tills tjockdimman kom
 
Och det blev 
omöjligt att se hur 
stupen låg
 
-
 
Jag var skogen som 
tätnade
 
kring den väldiga 
skogsgata
som huggits fram 
i gamla tider 
 
-
 
Där din ledarren 
fejade hornen 
 
 
 
Kände du mamma
i din hand
 
när du länge fick
mjölka den tama vajan 
som försvann sen
bland träden
 
-
 
För att söka lavar
och svamp och slicka 
urin från marken
 
-
 
Jag var tyngden
i stenen som ni tog 
med er från kusten 
 
för att lägga på
min grav
 
 
 
En sten varje sommar
 
tar ni med hem
till vinterlandet
Nila och du
 
-
 
Mamma du smeker 
det där ärret på min 
brors panna 
som om det vore en 
viskning från mig
 
-
 
För att jag en gång
kastade ett vedträ 
på honom
 
som träffade där
 
 
 
Nila när jag föll
 
-
 
Du bara fortsatte 
att vara som vanligt 
mot mig
 
som om jag inte
hade förändrats
 
-
 
Samma vanliga 
långsamma leende
medan huvudet tyst
ville rulla tillbaka 
till sin plats 
 
djupt mellan axlarna  
 
 
 
Nila kände du
jag var rörelserna 
under båten 
 
i fjällsjön där 
mamma och du 
la ut nät
 
-
 
Hann du fånga 
min blick
i storlommens öga
 
-
 
Jag stod på en kvist
mina ben var som 
pinnar
 
När vinden vek 
undan de gulnande 
löven
 
 
 
Jag såg främmande fjäll 
 
med dånande älvar
 
-
 
Och jag flög över 
båten och ropade 
till er:
 
-
 
Det blir regn 
det blir regn
 
 
 
 

XI

 
 
 
 
 
 
Dápmotjávri. Aslats grav. Karesuando kyrkogård. 
Höstvintern 1920 
(Ber-Joná)
 
 
Den hösten kom 
lappfogden
 
-
 
Härskarspråket
dröp över oss
 
Svenska ord 
omöjliga att uttala
 
-
 
De trängde in
genom kläderna 
la sig över huden
 
-
 
Den nåliga blicken 
 
 
 
ett regn genom
allt man älskar
 
-
 
Smutsiga var vi
bodde med hundar
 
halvnomader som
gick efter kreatur
 
-
 
Bröd så segt att
tänderna föll ur
bakade kvinnorna
 
-
 
Mitt i parningslandet
trädde han in
med regnskyarna
 
 
 
För att länge tala
bland våra 
brunstande vajor
 
-
 
Han hade bud 
från de tre
rikenas män:
 
svenskar norrmän 
och finnar
 
-
 
Långt borta från 
renens värld hade flera 
familjer valts ut
 
Vi måste börja tvinga
våra hjordar att beta längs
främmande marker
 
 
 
 
 
Vi skulle förvisas
från skogarna fjällen
och sjöarna
 
Flyttleder och sånger
måste förträngas
fördrivas ur minnet
 
-
 
Renhjordens minne
 
renkalvens ben 
som alltid 
förde oss hem
 
-
 
Nu skulle de födas
på andra marker 
 
 
 
Nu var varje steg
hemåt i hösten
ett avsked från 
våra liv
 
-
 
Min bror och de andra 
 
tog farväl av stigarna 
och backarna
 
-
 
Aldrig mer skulle 
vi sitta på öns sluttning
där havet slipade 
stenarna 
 
och Aslat en 
gång lärde sig gå
 
 
 
Då knöt sig magen
i mörka knutar
 
-
 
Medan vintern bara
som vanligt 
vitnade fram
 
ur alla färger 
omkring oss
 
-
 
Och vi försökte 
skrämma bort varg
vi färdades fort genom 
frusna skogar
 
-
 
Sen stod jag igen
hemma i vinterlandet 
 
 
 
 
 
Såg skymningen 
sjunka grå mellan 
gråa gårdar
 
-
 
I björkskogen
på andra sidan isen
stod en grupp kåtor
 
Med pelare av rök 
som steg bortom 
kyrkogården
där du väntade
Ristin
 
-
 
Utanför 
kyrkogårdsmuren
 
vid Aslats grav
 
 
 
Jag tog dig i handen
 
du hade ett
infekterat sår över
ögonbrynet
 
-
 
Tyst la du ner
den sista stenen 
från kusten
 
på hans grav
 
-
 
Nilas fingrar 
fick jag hålla 
som ryckande 
tömmar
 
 
 
Och de bekanta
vågorna berättade 
för mig
 
om en frihet 
i havet
 
-
 
Jag sa att jag 
hatade renen
 
och behövde den
samtidigt
 
-
 
Vi måste lämna
Aslat igen
 
för arbetets
och hjordens skull
 
 
 
Här skulle han 
ligga kvar
ensam
 
Medan vi förvisades
från vårt hem
 
-
 
Då sa du:
 
Vad är det för hem
där ingen törs säga
vår sons namn
 
-
 
Aslat är glömd
 
Bara hans öde
minns de
 
 
 
Men du lovade mig
 
att hans huvud vilade
tryggt i sin grav
 
-
 
De döda
fick ju inte grävas 
ur jorden
 
-
 
Och klockorna 
klämtade bortom 
skogen
 
-
 
Vi var kallade 
till kyrkhelg
 
 
 
En sista gång 
skulle vi 
träffa de våra
 
-
 
För nu var det fullt
 
Det var fullt med 
folk i byn
 
 
 

XII

 
 
 
 
 
 
 
Karesuando kyrkby. Vintern 1920
(Ristin)
 
 
Svenskens fingrar
i hela min mun
 
kläderna spridda
överallt på golvet
 
-
 
Jag som trodde 
det var för mina
onda tänder 
 
reseläkaren kommit
 
-
 
Med hårda redskap
mätte han mig
 
skriftlärda män 
i varje vrå
 
 
 
Med sylvasst 
pennskrap
 
gick de 
igenom mig
 
-
 
Jag förstod att en
kortväxt typ 
tog gestalt
på deras papper
 
Med kungligt bläck 
tecknades
det rasdjuret
 
-
 
Vår lydnads 
bojor
 
 
 
knäppte upp 
mitt hemsydda bälte
 
-
 
Mina bröst hängde
deras avsmak lyste
 
-
 
Jag såg hur de 
rynkade sina 
smala näsor
 
och skrattade 
samtidigt
 
-
 
Min vän intill mig
fick snabbt 
på mig kolten
 
 
 
Sen översatte hon tyst
deras fråga
om hur vi gjorde 
vid mensen
 
-
 
Bakom läkarens axel
kyrkoherden
 
-
 
Jag hörde honom 
säga på finska:
 
Deras män dricker 
så gud gråter och 
djävulen skrattar
 
och skammen
 
 
slog rot i mig
 
för mitt mörka hår
och mina
mörka ögon
 
-
 
Utanför ladan 
väntade huttrande 
min väns döttrar
på att få sin 
behandling
 
-
 
Och min stackars Nila
fiskades fram
 
jag vet inte varifrån
 
 
 
En kamera riktades
mot hans
upprörda ansikte
 
tills han bara
sjönk genom golvet
 
-
 
Jag såg dem trampa
på honom
med grova kängor
 
Höga stolar 
drogs fram och de
satte sig på honom
 
-
 
Jag märkte hur stor 
han hade blivit
inget barn längre
 
 
 
där han stod vilsen 
och stum bland deras
nakna händer som
tog på honom
 
-
 
Han borde följa 
med oss till anstalten 
sa läkaren
 
och äntligen
lydde min kropp
 
-
 
Och jag gick fram 
till männen
och drog den svage
ur svenskens grepp
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White Monkey

Intervju. Tid 15:42

Journalisten säger att hon vet hur det är.

”Jag har en vän från Afrika,
jag vill att du ska veta
att jag inte tänker så
om dig.”


Jag kryper in i mig själv, förbi
svetten i mina armhålor
och hör mig själv säga
att jag inte anklagar henne
för något.

 

32.

Vad är ett namn, frågar hon,

med sitt blonda hår
bundet i svans
och blåa blick,

hennes minnen av stugliv,
julrim och språkdebatter.


”Vad är ett namn?”


Hon säger att
vi borde ta min mors namn
och bana vägen för framtiden.

Visa att namnet hör hemma
på bokpärmar
och röstsedlar.

Inte enbart på markisen till en etnisk restaurang.

Lätt för henne att säga, säger min mor.

”Hon bär inte bördan av namnet som du gör.
För henne är namnet ett tecken på godhet,
en merit,
ett silkesband som lämnar henne spårlöst
när hon vill.”


Jag säger att förändringar alltid gör ont,
någon måste vara först.


Det får bli någon annan, säger min mor.


Kan inte namnet bli en merit för mig, frågar jag.

Hon säger
You’ll just be their monkey.


33.

Jag har inga ord att säga hur jag älskar min mor
för allt blir ilska.

Allt jag ser är hennes misstag,
brutna tankar
och språk.

Allt jag hör är hennes skam
för att hon inte kan vara
det jag behöver

och allt jag kan känna är sorg
för att jag aldrig är
den hon behöver

så jag säger ingenting.

 

34.

Min vän lutar sig mot båten och frågar
hur det är med min mor.

Jag säger att jag inte vet,
vi talar inte så ofta,
hon vill bara ge mig råd
för livet.

Vattnet ligger som ett fönster över sjögräset,
en bris rycker i skjorttyget
i doften av tjära.

Min vän säger att mammor är mammor

”men din mamma har alltid varit
speciell.

Det är inte hennes fel,
hon kommer från en annan kultur,

hon vet inte bättre.”


35.

Jag läser dikter,
berättar om en familj som krossas under sitt bagage.

En förläggare säger att jag fyller en nisch.

”Vi får bara se till att ingen blandar ihop dig
med Athena Farrokhzad.”


Hon säger att många av dikterna är bra,
men vissa är
typiska blattedikter.

”Dem kan du stryka.

Det finns trots allt två i Sverige
och en i Danmark
som skriver dikter om sånt.”


Jag frågar vad folk skriver om i dag,
vad är nytt?

”Folk skriver om allt möjligt!
Skärgården,
vinterkriget
och alkoholism.”

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Första besöket. 

 

Jag är här för att jag vill bli lämnad ifred

Könsutredningen: 

 

För att det ska ske behöver jag tillgång till 
din kropp inkl hjärna 
ditt liv inkl sexliv 
din medicinska historia 
dina berättelser

Andra besöket.

 


Söker jag till könsutredningen för att klara att vara poet
eller är jag poet för att klara könsutredningen
så van att berätta mig själv
i utbyte mot arvode och vård

Blankgolven och det stora fönstret
vid ankomst lämnar jag
namn och agens i receptionen
jag vill berätta mig komplex och människa vill berätta mig respektabel
radar upp orden på bordet framför psykologen
så vi kan titta på dom och låtsas jämlikhet

En grindvakt kan neka tillträde
ett svärd kan brinna mot halsen
kan ändå kallas ängel
rädslans dunkande anatomi
halsåderns trotsiga läggning
framhäver ett urval av vackra sanningar
samma lydnad som vanligt
i knäet samma knäppta händer

Tredje besöket. 

 

Könsutredningen: 
Beskriv din sociala situation

Jag såg en orm idag i skogen
ringlande på magen över gruset
som om inget gjorde ont
och varje motstånd den mötte på vägen
gled den bara runt

Tänk om min kropp kunde hjälpa mig så där

Fjärde besöket 

 

ställer jag in

Jag har efterkonstruerat allt
pojken flickan och autisten
men utmattningsdepressionen har jag papper på

Med diagnosen som en slöja ett skydd skred jag genom korridorerna
mitt i puberteten slapp jag könet
slapp tjejfester och pojkproblem
slapp bestraffningar och utfrysning
slapp lära mig av gruppen
hur kvinnor målas fram i ansiktet

Flickgängen jag försökte tillhöra
misslyckades och tappade intresse
bestraffningarna rikoschetterade mot speglarna
yrvaken skar jag mig på splittret
utan tydlig riktning eller avsändare

Så behölls flickan intakt
svävade över skolgården, skred genom
högstadiekorridorerna
våldtäktskulturerna
knappt kantstött

Kvinnor formades där
förstår jag nu, som skydd och strategi
formade grupper där
dansar i en cirkel runt FATTA!-tygpåsarna
dom blev kvinnor
jag blev inte kropp

Förlaget: 

 

Det krävs en mer konstruerad helhet

Jag vill vistas i det hårda och beständiga
därför konstruerar jag en diktsvit och en man att bo i
jag vill naglas fast
normeras och bli del av ordlistan
tilldelas ett hem
att lämna

Scener flyter samman
folkbibliotek och pridefestivaler
småorternas tågstationer
pressbild och beskrivning på max 50 ord

Tjugofemtusen kilometer nervtrådar
jag väljer den rödaste
drar fram den ur halsen och lägger den på scen
mitt liv är tre minuter långt
dom säger tio komma noll
jag försöker koka
ner till min essens
bli ett koncentrat
av min egen existens
sen kallas det för politik

Försökte kasta ut mitt inre Jesusbarn med badvattnet
men det höll sig liksom kvar i kanten och skrek och skrek
jag vill ju inget hellre än att fiska kristdemokrater
vifta med en liten krok av poesi
den här kroppen är så användbar att agna med

Människor kom fram till mig för att bekänna
sina heteronormativa synder, jag sa
här, ät min kropp
jag är en mask
och du ska fiskas upp
du ska bli frälst
du ska bli god
men varför längtar jag till himlen
när jag trivs bäst i fuktig blomsterjord

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Reviewed by Lily Meyer

A new novel by the Swedish author reads like a caricature of sexism in the literary world that ends up being as sexist as its misogynous protagonist.

Lina Wolff’s novel The Polyglot Lovers, translated by Saskia Vogel, is a warning to those who write by hand, and to those who write villains. The book won the 2016 August Prize, one of Sweden's main literary accolades, and received a PEN Translates Award from English PEN. Its plot hinges around a manuscript by Max Lamas, an aging novelist and old-school literary sexist who believes he’s written the perfect multilingual book. Unfortunately, his sole manuscript has vanished, and to the narrator’s clear delight, it’s not coming back. 

The narrator of The Polyglot Lovers dislikes Max Lamas, and intends the reader to dislike him, too. He’s cruel and almost hysterically sexist. He treats the women he encounters, both in life and in his fantasies, with a shifting mix of scorn, entitlement, and rage. He cheats on his wife, encourages a near stranger to commit suicide, and breaks his elderly lover’s heart. He lacks complexity, which seems to be intentional: his dream of finding “a very young polyglot lover with enormous, white, milk-scented breasts” is pure caricature. At no point does Wolff work to develop his character or to provoke empathy for what she calls his “bad man’s dishonest worldview.” Instead, she writes him as a buffoon to be loathed.

The problem with writing a novel about a sexist jerk, though, is the sheer amount of time the reader has to spend with that jerk. Wolff tries to offset this by splitting The Polyglot Lovers into thirds. Before we meet Wolff, we meet Ellinor, a masochistic woman in search of love. Her experiments with online dating lead her to a critic named Ruben, and to Lamas’s manuscript. The novel then cuts to Lamas, and finally to Lucrezia, the granddaughter of Lamas’s last lover. Ellinor and Lucrezia are more nuanced characters than Lamas, but they seem to have been placed in The Polyglot Lovers mainly to occupy space. Wolff never explores Ellinor’s attraction to violence, and Lucrezia has no agenda beyond telling her grandmother’s story. Ellinor’s narrative arc gets abandoned once it meets Lamas’s, and Lucrezia has no arc at all. As a result, their presence in The Polyglot Lovers reflects Lamas’s misogyny rather than undermining it. The man is the center; the women exist to prop him up. 

This is one problem with The Polyglot Lovers. The other is its prose, which is stiff and uninspired. The sentences feel mechanical, the dialogue drags, and the characterization and description are flat and vague. When Ellinor meets Ruben’s estranged wife, for instance, she glances at her wedding ring and notes, “It looked expensive and fancy.” Looking out his window in Stockholm, Lamas informs us that “The sea was cold, the cliffs dark. On the street below our apartment people were sitting at outdoor tables, wrapped in blankets and holding cups.” This descriptive dullness cannot be laid at the translator’s feet. Expensive and fancy and holding cups may have been Vogel’s English word choices, but there is no possible reason to believe Wolff offered more detailed descriptions—a cushion-cut emerald, steaming mugs of coffee, whatever you like—and Vogel omitted them. 

Vogel herself is an accomplished essayist, fiction writer, and translator. Her own prose is much smoother and more detailed than The Polyglot Lovers, as is her translation of Karolina Ramqvist’s The White City. Reading Vogel’s other work, in fact, raises a question sometimes discussed in translation reviewing and theory: Should a translator improve the original text? 

The usual answer is no, or not while translating literary fiction. Like beauty, improvement is in the eye of the beholder. To my ear, Lucrezia’s mother saying “Those academics and their traits—a sweet, piercing scent of moldering onion coming from their armpits” is terrible dialogue. The syntax is unnatural, the two clauses mismatched. But maybe some readers disagree, or don’t mind, or would use the phrase “a sweet, piercing scent of moldering onion” themselves. Regardless, Wolff wrote the line, and so her translator has to reproduce it, not condense it to “God, those academics smell like onions.”

But what about the novel’s subtler missteps? What if Vogel could have reorganized and combined sentences to make the prose flow better, even if there was no way to improve its content? Without reading Swedish, there’s no way to know whether such a translation approach was possible. Nor do I know Vogel’s translation philosophy. If she’s loyal above all to the author or to the Swedish text, then she would have no call to nip and tuck the English prose. But if her loyalty is to the translation or the Anglophone reader, then maybe she should have found new ways to make The Polyglot Lovers sing. After all, Lamas dreams of “the intimacy that seamless communication could yield.” A slightly more activist translation approach might have yielded much greater intimacy.  

There is no seamless communication to be found in The Polyglot Lovers, nor is there seamless communication between book and reader. The flat language and narrative structure make empathy with Ellinor and Lucrezia challenging and make it hard to dislike Lamas without disliking the novel itself. Though Wolff constructs him as a villain, she never strays far from his side. Her feminist critique gets lost. In its place, we first have Ellinor seeking abuse, then Lucrezia telling her grandmother’s story, which transforms into Lamas’s. The novel submits to the male ego. At minimum, it would have been nice to understand why. 

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