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Join us for The Queer Issue X: A Reading and Party! July 2, 6:30PM–8:30PM | Unnameable Books in Brooklyn, NY
from the April 2019 issue

Hienas

1

Yo era muy amigo de Miguel Rodewald. Nos conocimos porque su familia solía veranear en Coquimbo. Viajaban desde Temuco. Cuando pendejos, su papá arrendaba una casa a pocas cuadras de la nuestra, en El Llano. Éramos cinco los que nos juntábamos detrás de la iglesia, en un sitio pelado donde, por las tardes, ejecutábamos nuestro pasatiempo favorito en vacaciones: prenderle fuego a cualquier cosa. Cuadernos llenos, ropa vieja, basura, pelotas rotas y descosidas. Después nos saltábamos hacia adentro a robar agua. Más tarde, si ya no había ánimo para quemar porquerías, matábamos las horas desinflando ruedas de autos. O dejando marcas de zapatillas en las puertas blancas de las casas más bonitas. La de Rodewald era una de ellas. Al menos así fue durante las tres primeras semanas de febrero por cuatro años.

Lo vimos sentado en la entrada, mirando pasar los autos de izquierda a derecha y no sé por qué, en vez de esperar que se metiera en la casa, le pregunté si podíamos marcar la puerta a patadas, y qué importaba, si no era suya. Ni suya ni de su padre. Quizá yo quería ponerme a pelear. Quizá era solo por joder a este niño que no hacía más que mirar hacia la calle todo el día y que, contrariamente a enojarse o salir huyendo, me preguntó si él podía hacerlo primero.

Ese era Rodewald y yo era muy amigo suyo.

Nos reencontramos mucho más viejos. Digo “reencontramos” porque llegó uno de esos febreros y ya no estuvo más. No volvieron. Nunca le pedí su teléfono, para qué, si nosotros no teníamos, no todos tenían por esos años. ¿Acaso pensaba llamarlo? Y fin. Los niños de la playa vivíamos siempre con ese destino precario: hacer amigos que desaparecían.

Llevaba viviendo un año en Santiago cuando lo volví a ver. Nos topamos haciendo el mismo ramo optativo en la universidad. Yo comenzaba un doctorado que después de un tiempo dejaría a medias, como todo por esos días, mientras él liquidaba los últimos créditos pendientes de un magíster que debía defender ese mismo año. Me costó reconocerlo: estaba delgado, alto y un poco calvo, mientras que en mis recuerdos se imprimía un niño gordo de mejillas brillantes. Pero él no dudó un segundo, gritó mi nombre desde la mitad del casino en Gómez Millas, se acercó con una enorme sonrisa y me apretó con sus brazos fuertes. ¡Soy Miguel, hueón! Esa tarde no entramos a la clase y fuimos a tomar cerveza al lado del servicentro.

Rodewald se había casado con Beatriz. Me mostró algunas fotos en su celular: una rubia altísima, pálida y risueña lo abrazaba en una playa de Río. Una rubia altísima sostenía su torta de cumpleaños. Una rubia altísima posaba junto a él en una comida familiar.

Rodewald, además, se había convertido en sociólogo. Había vuelto un par de veces a Coquimbo. No cuando

niño: su mamá murió de un infarto el último año en que nos vimos y eso aplastó por completo a su papá, que arrancó de los recuerdos familiares y se refugió en una vida dedicada exclusivamente al trabajo. Rodewald volvió con veintitantos. Una de esas veces, junto a Beatriz, y caminaron las mismas calles que caminamos nosotros.

Desde ese día otra vez nos comenzamos a ver a diario. Esa primera noche terminamos en su departamento, junto a su mujer, conversando y riéndonos hasta que nos sorprendimos descorriendo las cortinas para dejar pasar la luz de la mañana. Hablábamos de nuestras historias como las historias de alguien más. No éramos sino testigos de esos niños. Nosotros éramos hombres. Hombres tan lejos de nuestros cuentos como de nuestras casas. 

Tres semanas después, Rodewald se fue otra vez.

 

2

Beatriz quedó viuda a los veinticinco. Ella también era de Temuco. Migraron porque le ofrecieron un buen puesto a Miguel y ella decidió apoyarlo. En Santiago no tenían a nadie salvo al padre de Bea, que vivía en Vitacura y en Algarrobo.

Tras el accidente de Miguel, prefirió quedarse en la capital. Se hubiera muerto en Temuco, seguro. Santiago le entregaba la tranquilidad del anonimato: todos los días podía descubrir un barrio nuevo, una feria, una plaza. Caminaba mucho. Cuando caminó suficiente como para conocer quince cuadras a la redonda, decidió que era tiempo de comprar un auto. Otro. El primero lo perdió cuando lo perdió a él.

Empecé a acompañarla en sus salidas. Al principio porque quería saber más sobre Rodewald. Conversaba con ella porque era imposible conversar con un muerto. Ninguno de los dos quería sentarse a conmemorarlo, como solía pasar cuando Beatriz viajaba a su casa y debía soportar aquellas charlas sobre cómo estás tú porque yo todavía no lo puedo creer. Veintinueve años. Quién puede morir a los veintinueve años. No sé cómo te sostienes en pie. Y Beatriz siempre amable. Ese nunca fue nuestro estilo.

Más bien, lo que hacíamos era buscar la forma de tenerlo presente sin padecerlo. Yo aprendía de ella para conocer el mundo del tipo al que abrazaba en las fotografías. El tipo en el que se había convertido mi amigo antes de que la muerte apareciera así, frente a nosotros, que —recién empezando a vivir— no íbamos a morirnos jamás, tan conscientes de los límites de la vida ajena y tan inconscientes de la propia.

Con el tiempo su compañía se volvió renovadora. Salíamos a almorzar los fines de semana. Queríamos encontrar lugares distintos, ese era nuestro proyecto, recorrer Santiago completo. Por supuesto, nuestra definición de “Santiago completo” solo incluía lo que se encontraba al interior de la figura que formaban Los Zapadores por el norte, Matucana al poniente, Departamental hacia el sur y la casa del padre de Bea al oriente. A veces, cuando ella andaba con ganas de arrancar, nos íbamos al Mahuida y subíamos hasta donde llegara el auto. No era mucho. Caminábamos dos o tres kilómetros más por la reserva. Me hablaba del explotador de su jefe. Me hablaba del matrimonio de su tío mayor, el que había jurado no casarse de nuevo. Me hablaba de las mil personalidades que tuvo durante la adolescencia, cuando se creyó hippie y se creyó gótica y se creyó hiphopera. Yo la miraba e intentaba imaginarla gótica: rubia y blanquísima, vestida de negro y maquillada para funeral. Gótica en su matrimonio. Gótica subiendo el Mahuida con la respiración vacilante. Yo le contaba que desde chico tenía una fijación por el olor a combustible. Ella, por el olor del agua del estanque del baño. A ambos nos gustaba el sonido que hacían las piedras al chocar contra el agua antes de hundirse.

En ocasiones llegaba de improviso a mi departamento. “Estoy abajo”, me decía, con el motor del auto encendido. Esperaba fumando. ¡Cómo fumaba Beatriz! Yo demoraba diez minutos en ducharme y buscar una polera. Supongo que asumía que si ella estaba sola, yo también lo estaba. Después de todo, ambos habíamos tomado esta ciudad prestada. Santiago. Y yo seguía habituado a que los amores y los amigos no tardaban mucho tiempo en desaparecer.

Su papá, que odiaba verla sola y se vio forzado a confiar en mí, me pidió que le sugiriera un viaje a la playa. Si se lo digo yo, seguro va a pensar que lo hago para protegerla, y Bea nunca ha permitido que la protejan, me dijo. Beatriz es fuerte, al menos por fuera. Por dentro es muy difícil saber. Yo me voy a Panamá de vacaciones. Quédense en mi casa, vamos. Le hará bien salir de ese departamento. La verdad es que, contrariamente a lo que su papá creía, Beatriz no estaba nunca allí. Trabajaba todo el día como encargada en un departamento de medio rango en la Universidad Católica. Por las tardes, después de la oficina, caminaba a casa: doce cuadras por Portugal, Diagonal Paraguay, Rancagua, Salvador y Francisco Bilbao. Preparaba un café, se duchaba, se tomaba el café tibio, conversábamos cinco o diez minutos por mensaje de texto, miraba televisión y se dormía antes de los comerciales.

 

3

Teníamos once años. Estábamos detrás de la iglesia con Rodewald y dos amigos más, ya casi oscureciendo. Quedamos en juntarnos a quemar el estuche plástico de Juampa porque su abuelo le había regalado uno nuevo, cobrizo y metálico, mucho más grande y con las letras grabadas de Minera El Indio, donde él trabajaba. Entonces Juampa ofreció el otro. Lo llenamos con hojas secas, papeles y lápices de grafito viejos que habíamos traido de nuestras casas.

Antes de prenderle fuego, el Seba lo roció con el desodorante sprayde su hermano mayor. Ya habíamos visto cómo él jugaba a transformarlo en lanzallamas cuando se juntaba en la plaza con sus compañeros del liceo. Así supimos que era inflamable. Nosotros no éramos capaces de hacer lo mismo, pero robárselo para usarlo en nuestros juegos de piromanía ya era un acto que considerábamos temerario.

Después de bañar y apestar el estuche a Atkinson lavanda, el Seba prendió cuatro fósforos juntos y los lanzó: de pronto todo eso se convirtió en una breve pero hermosa lengua azul y anaranjada. Fue solo un par de segundos, luego la llama comenzó a apagarse y tuvimos que encender más fósforos, quemando el viejo estuche por sus puntas. Las llamas lucían vivas, atacando a su víctima sin reservas. Por momentos el estuche parecía saltar, retorcerse de dolor.

Éramos cuatro niños de ojos enormes mirando todo arder.

Esa noche, mientras caminábamos hacia su casa, Rodewald me contó que había visto un video en el que un grupo de hienas cazaba a un búfalo herido y se lo comían mientras seguía vivo. El animal gemía como si estuviera penando, decía: un sonido ronco y largo. Como si, entre la vida y la muerte, hubiera preferido convertirse en fantasma. Me dijo que el estuche se lo había recordado. Y que no le gustaba. No le gustaba recordar.

 

4

Salimos tarde. Beatriz pasó por mí. Cargamos el auto con una caja de comida, cervezas y tequila y partimos a Algarrobo. Hacía frío y corría viento de lluvia. Ninguno quería bañarse en la playa, así que no había problemas si caían gotas durante el fin de semana. La idea era llevar libros y ponernos al día con kilos de lectura atrasada, además del material del doctorado que pronto tiraría por la ventana. También pensábamos salir a cazar liebres y tórtolas en los alrededores de Casablanca. Era Beatriz quien lo pensaba, en realidad: yo era un perfecto cobarde para esa clase de cosas y con suerte sabía usar una corchetera. Rodewald también había sufrido con el pasatiempo de su mujer, que lo había aprendido del padre, quien, a su vez, lo heredó del suyo.

La casa quedaba sobre una loma y a metros de un pequeño bosque. Apuntaba hacia los cerros, lejos del ruido de turistas y playas. Apenas llegamos se puso a llover y se cortó la luz, por lo que decidimos suspender las pocas actividades que planeamos y nos tiramos en la cama de su papá a ver películas en mi laptop. Abrimos una cerveza de litro. Dime qué quieres ver, le pregunté. Nos decidimos por las nuevas de Batman, las tres. Destapamos otra cerveza. No alcanzamos a empezar TheDark Knight cuando se acabó la batería y tuvimos quepasarnos al computador de Beatriz. Pusimos música y seguimos bebiendo. ¿Estará lloviendo muy fuerte?, me preguntó risueña minutos después, mientras se acercaba al ventanal de la pieza. Es que tengo un pito en el auto. ¿Te importaría salir a mojarte un poco? Está en la cajita que usamos de cenicero. Para mí no había dilema: me puse la chaqueta, me até las zapatillas y salí por el barro de la entrada, rodeando la casa hasta dar con el auto y el pito.

El viento hacía que las gotas salieran disparadas a los ojos y yo había olvidado llevar linterna. Ya estaba decididamente oscuro. Cuando volvía adentro, pasé por fuera de la habitación desde la que brillaba la luz del computador, y frente a él, inmóvil, Beatriz tapándose parte de la cara con ambas manos. Su talante había cambiado. Me quedé mirándola: estuvo veinte segundos en la misma posición, como rezando con el rostro escondido. De pronto dejó caer la cabeza hacia adelante noventa grados, sin destaparse, con la respiración acelerada. Se notaba en sus hombros. A mí el frío me punzaba cada hueso en cada dedo.

Tomé un cigarro del bolsillo húmedo de la chaqueta y lo encendí, echando humo mezclado con vapor, mientras miraba la estatua de caliza pálida erguida en la habitación, temerosa de deshacerse bajo el temporal. Pensé que solo Miguel podía abrazarla y entrar en el foso de esa pena. Segundos después se quitó las manos del rostro, se limpió bajo los ojos y salió a buscarme. Por favor, dime que lo encontraste, me dijo sonriendo en la entrada de la casa.

 

5

Ya era de noche cuando volvimos con Rodewald, corriendo sin aliento, intentando ganarle la carrera a los minutos para evitar el reto de su papá, que no lo dejaba juntarse con nosotros más allá de las siete. En su reloj digital eran las nueve cuarenta. Cuando llegamos a su casa, encontramos a su padre fumando bajo el dintel de la puerta. Rodewald frenó en seco. Cruza, me dijo, tomándome de la polera, ándate por la vereda del frente, y me empujó. Yo sentí el espesor del momento en los poros de su rostro y le hice caso. Su papá me siguió con la mirada. Creo que lo único que oíamos eran las piedrecitas

y la tierra bajo las pisadas de Miguel, que avanzaba hacia su puerta arrastrando los pies con temor. Estoy seguro de que su papá también las oía. Los autos pasaban flotando entre nosotros, levantando un muro entre un lado de la calle y el otro. Me detuve a esperar a que sucediera lo que iba a suceder. Cuando Miguel estuvo suficientemente cerca, su papá le dijo que se quedara quieto. Quédate quieto, repitió más fuerte. Levanta la cara. Mírame. Notó las manchas de cenizas en sus brazos y en los pantalones cortos. Muéstrame las manos. Miguel no quería. ¡Las manos!, gritó. Dejó ver las palmas negras que nos delataban. Ahora métete las manos en los bolsillos. Mírame, levanta la cara y métete las manos en los bolsillos, te dije. Aquello era como pedirte que miraras directo al sol de mediodía sin pestañear. Entonces se suspendió todo. Los niños de la playa muchas veces no lográbamos despedirnos, podíamos levantarnos una mañana cualquiera y darnos cuenta de que las casas volvían a estar vacías, esperando nuevos arrendatarios, quizá sin hijos de nuestra edad. Otras veces se iban con abrazos. Y había otras, como esta, cuando la despedida era la condena impuesta por desobedecer las reglas. Así comenzó. La cachetada marcó el hito. El sonido del brazo de su papá cortando el aire y rompiendo como una ola sobre la mejilla de Miguel Rodewald, mi amigo. Eso era un nunca más. Ponte derecho. Sácate las manos de la cara. Te dije que te metieras las manos en los bolsillos. ¡Ponte derecho y mírame! Su rostro ahora era rojo y negruzco. No esperó que Miguel abriera los ojos para repetir el latigazo. Un sonido breve y ácido de su palma chocando

contra la piel empapada del niño, que esta vez soltó un gemido y cayó al suelo. Cuando pensé que seguiría golpeándolo hasta matarlo, el hombre se detuvo y entró. Yo no podía moverme, solo quería que Miguel me mirara para pedirle perdón por dejarlo solo a merced de las hienas. Pero entonces, de repente, en vez de limpiarse y meterse a la casa, se dio media vuelta y salió corriendo. Se negó a aceptar lo que le esperaba adentro. Quise gritarle que no lo hiciera, pero en vez de eso lo perseguí. Vuelve o te van a matar, pensaba. En serio te van a matar.

Una cuadra más adelante lo vi meterse en una plazuela sin luz con columpios de madera. Los amigos del hermano mayor del Seba habían roto los focos y nunca nadie llegó a cambiarlos. Cuando lo alcancé, lloraba sin consuelo escondido detrás de una banca. Me senté con él y le rogué que volviera a su casa para que no le siguieran pegando, creyendo que eso era todo el castigo que un niño podía recibir de su papá. Sin dejar de llorar, Miguel Rodewald me abrazó con fuerza y entre sus gemidos dejó escapar una sola palabra, entrecortada y sin ritmo, como una gotera incesante: quémalo. Quémalo, quémalo. Tomé su rostro triste con ambas manos, limpié sus lágrimas sucias y le di un beso largo y ahogado. No te preocupes, que lo vamos a quemar. Lo vamos a quemar, repetí, antes de ponerme a llorar.

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