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from the April 2018 issue

Una visita al cementerio

Un domingo de primavera hay tres argentinos en París. Caminan por las calles vacías como si tuvieran toda la mañana a disposición. Piensan en sus familias, en la gente que han dejado momentáneamente atrás, y en el inminente reencuentro con la rutina, ya que en pocas horas cada uno emprenderá la vuelta. La ciudad parece en estado de abandono, y gracias a la quietud parece también plegada a una impostura deliberada y escénica, quizás efecto de algún acuerdo vecinal de última hora para exhibir edificios, comercios y calles en desuso. Todo a merced del más supremo de los silencios, el silencio constante, o sea el que se pone especialmente de manifiesto cuando algún ruido lo interrumpe y deja un aire de desolación al borrarse.

Un teólogo, un narrador y un ensayista componen el grupo. Después se agregará un músico. Caminan despacio y con desgano. Los pasos lentos indican un poco de contrariedad, porque no esperaban que París en domingo se pareciera de tal modo a los domingos de cada una de sus ciudades. La fórmula «domingo por la mañana» describe fácilmente una idea del momento, ya que en cualquier lugar los domingos por la mañana pasa lo mismo. Quizás porque están en el extranjero, o porque se creen los únicos actores de una obra que no alcanzan a precisar, pero que en cierto modo es profunda, una de esas obras de honduras psicológicas, ahora se sumergen en una ociosidad más palpable y en un silencio más elocuente.

Se conocen desde hace años, aunque van a separarse y quizá pase largo tiempo antes de que se vuelvan a encontrar. Se comportan como protagonistas... ¿Pero qué significavexactamente ser protagonista? Están juntos como en pandilla,va lo mejor sienten que forman un sujeto colectivo, y que ese colectivo les dicta la conducta a seguir, repartiendo papelesvque ellos asumen pero no poseen. Cada cuerpo es unavextensión o brazo del otro, que camina al lado. Avanzan como si les interesara todo y nada al mismo tiempo; cualquiera que los viera probablemente pensaría en un aceitado engranaje de personajes recelosos y decadentes.

El narrador ha pasado a buscar al ensayista y al teólogo; para eso debió desayunar temprano y sobre todo preparar su valija y dejar enseguida la habitación del hotel, porque viaja esa misma tarde de regreso al país donde vive. El ensayista y el narrador han conversado entrecortadamente –pero a la vez como si fuera para ellos natural comunicarse de ese modo, como si la amistad consistiera en acoplar segmentos de conversación– durante la breve convivencia diurna a la que se sometieron en un Encuentro sobre Ciencias Literarias durante dos días. Un punto recurrente en sus diálogos fueron los desayunos. El narrador y el ensayista suelen sostener conversaciones sobre temas de distinta trascendencia que desarrollan a lo largo del tiempo. En esta ocasión han aprovechado los cafés durante los intervalos, las caminatas de un edificio a otro, las esperas en los pasillos y sobre todo los traslados hacia las alejadas sedes del Evento: todo es oportuno para alimentar la connivencia, y por lo tanto nada aproximadamente serio o definitivo puede mencionarse sin riesgo de interrumpir esa amistad mundana y a la vez arraigada.

En cada reencuentro retoman como mínimo un tema proveniente del último; y ambos tienen la sensación de que ese tema, cualquiera sea, aparece siempre gracias a un azar que no controlan, aunque resulte en todo momento certero porque los rescata de la indiferencia. El ensayista se aloja en un hotel caro, el narrador en uno barato: eso ha dado lugar a bromas y comparaciones acerca de los desayunos. El narrador debe conformarse con lo exiguo que le ofrecen en la húmeda catacumba que hace las veces de comedor, mientras que el ensayista tiene las opciones que brinda la abundancia de un amplio salón con manteles y ventanales que dan al boulevard. Un día hablaron sobre estos contrastes, aunque sin llegar a alguna conclusión válida.

Antes de este domingo, el narrador ha visto al teólogo en una sola ocasión. Fue en la ciudad de Rosario, probablemente 15 años atrás, cuando se celebraba el casamiento de un amigo de ambos (del ensayista y el teólogo), de profesión filósofo. El narrador asistió a la boda como huésped casual del ensayista. Pese a tener una imagen borrosa del teólogo, el narrador sabe que lo hubiera reconocido aun de habérselo cruzado en cualquier ciudad, bajo cualquier clima, cualquier día de la semana y sin la compañía del ensayista.

El ensayista y el teólogo se alojan en el mismo hotel. Son amigos desde la infancia y aprovecharon el Encuentro Científico que trajo al ensayista para reunirse, ya que el teólogo vive en una ciudad cercana y en los últimos años no ha tenido oportunidades de viajar a la Argentina. También, el teólogo y el ensayista provienen del mismo barrio, y el narrador imagina que hasta vivieron en la misma cuadra. Debido a esa larga amistad rosarina el narrador recela de ellos; sobre todo de algo que se pueda formar, que en realidad ya está formado, según cree, y adquiere consistencia casi física al caminar en su compañía.

Cree que hay una complicidad de la que está excluido. Su mayor preocupación es que luego de este encuentro de domingo, al final de la jornada el ensayista y el teólogo se dediquen a repasar el día y vayan enumerando los puntos flojos o insostenibles del narrador. El narrador tiene la sensación de estar siendo examinado por el teólogo y el ensayista, y eso provoca que abunde en largos silencios y que piense dos veces antes de decir nada. De a ratos se le da por creer que a la noche abrirán al azar uno de sus libros, leerán cualquier frase en voz alta y se echarán a reír sin remordimientos ni necesidad de explicar nada.

El ensayista es el único con máquina de fotos. Su hija le ha hecho un encargo. Le ha confiado su pequeño oso de peluche, de nombre Colita, para que lo fotografíe en distintos lugares y situaciones durante el viaje. Entonces el ensayista interrumpe varias veces la caminata y apoya a Colita sobre el techo de un auto, por ejemplo, o junto a una vidriera famosa o llamativa por algún motivo. Después se aleja hasta cierta distancia y toma la foto. Colita es de color blanco, tiene dibujado un cuello negro y redondo de fantasía, similar al de las camisetas de marineros, y dos cintas angostas del mismo color a la altura de las muñecas. El ensayista pedirá más tarde al teólogo y al narrador que se ubiquen junto al muñeco; dice que eso hará feliz a la hija. El narrador no sabe cómo ponerse cuando posa junto a Colita, al contrario del teólogo, que sale bien cualquiera sea la escena o circunstancia de la foto.

Los tres avanzan por el medio de la calle un buen rato hasta el punto donde se encontrarán con el músico. El lugar es un bar o brasserie, y parece el único sitio abierto en varias manzanas a la redonda. Una vez allí aguardan en silencio junto al cordón de la vereda, mientras tanto asisten a situaciones callejeras que no califican para ningún comentario. El músico vive en París desde hace varios años, y citó al narrador en ese lugar. El narrador, aprovechando que iba a encontrarse esa misma mañana con el ensayista y el teólogo, preguntó a los tres si tenían inconvenientes en conocerse. Y como ninguno pusiera objeciones, ya están todos juntos cuando a los pocos minutos se acerca el músico, sonriente, a reunirse con ellos. El músico es el más joven de los cuatro. Y el narrador no sabe si achacar a ello la frialdad con que el ensayista y el teólogo lo saludan, o si se debe a su condición de rosarinos a la defensiva cuando ven que la cosa se ha emparejado, ya que el músico, como también el narrador, son de Buenos Aires.

Rato después están sentados a la mesa y listos para comer. Todos pidieron cerveza para tomar. Ante una pregunta del músico sobre su trabajo o actividad, el teólogo cuenta que tiene como vecino a un antiguo operario textil. Ha trabajado toda la vida, logrando máximas calificaciones atendiendo procesos sofisticados y manejando maquinaria bastante compleja. Como el edificio es chico, y aparte los buzones de cada uno están juntos, el teólogo se cruza casi siempre con cartas para el vecino; y en todos los casos, cualquiera sea el carácter de la correspondencia, en los sobres anteponen a su nombre el ex oficio. Las cartas están dirigidas al «señor operario textil, etc.». El teólogo lamenta que las cartas dirigidas a él mismo sólo apelen a su nombre y, como debiera ser si  interviniera la coherencia, no digan «señor teólogo, etc. » o sencillamente “teólogo”.

Aunque el comentario parezca divertido nadie lo considera chistoso sino sobre todo algo para reflexionar. El narrador encuentra en ello inspiración y está a punto de proponer hipótesis sobre títulos honoríficos y fórmulas especiales de tratamiento, sobre la agremiación de oficios, los imaginarios artesanales, las identidades profesionales, etc.; pero permanece en silencio porque advierte que se arrepentirá de cualquier cosa que alcance a decir. Por su parte el ensayista, aparentemente habituado al humor del teólogo, un poco elíptico primero y tortuoso después, mira hacia abajo y apenas sonríe de un modo enigmático, como si ya conociera la preocupación del teólogo pero no hubiese esperado escucharla en ese contexto.

El músico no tiene opinión; probablemente para él tampoco se trate de humor. El músico tiene una idea abstracta de lo cómico; no se trata de situaciones en contraste o anticlimáticas, tampoco de ironía dosificada o de la presencia de paradojas, sino de deslizamientos. Cada evento puede tener su desarrollo cómico, sólo que no siempre queda al descubierto. Por eso considera que no hay cosas más cómicas que otras, sino que ello depende de la sintaxis de las circunstancias o sencillamente de la acumulación de información. Y sabe secretamente que por eso se ha dedicado a la música, porque siente que puede ofrecer versiones yuxtapuestas de lo dramático y de lo cómico, o de lo que no es ninguna de esas dos cosas al mismo tiempo, sin ponerlo abiertamente de manifiesto. Piensa que la música es esencialmente un arte de la escena.

En la brasserie se sienten cobijados por la compañía, por la conversación en la lengua común y con la misma entonación. Debido a eso, e influidos por el comentario del teólogo, empiezan a contar chistes. Los cuatro sienten los chistes como hebras de conexión con el pasado y la propia comunidad. Pero también con el presente, o en todo caso con el pasado todavía reverberando en el presente. Los irán agrupando. Jaimito, de gallegos, de judíos, de santiagueños; luego van a entretenerse con una breve enumeración de «colmos». Se detienen incluso en la idea de «colmo», y tratan de ensayar los colmos de sus propios oficios: el colmo del ensayista, del músico, del narrador y del teólogo. Luego, como si se lo hubieran propuesto desde el principio, dejan para el final el género más huidizo y transversal, el de los chistes malos. 

En cierto momento álgido de tan animada conversación, el ensayista se inclina para extraer a Colita de los pies de la silla y ponerlo sobre la mesa, contra un par de vasos de cerveza. Como todos los de su género, Colita es un osito bonachón y de cara redonda. Sobre las espaldas tiene puesta una diminuta mochila de cuadraditos negros y blancos, que a cierta distancia parece gris. El ensayista verifica que el muñeco esté bien afirmado, ajusta las correas del presunto equipaje para que quede derecho y espera que el mozo aparezca para pedirle una foto de los cuatro argentinos junto a Colita.

Mientras el mozo hace su aparición, el ensayista exhibe otras fotos de Colita guardadas en la máquina. Un rápido listado de situaciones dignas de mencionar: «Colita en un puente sobre el Sena», «Colita en los Jardines de Luxemburgo», «Colita sobre la calva del teólogo», «Colita en una estación del subterráneo», «Colita en Notre Dame», «Colita en el Pasaje Vivienne», etc. El ensayista comenta que es más relevante para su hija el raid de Colita que el de su padre. En ese momento el músico interrumpe para avisar que ha recordado un chiste de judíos buenísimo, y que si no hay objeciones a volver sobre un tema cerrado, está dispuesto a contarlo. Los demás se muestran de acuerdo. Sin embargo esto hará que el ensayista olvide de pedirle una foto al mozo. Colita quedará sobre la mesa el resto del tiempo, y en cierto modo será silencioso testigo del chiste del músico.

Minutos antes, el músico había mencionado una anécdota de Witold Gombrowicz; dijo que cuando trabajaba en el Banco Polaco de Buenos Aires, los días de calor se sacaba los pantalones y atendía en calzoncillos. En esa época los bancos tenían mostradores altos e infranqueables, y tan solo la parte superior del cuerpo resultaba visible. Esto lo aprovechaba Gombrowicz para estar más fresco y, en palabras del músico, reírse del público del banco como si acaso fuera otro tipo de público, del que en ese momento carecía.

Mientras el músico está a punto de comenzar el chiste, el teólogo piensa en la pequeña pero evidente injusticia de que su vecino, el antiguo obrero textil, reciba por parte del correo y todas las demás personas y organismos un trato adaptado a su condición, es decir un tipo de reconocimiento, y que él, teólogo consumado, resulte anónimo para el mundo de la correspondencia. Piensa que el título en muchos casos otorga más identidad que el nombre. Que un nombre lo tiene cualquiera, pero que sólo el título señala al nombre.

Sentado frente a él, el narrador advierte, por su parte, que también sabe otro chiste de judíos que olvidó contar en la ronda correspondiente. Es el mejor chiste que ha escuchado jamás, más allá de cualquier género, y por lo tanto se lamenta de haber desperdiciado la oportunidad de compartirlo. Mira fijamente a Colita cuando el músico comienza, y siente alivio al advertir que, contra lo que había temido, no es el mismo chiste.

Ahora el ensayista tiene el osito agarrado de una mano y no está dispuesto a soltarlo hasta que el músico acabe la historia, como si el cuento pudiera dañar la sensibilidad del animal. Al extender su brazo ha hecho visible el reloj que lleva en la muñeca derecha. Un reloj negro de cuadrante blanco que no llamaría la atención si no fuera porque en lugar de marcas o números son pequeñas sillas un tanto exóticas las que pautan las horas, distintas las doce que componen el perímetro. Pese a que lo conoce de memoria desde hace años, el teólogo siempre sucumbe a la tentación de fijar la mirada en el reloj del ensayista, sobre todo cuando queda al descubierto por obra de la casualidad, como ahora. El ensayista se mantiene atento al cuento del músico, ha olvidado su mano aferrando a Colita; y el teólogo observa el reloj sin dejar de escuchar, más bien sus ojos oscilan entre los pliegues de la polera gris del músico, que el teólogo considera muy calurosa para la temperatura del día, y el reloj del ensayista, un icono mudo en el centro de la mesa. El teólogo conoce cada uno de los detalles del reloj; por ejemplo –y esto es un saber que confirma la estrecha amistad entre ambos– la hora asignada a varias de las prestigiosas sillas de las que se sirve. Al consagrado modelo de Frank Gehry, hecho con pliegues de cartón, corresponde la hora nueve; el sillón B3 de Marcel Breuer coincide con la hora dos; la silla Tulipán, de Saarinen, señala la hora siete.

Ningún detalle del reloj lo tomaría desprevenido, incluso alguna vez ha descifrado las pequeñísimas abreviaturas grabadas que indican su procedencia; pero si no puede dejar de mirarlo es porque pese a ser un objeto sin secretos, conserva un resto insondable como un talismán y más intrincado que cualquier otro reloj. Así de nebuloso es lo que reflexiona el teólogo sobre el artefacto. Casi un pensamiento  cero, una breve cadena de pormenores. Sabe por ejemplo que el ensayista no le asigna mayor importancia, pero que un pacto establecido entre máquina y dueño desde un principio hace que le resulte inconcebible dejar de usarlo. Y sabe también que cuando alguien descubre el truco, o sea, que esos signos a primera vista intrincados no son números sino sillas, y muestra una reacción entre divertida y desafiante,el ensayista reacciona con un aplomo no-aristocrático,como gusta describir el teólogo, sobre todo reservado, porque aquello que el ensayista menos busca en el mundo es llamar la atención y por lo tanto quisiera desviarla a toda costa, pero al mismo tiempo no está dispuesto a renunciar a la inútil, por breve e ineficaz, distinción que encuentra en el uso de ese reloj.

El músico ha recibido comentarios unánimes y súper elogiosos por su gran chiste. Es lo que recuerda complacido cuando enfila, después del almuerzo, hacia la casa que alquila a pocas cuadras de la brasserie. Es un chiste que siempre le ha dado satisfacciones, y cree que ello se debe en parte a la historia en sí y en parte a su idea de lo cómico en general como deslizamiento. Porque lo cierto es que antes de llegar al final, el narrador, el ensayista y el teólogo parecieron confundidos por no entender muy bien el tipo de cosa que estaban escuchando, se mataron de risa cuando asimilaron el final, pero al cabo quedaron un poco sorprendidos al no saber muy bien de qué se reían, si de los aspectos desgraciados del argumento, de la lengua vívida con que había sido contado, o de la moraleja cínica que se desprendía si uno quería tomar la historia a risa.

El músico cree que por un lapso acotado tuvo a los tres en vilo, y se regocijó de ello porque de eso trata lo que persigue con su música, tener a la gente en la palma de la mano, entre la conmoción y el pasmo. Hace mucho tiempo que vive en esta ciudad, y pese a los años transcurridos nunca dejó de tener la sensación, al caminar por ciertas calles, que las casas, alarmantemente inclinadas hacia adelante, en cualquier momento se vendrán abajo. No sobre él sino, benignas, a su paso. En tales ocasiones imagina una música wagneriana acompañando los derrumbes escalonados; tampoco derrumbes completos, tan solo la caída de los frentes. Luego imagina hacer el camino de vuelta y, sumergido en el silencio que sigue a toda catástrofe, avanzar por el tramo de edificios de fachadas desvanecidas y ver el interior expuesto de cada departamento como si estudiara un croquis o la escenografía teatral concebida para su próxima música.

Al concluir el almuerzo, el ensayista, el teólogo y el narrador comentaron al músico que tenían pensado ir al cementerio, y preguntaron si no quería acompañarlos. Fue el narrador quien tomó la iniciativa, explicó que siendo la última tarde que pasaba en París, quién sabía por cuánto tiempo, tenía previsto visitar el sitio donde están los restos de Juan José Saer. Antes, en la caminata mañanera había propuesto al teólogo y al ensayista que lo acompañaran; y ahora, debido a una cadena de impresiones en general ligeras, pero bien intencionadas, sentía que la ausencia del músico amenazaba el éxito de la excursión fúnebre. El narrador considera que en ese momento forman un grupo, una especie de individuo plural, y que cualquier cosa que hagan será más eficaz y notoria si la hacen juntos. Sobre todo si se trata de un peregrinaje urbano al lugar de Saer.

El narrador tiene varios recuerdos de este escritor, a veces se combinan todos y forman una especie de gran recuerdo  religioso. Religioso en la medida en que, tal como lo siente, es un sentimiento aproximadamente devocional. En ese recuerdo se mezclan lecturas, impresiones y hechos del pasado, pero también un tipo de circunstancias de naturaleza mucho más difusa que a falta de mejor palabra ha denominado intuiciones. Las intuiciones serían pensamientos lábiles, inclinaciones tentativas de la voluntad, aunque también convicciones ya asumidas pero todavía no formuladas. Estas intuiciones, al contrario de los hechos ciertos, las lecturas realizadas o las impresiones duraderas, no provienen del pasado y pese a ello tienen, esas intuiciones, un papel decisivo en el recuerdo porque definen en este caso, según el narrador, el carácter devocional de su sentimiento. Una creencia firme en la memoria de quien ya no está, podría resumir el narrador.

Pero la pauta de su devoción no deriva de un sistema de argumentos, eso lo sabe muy bien, dado que también podría esgrimirlos en alegaciones a favor de otros escritores, y siempre el resultado sería distinto. Antes bien, el narrador supone que debe justificar el recuerdo devocional por sus efectos antes que por sus causas, y en este sentido piensa que es Saer el único escritor cuya presencia difusa, o recuerdo –o la tríada de las circunstancias mencionadas–, le produce un tipo de estremecimiento que no dudaría en llamar espiritual. De este modo, el afecto que siente por este autor y su literatura a veces se galvaniza de un modo material: objetos tangibles como imágenes, piezas autógrafas, libros o papeles en general. Y en este sentido, la posibilidad de conocer el lugar donde sus restos físicos reposan, para llamarlo de algún modo, contiene la promesa de conocer el «lugar» u «objeto» por excelencia, el icono definitivo. Incluso más: el recuerdo religioso lleva al narrador a adelantar los hechos, y prever que ante la tumba de Saer tomará una foto, y que luego la imagen lo acompañará donde vaya como una manifestación adicional, complementaria a las otras que ya posee, del misterioso y por momentos inasible escritor.

El músico esquivó la invitación de la manera más directa que pudo. Era cierto por otra parte que en su casa lo esperaba un trabajo urgente; pero como esa excusa suele ser la más habitual, no quiso parecer que subestimaba a sus amigos disculpándose con un lugar común. Entonces brindó una extensa y por momentos confusa explicación, que de a ratos parecía un chiste, sobre ser invitado y no ser invitado a algún sitio, las agregaciones de último momento, los arrepentimientos o desazones ulteriores por no haber sido de la partida, como precio que debe pagarse, y a veces por culpa de una desgraciada intervención del azar, etc. 

El teólogo interpretó que el músico daba a entender que no estaba lo bastante preparado para la visita. El ensayista supuso que la invitación lo tomaba por sorpresa, y debido a su desconcierto prefirió decir que no de la manera más elegante que se le ocurrió. El narrador pensó que París era la ciudad del músico, donde vivía desde hacía bastante, y que le sonaría inverosímil ser invitado al cementerio de su propia ciudad por quienes no vivían en ella. Pensó que debía haber tenido más tino, que acaso de no mencionar la incógnita de la misteriosa ubicación de Saer, el músico se habría prestado a acompañarlos. Porque, piensa el narrador, dicho así, que irán a buscar una lápida en el enorme cementerio, sin tener mayores precisiones sobre su ubicación, puede desmotivar a cualquiera pero sobre todo a quien vive en la misma ciudad. 

Se alejan entonces de la brasserie en sentidos opuestos. El músico en la dirección que había venido, y los otros tres con pasos inseguros, dudando entre ir a una estación u otra del subterráneo. No hay tren directo hasta el cementerio, y parlamentan un rato ante un inmenso mapa callejero de la red, tratando de encontrar el recorrido más conveniente. Si alguien los viera de lejos, piensa el teólogo, creería que cada uno le habla al mapa, esperando una respuesta que después transmitirá a los otros dos. Tampoco es fácil memorizar el viaje, ya que son muchas las combinaciones y los nombres de las cabeceras no les dicen nada, como tampoco las estaciones. Desconocen la orientación y la geografía, por lo tanto tienen la impresión, aunque sepan que es errónea, de que el subterráneo como red conecta de a dos lugares por vez: el origen y el destino, y que los puntos restantes, y los enlaces de transferencia, están allí en segundo plano para hacer su aparición sólo cuando alguno de los tres lo requiera o se le ocurra como opción para resolver el viaje, que a esta altura se ha convertido en un acertijo.

En cierto momento, ya cuando sobre el andén están a punto de perder un tren, el narrador ve al teólogo y al ensayista salir disparados antes de que las puertas se cierren; le impresiona la forma en que se mueven y esquivan los pasos de la gente, como si pertenecieran a una ciudad donde viajar en subte es cosa de todos los días. Según el narrador, que ha quedado rezagado, esa reacción simultánea es nueva prueba del vínculo que une al teólogo con el ensayista, y del que está reiteradamente excluido.

Mientras los ve regresar con aire de fracaso porque no han logrado subir, la falta de explicaciones que encuentra ante lo ocurrido lleva al narrador a fijarse en las ropas que visten, porque, también sin alcanzar a entender, siente que  se fija en ellos como si nunca los hubiese visto. El ensayista viste todo de negro, pantalón bastante ajustado y buzo de cuello redondo. Ambas prendas son tan parecidas que resulta muy difícil distinguir dónde acaba una y comienza la otra. Bajo el buzo tiene una camiseta blanca de manga larga; ambas mangas sobresalen bajo las del buzo como si fueran puños en forma de volados.

El narrador había quedado inmóvil al ver que ambos corrían hacia el tren, y ahora, al reparar en ellos en medio de la gente, como si no pertenecieran a ningún mundo conocido, advierte una vaga señal proveniente del atuendo del ensayista. Le parece familiar y extravagante a la vez, aunque nada concreto llame su atención. El ensayista lleva en la espalda su habitual mochila gris, donde viaja Colita junto con un paraguas, la cámara y un par de libros –porque siempre se acompaña como mínimo de dos libros, en cualquier ocasión–. Por su parte, el teólogo viste unos vaqueros gastados, camisa clara y suéter marrón. Lleva también una campera liviana, también marrón aunque tirando a beige –al contrario del suéter, que es oscuro–. El narrador los ve acercarse y por un momento tiene la impresión de que son muy distintos y a la vez bastante parecidos.

Advierte que murmuran algo y cree que cualquiera de los dos podría estar diciendo lo que dice el otro, sin cambiar el sentido de la conversación. Esta suerte de equivalencia entre el teólogo y el ensayista lleva al narrador a una proposición insólita, mezcla de observación empírica y pensamiento abstracto. Una impresión que se abre paso gracias a su mismo carácter extravagante. El narrador piensa que el teólogo y el ensayista están siempre salpicados por la misma agua. Es lo que se le ocurre pensar mientras los ve acercarse hasta donde se ha quedado quieto. Ignora el significado real de la metáfora, y si bien es capaz de imaginar hipótesis sólo podría admitir como cierta la más extrema e imposible a la vez, o sea la idea de una sintonía absoluta a lo largo del tiempo.

Pero esta mezcla de revelación imprevista y observación empírica enciende una alarma en el narrador: sabe que está por presentir algo desusado, y teme ser irracional hasta el punto de ignorar el significado de las ideas que se le ocurren. No el significado moral o psicológico, que por otra parte lo tienen sin cuidado, sino el literal: no sabe qué se está diciendo a sí mismo. Y sin embargo advierte que esa idea, o sea, que el ensayista y el teólogo están salpicados por la misma agua, aunque de aliento inesperadamente intuitivo es más veraz que cualquier descripción razonada.

Visitantes al fin y al cabo, se complican más de lo previsto con las conexiones para llegar al cementerio. El teólogo tiene la sensación de que la tarde de domingo se comprime durante el viaje en subte. En los vagones semivacíos los tres hablan de distintos temas, que van de la política a los libros, pasando por los horarios en la vida de todos los días, las costumbres olvidadas, los amigos comunes y la gente de las ciudades en las que viven. El tren abandona una estación y el ensayista saca a Colita de la mochila. Y apenas ve el cuerpo del muñeco, el narrador descubre la extraña reminiscencia que rato antes luchaba por salir a la superficie. Colita y el ensayista visten igual, pero de modo inverso: lo que es blanco en Colita es negro en el ensayista, y viceversa. El narrador tiene deseos de decir algo, pero teme hacer un comentario inadecuado si es que el ensayista no se vistió así deliberadamente. No quisiera ponerlo en evidencia en ningún sentido de la palabra.

El ensayista saca de la mochila al animal para sacarle una foto viajando en subte. Los tres deliberan si tomársela solo o acompañado, pero como el responsable de las imágenes es el ensayista, termina decidiendo que en una aparecerá solo, y que en la otra posará junto a él. Sienta entonces a Colita en un asiento vacío y se aleja unos pasos, donde después de varios intentos toma la foto. Mientras tanto, una señora mayor, que vigilaba los movimientos del ensayista con Colita, viene de su lugar y le pregunta con una sonrisa si no quiere que ella tome una foto a los cuatro juntos. El ensayista pone como única condición no sentarse; ella se ríe con más ganas y dice «Por supuesto, por supuesto». El teólogo, que no prestaba atención a lo que ocurría, había empezado a contar que varios de sus alumnos se anotan con él porque suponen que recibirán clases de estética; y que si bien es cierto que en el pasado dio cursos de estética, desde hace bastante tiempo viene dedicándose a la teología, o a las dos cosas a la vez, pero definitivamente no solamente a la estética, aunque haya derivado hacia la teología a partir de ella. El ensayista lo interrumpe para pedirle que se ponga de pie y pose junto con los demás. Entonces los tres se agolpan como si fueran a documentar un momento importante. En la foto aparecerá entonces el ensayista sosteniendo a Colita a la altura del pecho, a su izquierda el narrador y el teólogo en el otro costado.

Semanas después el ensayista repasará las fotos del viaje. Cuando llegue a la del subte, en la que están los cuatro, lo primero que advertirá será el detalle de la vestimenta, aquello que el narrador no se decidió a comentar. Pero lo que más llamará su atención será la actitud del muñeco, que quizás influido por la aplicación ceremonial de los tres amigos, se esmera en parecer también vivo, en mantener los ojos mirando hacia la cámara y las piernas levemente hacia arriba, como para salir mejor. De todas las fotos de Colita, ésta es la menos interesante para su hija. Y sin embargo, alcanza a notar el ensayista, es la mejor y en la que el muñeco está más presente y ha puesto más de sí, quizá porque buscaba distinguirse frente a su dueña respecto del trío de adultos que lo transportaban.

El narrador y el teólogo también recibirán la foto dentro de una selección preparada por el ensayista. El teólogo cree que es una buena foto, pero prefiere no verla en detalle porque recuerda la interrupción a la que lo sometieron. Por su parte, el narrador también está impresionado por la actitud de Colita, como si alrededor de él se afirmara un halo de vida propia. Y considera que el arreglo de la ropa tiene una importancia fundamental, porque el exacto contraste con quien lo sostiene hace pensar que, siendo el más pequeño, Colita adaptó su atuendo para parecer la mascota más dilecta del ensayista, una existencia viva, cercana y a la vez en las antípodas.

Entre las otras fotos, se destaca una tomada en el cementerio. Colita sobre una tumba del pasado, ya sin inscripciones ni ornatos agregados y cubierta de ese musgo propio de los lugares vegetales y húmedos. Es una tumba horizontal de apenas dos niveles, de ningún material visible, en la que Colita, si no estuviera posando cerca del borde superior y mirando hacia la cámara, parecería una ofrenda solitaria dejada hace unos momentos. La idea de esta foto provino del narrador. En un principio el ensayista tuvo reparos pedagógicos en incluir el paseo fúnebre en el recorrido fotográfico de Colita, pero los comentarios del teólogo lo convencieron indirectamente, en especial cuando comenzó a hacer una alabanza de tales espacios en general silenciosos y arbolados como los cementerios; el único lugar, según dijo,donde se permiten los lugares comunes.

Enumeró cementerios argentinos e italianos, alemanes y estadounidenses, brasileños, mexicanos y portugueses; mencionó varios más. Pero aclaró que un cementerio no pertenece a un país sino a su ciudad. Entonces enumeró las ciudades, y dijo que el cementerio en el que ahora caminaban empezó como una empresa macabra, porque quiso parecerse a la ciudad que lo incluía. Ciudad despejada y fúnebre para que los deudos caminen como por las calles cuando vienen a visitar a los antiguos caminantes que ya no están. Por último hizo una alabanza de los cementerios como las miniaturas urbanas más pacíficas y acogedoras, y donde, lo más importante desde su punto de vista, ya el único lugar en el que se acepta sin objeciones la ruina física.

De esta gran alabanza, sólo la palabra «miniatura» convence al ensayista de que no resulta inapropiado hacer posar a Colita. Miniatura en la medida en que es una palabra muy vinculada con el universo infantil, y con el hecho de que el mismo Colita es una miniatura. La tarde avanzada, el silencio natural, la humedad que se respira y la cercana penumbra hacen del cementerio un lugar dócilmente hospitalario.

Más tarde, habiendo vuelto Colita a la mochila del ensayista, el narrador saca el tema de Saer, que al fin y al cabo es el motivo de la excursión. El ensayista sabe lo que va a decir. Anticiparse a las frases e ideas de los demás ha sido un don paulatino que fue cultivando sin proponérselo. El ensayista vincula el don con su propia actividad, que en cierto modo se ocupa de barajar argumentos. Por lo tanto sabe lo que dirá el narrador. Por conocerlo desde hace tiempo, por conocer a Saer y por advertir la influencia del entorno más inmediato, esa desde hace tiempo así llamada «ciudad de muertos».

El teólogo por su parte tiene una actitud más armonizada con la circunstancia. No le molestaría seguir caminando por esas angostas calles durante horas siempre y cuando no le pidieran que hable. Piensa que en menos de dos comidas se cruzará con el vecino retirado, probablemente también con una carta dirigida a él, y que este paseo dominical le parecerá un poco quimérico, ambiguamente trascendental. Él, que se ocupa de la más trascendente de las ciencias, se siente autorizado a recelar de la trascendencia de esta caminata. El viejo obrero lo saludará con el amable comentario de todos los días, seguro de haber alcanzado, con su título de ex operario estampado en las cartas, la reconciliación con el mundo que siempre intuyó esquiva. Y él, el teólogo, del otro lado de la pared se pondrá a agendar futuras lecturas de manuscritos antiguos con la intención de descubrir consideraciones estéticas maquilladas de argumentos teológicos.

El día anterior el narrador ha recibido indicaciones bastante vagas para encontrar la hornacina de Saer. El informante –como llama a tal persona frente al teólogo y al ensayista– sólo dijo que el nicho estaba en el segundo subsuelo del Crematorium. Ahora están caminando hacia allí, y para orientarse se sirven de señales de madera pintada que de cuando en cuando aparecen en las esquinas. El narrador siente la emoción que sólo muy pocas cosas brindan cuando se cumplen. Algo así como saldar una deuda, o cerrar un círculo. Podría explicar su sentimiento al ensayista y al teólogo, pero no sabe si podrá expresarse con claridad, primero, y tampoco en segundo lugar sabe si será entendido. Prefiere resumir sus motivos diciendo que siente deseo y curiosidad de ver el lugar de Saer. Entiende que dicho así, «el lugar de Saer», puede parecer irónico; pero no está dispuesto a detallar el tipo de lugar al que se refiere, ya que para cualquiera en esas circunstancias resultaría obvio que se trata de la así llamada última morada. Pocos reclaman pruebas de que sea efectivamente la última, pero todos saben a lo que se refiere la fórmula, o sea, el lugar donde los restos descansan.

Es así como, habiendo huido durante décadas del lugar común en general, el narrador advierte ahora que está condenado, por los menos en este momento y lugar, a caer en esa trampa, o más bien a servirse de ella, para expresar sus impresiones. Se ha enterado por el teólogo que el cementerio lo permite todo, más cuando se trata de ese tipo de temas y formulaciones; no obstante su conflicto con el lugar común no es moral, aunque tampoco acertaría a arriesgar de qué tipo es. En vena de ofrecer explicaciones sencillas, diría que es un conflicto emocional, y a lo sumo, por ende, nervioso.

Al final de una calle elevada dan con el Crematorium, parecido a primera vista a un monumento gigante, no especialmente antiguo pero sí bastante severo. Ir al segundo subsuelo a esa hora del día es internarse en las sombras. Prácticamente no llega la luz directa, sólo unas pocas y reducidas superficies están alumbradas por reflejos provenientes de la planta principal que, después de viajar por segmentos lustrosos o rebotar en cantos, molduras o cornisas, sobreviven entre tenues destellos y en la semisombra como si se tratara de un ambiente de Tanizaki.

Los sectores en este segundo nivel están organizados como salas o pasillos, y las paredes comunes a más de una sala terminan siendo interminables muros poblados de lápidas verticales, de tamaño y diseño regular, y los pasillos terminan pareciendo túneles inhabitables. Sin habérselo propuesto, el ensayista, el teólogo y el narrador se separan para hacer más práctica la búsqueda. El ensayista elige comenzar en un sector apartado. Puede adoptar un orden de lectura horizontal o vertical, pero por falta de costumbre idiomática sucumbe a lo que considera la férrea uniformidad de los apellidos. Por lo tanto se sobresalta cada vez que da con un nombre italiano, español o extranjero en general; y cosa curiosa, en cada caso que ello ocurre siente como si la historia quisiera hablar a través de casos particulares. Se olvida de la búsqueda de Saer por unos momentos e imagina vidas de emigrados, la violencia y la confirmación inscripta en ellas.

El narrador siente que no sabe por dónde empezar, aun cuando haya elegido un sector para circunscribir la pesquisa. Y asociado al sentimiento de impaciencia está el de fracaso. Se ve a sí mismo dentro de un rato con las manos vacías, caminando con sus dos amigos por la calle pendiente abajo hacia la salida del cementerio, embargado por el pesar de no haber cerrado el círculo, como llama en su idioma individual dar con la hornacina de Saer. Le resulta muy difícil leer las lápidas a causa de la presión a la que está sometido. Entonces se lanza a un ejercicio de observación periférica, a la espera de que algo así como la figura gráfica «Saer», o sea, el minúsculo clan de cuatro letras sin las previsibles b, n, c, ld de los franceses, ni tampoco con los habituales grupos tipo au, eau, ou, ui o ai, se ponga de manifiesto como una forma antes que como una cadena de signos. Se pone a pensar y supone que, en un punto, de los narradores no debería esperarse otra cosa: poco más que una irradiación discontinua, por otra parte sin resultados garantizados.

Por su parte, el teólogo cuenta con una ventaja inesperada. Decidido a realizar una búsqueda exhaustiva, ha comenzado por el rincón más oscuro, quizá pensando, por defecto profesional, que el entorno apartado y difícil preserva mejor el tesoro que esconde, o mejor aún, que crea. Espera entonces que gracias a la oscuridad Saer se ponga de manifiesto, y el arma que blande, su ventaja inesperada, para ello puede ayudar. El teólogo porta un teléfono celular y se le ha ocurrido ponerlo en «modo linterna». Ve entonces las paredes del piso al techo cubiertas de planchas de mármol, como si se hubiera sumergido en una cripta multitudinaria; ve la luz blanca en movimiento, y proyectada desde su mano le parece una luz minuciosa y abstracta. Nunca encontró más adecuada la expresión «baño de luz» como para lo que ahora ocurre, cuando la estela irradiada por el teléfono invade zonas igual a una marea insaciable que consume oscuridad a medida que avanza.

Piensa en historias de terror, en historias de investigación arqueológica, en películas de suspenso y en relatos de criminales o cautivos. Está tentado de perseguir algún pensamiento general, y después blandirlo ante el ensayista y el narrador como una ocurrencia profunda y zumbona a la vez. Debería ser algo con la luz, piensa, la luz como símbolo de la fe, ya que es teólogo, como la fe que produce pruebas e ilumina milagros, la luz que beneficia las intuiciones y que echa sombra sobre las dudas, etc. Sabe que está construyendo un escenario onírico, y que dentro de un momento la reiteración de las planchas de mármol veteado con sus leyendas, nombres más apellidos y debajo las fechas indicando el lapso de vida, en un momento le parecerán rostros inmutables que lo observan desde la profundidad más escrutadora; y que cuando ello ocurra no tendrá argumentos de refutación.

Pero una voz viene a rescatarlo de ese delirio. Es el narrador, que al grito de «Lo encontré... Lo encontré... ¡Vengan!», suspende las acciones tal como se desarrollaban. Primero llega el ensayista, quien estaba más cerca y pese a eso debe orientarse por las voces. El narrador casi no lo reconoce: debido a su vestimenta oscura tan sólo son visibles el cuello y los puños blancos de la camiseta, como si fuera un fantasma de incógnito. El teólogo se retrasa un poco: prefiere apagar el teléfono y guardarlo en el bolsillo, y que así parezca no haberlo usado.

El narrador estaba a punto de pasar a otra área cuando de pronto, proyectando su mirada radial por encima del piso, vio algo aproximado a la forma «Saer» en la segunda hilera de nichos. Una placa negra con inscripciones en dorado. Pudo haber sido gris, piensa, como tantas otras en ese edificio; pero alguien eligió negro y dorado y el narrador cree que fue lo correcto. Mientras el teólogo y el ensayista llegan hasta su lugar, el narrador dedica unos instantes a la contemplación solitaria. Se agacha y siente confirmadas sus intuiciones delante del nicho. Ignora lo que hay detrás, pero la placa es el punto, objeto o abstracción frente a lo que quería estar antes del fin de ese día. Tiene una observación obvia pero para él suficiente: que la placa es la fachada visible. Y no puede creer que «eso», cualquier cosa que sea, esté del otro lado, materializado por esto que lo cubre.

Cuando llega el ensayista, el narrador le pide prestada la cámara; quiere asegurarse de captar la imagen del nicho, una posesión más del altar todavía sin forma que va componiendo. Mientras tanto se ha acercado también el teólogo, que asiste al préstamo en silencio y enseguida se inclina para contemplar la placa. El ensayista explica al narrador cómo usar la cámara. El teólogo distingue las letras doradas y lee: Juan-José SAER; debajo han grabado los números: 1937-2005. En este momento no piensa en nada; tiene una vaga idea de lo que llegó a entrever en el sector más oscuro de los pasillos y podría decir que todavía está con la mente en ese otro lugar; pero sabe que no vale la pena recordarlo: enseguida se apartará para que el narrador tome la foto.

El ensayista reflexiona acerca de las circunstancias encadenadas, en especial sobre el hecho de que porta la cámara para una sola cosa, más allá de las imágenes que capture. Lleva la cámara para documentar. No otra cosa le pidió su hija con otras palabras cuando le encomendó a Colita, y no otra cosa busca ahora el narrador. Piensa entonces en un tema para un próximo ensayo: la idea de documento como noción previa a la experiencia y el tremendo impacto de eso sobre la idea de historia, incluso sobre la idea de literatura.

El narrador se aleja del nicho y mientras decide la distancia a la que quiere tomar la foto lee los nombres de los vecinos de Saer: a su derecha está Claude Monteil y la izquierda un tal Serge Mansard. Casi no se ve nada, pero está seguro de estos nombres. Piensa en las inimaginables coincidencias que han llevado a que ahora, a dos pisos bajo la superficie, se haya establecido esta duradera cohabitación, y cree que ésa es la verdadera enseñanza que deja la muerte. 

Momentos más tarde se produce un contratiempo. El flash de la cámara no responde. El narrador y el ensayista intentan varias veces. El ensayista revisa la configuración para asegurarse de que el flash esté activado, pero sigue sin funcionar. El teólogo, que parece desentenderse, es sin embargo el único que tiene la solución. Le dice al narrador que no se preocupe, que lo puede alumbrar con el teléfono celular en modo linterna. Se pone entonces a un costado de la placa de Saer y extiende el brazo hacia abajo, como si la luz fuera un fluido que puede rociarse. Y quizá no se trate de otra cosa, piensa el ensayista, viendo la dedicación con la que el teólogo ilumina algo que está seco de luz.


"Una visita al cemiterio" © Sergio Chejfec.

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