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from the August 2018 issue

Abrir Las Manos

Los bebés empezaron a llegar en el verano. Recuerdo bien al primero. Yo estaba en el baño cepillándome los dientes cuando una sombra pasó por el pasillo, reflejándose en el espejo. Me asomé a la puerta y lo vi. Iba desnudo y sucio. Atravesó gateando el medio de la sala y se fue directo hacia mi hermana, que en ese momento estaba en el sofá leyendo un libro. Se apoyó en sus rodillas y la abrazó. Ella lo levantó del piso con ternura y no volvieron a separarse en el resto del día. Cuando llegó mi mamá, lo acogió de inmediato en el seno familiar. Le improvisaron una especie de cuna en el cuarto de mi hermana y esa noche durmió con ella.

A los pocos días llegaron los gemelos: un niño y una niña. Al igual que el primero, venían desnudos y sucios. Los encontramos una mañana durmiendo en el jardín. Nadie los vio entrar, supongo que lo hicieron en la noche o en la madrugada, mientras dormíamos. También los ubicaron en el cuarto de mi hermana porque ella lo pidió. Dijo que la entretenían y que se encargaría de los tres. La verdad es que, para ser bebés, casi no molestaban. Nunca los oí llorar, ni quejarse, ni reír. No agarraban los jarrones, no rompían cosas valiosas. Solo gateaban y gateaban, como buscando algo. Cuando el cansancio los rendía, se iban directo a los brazos de mi hermana. Ella siempre los atendía sin protestar. 

Una semana después, aparecieron cuatro más: tres varones y una niña. Era temprano en la mañana, estábamos en el desayunador cuando sentimos una brisa fría y vimos las cuatro siluetas en el marco de la puerta trasera, a contraluz. Cuatro sombras sin rostro, estudiándonos desde afuera. Estos bebés eran mayores y entraron caminando. Se dispersaron a nuestro alrededor, abrieron los gabinetes y los registraron. Mi madre tomó la canasta de pan con mantequilla que estaba en la mesa y se la ofreció junto con unas mandarinas. Los bebés las tomaron con sus manos sucias y a los pocos minutos ya habían devorado todo. Las uñas largas y llenas de tierra sugerían que habían estado vagando solos mucho tiempo. Esa noche movimos los muebles y los pusimos a dormir en el piso de la sala. Mi madre, mi hermana y yo subimos las escaleras y conversamos en mi cuarto. Les dije que la situación se estaba saliendo de control, que ya no podíamos tener tantos bebés en nuestra casa. Mi hermana pensaba diferente. Decía que, si habían llegado a nuestro hogar, debíamos recibirlos, que cómo íbamos a rechazar a esas criaturas inocentes. Mamá escuchaba nuestras razones y callaba. Se la veía preocupada. Había prendido un cigarrillo y se había puesto a fumar en la ventana, mirando hacia afuera. «Vendrán más —aseguró—, y eso no es bueno». Mi hermana y yo nos miramos. Había temor en nuestros ojos, pero no dijimos nada. Esa noche nos quedamos arriba, en el cuarto de nuestra madre. Nos acostamos en su cama las tres, como solíamos hacerlo de pequeñas: ella en el medio y mi hermana y yo a cada lado. No pude dormir bien. La madrugada se me hizo interminable. Me sentía con náuseas, pero no quise levantarme de la cama. Sabía que, aunque lo hiciera, no se me iban a quitar.

Aún tenía los ojos abiertos cuando el cielo cambió de color. Escuché ruidos abajo y me paré de un salto. Mi madre y mi hermana reaccionaron de igual manera. Se notaba que ambas habían pasado la misma mala noche que yo. Los primeros rayos de sol empezaban a colarse por entre las cortinas cuando, con solo mirarnos, acordamos salir de la cama y bajar a la sala.

La casa se había quedado en silencio. Solo se escuchaban nuestros pasos crujiendo sobre la madera. Mi corazón latía muy fuerte.

Podía escucharlo, incluso, por encima de mi respiración.

Cuando llegamos a la escalera, los vimos. Estaban parados en la sala, mirando hacia arriba, esperando por nosotras. Los siete bebés que habíamos acostado en la noche estaban en un primer plano, cerca del librero. Detrás de ellos habían más, veinte, quizás treinta o cincuenta, no había forma de contarlos. En la gran ventana de vidrio que pega al jardín había otros más, observando desde afuera. La casa no estaba en desorden, pero por la forma en que habían quedado las gavetas, se veía claramente que las habían registrado.

Descendíamos por la escalera con lentitud, bajo la mirada implacable de las criaturas. Cuando llegamos al último escalón, un bebé se nos acercó. Era el primero que había llegado a la casa. Lo reconocí por la mancha oscura que tenía cerca de su hombro izquierdo. Me extrañó que ya no gateara y que viniera caminando. Pasó por entre mi madre y yo, tomó la mano de mi hermana y la alejó de nosotras, acercándola a su grupo. Los demás bebés la rodearon enseguida y se agarraron de su falda. La última bebé que había llegado el día anterior le sujetó la otra mano. Mi hermana nos miró muy asustada. Una lágrima salió de sus ojos y, sin recorrer su mejilla, cayó directamente en la alfombra. Mi hermana lloraba así, era muy raro. Poco a poco, los bebés se empezaron a marchar, llevándosela con ellos. Traté de detenerlos, pero, al dar el primer paso, todos se pararon y voltearon sus cabezas mirándome fijamente. Mi madre me haló hacia atrás por la camisa. «Es inevitable —me dijo—, no hay nada que podamos hacer». «Quiero despedirme de ella», dije. «¡Déjenme despedirme de ella!», les gritaba, cada vez más fuerte, pero se hicieron los desentendidos. Mi hermana se fue con ellos sin mirar hacia atrás. Yo sabía que estaba llorando por el movimiento tembloroso de sus hombros. Cuando hubieron salido todos de la casa, me solté de mi madre y corrí hacia afuera. El último recuerdo que me quedó de ella fue su figura desvaneciéndose a lo lejos, rodeada por esas diminutas cabezas. No volvimos a recibir a nadie nunca más.

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