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from the April 2018 issue

Buenos Aires: el exilio de Europa

Modelos en plural 

De los muchos lugares comunes sobre Buenos Aires, mencionaré sólo dos. El primero complace a los argentinos y es bastante inexacto: que Buenos Aires se parece a París. El segundo fue una crítica que se escuchó durante décadas de boca de los mismos argentinos que se extasiaban al imaginar ese aire de familia francés. A diferencia del parecido con París, la segunda observación es exacta: que Buenos Aires es una ciudad repetida y monótona. Lo curioso es que ambos juicios, que son contradictorios entre sí, suelen ser sostenidos al mismo tiempo. Vayamos al primero.

Buenos Aires no se parece a París porque, pese al lugar común, los proyectos que le dieron forma desde el último tercio del siglo XIX conjugaron modelos de diferente origen europeo. Naturalmente, se quiso tener grandes avenidas (que no son patrimonio privativo de París, por otra parte); algunas de ellas recuerdan fuertemente a las de Madrid y a Barcelona. Pero los grandes edificios públicos (que configuran verdaderos hitos visuales) no son invariablemente de inspiración francesa: hay fachadas neoclásicas, fachadas italianizantes, fachadas eclécticas, art déco, incluso expresionistas y modernistas. En los años treinta, se construyó el obelisco, el hito urbano que en todas las tarjetas postales representa a Buenos Aires.1 Éste es un objeto discretamente modernista, ortogonal, blanco y ajeno a cualquier marca que recuerde los obeliscos triunfales de la capital francesa.

París nunca fue el único modelo europeo de Buenos Aires, aunque la arquitectura Beaux Arts dio el tono de las grandes mansiones de la elite construidas en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. Varias ideas de ciudad, entre ellas la de la metrópolis americana por excelencia, Nueva York, proporcionaron imágenes para pensar a la ciudad del Río de la Plata. A medida que avanza la modernización, la comparación con Nueva York se vuelve una perspectiva influyente. Hay un imaginario popular americano bajo el imaginario europeo. Pero tanto Nueva York como París son, fundamentalmente, mitos urbanos, mitos en el sentido en que Sorel usaba esa palabra, es decir, “sistemas de imágenes” más que guías constructivas precisas.

Le Corbusier subrayó como peculiar de Buenos Aires las casitas edificadas por artesanos italianos, casitas sencillas, que rápidamente podían reconducirse a formas geométricas elementales. También señaló que, a diferencia de las ciudades europeas que están atravesadas por su río emblemático (Roma, Londres, Florencia, París, Budapest, Praga, etc.), Buenos Aires se había edificado de modo que, ya hacia fines de la década de 1920, la llegada al río era casi imposible. En verdad, Buenos Aires no recuerda ninguna ciudad europea, pero se compone de fragmentos tomados de muchas de ellas. Abundan, en los barrios más ricos, los petit-hotel a la francesa, con sus techos de pizarra, pero ellos no dan el tono a la ciudad, más de lo que lo da la italianizada Casa de Gobierno, el ecléctico Teatro Colón o el Congreso, el disciplinado estilo moderno de su primer rascacielos o los rasgos ingleses de algunas estaciones de trenes suburbanas. El zoológico de Buenos Aires es una ciudad en miniatura que evoca la mezcla estilística de la ciudad que la alberga. Pabellones normandos, pagodas, serpentarios que citan la arquitectura industrial o las exposiciones universales.

Tampoco la cultura de elite argentina llevó únicamente la marca francesa. Victoria Ocampo, que pasó por arquetipo del afrancesamiento argentino, fue la traductora de Virginia Woolf, y la editora de Huxley, Nabokov, T. E. Lawrence y Tagore. Fundó su revista Sur, durante décadas la más prestigiosa del continente, presionada por su amigo norteamericano Waldo Frank y después de recibir el shock cultural neoyorquino. Nadie podría afirmar en serio que Borges es un afrancesado; por el contrario, sus salidas más irreverentes afectaron íconos de la cultura francesa, como Proust. La cultura popular argentina, desde los años veinte, miró a la norteamericana, tanto en el modelo de los grandes diarios de masas como en el desarrollo de la radio y del cine.

La cultura argentina tiene una relación inescindible con las traducciones europeas, pero no sólo con las traducciones francesas. La mezcla cultural es, por definición, mezcla de diversos orígenes.

La comparación de Buenos Aires con París (que, por otra parte, no se le ocurrió a ningún francés et pour cause) es una imagen del deseo. Resultó del voluntarismo político y cultural de las elites que proyectaron la ciudad moderna desde 1880. Probablemente si se hubiera interrogado a esos hombres, hubieran dicho que París era la ciudad que admiraban más. Pero esas adhesiones casi inevitables (porque París era entonces la ciudad que el mundo entero admiraba más) se toparon con límites materiales y surgieron iniciativas que no se reducían simplemente a la copia de un solo modelo sino a la ideación de una ciudad que funcionara como polo metropolitano moderno.

La Buenos Aires que imaginaron las elites y que, en parte, lograron construir, tiene un perfil cuya originalidad está en la combinación de diferentes modelos tecnológicos, urbanísticos y estéticos. Como en la cultura argentina, la originalidad está en los elementos que entran en la mezcla, atrapados, transformados y deformados por un gigantesco sistema de traducción. Buenos Aires es una traducción de Europa, de muchas lenguas y de textos urbanos en conflicto, refractada por el hecho inevitable de su ubicación en América. Hay tanta imitación como bricolage y reciclaje.

Buenos Aires se construyó con modelos europeos aplicados a la resolución de problemas que no eran los mismos de Europa. En primer lugar, porque, a diferencia de las ciudades europeas, en Buenos Aires se comenzó casi a partir de cero. Está el inmenso Río de la Plata, monótono, y, en ocasiones, amenazante por los desbordes que inundan los barrios de la ribera. Respecto de él, como lo percibió Le Corbusier de inmediato, la ciudad tiene una relación de progresivo alejamiento. Cuando Le Corbusier visitó Buenos Aires, en 1929, el río ya no se veía desde ninguna parte. Estaba, frente al río, una llanura también monótona y poco atrayente desde un punto de vista paisajístico. Sobre ella, había un puñado de edificios viejos, sin un carácter fuerte ni gran valor estético: la aduana colonial, que fue demolida, la recova, que también fue demolida, el cabildo virreinal, que perdió una de sus alas, algunas casas de la colonia más caracterizadas por la amplitud de sus patios que por su refinamiento, dos o tres iglesias, los dignos galpones ingleses del puerto, la arquitectura de hierro de algunas estaciones ferroviarias.

A partir de este suelo pobre en documentos de la historia, Buenos Aires se inventa. Su pobreza de historia urbana fue  durante años un tema de las elites. Se discutió largamente si debería conservarse la primitiva pirámide que homenajeaba la Revolución de Mayo de 1810, punto de partida del proceso de independencia de España; se discutió si una ciudad nueva y sin carácter debería permitir que, entre sus pocos monumentos, estuviera el dedicado a un héroe extranjero como el republicano Garibaldi; se discutió si valía la pena conservar, en el barrio sur, una vieja casa colonial, arruinada por completo, que recibía el nombre, un poco exagerado, de Casa de la Virreina. Estas polémicas, que ocuparon a la elite entre 1890 y 1920, no son secundarias. En un nivel simbólico, indican el vacío de pasado que la ciudad sentía como su falla original.

A este vacío histórico se agregaba el vacío simbólico de la llanura, que se convirtió en extensión geometrizada por el trazado urbano. Los viajeros europeos y los intelectuales argentinos que habían viajado por Europa opinaron que Buenos Aires era una ciudad monótona. Cuando el novelista Manuel Gálvez regresó de Europa, en la segunda década de este siglo, sintió la desesperanza de reencontrarse con una Buenos Aires que carecía del pintoresquismo paisajístico y urbano de las ciudades y aldeas españolas que acababa de visitar. La modernidad de Buenos Aires, que era una ciudad trazada con la deliberación de un proyecto, le pareció pobre y sin carácter. El desencanto de la comparación con Europa fue un obstáculo para reconocer que esa ciudad monótona era técnicamente más europea que muchas de las que había visitado en España e Italia. 

En efecto, Buenos Aires ya tenía entonces una línea de trenes subterráneos (inaugurada en 1913), un puerto moderno, calles trazadas y afirmadas, parques diseñados por arquitectos paisajistas, grandes edificios públicos, cloacas, teléfonos y electricidad. Lo peculiar de Buenos Aires, además, era que estos servicios se distribuían de modo relativamente equitativo y alcanzaban a los barrios ricos y los pobres.2 El trazado de las calles era geométrico hasta la exasperación, porque las elites habían decidido conservar el damero colonial y expandirlo, en lugar de optar por trazados urbanos más interesantes, irregulares y pintorescos.

Calles, calles, calles 

Los barrios repiten un trazado de manzanas cuadradas que son formalmente idénticas a las del centro. La manzana de cien metros de lado es la forma ideal, platónica, de la ciudad moderna: la monotonía de la geometría separa abruptamente a la ciudad de la naturaleza. Si no tiene paisaje caprichoso y variado, la ciudad tampoco lo reemplaza con un diseño pintoresquista que contradeciría su entorno pampeano. Buenos Aires encuentra una fisonomía. Sobre la llanura que la rodea y la penetra, la ciudad pone su forma que es tan sencilla como las coordenadas también rectas e infinitas de la llanura. Buenos Aires está, idealmente, completa aun cuando sus calles todavía comunican un baldío con otro  baldío. Es la orilla geometrizada de la pampa, límite y margen donde el campo a veces se introduce en la ciudad, y la ciudad a veces penetra el campo. Esta condición orillera (que en el castellano del Río de la Plata quiere decir también bravía, marginal, incluso criminosa) puede pensarse como una imagen de la Argentina construida desde mediados del siglo XIX, en el lugar más remoto de América, finis terrae adonde acuden los inmigrantes europeos en busca de un Dorado que siglos antes no habían encontrado los españoles. Buenos Aires, las orillas de Europa. 

A fines de los años cuarenta, Héctor A. Murena escribió un libro donde desarrolla esta idea de finis terrae. Su título es El pecado original de América. La tesis es sencilla como el argumento de una tragedia. En  Europa, los hombres viven en un territorio sobre el que se han depositado capas de historia. Cuando el arado se clava en una parcela, la tierra recuerda haber sido arada durante siglos. Esa tierra se ha ido humanizando porque fue ocupada por generaciones y generaciones: en mi casa natal, en Asturias —me decía un inmigrante— está la mesa donde comieron mis bisabuelos. Murena vive la diferencia americana como una privación de este pasado: América es un continente arrojado fuera de la historia. Los europeos que llegaron a América abandonaron una tierra donde era posible encontrar sentidos y se establecieron en un espacio vacío. No pudieron ni quisieron construir allí una comunidad donde el tiempo pasado pudiera acumularse como historia y memoria. Construyeron ciudades y sociedades súbitas, volcadas enteramente hacia el futuro. Por eso, la condición americana es, para siempre, una condición de ser arrojado del mundo.

Sin que hubieran polemizado nunca, es evidente que Borges no compartió la perspectiva radicalmente pesimista de Murena. Su idea de Buenos Aires es me- nos trágica pero más conflictiva. Capta la contradicción entre dimensiones culturales diferentes, una contradicción irresuelta, y no simplemente una pérdida. Para Borges, Buenos Aires es material y simbólicamente una “orilla”, es decir un espacio que no termina de resolverse ni hacia un lado ni hacia el otro, un límite y también un margen.

Pero volvamos a la construcción de Buenos Aires. La ocupación de la llanura al borde del río fue lenta durante siglos. Pero después de concluidas las guerras civiles y después de una operación genocida por la que se arrinconó, se eliminó o se despojó a los últimos pobladores prehispánicos, sobre las derrotas de fracciones tradicionalistas de las provincias y la unificación violenta del territorio nacional, en el último tercio del siglo XIX, Buenos Aires comienza un crecimiento de aceleración desconocida hasta entonces. 

Una cita de Roberto Arlt, publicada en un periódico de 1929, describe una ciudad que está haciéndose:

 

Como en los escenarios de los teatros cuando ya se apagaron las luces y quedan solas las bambalinas, se ven casas cortadas por la mitad, salones donde la piqueta municipal ha dejado íntegro, por un milagro, un rectángulo de papel de oro o una estampa de “La Vie Parisienne”. Armazones de cemento armado más bellos que una mujer. Caños de desagüe. Arcos voltaicos reverberando sótanos de tierra amarilla, mientras cruje la cadena de la grúa eléctrica… 3  

 

Roberto Arlt compara la ciudad en construcción con una escenografía porque Buenos Aires se está reformando velozmente, sin tiempo casi para borrar las marcas de lo que había sido poco tiempo atrás, como esas casas cortadas por la mitad, porque su fachada ocupaba el espacio de la gran avenida. Como en un teatro, se trabaja día y noche, a la luz de los arcos voltaicos, ese icono tecnológico de la iluminación moderna. La ciudad se construye con una especie de frenesí paradójicamente planificado, como si debiera estar lista para la función del día siguiente. Buenos Aires va cambiando, casi de la noche a la mañana, a medida que se ensanchan sus calles o se derriban bloques enteros de edificios para dar paso a diagonales proyectadas por intendentes modernistas. Es la escenografía que deberá representar a la metrópolis moderna, como un acto de la voluntad urbanística.

La literatura, especialmente la de Roberto Arlt y de Oliverio Girondo, presenta esta ciudad nueva con las técnicas del collage vanguardista: la ciudad, más que un espacio-tiempo continuo, es un montaje de imágenes fragmentarias. En 1920 y 1930, la ruptura de la experiencia temporal, un efecto de la tecnología y de los sistemas de comunicación modernos, produce la impresión de que la ciudad no tuviera pasado conservable, que todo lo anterior podría caer bajo la piqueta y que sólo habría ganancia en la construcción de lo nuevo. La metrópolis (que Buenos Aires desea ser) es un estallido de la historia.

Cincuenta años antes de la noche en que Roberto Arlt descubre esta ciudad escenográfica, el ejido urbano de Buenos Aires apenas si estaba ocupado por edificación en la vieja zona del centro sur, junto a la aduana, el puerto, la Casa de Gobierno y la calle Florida. El resto eran manchones de casas aisladas por extensiones barrosas. Pero en 1929, esos enormes espacios vacíos se habían compactado. La ciudad, que antes se confundía con la llanura que la rodeaba, ya era plenamente ciudad, y tanto que se demolía lo construido pocos años antes para abrir calles y avenidas dignas de una gran capital.

Pero esa aceleración de 1929 tenía antecedentes. En 1918, Catherine Dreier, una viajera norteamericana amiga de Marcel Duchamp, descubrió que en esa ciudad que se pretendía cosmopolita, ni siquiera los mejores hoteles recibían a mujeres que viajaran solas. La ciudad y la condición de las mujeres en ella le parecen producto de una cultura hispánica conservadora y tradicionalista. Buenos Aires no la impresiona como la “París del Sur” de la que había oído hablar, por dos razones: la monotonía de su trazado en grilla ortogonal, por una parte, y la ausencia de una sociabilidad rica y móvil en el espacio público, por la otra. Más que a París, Buenos Aires le recuerda a Brooklyn. Probablemente, Dreier no se equivocaba demasiado:

 

Una hermosa avenida, llamada Avenida de Mayo, se prolonga por poco más de una milla y podría recordar un boulevard parisino, con sus árboles y los muchos cafés cuyas mesas y sillas ocupan las veredas. Pero, en realidad, ¡qué dis- tinto es todo a París! Acá muy pocas veces se ve a una mujer y, a diferencia de París, sólo los hombres frecuentan los cafés (…) Buenos Aires me recuerda constantemente a Brooklyn. Tiene sólo una pequeña zona divertida e intere- sante, y el resto consiste en una infinita perspectiva de calles. Algunas bien pa- vimentadas, otras mal, pero sólo calles, calles, calles. 4

 

También en 1918, un viajero ya conocido en los círculos estéticos de París y Nueva York, Marcel Duchamp, llega con la idea de establecerse un tiempo en Buenos Aires. No conoce a nadie y su visita queda como un acto secreto, sin dejar huellas ni ser comentado por ningún argentino. Aburrido de una ciudad que considera una aldea, Duchamp regresa en 1919 a Estados Unidos. Antes, en algunas cartas que escribió desde Buenos Aires, la juzga severa y displicentemente. Le parece una pequeña ciudad de provincia, vulgar, donde no se sabe nada del arte contemporáneo y donde la elite es poco refinada.5 Miss Dreier tiene la misma impresión sobre los gustos estéticos de la elite que —según ella— elige decorar sus palacios con arte pompier y carece de toda idea sobre la arquitectura moderna.

Ni Dreier ni Duchamp estaban en condiciones de captar qué había detrás y debajo de ese damero de calles rectas cuya regularidad resulta, sin duda, singularmente antipintoresca. Esas calles rectas, “sólo calles”, prolongadas hasta el infinito, son la máquina geométrica de la Buenos Aires moderna, que le permite crecer con una velocidad insólita y multiplicar sus suburbios en pocas décadas. Debajo de esas calles rectas están los tubos de los desagües y los túneles del primer subterráneo; y en la superficie, siguiendo las líneas de la grilla, los rieles de los tramways, las líneas eléctricas y los cables telefónicos. Esto, que naturalmente impresionaba poco si el viajero llegaba desde Nueva York, fue la base de la modernización urbana sobre la que, muy pocos años después, se apoyarían los procesos de modernidad cultural.

La trama subterránea y aérea de los servicios y del transporte, que Dreier y Duchamp miraron con descuido, era una de las capas más dinámicas de la ciudad real. Pasaron por alto tanto estas construcciones técnicas, como la voluntad urbanística de diseñar una ciudad regular, balanceada. Sin embargo, los viajeros menos ilustres que llegaban para quedarse, los inmigrantes europeos, encontrarían condiciones materiales que desconocían en sus aldeas de origen.

Proyecto urbano e inmigración

Buenos Aires fue una ciudad de inmigrantes. Lo primero que hay que decir es que a las ciudades latinoamericanas la gente llega desde otra parte: son ciudades producto de cambios demográficos gigantescos. Durante la colonia española, con métodos muchas veces sanguinarios, se establecieron decenas de miles de peninsulares sobre los territorios de los pueblos de origen americano. Se funda así una sociedad hispano-criolla, con diferentes grados de mestizaje. En el Río de la Plata, la colonia española fue pobre y no conoció el artificio barroco de las grandes capitales virreinales, como México, Lima o Bogotá. Los edificios coloniales que sobreviven en Buenos Aires son discretos ejemplos del neoclásico o simples iglesias blancas. No hubo arquitectura de corte virreinal ni arte mestizo porque tampoco había en el Río de la Plata grandes culturas indígenas anteriores a la conquista.

Hasta el último tercio del siglo XIX, lo característico de la economía pastoril fue una sociabilidad no urbana, de patrones de estancia y gauchos que comenzaban a convertirse en peones rurales por la fuerza del mercado de trabajo y de la policía. Buenos Aires era una aldea barrosa, sin grandes edificios, sin parques ni obras públicas, asolada en ocasiones por la peste que se extendía por los desagües abiertos, las construcciones precarias y los mataderos próximos al centro. Sólo después de 1870, empezó a dar el tono cultural a su región de influencia y se pensó a sí misma como futura ciudad cosmopolita. La fórmula de las elites modernizantes podía resumirse en proyecto urbano más inmigración.

La idea de ciudad y la idea de un gigantesco cambio poblacional ya aparecen unidas en Sarmiento, para quien las llanuras extensas donde prospera la cultura pastoril son el escenario propicio al despotismo, y las ciudades-puerto, hospitalarias frente a los extranjeros, presentan el espacio propicio a la república moderna. Sarmiento, que había admirado una república de farmers en Estados Unidos, confiaba en el poder civilizatorio de la ciudad, donde las virtudes cívicas podrían triunfar sobre las resistencias tradicionalistas y civilizar la pampa (farmers en la llanura, escuelas en todas partes, y una ciudad fuerte desde donde se ejerciera el gobierno). Para él, como para muchos hombres del siglo XIX, la ciudad era una construcción pedagógica en sí misma. El espacio imparte lecciones prácticas y debe funcionar como una buena máquina enseñante. Vivir en ciudad es etimológica y simbólicamente un acto de civilización. Los inmigrantes eran una pieza central de este proyecto.

Entre 1880 y la Primera Guerra Mundial llegaron a Buenos Aires decenas de miles de inmigrantes. Básicamente españoles e italianos, pero también alemanes, rusos, judíos centroeuropeos y asiáticos. La mayoría española e italiana no respondía del todo al perfil del inmigrante ideal fantaseado por las elites (que buscaban artesanos y campesinos nórdicos que, a su vez, sensatamente, preferían inmigrar a Estados Unidos).

Como sea, en el comienzo del siglo XX, Buenos Aires es una ciudad de extranjeros (la mitad de sus habitantes lo son). Se publican periódicos en italiano, alemán, idisch; en 1910, mientras se festeja la independencia de España y se cumplen todos los ritos de reafirmación de la nacionalidad, por las calles de Buenos Aires se escuchan esas lenguas exóticas o el castellano con acento peninsular.

A la población de origen hispano-criollo se superpuso una población extranjera cuyos miembros eran más jóvenes y sus mujeres procreaban más hijos. En pocas décadas, los inmigrantes y sus hijos nacidos en Argentina son más numerosos que la base hispano-criolla que viene del virreinato. Esos europeos llegan, desde pueblos mínimos, a una ciudad que parece inmensa porque está agujereada por la llanura. No son cosmopolitas, son simplemente extranjeros. Un inmigrante italiano narraba el shock producido por Buenos Aires. Venía de una aldea rural que se recostaba orgánicamente sobre una colina, integrada por el trabajo de los siglos en el paisaje cuyas piedras formaban los muros de la iglesia y de las casas. Su aldea era nada, tenía sólo el tamaño de un barrio de Buenos Aires. Sin embargo, este inmigrante, como los miles que llegaron antes que él, debían olvidar la aldea para afincarse en esta ciudad y realizar las transacciones complejas por las cuales, aunque nunca dejarían de ser del todo extranjeros, comenzarían a pensar que su casa estaba en esa orilla de América.

En Buenos Aires, no sólo la elite combinó modelos urbanos: la inmigración protagonizó un gigantesco proceso de refundición de identidades culturales. Al final de ese proceso, y sólo para los hijos de esos inmigrantes, estaba la ciudadanía política y el derecho a la ciudad.

La superposición de identidades culturales trae desilusiones y conflictos. La ciudad hispano-criolla no se reconoce en la ciudad inmigratoria; la ciudad, que antes era espacio público de las elites, se convierte en una ciudad donde comienza a circular todo el mundo. Se destruye la trama de relaciones directas que caracterizaba la aldea. Buenos Aires es ocupada por “extraños”, recién llegados que no respondían (ni respondieron en ningún lugar de América) al patrón con que las elites habían definido a los extranjeros “deseables” para la consolidación de la sociedad civil y del mercado de trabajo. En el puerto de Buenos Aires se hacinan los pobres de Europa, tan analfabetos como los gauchos que supuestamente debían desalojar con sus costumbres de orden y trabajo.

Los miedos

En 1910, un historiador y crítico importante, Ricardo Rojas, diagnostica con alarma la presencia del extranjero en Buenos Aires.6 Lo asustan los carteles de los escaparates, escritos en idisch, en polaco, en italiano; las sociedades de fomento italianas, que exhibían la foto del rey Umberto o de Mazzini; los diarios  y las celebraciones patrióticas de las colectividades; los judíos con sus levitas y sus gorras ocupando algunas de las zonas de Buenos Aires, y levantando allí sus templos. Rojas no pretende desalojar a esos recién llegados, pero le preocupa establecer sobre ellos la tutela de la elite hispano-criolla. No quiere que permanezcan en sus ghettos, sino por el contrario, obligarlos a la mezcla. La educación le parece un instrumento clave para esta asimilación. Y, en realidad, lo fue. Los hijos de esos inmigrantes son alfabetizados y nacionalizados en la escuela pública, laica, gratuita y obligatoria para niñas y niños, donde se reprimieron todos los clivajes culturales. A la fuerza, la escuela pública enseñaba a ser argentino.

Los judíos fascinan por su extranjería más lejana y producen las primeras fobias antisemitas. Incluso quienes no fueron antisemitas, los describen como niños exóticos: 

 

Hombres que hablan un idioma más seco y más áspero que la arena del desierto (…) Las palabras chasquean y restallan o se arrastran guturales, gangosas e incomprensibles. A veces estos hombrazos juegan como chicos, se empujan por los hombros, se corren hasta el centro de la calle, gritan como perros y, luego, nuevamente, recobran el ritmo de su sigilo y continúan conversando.7

 

Esta mezcla étnica cambia los colores y las lenguas de la ciudad. Veinte años después de las advertencias temerosas de Ricardo Rojas, el proceso ha impuesto su potencia y ha reconfigurado muy profundamente la dimensión simbólica, la vida cotidiana y la política. Porque con los inmigrantes llega también el sindica- lismo y el anarquismo; los extranjeros alimentan la primera militancia del socialismo, cuyos dirigentes pertenecen, en cambio, a la clase media universitaria. Las ideologías políticas, las formas de organización laboral, las estrategias de lucha y movilización, a través del sindicato y la huelga, le proporcionan a la elite razones suplementarias de alarma. La Babel de las lenguas extranjeras, el cambio en las costumbres cotidianas, las huelgas y movilizaciones obreras y la aparición de intelectuales de origen inmigratorio (fenómenos muy diferentes pero imaginariamente relacionados) son vividos como amenaza a la unidad cultural de la nación. Los debates de las tres primeras décadas del siglo XX giran sobre los orígenes europeos de la mezcla racial argentina y sobre si debía preservarse la preeminencia cultural de la elite hispano-criolla frente al desorden inmigratorio. ¿Qué quiere decir argentino? ¿Quién tiene derecho a definir los límites de este campo cultural donde se está comenzando a mezclar todo? Ricardo Güiraldes, un afrancesado, amigo de Valéry Larbaud, dandy y rico propietario rural, sintió la amenaza encerrada en estas preguntas. Por un lado, el gaucho, como tipo nacional, se había convertido en jornalero afincado en la estancia; las virtudes criollas que se le atribuían estaban desapareciendo con esos portadores mitológicos de nacionalidad que, cuando existían realmente, fueron usados como carne de cañón de las guerras civiles o masa de maniobra de la política oligárquica. Pero, desaparecido el gaucho, el extranjero no podía ofrecer otra cosa que su extranjería. Y sobre esa falla había que pensar el futuro de la Argentina.

Güiraldes escribe el último romance del ciclo rural. Su particularidad es escribir el tema gaucho con “todas las novedades de los cenáculos de Montmartre”, como irónicamente señaló Borges. Esa novela exitosísima, Don Segundo Sombra, publicada en 1927, tiene como personajes a los últimos gauchos de la literatura, los últimos protagonistas de faenas rurales realizadas con la alegría desinteresada de los combates homéricos. Pero la novela casi no puede registrar la presencia de los inmigrantes que ya extendían sus chacras por toda la llanura. Y cuando se menciona a un extranjero es para decir que había vendido a su hija en un prostíbulo.

Paseantes y vagabundos

Los hijos de la elite hispano-criolla sentían que la “autenticidad” racial, cultural y lingüística estaba amenazada. “Nuestra ciudad se llama Babel”, escribe Borges.8 Otros, como Oliverio Girondo, compañero de Borges y Güiraldes en los combates vanguardistas, hacen de la pérdida de “autenticidad” un estilo. En los años veinte, Girondo viaja por Europa y organiza un libro de poemas sobre las estaciones de su itinerario. A esas postales europeas (Venecia, Sevilla, Douarnez) las mezcla con otras postales de Buenos Aires, en las que no lamenta la pérdida de organicidad o la ausencia de pasado, sino que procura poner en escena la fragmentación del sujeto y de la experiencia en la condición metropolitana. La solución de Girondo a la cuestión de la extranjería consiste en una duplicación de la apuesta: Europa es tan fragmentaria, tan plana como Buenos Aires; incluso cuando algún rincón europeo parece excesivamente cargado de historia, Girondo introduce un corte irónico: con gesto duchampiano, ubica a la virgen sevillana al lado de un bidet.

También Roberto Arlt, que es hijo de inmigrantes y está lejos de pertenecer a la elite hispano-criolla, percibió la extranjería que, de todos modos, estaba escrita en su nombre, que él mismo sabía impronunciable según la fonética española. Arlt escribe:

 

Cuatro recovas tiene Buenos Aires, cuatro recovas que son el refugio de la pobretería, el escaparate de la vagancia, el museo de la pobreza; cuatro recovas que son como los cuatro puntos cardinales de la miseria humana; cuatro recovas que son el caldero de la roña, el paseo de la mugre, el camino de la sordidez, el valle de los desarrapados, la Corte de los Milagros de la piojería cosmopolita; cuatro recovas y una sola tristeza: la de los bolsillos sin dinero, la de las mujeres sin rumbo, la de los inmigrantes sin esperanza, la de los vencidos sin refugio.9

 

Arlt percibió agudamente las contradicciones de la ciudad cosmopolita: la fragmentación de las subjetividades en el shock metropolitano, la intraductibilidad de las experiencias, el desmoronamiento de las ilusiones de organicidad. La ciudad, que está literalmente llena de gente como nunca antes, es no sólo el paraíso del paseante, el escaparate de las mercancías, el refugio anónimo del mirón o del exhibicionista, sino también un desierto: un lugar desolado, donde las relaciones abstractas del capitalismo ya triunfante se imponen sobre las formas más arcaicas de comunidad. Se vive en “un desierto encastrado en el corazón de la ciudad”.10

El vagabundo no siempre es un flâneur, un elegante, un dandy o un artista; en la Buenos Aires de los años treinta, también vagabundean los desocupados, los fracasados del sueño inmigratorio, sus hijos, y los nuevos migrantes que empiezan a llegar ya no de Europa sino de las provincias interiores. En Buenos Aires es posible sentir no sólo la fascinación del shock, sino la soledad de las grandes urbes donde hay flâneurs, obviamente, que dominan el mapa cultural citadino, pero también hay vagabundos que experimentan la expulsión y la soledad porque son marginales dentro de la gran máquina urbana que produce formas cada vez más abstractas de funcionamiento. Pulsátil, el mercado incluye y expulsa. También produce nuevas configuraciones culturales populares.

Las masas

En estas mismas décadas de 1920 y, sobre todo, de 1930, se registran tres acontecimientos fundamentales de la cultura popular moderna: la difusión del football como deporte nacional, que se profesionaliza rápidamente; la implantación de la radio y los grandes diarios, matutinos de formato tabloide, vesperti- nos sensacionalistas, muy ilustrados; y el apogeo del tango que produce no sólo un repertorio de canciones sino también de films y grandes espectáculos teatrales. Todo esto habla de nuevas masas que ocupan material y simbólicamente el espacio urbano.

El tópico de la muchedumbre (tópico que inaugura Ortega y Gasset en España y transfiere con un éxito fulgurante a la Argentina) será una obsesión del ensayo pesimista sobre la ciudad. Ezequiel Martínez Estrada escribió dos libros fundamentales sobre la Argentina moderna: Radiografía de la pampa (1933) y La cabeza de Goliat (1940). El primero es un ensayo sobre la constitución histórica del país desde la conquista española; el segundo aborda el problema de la cultura urbana en el Río de la Plata.

Martínez Estrada afirmó que Buenos Aires era una excrecencia del humus de la llanura que la rodeaba, que incluso los rascacielos eran sucesivas capas de esa tierra gredosa y húmeda. Al crecer, Buenos Aires disimuló, mediante máscaras de edificios, la llanura pampeana que fue su origen y será su destino. Buenos Aires se ha llenado por superposición, por agregado, por metástasis, por completamiento de vacíos que, sin embargo, nunca llegan a colmarse. Así se lee en Radiografía de la pampa:

 

A lo largo de una cuadra los diferentes edificios hablan distintos idiomas de tiempo, de épocas económicas, de modas, y permiten ver, como en sus estratos la tierra, los cataclismos que han sufrido. (…) Junto a las casas de un piso, las de dos; y entre ellas los terrenos baldíos y los rascacielos de veinte o treinta pisos que surgen como la ambición predominante (…) Un rascacielos en una manzana de edificios de planta baja, próximo a terrenos que aún conservan pastos originarios, indica lo mismo y al revés que un hundimiento: la fractura de un trozo de suelo en que todo está asentado. (…) Sobre las construcciones de un piso, que formaron la ciudad anterior, parece haber comenzado a edificarse otra ciudad en los otros pisos. (…) Al principio se construía sobre la tierra; hoy se utiliza el primer piso como terreno, y las casas de un piso ya son los terrenos baldíos de las casas de dos o más. Por eso Buenos Aires tiene la estructura de la pampa; la llanura sobre la que va superponiéndose, como la arena y el loess, otra llanura; y después otra.11

 

Sobre este caos plano, la colonia española había sido solamente un extendido saqueo. Y la inmigración, afirmaba Martínez Estrada, trajo su voluntad de lucro, su ambición irrefrenable, su pulsión instantaneísta, su mala heterogeneidad de pueblos que han perdido sus raíces.

La ciudad heterogénea estilística y culturalmente es percibida como desorden indeseable. En el mismo sentido intervenía Victoria Ocampo, reclamando para Buenos Aires ya no el pintoresquismo caprichoso de las aldeas europeas que otros intelectuales extrañaban, sino la regularidad de sus casas que repiten los mismos rasgos estilísticos. En esta ciudad heterogénea, sin patrones históricos que contengan y ordenen lo diverso, las muchedumbres pueden volverse aún más amenazadoras. Se trata ya no sólo de los inmigrantes europeos sino de sus hijos, y de otros migrantes, los criollos y mestizos que están llegando de las provincias interiores para establecerse en las orillas de la ciudad. Como sea, siempre son multitudes extrañas que ponen en escena su diferencia.

Buenos Aires, que se creía metrópolis cuando todavía no lo era, en los años cuarenta muestra los rasgos que los intelectuales han aprendido a temer en las sociedades modernas: la masa vive en la ciudad, la ciudad es el escenario de la masa, esa sustancia amorfa, ingobernable y no sujeta a las regulaciones ni de la razón ni de la moral; ella prefigura lo que serían, pocos años después, las multitudes peronistas.

La ciudad, escenario del peronismo, exhibe los rasgos de su modernidad metropolitana y ninguno de los avatares políticos de las décadas del 50 y 60 torcieron ese perfil. Buenos Aires ya es la ciudad predominantemente blanca, rodeada de suburbios prósperos, de barrios obreros y de villas miseria. La modernidad ha cumplido algunas de sus promesas y ha mostrado sus injusticias y conflictos.

Fin de ciclo

El fin del ciclo llega en 1976, con la dictadura militar. Durante esos años terribles, los militares llevan adelante en Buenos Aires una política tecnocrática, de modernización autoritaria, que comienza por la expulsión de pobres y migrantes hacia afuera del casco urbano y la consolidación de desigualdades materiales que dividen más que nunca en zonas ricas y pobres. Se construyen las autopistas que llegan prácticamente hasta el centro, dejando heridas profundas en el tejido de barrios tradicionales. La tecnificación de la ciudad es una tendencia poderosa que se afirma en el presente; algunas zonas de Buenos Aires han sido prácticamente reconstruidas sobre el modelo de las intervenciones urbanas, comunicacionales y telecomunicacionales, de las grandes metrópolis fin de siglo.

Sin embargo, en el imaginario cultural y estético, la ciudad es vista a menudo como un paisaje de decadencia. El optimismo proyectual y estatista de las elites de fines del siglo XIX ha dejado paso al juego de las fuerzas del mercado en un espacio urbano convertido en escena de meganegocios. Las elites de fines del XIX pensaron configurar una ciudad moderna para una población que llegaría de Europa. Su proyecto tuvo efectos inclusivos, aunque se trató de una modernización desde arriba, justificada por el argumento de que esas masas inmigratorias debían ser educadas para la ciudadanía.

Los procesos capitalistas del presente no tienen actores con ese nivel de conciencia cultural y política que mezclaba impulso reformador y autoritarismo. El mercado urbano no es un ágora. Los capitales no defien den ciudades, defienden negocios en las ciudades. 

Frente a estos cambios, la ciudad que quiso ser  homogénea y europea, no se reconoce en las masas de pobres argentinos y de los países limítrofes que ocupan los barrios marginales y las calles deterioradas del downtown. Buenos Aires se ha fracturado de un modo mucho más evidente que la división entre un norte rico y un sur popular. Borges escribió en un cuento memorable que cruzar hacia el sur era entrar en otra dimensión del tiempo. Hoy el sur de la ciudad es la otra cara del Buenos Aires que conocen los turistas o les muestran a los visitantes extranjeros.

Por otra parte, las orillas indeterminadas de Borges, que luego se convirtieron en villas miserias o se transformaron en barrios populares, hoy son un no man’s land de inseguridad y desocupación. Buenos Aires, la orgullosa ciudad que combinaba modelos europeos, ha encontrado su “destino sudamericano”, con barrios cerrados donde se refugian los sectores afluentes, guetos millonarios, y un centro histórico parcialmente tugurizado.

La ciudad es un mapa histórico. Sobre el trazado optimista del siglo XIX, sobre los monumentos y edificios públicos de su apogeo, aparece la nueva red de autopistas y la red informática. Los nuevos extranjeros de esta ciudad son los pobres, los migrantes asiáticos, los provincianos expulsados de sus regiones por la desocupación. La Buenos Aires de los años noventa atraviesa cambios evidentes: en primer lugar, el éxodo desde la ciudad hacia los suburbios por parte de las elites económicas y de los sectores de las capas medias que pudieron adaptarse a la transformación neoliberal; en segundo lugar, la conversión del centro de la ciudad en espacios turísticos (donde se construyen grandes hoteles internacionales), zonas museificadas elegidas por su pintoresquismo y embellecidas expulsando a sus anteriores habitantes, y zonas completamente deterioradas donde proliferan los vendedores ambulantes, los excluidos del mercado de trabajo y los homeless.

La ciudad recibe grandes inversiones internacionales que utilizan el pasado urbano como decorado; junto a estos emprendimientos del capitalismo, se extienden las zonas de deterioro, donde la tecnificación urbana y la postmodernidad arquitectónica no han llegado. Algunos barrios tradicionalmente dinámicos de Buenos Aires se han tugurizado: allí encontramos hoteles para migrantes de las provincias o de América Latina, viejas casas ruinosas a las que todavía no descubrió ningún developer interesado en el reciclaje, servicios urbanos de segunda categoría, seguridad deficiente.

Lo que ha cerrado definitivamente un ciclo es la caída de la idea misma  de ciudad como lugar despiadado y seductor, propicio a todas las innovaciones. La ciudad no parece ya una escena deseable. El imaginario se fascina con una especie de kitsch campesino, en el que los barrios cerrados ostentan nombres que evocan el pasado hispano-criollo en mezquinas parcelas de doscientos metros cuadrados, o se desterritorializa en los grandes centros comerciales extraurbanos, tirados al borde de las autopistas. Entre el barrio campestre kitsch y el camp global de los shopping malls, Buenos Aires integra un continuum de ocho millones de habitantes. 

Ya nadie podría acusarla de que imita a París, una ciudad que defien de su condición de ciudad, como la defien den Manhattan o Berlín. El exilio europeo ha concluido. Ahora, probablemente, la imagen del paraíso sea un suburbio norteamericano. Y los extranjeros hoy se dividen entre los latinoamericanos pobres, y los turistas que deambulan por el norte de la ciudad con un guía que les informa que Buenos Aires es la ciudad más europea de América.


"Buenos Aires: el exílio de Europa" © Beatriz Sarlo.

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1. Véase Adrián Gorelik y Graciela Silvestri, “El pasado como futuro. Una utopía reactiva en Buenos Aires”, en Punto de Vista, nº 41, abril de 1992. 

2. Véanse Adrián Gorelik, La grilla y el parque, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 1998; y Miradas sobre Buenos Aires, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004

3. Roberto Arlt, “Corrientes, por la noche”, El Mundo, 26 de mayo de 1929, compilada en Aguafuertes porteñas. Buenos Aires, vida cotidiana (selección y prólogo de Sylvia Saítta), Buenos Aires, Alianza, 1993, p. 33.

4. Katherine S. Dreier, Five Months in the Argentine from a Woman’s Point of View; 1918 to 1919, Nueva York, Fredric Fairchild Sherman, 1920, p. 13 (“One beautiful avenue, called the Avenida de Mayo, which stretches a little more than a mile might easily recall a Parisian boulevard, with its avenues of trees and its many cafés with small tables and chairs on the sidewalk. But how unlike Paris in reality! Here one rarely sees a woman, and, unlike Paris, only men frequent the cafés (…) Buenos Aires was constantly reminding me of Brooklyn. There was only a small section which was interesting and amusing, and the rest was endless, endless vistas of streets. Sometimes with good pavement, sometimes with bad, but just streets, streets, streets”).

5. Véanse Gonzalo Aguilar, Buenos Aires ready-made (Marcel Duchamp en Argentina, 1918-1919), Buenos Aires, Ediciones del Pirata, 1996; y Marcel Duchamp, Milán, Bompiani, 1993 (catálogo de la exposición realizada en Venecia en 1993).

6. Ricardo Rojas, La restauración nacionalista, Buenos Aires, Imprenta de la Penitenciaría, 1910.

7. Roberto Arlt, “Sirio libaneses en el centro”, El Mundo, 23 de julio de 1933, en Aguafuertes porteñas. Buenos Aires, vida cotidiana, op. cit., pp. 89-90.

8. Jorge Luis Borges, “Queja de todo criollo”, en Inquisiciones, primera edición de 1925. Reedición: Buenos Aires, Seix Barral, 1994, p. 145.

9. Roberto Arlt, “Las cuatro recovas”, El Mundo, 17 de enero de 1929, en Aguafuertes porteñas. Buenos Aires, vida cotidiana, op. cit., p. 12.

10. Roberto Arlt, “El desierto en la ciudad”, El Mundo, 26 de enero de 1929, en Aguafuertes porteñas. Buenos Aires, vida cotidiana, op. cit., p. 16.

11. Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la pampa (edición a cargo de Leo Pollmann), Madrid, Colección Archivos, 1991 [1933], pp. 149-150.

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