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Words Without Borders is one of the inaugural Whiting Literary Magazine Prize winners!
from the March 2015 issue

Por el poder investido en mí

Un día van a recorrer las farmacias ávidos de pastillas que les devuelvan los días echados a la basura, pensó Romero, qué desperdicio, ser joven: alguien les informa que tienen toda la vida por delante y ¿qué hacen? Se disfrazan, repiten como loros los parlamentos que les dicta otro sujeto a quien le creyeron que sabe cómo ser feliz. Pendejos.

Recorrían las mesas, los novios, sonreían a la caterva de desconocidos que hallaron ocasión para la borrachera impaga. Exhibían con una mueca sonriente la certeza de que ellos ya tenían escriturado el porvenir, ja. Y había algunos que lo creían, que en verdad se alineaban en la fila tediosa rumbo a la felicidad, como esos que se agitaban lastimosamente en la pista; a esos les duele el estómago de tanto querer gustar, aprenden pasos, aprenden a chacharear a coro; o a callarse en un rincón mientras aprenden cómo se place. Cachorritos que conciben ilusiones de que el esfuerzo va a rendir frutos, de que las cosas van a mejorar... Romero sabía. Si algo hace perder el tiempo es la esperanza.

Los novios llegaron a su mesa y Romero revirtió con una felicitación hipócrita la repugnancia que le producían. “Eres un hombre afortunado”, le dijo al crío lampiño que distaba mucho de ser un hombre, mientras ojeaba cumplidoramente al escuálido costal de pecas que era su esposa. Romero soltó en su interior unas risitas mustias. Para eso venía a estas fiestas, a comprobar con placer algo vicioso cómo el rebaño no podía alcanzar el estado de conciencia en el que se encontraba él. Ponen los ojos en blanco, pensó, como si el matrimonio no fuera un camino sin desviaciones hacia el odio mutuo.

Se odiarán, y no obstante, se dijo, serán los mismos que ahora se mean de la emoción. Con tiempo suficiente, los extremos resultan ser idénticos. Si uno tiene eso claro ¿para qué simular que se dirige a cualquier parte? Eso es lo maravilloso de esta época, pensó, cada vez hay más cápsulas para atajar la distancia entre los extremos. Por ejemplo: ¿Cuál era la gran diferencia entre él y esa niña de pezones apenas brotantes en la mesa de junto? El vestido en que la habían enfundado sus padres proclamaba ¡Se Vende! (ya que la ofrecían ¿no podía él satisfacerla mejor de lo que lo haría algún adolescente idiota dentro de uno, dos años?) Con las pastillas adecuadas, tanto él como ella podían hacer lo que les pegara la gana.        

En cuanto los novios terminaron de saludar en su mesa, el resto de los comensales se puso de pie para ir a buscar a algún conocido por el salón. La mesa a donde los habían asignado era reveladora de cómo los anfitriones consideraban a estos invitados. Quizá unos años antes, no muchos, cuatro, cinco, a Romero lo habrían puesto en una más cerca de la pista, para vestir la celebración, galantear; pero ahora, esquinado junto a los baños de los hombres, languidecía con estas parejas de mediana edad aburridas de sí mismas.

Tras la estampida, quedaron sólo él y otro hombre en la mesa. Aunque el otro podía ser de su misma edad aparentaba ser mayor. Tenía un patético aire de viudo que ha llevado una vida provechosa. Sostenía en una mano su copa de vino espumoso y con la otra daba cuenta de los canapés rellenos de alguna pasta supuestamente marina. Advirtió que Romero lo observaba y levantó su copa en ademán de solidaridad: qué se le va a hacer, las fiestas son para los jóvenes. Romero le devolvió a medias el gesto y al topar miradas sintió un calambre en el pecho que le venía de otras eras; tan improbable, que fue como si lo sufriera por primera vez. Mas no era nuevo, era un despojo que escarbaba su vuelta a través de la tumba.

Esos ojos.

Camino de glaucos, sí, pero tras la carcoma de la vejez aún reconocible la sustancia de alguien que él conocía.

Esos ojos. Claros, soberbios, pequeños, burlones, satisfechos, mierdas. ¿De quién eran esos ojos? 

Un odio abusivo tomó su cuerpo sin que él pudiera oponer resistencia. Como una violación. Como si algo lo convirtiera en una máquina que cumple su cometido sin albedrío. Con la desesperación por no entender ese odio le creció una taquicardia súbita. ¿Por qué perdía el control sobre sí mismo?

El hombre preguntó “¿Nos conocemos?”, y Romero desvió la mirada y dijo “No”, seco, ansioso porque fuera verdad.

Trató de concentrarse en la fiesta, sin embargo el panorama de gente y mesas se le escurrió como un lienzo al que bañaran de agua. Por más que intentara fijar su atención en el mundo presente, un vértigo de impresiones remotas se le impuso: un enfrentamiento con esos ojos, un fragor de impotencia; traiciones y una frase melodramática que sentenciaba odio eterno, sangre y venganza. No consiguió recordar fechas precisas ni apellidos ni lugares, pero sí la clase de injuria que le había sembrado ese reflejo bilioso.

Una mujer. Pudo evocarla de golpe, una mujer común como cualquiera de esas que se carcajeaba en la pista. Lo extraordinario fue que, aunque podría describirla en detalle, aunque podría representarse los gestos de la chica, su voz, inclusive su aroma, no consiguió revivir los sentimientos que le despertaba. Recordó, como una cosa ajena aunque el recuerdo perteneciera a la misma época, que se había sentido humillado cuando la chica lo había cambiado por alguien que él consideraba ruin, despreciable. Recordó que había llegado a sentirse nadie, todo por esa muchacha que coleccionaba fotonovelas. Y recordarlo fue tan extraño.

La afrenta a su orgullo le pareció de repente completamente arbitraria, sin relación con alguien así de insignificante. Ella podría ser quien hizo viudo a este hombre, o acaso había desaparecido en un enjambre de circunstancias pueriles. Qué más daba.

Eso es: qué más daba.

Las imágenes de la fiesta cobraron forma nuevamente, él mismo sintió recuperar su consistencia, como si por un instante se hubiera desprendido de la realidad, o como cuando se trasnocha en un lugar desconocido y al despertarse uno trueca el sueño y la vigilia.

Comenzó a reír, y la risa escaló del rictus discreto hacia la carcajada, mientras movía de un lado a otro la cabeza, paternalmente. Se sintió aún mejor que un rato antes, más ligero, libre de un peso que no sabía que lo lastraba. Entonces, a manera de dictado, le vino a la cabeza una frase que parecía muy propio decir al hombre. Al girar para decirle descubrió que aquel estaba inclinado sobre la mesa, trataba de jalar aire, aún sostenía su copa en una mano vacilante. Perdía color: se asfixiaba con un canapé. Romero lo observó durante dos segundos y luego oteó alrededor: nadie advertía el suceso. Se puso de pie con lentitud, sin dejar de mirar al hombre, dio media vuelta y entró al baño.

En uno de los privados estaba un joven abrazado a la taza. No era ni siquiera la medianoche pero el cuasi-adolescente ya vomitaba la cena con gran vigor. Eso se llama aprovechar el tiempo, pensó Romero; le dieron ganas de palmearle la espalda, pero sólo se asomó al espectáculo con una sonrisa y le dijo en alta voz, casi a los gritos: “¡Ahora ve y cógete una vaca muchacho!”.

De pronto, escuchó un estrépito que venía de afuera, platos y copas que se iban abajo con un mantel. Abandonó al chico en su desahogo y se dirigió a uno de los mingitorios. Abrió la bragueta, sacó su verga, orinó, larga, espumosamente. Se sintió bien al hacerlo. El chorro poderoso le recordó el viejo refrán: “Enfermo que come y mea, que el Diablo se lo crea”. Jajá. Así es, pensó, que nadie le diga viejo al buen meador. Terminó de orinar. Guardó su verga, cerró la bragueta, camino del salón todavía se detuvo un instante para admirar su peinado impecable, sus mejillas afeitadas al ras. Cosa extraordinaria, esas Match III.

Al salir encontró un semicírculo de buenos samaritanos quitándole el oxígeno al hombre de su mesa, quien, sudoroso, recargado en el regazo de alguien, asentía y balbuceaba Ya estoy bien, ya estoy bien. Romero pensó que, si aún lo odiara, habría intentado la maniobra Heimlich para que no se le fuera la oportunidad de vengarse propiamente. Qué infantil. Ahora sólo se le antojaba decir lo que le había venido a la mente al descubrirse limpio unos minutos atrás: “¿Te das cuenta, anciano? Ya ni rencores despiertas”. Quizá podría decírselo más tarde. Quizá no. Qué importaba.

Entre los curiosos descubrió a la niñita escotada, las manos cruzadas al frente. Romero se le acercó y puso con delicadeza una mano en su cuello. “Una señorita como usted no debería estar tan sola”, le sonrió “¿Por qué no damos un paseo por el jardín para que me cuente de esas uñas tan bonitas que tiene? ¿Usted misma se las arregló? Impresionante”. La niña se encogió de hombros, ruborizada y siguió a Romero hacia la puerta. Quién iba a decirlo, pensó él, a estas alturas de la vida me he convertido en un educador.

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