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from the September 2015 issue

Una Señal

Al primer intento, el gatillo se atascó.
El prisionero no sintió miedo, más bien lo invadió una indiferencia que parecía, a la luz de la brutalidad del instante, haber estado ahí todo el tiempo, durante toda su vida, subyaciendo ca- llada detrás de toda experiencia, como si aguardara el momento cumbre de surgir.

A sus espaldas, se escuchaban los pasos del soldado, su verdugo, trepidantes, dispuestos a terminar la tarea. El frío del acero tocó su nuca por segunda vez y nuevamente el dispositivo falló.

El prisionero pensó que la muerte se le acercaba con los vericuetos propios de un augurio. Ese pensamiento, esa imagen de una parca dubitativa y burlona, lo asaltó y lo llevó a creer que no él debía morir, que, en ese segundo en que el mundo conspiró para su salvación, él había conquistado el derecho de sobrevivir.

Apenas pasaron unos segundos para que el soldado volviera con otro fusil, presto a acabar la tarea.

—Dime, ¿cuál es tu nombre? —preguntó el prisionero gritando como un poseído.

El soldado, un joven campesino reclutado a la fuerza por las milicias y que con el tiempo había aprendido, sin darse cuenta, a disfrutar del temor y el sometimiento que ejercía sobre sus enemigos, no respondió de inmediato. Se quedó pensando antes de contestar esa pregunta que le sonó a afrenta.

Dijo su nombre, orgulloso, pero sintiendo que no debía hacerlo.

—Estoy salvado, entonces... —dijo el prisionero.

El joven soldado se sintió burlado y violentamente lo embargó el feroz deseo de descargar el fusil, pero lo detuvo la curiosidad. Preguntó al prisionero, cautelosamente, como si temiese la respuesta, aterido ante una situación que se le mostraba irreal.

—¿Por qué dices eso?

—Porque te llamas como mi hijo... —dijo el prisionero con firmeza, casi feliz y orgulloso—. Y mi hijo se llamaba como mi padre.

Al soldado le pareció una mala broma, un chiste necio, propio de alguien asaltado repentinamente por la demencia, un ataque de locura que amenazaba con envolverlo a él también.

Ya sin temor, casi descaradamente, pero con cautela, el prisionero volteó el rostro hacia su verdugo, buscando sus ojos. Los encontró temblorosos, ansiosos de arrojar su incertidumbre. No lo aceptaría, pero el soldado había estado esperando que el prisionero lo interrogara con la mirada.

—¿Cómo te llamas tú? —preguntó el soldado, casi sin creer en sus propias palabras, tomando el fusil ya sin firmeza, sabiendo que la respuesta lo develaría todo.

El prisionero, respirando ya con cierta calma, como el aliento de un niño que recién llega a la vida, dijo su nombre. Sonrió al ver en los ojos del joven soldado el espanto y el desconcierto. El soldado se estremeció.

—Como mi padre, como mi hijo... —dijo el soldado extrañado y temeroso.

—Es señal de algo, ¿no crees? —dijo el prisionero.

—No creo... —respondió mecánicamente el soldado—. No tiene sentido...

—Tal vez no tenga sentido en sí, pero nosotros podemos dárselo —dijo el prisionero sonriendo tímidamente—. Somos nosotros quienes damos sentido a las cosas que suceden y esto es algo especial...

—¡No! ¡No tiene sentido! Es solo una coincidencia... —gritó el soldado, sintiéndose acorralado por los hechos.

—¡Todo tiene sentido! —exclamó el prisionero evidentemente exaltado—. ¡Este momento tiene sentido! Nosotros debemos reconocer las señales que nos entrega el mundo, y esto es señal de algo porque si no...

—¡No lo es! ¡No es señal de nada! —dijo el soldado con furia, como despertando violentamente, y descargó el fusil en el rostro del prisionero.

Contempló el cuerpo muerto unos segundos antes de arrodillarse junto a él. Trató de contenerse pero algo lo venció y comenzó a llorar, amargamente, sintiendo que había destruido un equilibrio perfecto, como si hubiera dado un paso que lo alejaba para siempre de sí mismo. Sintió, de golpe y con una certidumbre helada, que ese hombre no debía haber muerto, aunque no supiera por qué.

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