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from the August 2018 issue

Baile Con la Muerte

Dos hombres ocupan una mesa frente a la pista de baile. Se sientan al unísono, sin hacer ruido, en unas sillas de aluminio y  el que viste camisa negra, entallada al cuerpo, pide dos tragos. El bar está vacío pues son acaso las nueve de las noche de un miércoles, un día flojo que a las meseras y al bartender se les desliza como arena húmeda y espesa. Los hombres miran a las pocas parejas que se mueven en la pista. Ambos son de estatura mediana y piel clara. El de camisa negra tiene ojos pequeños y hundidos que parecen observarlo todo, nariz discreta y labios carnosos. El otro tiene ojos grises enmarcados por espesas pestañas, nariz achatada y labios muy delgados. Al llegar la mesera con los tragos, cada cual agarra su vaso sin mirar. El de ojos pequeños toma whisky en las rocas y el de los ojos grises, ron con limón. Sorben un poco, se levantan y salen del bar dejando los vasos sobre la mesa. El de la camisa negra le dice algo a la mesera. Ella asiente con la cabeza. Mientras los hombres se alejan, dos chicas de escasos veinte años entran al bar vestidas con unas camisitas sin mangas de las que se desbordan sus senos juveniles y unos jeans que permiten ver unos tatuajes en la parte baja de la espalda. Una arrastra los pies al caminar, pues se siente demasiado alta; la otra camina dando saltos ya que lleva unos tacones enormes para disimular su corta estatura. Mientras la mesera retira el ron con limón y el whisky en las rocas, las chicas le piden una soda y un vaso con hielo a lo que la mesera reacciona con una torcedura de boca. Las chicas intercambian miradas y también tuercen la boca, a la vez que se tocan nerviosamente el cabello. Miran la pista casi vacía, las mesas y sillas nítidamente ordenadas y se preguntan si no están perdiendo el tiempo. Media hora más tarde regresan los dos hombres, se sientan y ordenan otra vez. Beben y miran de reojo a las chicas sentadas a su lado quienes comparten una soda. Al de camisa negra, la chica de pelo rojo le parece bien y al de los ojos grises, la alta de pelo rubio atado en un moño le despierta algún interés. El de camisa negra exhala desesperado y el otro mira el reloj. Aún no pueden distraerse pues han de salir una vez más para terminar esta primera etapa. Una vez concluyan el trabajo deben desaparecer lo más rápido posible de escena. A la chica bajita le parece simpático el de camisa negra pues su boca se tuerce levemente hacia la derecha y parece que sonríe aunque no es así. A la alta también le parece simpático el de negro pues es más alto que el otro. Tocan una bachata y la chica alta se mueve rítmicamente en su silla entrecerrando los ojos, mientras la pelirroja canta en voz baja la letra. Los hombres se levantan una vez más. Las chicas los observan mientras se alejan y dejan escapar juntas un suspiro. El bar les parece aun más vacío y piden una cerveza y otro vaso con hielo. Los hombres manejan una camioneta cuatro por cuatro vieja, azul oscuro, con placa robada, vidrio ahumados y sin señas visibles. Manejan hasta un edificio en Paitilla llamado Roca Vieja y se estacionan en la acera opuesta. El guardia del edificio está distraído pues conversa con una empleada doméstica que pasea un perro. Finalmente llega un auto rojo, un Audi A4 que entra al área de estacionamiento. Los hombres se hacen una nota mental: 11:20. La primera etapa ha finalizado. El hombre a quien vigilan  hace exactamente lo mismo cuatro días a la semana. Saldrá del área de estacionamiento pero no irá por el ascensor directo a su apartamento sino que caminará hasta el frente del edificio para fumarse un cigarrillo. Una manía muy conveniente. ¿Será que su mujer le prohíbe fumar en casa?—pregunta el de los ojos grises. ¿Y a quién le importa?—responde el otro. El de ojos grises no dice nada. Le parece que el otro es arrogante y pretende no tener curiosidad. Enciende el auto manejando de vuelta al bar. Entran y, sin mediar palabras, cada quien invita a bailar a la chica que le ha parecido simpática. Ellas se levantan sin mirarlos directamente al rostro y los siguen a la pista sincronizando sus pasos con los de ellos aun antes de empezar a bailar. El de negro agarra a su pareja firmemente con una mano que le parece a ella cálida y suave. Él la lleva con propiedad, como si hubiese bailado con ella siempre y pudiera dictarle cuando dar una vuelta, cuando girar su cadera hacia la derecha o hacia la izquierda, cuando desplazarse sobre la pista. Él logra todo esto con una leve presión de su mano derecha pues su mano izquierda se posa sobre la cadera de la pelirroja, justo en la corva,  haciéndola sentir un cosquilleo interior y ella, mientras gira, se memoriza el perfume del hombre sin percatarse. El de ojos grises lleva a la rubia de la mano pero luego de intentar un rato bailar agarrados se dejan el uno al otro y ella empieza  a mover las caderas cadenciosamente con tildes y asincopaciones que él admira. La pieza termina, llevan a sus parejas de regreso a la mesa y dejan el bar, esta vez para no volver. A las 11:15 de la noche del día siguiente unos motorizados pasan veloces frente al edificio Roca Vieja. Dan una vuelta hasta atisbar un Audi rojo y regresan rociando el auto con balas de una mini Uzi despareciendo en la noche mientras el guardia del edificio y una empleada doméstica que pasea un perro corren hacia el auto que se ha estrellado contra una fila de carros aparcados. El que conduce la moto piensa que debieron haber esperado a que el hombre se fumara el cigarrillo y matarlo de un disparo pero el de la mini Uzi se opuso y al final el que dispara es el que manda. Ahora han de dejar la moto y salir en un auto donde tienen todo preparado. A las 11: 30 la pelirroja sale de su turno como dependienta en un restaurante de comida rápida, se calza sus tacones y con su particular caminar se dirige a una de las mesas del negocio para saborear un café antes de tomar el bus a casa. Mientras el café negro humea en su rostro su mirada se pierde rememorando el baile de la noche anterior, la mano cálida que la guiaba y la otra que se posaba en sus caderas, el perfume... Se pregunta si el hombre va con frecuencia al bar y desea regresar otra noche a ver si se lo encuentra. A las 11:45 la rubia se levanta pues su hijo más chico, de apenas seis meses, despierta llorando a gritos. Con el sueño fastidiado y un calor insoportable, que el abanico no logra disipar, enciende el televisor y mientras prepara un biberón escucha el noticiario de medianoche donde se anuncia que un importante empresario ha sido asesinado por sicarios en su auto frente al edificio Roca Vieja.

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