Skip to content
Words Without Borders is one of the inaugural Whiting Literary Magazine Prize winners!
from the September 2015 issue

Like a Rolling Stone

El hombre gordo era interesante. Un turista, desde luego, que sólo había venido al Qoyllur Rit’i a curiosear. Zimm lo había visto en los días anteriores, en el llano debajo de los hielos, rondando por los campamentos más recientes establecidos en la hoyada de Sinajara. Su perfil era inconfundible; Zimm le calculó al menos trescientas libras de peso, lo que descartaba que fuera uno de los típicos peregrinos de la fiesta. Además, aquí al hielo aún nocturno el hombre gordo no había subido cirios ni se detenía a practicar las liturgias —bah, supersticiones— en las que había visto ocuparse al resto de los nativos. Sus ropas eran completamente occidentales. No llevaba linterna; se movía despacio, con determinación, estudiando cada paso, seguramente al tanto de sus limitaciones y dándose el trabajo —apreció Zimm— de combatirlas mediante la perseverancia. Zimm tenía una muy alta opinión de la perseverancia, aún más alta que el ya gran respeto que guardaba por la disciplina. El hombre gordo le cayó bien, aunque eso no le detendría un segundo en eliminarlo si se lo indicaba el protocolo.

Poco después de medianoche, a través de sus biovisores, Zimm lo había visto subir a caballo hasta donde dio el jamelgo y luego caminar notoriamente más despacio que el resto de los ascensionistas, pero con método, con ritmo, probablemente contando pasos, planeando respiraciones y pausas para descanso. No parecía ser la primera vez que el hombre gordo subía a una montaña, pensó, guardando esa observación en el abundante y detallado archivo mental con el que alimentaba el protocolo. Años de entrenamiento le habían dotado de cierto instinto para pescar lo relevante allí donde no parecía haberlo.

Desde su nicho, muy arriba en el nevado Collqepunku, Zimm continuó observando la gruesa pero distante figura, siguiendo su avance paso a paso a través del hielo tachonado de peregrinos, cada uno provisto al menos de un cirio encendido. Pasó a infrarrojo de vez en cuando. El infrarrojo era entretenido. A veces, en las noches en que el clima cambiaba abruptamente, desde las partes bajas del glaciar subía hasta él un ruido que casi no podía llamarse ruido, era una especie de empuje de aire que él sentía en las carótidas, en los carrillos, el estómago, y que casi daba náuseas. Zimm sabía que era el reacomodo de los grandes bloques de hielo en los que estaba quebrada toda la parte media y baja de la lengua glaciar: cubos de hielo del porte de edificios moviéndose una pulgada o dos montaña abajo, que sólo tronarían en serio si terminaran de partirse y se derrumbasen en el término glaciar. (Claro que nunca hacían eso: llegaban ahí pequeños, terminaban de derretirse, desaparecían en silencio). Pero en estos movimientos parciales, limitados, los hielos enormes se retorcían hasta su límite y vibraban para recuperar su forma y en ese ir y venir producían ese vago sonido, ese ocasional quejido, suave y profundo, que se escuchaba más con el pellejo que con el oído. Zimm podía jurar entonces que con su implante infrarrojo podía ver ese ruido como un reverbero liláceo en las orillas de los bloques (normalmente de uniforme tono índigo) que se estaban quejando. Su sargento instructor no le creería ni una palabra, y el geek que diseñó el maldito aparato seguramente le diría que tal cosa era imposible. Pero él lo había visto. Y ya que atinarle al escurridizo santelmo del sonido con un biovisor infrarrojo era un asunto más de perseverancia que de suerte, cuando ocurría Zimm se anotaba un pequeño triunfo. También se aburría menos.

Esta vez el infrarrojo no le hacía falta. La luz astral que bañaba el glaciar tachonado ya de una constelación de candelas y la tenue alborada que apenas asomaba a sus espaldas le brindaban luz suficiente como para distinguir incluso las expresiones del rostro del hombre gordo. Él lo veía, desde luego, verduzco en la pantalla neural. Aunque los sargentos instructores llamaran a éste un color display, siempre las caras de los objetivos saltaban como brillantes manchas blanco-verduzcas, como facilitándole la tarea de imaginar que se trataba de aliens

El hombre gordo se había detenido a conversar con un grupo de mujeres locales, señoras que toda esa noche habían estado deslizándose por los primeros toboganes de hielo, los que había en el lado este de la lengua glaciar. De pronto se separó de ellas, moviéndose con curiosa determinación hacia el centro del glaciar, pero Zimm lo perdió de vista tras unos resaltos de hielo en dirección al sur, mientras seguía con atención un conflicto que parecía estarse desarrollando un poco más arriba, sobre el área llana cercana a las grandes ondulaciones grises que marcaban el final de la “zona social” de la lengua de hielo del Sinajara. Un grupo de indígenas discutía con otro: una de tantas peleas y conflictos, quizá rituales, que como espectador privilegiado de dos Qoyllur Rit’is Zimm había visto empezar, crecer y resolverse a golpes y, si el viento era favorable, a insultos que a medio kilómetro de distancia escuchaba con cortante claridad. Los dos bandos de este lío no eran más interesantes que otros, salvo porque uno de los dos (el que al parecer llevó las de ganar) estaba liderado por su target más conspicuo, cierta person of interest que venía estudiando hacía días: un nativo grandote acerca del cual Zimm tenía órdenes de acopiar información. Mucha información. Estaba monitoreando la situación a través de sus bioinstrumentos —pensando en renovar la vigilancia al hombre gordo, calculando que ya lo tendría nuevamente en línea de vista— cuando algo en el lado sur del glaciar produjo una especie de grito o quejido mineral, una implosión de cristales, un chirrido mental de vidrio molido que Zimm nunca había escuchado antes y que, aunque terminó abruptamente, de alguna manera seguía sonando en su oído interno. Abrió la boca y tragó saliva deliberadamente para equilibrar las presiones. Atribuyó el ruido, inicialmente, al movimiento de los hielos en ‘su’ montaña; sabía que la percha sobre la que pasaba días y noches en el Collquepunku era inestable y crujiente, pero el nuevo ruido había provenido precisamente de la zona a la que el gordo se había estado dirigiendo y juzgó que si los elementos [Hombre Gordo Solitario] y [Ruido Alarmante Novedoso] compartían un espacio, él tenía que saberlo.

Pero no encontró al hombre gordo donde lo esperaba. Recurrió a un accesorio que le permitía abrir aún más el plano de su biovisor y buscó metódicamente por los alrededores, en una grilla usual de rastreo. Entonces lo divisó, bastante más abajo de donde lo había dejado la última vez. Pero era un cuerpo inerte, caído de bruces, obviamente herido o muerto. El volumen del hombre gordo era inconfundible: no podía ser otro. De inmediato notó algo aún más raro y pasó a un aumento visual mayor.

El cuerpo no estaba completo.

Sorprendido, Zimm alejó el rostro del accesorio y expulsó un gran chorro de aire a través de la escafandra. Pensando, calibrando posibilidades, pestañeó varias veces antes de volver al ocular. De pronto las piezas sueltas encajaron. Ese  extraordinario chirrido había sido artificial: lo había producido no el hielo, sino un arma.

Era interesante que alguien copiara sus métodos en esta misma montaña, pero no dejaba de ser un problema serio. Un adversario oculto capaz (también) de hacerle eso a un blanco humano de noche y desde muy lejos era algo de lo que él debería, al menos, estar al tanto. Aunque su propio camuflaje holográfico lo velara completamente a ojos humanos, no sabía qué capacidades tenía el otro, y bien podía ser él la próxima víctima. ¡Y ese ruido! Aún lo recordaban sus dientes, el pelo de su nuca. No le había gustado nada. Ningún arma que él conociera —y creía conocer todas— arrancaba quejidos en tantas longitudes de onda: sus ecos seguían raspándole el hipotálamo, el cerebelo. Su entrenada mente pasó a alerta amarilla y jugos y enzimas tardaron medio segundo en empezar a dispersarse por su cuerpo. Debía actuar. En poco más de un minuto redujo a la mitad la distancia que lo separaba del cuerpo del hombre gordo y envuelto en la nada de su holograma volvió a emerger a la superficie glaciar, tan invisible como siempre.

Jadeando, Zimm revisó los alrededores con el infrarrojo. Aquí sí el implante le daría una ventaja sobre la luz natural, incluso sobre las fantasmagorías verdes que le presentaba el aumentador de nanotubos integrado a su nervio óptico. No encontró los restos esparcidos que buscaba: dedujo que la parte faltante del gordo debía seguir de una sola pieza. Eso también era nuevo. Tarareando para sí unas líneas de Bob Dylan, buscó un largo rato, de preferencia ladera abajo, hacia donde debería haber rodado ese revelador punto anaranjado que quizá ya se enfriaba pasando al amarillo, al verde y a la lechosidad azul que terminaría por igualar su temperatura al del índigo glaciar. Pero no encontró nada. Tampoco le valió ampliar el plano, incluir en la búsqueda los alrededores de arriba y a los lados del cadáver del hombre gordo. Desde su nueva posición siguió escrutando disciplinadamente el trecho que lo separaba de la víctima, a los lados, incluso en la parte alta del glaciar, de donde él acababa de descender. La grilla de búsqueda le confirmaba la importancia de su propósito, y él sabía que la perseverancia finalmente daría fruto.  Siempre lo daba.

Pero no esta vez. No había nada. Y peor, no había nadie. Al menos, nadie que emitiera el calor esperable de un cuerpo de sangre caliente y tampoco (se atrevió a pensar) de escapes de calor de motores o actuadores eléctricos… peor aún, nada que reflejara la luz visible. O la ultravioleta. O las otras tres longitudes espectrales que le permitía su biovisor (identificadas en plan de broma por el médico-instructor que se las implantó como ‘Ozma’, ‘SETI’ y ‘LGM’) y que un cada vez más preocupado Zimm usó para barrer una y otra vez su entorno.

Nadie.

Nada.

Aunque estaba perfectamente cómodo en su sistema de equilibrio termoquímico —una malla de fluidos tibios que circulaba por la red de vasos tubulares tejidos en su vestimenta— y la imaginación no era su fuerte, allí, de noche en lo alto de esa montaña tenebrosa en los Andes del Perú, Zimm recordó las leyendas que había sobre esa montaña, leyendas terribles que el protocolo preparado por su Comando había tenido la astucia de explotar… y tuvo que admitir que tenía un escalofrío. Porque, en efecto, había algo tercamente invisible decapitando gente en esa montaña.

Y esta vez no era él.

Read more from the September 2015 issue
Like what you read? Help WWB bring you the best new writing from around the world.