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from the August 2018 issue

Un Agujero De Luz Al Final De Un Túnel De Árboles

Si se mira el parque de frente, como si fuera a los ojos, y con algo más que los ojos, imaginándolo o relacionándolo con un recuerdo, se verá un túnel de árboles que acaba en un agujero de luz. Si la mirada está coloreada por alguna melancolía, esa mancha de luz sugerirá varias interpretaciones. Una podría ser que todo acaba.

En la esquina del parque, habrá hombres con sombreros níveos, niños con trajes domingueros y quizás una mujer que mire a ningún lugar.

A la derecha, más allá del parque, oteando el parque, habrá un hotel. Su edificio estará pegado a otros como si fuera un grupo de amigos que se abrazan por la espalda y miran desde lo alto. Al nivel de la calle, amigos más pequeños, las tiendas de abarrotes y misceláneos, mirarán con sus puertas a todo abrir. El sol estará acostado al fondo, muy lejos, tras el parque y el poblado.

Los rieles del tranvía, como los trazos paralelos de un dibujante, darán la vuelta al parque por uno de sus lados. Las personas que están ahí, en la mera esquina, esperarán. Esperarán sin remedio. O creerán esperar. O en realidad no esperarán nada.

Ella espera, pero no espera, no cree esperar, cree esperar en vano. Él debería aparecer a la llegada del tranvía, pero ella no cree que lo haga. El amor ha sido una cuerda floja en los últimos tiempos.

Por eso no espera: hace como que espera. Deja que la inercia de los días le empuje y la lleve al día, a la hora, a esa esquina del parque, a la cita que no cree se haga realidad.

Mira el hotel casi atravesándolo. Mira las tiendas de abarrotes y misceláneos. Mira a quienes la flanquean: a los niños, a los hombres de blanco sombrero y a un par de mujeres con trajes recargados. Mira el túnel de árboles y la luz en su fin que poco a poco desaparece. Mira las líneas curvas y paralelas por las que ha de pasar el tranvía.

Pero, en verdad, no mira nada; los recuerdos la distraen.

Por un momento desea no tener razón, fallar; desea que a la hora pactada él aparezca y el tranvía continúe por sus rieles impertérritos y que el día sigan sin sospecha de cambios.

Pero no, se desmiente, desconfía. Y es que traiciona para no ser traicionada; olvida para no ser olvidada. Y esa nostalgia próxima, profética, la colma de una muerte inevitable.

Imagina que años después, muchos años después, la esquina en la ahora espera, sus bordillos y bancas, han perdido la luz de la cal y tienen la sombra del moho. Imagina que el tranvía desaparece o es distinto: de metal y colores brillantes; y que los automóviles pasan por las que fueron sus pisadas de hierro y que ya nadie espera en la esquina que fue de sombreros blancos – ya no se usan sombreros blancos-, de niños y de mujeres con trajes enredosos.

Imagina que alguien sí espera, una dama, una mujer, que en esencia se le parece, una solterona a la que citaron a una hora precisa para un compromiso acordado y que no cree que se realice. E imagina que la mujer viste diferente de como ella viste: imagina un pantalón holgado, unas sandalias, una camisa de lino.

Imagina que ella espera, pero no sabe a qué atenerse.

Y esa visión, esa certeza de que nada quedará - de que la nostalgia quedará -, le hace sentirse sola, sola hasta de sí misma.

Y comienza a desear con todas sus fuerzas que él llegue hoy, que sus promesas se cumplan hoy, que aparezca y se apee del tranvía, que la abrace consciente de lo poco que les queda, antes de que el futuro dé los pasos necesarios para acabarlos tal como se conocen.

Pero ella no sabe si él llegará y eso es lo más terrible. Ella no sabe si él encuentre las mismas justificaciones, si habrá visto en ese parque – en su túnel de árboles y luz al fondo – lo que ella vio. Ella no sabe si alguna vez coincidieron o todo fue la ilusión de coincidir.

Imagina que la dama de pantalón holgado, sandalias y camisa de lino, espera, que espera con la mejor disposición, con los mejores deseos; que espera como si de su voluntad dependiera lo que va a ocurrir; que espera como rogando.

Y ella espera, pero algo la asusta, algo le hiela la sangre, y es que su paciencia se estire por años, morirse poco a poco, resignarse sin darse cuenta de que se resignó.

Entonces imagina que a la mujer la alcanzan las horas, que suenan las campanadas de la cita – persiste la iglesia a lo lejos, la misma que ahora da sus tañidos – y una última esperanza ilumina esos ojos inventados, pero la esperanza agoniza después de una hora, da sus últimos estertores después de dos, se acuesta y expira a la tercera.

Y ella vuelve a llenarse d nostalgia porque reconoce en su visión una inevitable muerte, una anticipada muerte, una omnipresente muerte, una muerte intemporal, que asolará ese parque, el túnel de árboles, los edificios, ese hotel, esas tiendas, a paseantes distraídos.

Y el tranvía se detiene y el estómago de ella se contrae como puño que se resiste, como un recién nacido que se vuelve caracol.

Y salen los pasajeros, uno por uno, uno tras uno, hasta que el transporte queda casi vacío. Y ella anticipa el dolor de la mujer imaginada, el dolor futuro de una mujer futura que, sin embargo, se reproduce en sí misma, porque el tiempo no puede cambiar lo que realmente importa, el eje en torno al que hace círculos.

Pero un último pasajero sale del tranvía, él sale del tranvía, es el aliento final del tranvía cansado. Y él, en fin, sobrevive el paso del instante.

Y ella lo besa con entusiasmo y él no entiende su entusiasmo; no entiende su explosiva felicidad: el amor ha sido una cuerda floja en los últimos tiempos. Pero ella lo besa y está segura de que así resguarda ese parque, ese parque que jamás será el mismo.

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