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Words Without Borders is an inaugural Whiting Literary Magazine Prize winner!
from the September 2015 issue

El Aseo

Primero se quedaba mirando la ventana un tiempo y su vida desfilaba en escenas delante de ella: la casa de su madre en Piura, el sol de Piura, alto y silencioso sobre los techos polvorientos de las casas erizadas de antenas en aluminio que marcaban el cielo de estrías luminosas. Esa casa de su madre que olía a jabón Bolívar y a plantas de ruda bajo el sol de oro colgado del cielo tenso e infinito, le hacían falta, pero estaba en París, y no podía hacer nada contra eso, era una verdad violenta. No quería sacar los pies de la cama, hasta que se dijo, si no me levanto, no veré a la señora Dupuy para saber cuándo empiezo a hacer la limpieza de los departamentos. Luego miraba pasar a través de la ventana algunos pájaros a vuelo raudo, eran pocos, la mayoría cuervos que a veces ahuyentaba saltando sobre la acera y haciendo ¡!buuu!!! Había visto en un programa de televisión que eran aves muy tramposas, de una inteligencia rápida, podían fingir que estaban heridas para robar comida engañando a otros animales, una especie de gato montés del sur de Francia, la Gennette. Seguía pensando que todavía estaba en su casa, bajo el calor de las sábanas, cuando sintió angustia, tendría que ducharse y el baño estaba en el corredor, debía salir de puntillas para no hacer ruido y no molestar a los ocupantes del último piso del edificio parisino. Se vio como una de las actrices en la película de Las mujeres del sexto piso, el piso de las condenadas de la tierra, es decir,  el suyo, donde había logrado que le alquilasen la buhardilla a cambio de que se comprometiera a hacer la limpieza de los departamentos burgueses de los pisos anteriores. Cuando extendió los billetes con los que pensaba pagar la renta, la señora Dupuy sonrió desdeñosa desde su cara de amargada, añadiendo enseguida,  ¡eso no es nada! Rien, dijo con su acento francés puntiagudo que ella conocía tan bien. Enseguida, sacó las piernas y plantó los pies sobre la alfombra llena de  quemaduras de cigarrillos, con manchas negras y otras tirando el rojo, se acercó al muro que tenía delante y jaló de un extremo del papel que se despegaba dejando desnudo un trozo de  yeso carcomido por la humedad, lleno de ampollas de agua.  Su teléfono sonó unos instantes hasta detenerse como un corazón cansado de dar señales de vida, en realidad él encarnaba la vida,  la voz de sus padres, de algunas amigas, a veces, su tía Marina, a quien extrañaba mucho. Pensó que esas redes de comunicación estaban en el cielo vigilando la vida de todo el planeta, que todo podía quedar grabado en alguna nube vaporosa y blanca, de manera casi poética e invisible. Y era aterrador,  y recordó la cara del joven Snowden advirtiendo del peligro de entregar su vida a los satélites. Era aterrador y al mismo tiempo fascinante. Iba a ir a ducharse… Y alguien llamaba a la puerta.


Hola Ives, su vecino estaba parado sosteniendo una bandeja con la mano donde temblaban una tetera y dos tazas dispuestas con gracia, con la indulgencia de un cuento de hadas.

¿Puedo pasar?, preguntó como si la respuesta estuviese integrada, su mirada dominaba cuando Úrsula observó su mandíbula rígida,  de piel casi amarilla. Su madre decía que las personas con mandíbula corta eran personas decididas, frías. Su frente era chata y la cabeza estaba bien peinada, con gomina,  el torso iba envuelto en una bata que había dejado a propósito abierta, se veían algunos vellos, mientras estaba de pie, mirándola de una forma incisiva, con una expresión un poco perpleja, de zombi, pensó Úrsula.

Iba a ir a…

Puedes tomar un té antes, dijo con un acento aun más forzado que el de Madame Dupuy, quien  le había encargado el día anterior varias bolsas de mercado repletas de botellas de vino y champagne para la señora del tercer piso, ordenándole con la mirada displicente que no olvidase entregarlas a la hora, marcando categorías, colocándose en el rol de la patrona. Pobre Madame Dupuy, en lugar de corazón debía tener un pedazo de mineral, y subió bufando las bolsas pesadísimas que entregó a una mujer muy maquillada, de uñas largas y perfume intenso, que enseguida le cerró la puerta en la cara, sin mirarla. Pensó que era transparente y la llegada de Ives le pareció un azar feliz, casi bondadoso.

Bueno, a ver, qué tal está ese té, y lo dejó pasar. Ives tropezó primero con varios periódicos antes de ir a sentarse en la única silla de Ikea que tenía en la pieza, donde ella se sentaba a devorar los periódicos que recuperaba de los tachos de basura en el sótano, tras una puerta de fierro maciza, muy pesada. Seguía toda la actualidad de Grecia, se sentía griega, quería saber todo sobre Syriza, luego había empezado a interesarse en España. Y le hablaba a su mamá, le decía, mira, cuando esto suceda en el Perú, me regreso, esto es nuevo, madre, créeme. Pero su madre no le creía, pensaba a lo mejor que su hija era un poco ingenua y soñadora, la imaginaba durmiendo en camas frías en París y sentía un poco de pena. Y eso era todo.

Ives se fue a sentar finalmente en el suelo, piernas cruzadas y torso enhiesto, mientras ella se apuraba en enfundarse una camiseta larga que cubriese el pijama de tela transparente  y él empezase a hablar fijando la mirada en sus senos.

Bueno, dijo Úrsula, ¿tomamos ese té, o qué?

Ives sirvió silencioso, la mano le temblaba un poco cuando agarraba el asa de la taza haciéndola tambalear.  Parecía un torito de miura, las fosas nasales se abrían dejando pasar una respiración densa, fría como la mañana.

 

Casi no hablaron, notó que siempre que ella decía algo, volvía a mirarle los senos, empezaba a irritarse… ¿Sabes que Madame Dupuy me ha propuesto hacer la limpieza? Pobre, ese sí que es un trabajo pesado, ser la “bonne” del edificio. No es tan mala la Madame Dupuy,  agregó Ives inmediatamente para suavizar lo que acababa de decir, un hijo suyo se murió en un accidente  de moto en la calle, y su esposo es hemipléjico…

Dicho esto, las tazas se habían quedado vacías y, como meditando, lo sintió titubear sobre su eje. El torito. Luego se levantó y empezó a moverse con impaciencia. Úrsula hizo los mismo pensando que solo hacían falta dos pasos para que Ives alcanzara la puerta para marcharse, estaba aliviada, su cama estaba sin hacer y un sostén colgaba de un extremo, bueno… Ives… lo vio pálido, murmurando algo medio incomprensible, Úrsula, perdona, no quería decirte esto, pero, tal vez, si tú… si tú fueses más generosa conmigo podrías evitarte la limpieza…

Ella lo miró pensando en darle una cachetada, pobre hombre, se le veía tan ridículo, tan arrogante con su bata china medio abierta, sus pies dentro de las pantuflas de terciopelo, casi empezaba a reír cuando sintió la mole de su cuerpo pegándose al suyo, buscando su  boca a manera de ventosa, cubriéndola de baba densa y transparente mientras ella pataleaba, daba golpes, zafaba por abajo. Se deslizó y luego lo señaló con el dedo índice y le ordenó: Te vas inmediatamente, inmediatamente o no respondo por mí.

Era solo una idea, respondió con cinismo Ives que tenía la cara enrojecida, los labios húmedos, qué asco, pensó, Úrsula en cuanto se fue desairado, como un rey depuesto, a punto de hacer una pataleta infantil.  

Fue a buscar su toalla y se dirigió a la sala de aseo, la ducha, esa sala de tortura de las buhardillas parisinas, estaba esperando por ella con su poca luz, sus paredes húmedas, todo su frío y toda su miseria. Pensó en Ives dando vueltas en su cuarto de veinte metros cuadrados, ridículo y humillado, le empezaba a dar pena, era tanta miseria que no podía enfadarse con él. Le parecía que eran de alguna manera hermanos, otro condenado como yo, pensó. Aunque sentía asco, pero, sobre todo, se daba pena a sí misma. No sabía para qué demonios estudiaba filosofía en La Sorbona, tantas mañanas angustiada, sola, tanto miedo del futuro, allá, en su país. Los tiempos han cambiado, le había sugerido un amigo de la “fac”, la filosofía no sirve para nada, está cada vez más obsoleta, son discusiones de café. Había oído lo mismo sobre la sociología, otro amigo le había dicho un poco lo mismo: desaparecerá. Los libros también desaparecerán, hay una revolución antropológica. ¿No te has dado cuenta? Se acercó a la cubeta de la ducha donde el esmalte se veía teñido de amarillo, despidiendo un olor a humedad, mezclado al de orín, una prueba de la presencia de otros cuerpos en ese mismo lugar a través de sus olores adheridos al el suelo. Tiró de la cadena de una ventana sucia que se abría a una claraboya cargada de polvo, desde donde se adivinaba el cielo gris de París. Se golpeó varias veces  antes de lograr cerrar el vidrio labrado de la ducha que apenas dejaba espacio para el cuerpo. Se lavaba viendo correr el jabón entre sus piernas, era un disfrute aunque el lugar fuese sórdido y oscuro como una caverna. Si estiraba los brazos para frotarse con la toalla sus codos golpeaban los bordes de plástico, si se inclinaba para jabonarse los pies, sentía el vidrio pegado a las nalgas. De pronto oyó que alguien gritaba su nombre, era la voz de Madame Dupuy y quiso confundirla con la de su madre que rara vez le hablaba en voz alta. Su madre era casi una analfabeta, no había hecho más que la primaria por lo que sus padres habían decidido sacrificar el poco dinero que ahorraban en la venta de telas en de su tienda de Gamarra, en Lima, para que su hija única pudiese estudiar en Francia. Su padre había protestado sin convencer a su madre de que no valía la pena ir a Francia, que allí maltrataban a los de piel oscura, que mejor estaría en su país, en Lima había buenas universidades. No, quiero ver París, quiero conocer lo que es ser una mujer extranjera en la tierra de la revolución francesa, había respondido antes de ir a tramitar una visa a la Embajada, hacer colas interminables, hasta terminar por inscribirse por correo en La sorbona, después de haber sacado el diploma más alto de la Alianza francesa en el centro de Lima. Recorría mentalmente los campos rojos de quinua de las regiones andinas de su país mientras el agua corría lenta, hacia el agujero de la ducha. Siguió oyendo a la Madame Dupuy, su cara casi siempre se desfiguraba en una mueca de hartazgo, pensó que debía salir corriendo para que dejase de gritar su nombre,  pero entonces se secaba y salía despacio de la sala de castigo, se enfundaba una camiseta con la cara de la Gioconda, y bajaba al grandes zancadas las escaleras. Sintió que lloraba, que su corazón lloraba sus días soleados, sus tardes en Lima, sus paseos por el centro, la puesta de sol en Chorrillos. Lloraba. Solo por unos instantes sintió que podía regresar al estado anterior, a una vida pasada y empezar de nuevo, pero estaba ahí en su buhardilla de París y tenía que pagar el alquiler al final del mes.

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