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from the October 2014 issue

from Con Pasión Absoluta

         Los días pasan suaves y lentos en las entrañas de Guatemala. Siempre se apodera de mí el silencio. No más diálogo interior.  No más elucubraciones, ni ideas. Sólo un enorme silencio que me hace recordar a los budistas y sus reflexiones sobre la taza vacía…  la mente del principiante que  reencuentra el asombro.

              Hay algo aquí que no arribo, que no arribaré nunca a comprender... excepto en ese milimétrico instante en que una zambullida en el lago de Atitlán me arroje inesperadamente en los brazos de otra realidad y  quede enmudecida, ensimismada.

              Quizá los mayas mantienen sostenida esta tierra  del tenue hilo de la magia  (y ésa es su última esperanza). Quizá caminamos con pasos sacrílegos sobre  un enorme altar impregnado  de inciensos y flores rituales, de veladoras de sebo amarillo, de sonidos profundos o estridentes que tocan las cuerdas de los nervios hasta golpear los huesos. Una tierra tejida en telares milenarios, hecha no de tierra sino de  lienzos con el diagrama del universo en colores chillones.

              Los volcanes fue lo primero que vi, esa madrugada desde la ventanilla empañada del avión. Las puntas de los conos perfectos salían a respirar por encima del encierro difuso de las nubes. El paisaje insólito me sacó del malhumor de esa mala noche.  El Pacaya humeante, el de Agua,  sereno, como la enorme madre de los otros. El Tajumulco, el Tacaná... venía yo a Guatemala a la fuerza.  No quería regresar.

 

Me veo con los ojos del recuerdo.  Mis pasos recorren otra vez  el camino de regreso: soy testigo de mí  misma. Estoy presente en ese momento al que escojo llamar “entonces”.  Y  porque estoy “presente” deja de ser  pasado. ¿Qué juego es este?

              Al finalizar los trámites migratorios salgo a un súbito encuentro con la calle. Me arrepiento de no haber avisado de mi llegada, pues estoy sola  con mis maletas a merced de un grupo de hombres dudosos que hacen esfuerzos por captar mi atención con distintas voces.  Hablan al mismo tiempo, ofreciéndome un taxi. Al fin escojo uno cualquiera, con un  recelo que se desvanece al darme cuenta que el peso  de mi voluminoso equipaje será suficiente  para desmotivar cualquier intento de fuga.

              Los taxis destartalados hacen fila esperando a los turistas que escasean. Al discutir el precio del viaje, constato que la larga ausencia me ha mantenido ajena a los cambios de los últimos años: el precio dolarizado me parece una exageración y ocasiona mi reproche. Recibo del taxista una respuesta agria,  inesperada bienvenida al país.

              Las calles se van abriendo a mis ojos que escudriñan cuanto va apareciendo: anuncios  plagados de expresiones en inglés, de una fealdad que asalta los sentidos;  transeúntes con  ropas estampadas de colores fuertes a los que estaba ya desacostumbrada y que  encajan bien con la luz insidiosa;  camionetas infestadas de  pasajeros  colgando de las puertas  que escupen chorros de humo  sobre los motoristas zigzagueando como moscardones entre el tráfico desordenado y ruidoso.

              Me doy cuenta  de que regresar es una imposibilidad.

               No se vuelve nunca a lo mismo, ni somos ya los mismos.  Las calles de mi infancia desaparecieron sepultadas bajo estas otras, demasiado pequeñas para contener el caos que las abarrota. El polvo tiñe de sepia el ambiente  pesado. Mi rostro de entonces desapareció también,  bajo otras líneas, en esta otra mirada.

              Entro y salgo de un pretérito anterior como quien lucha contra el sueño.

              Vivíamos entonces en la zona seis, lo cual no me creaba ningún conflicto, mientras daba vueltas en círculo con un  triciclo sobre el piso a cuadros, amarillos y rojos, del salón de belleza que mi madre tenía abierto en la 15 avenida.

               Ella  y mis tías cortaban el pelo, hacían manicure y permanentes con una máquina eléctrica  que conectaban a las señoras. Me gustaba meter la cabeza bajo el aire caliente de las secadoras y sentir que mis cabellos volaban libres y en desorden.  Daba incansables vueltas en el triciclo sobre las montañas de pelo que caían al piso. Pasaba metódicamente encima de cada promontorio, mientras escuchaba a medias las conversaciones de las mujeres.  La risa desatada de mi tía Ibis interrumpía a cada rato mis pensamientos, se enredaba con los pedazos sueltos de conversación que yo  añadía a los que escuchaba en la cocina con mi abuela. Hilos sueltos, impresiones recortadas que iban tejiendo con paciencia el mundo.

              Estaban de moda  los peinados altos, sostenidos con horquillas y ganchos sandinos, el tizado y una generosa aplicación de laca. Me sorprendían las caras esperpénticas de las señoras con los pelos parados y llenos de nudos, las cabezas agigantadas con los tubos de colores, el enervante olor  de los tintes y de la permanente.  Pero a nada le tenía tanta aversión como al corte italian boy,  pues las enormes trenzas, las cabelleras largas, terminaban en el suelo de un  tijeretazo.  Las nucas descubiertas eran entonces rasuradas con una Gillette, dejando unos pelos  hirsutos parados al aire, como patas de mosca atrapadas en aquellos cuellos blancuzcos.

              Me agradaban las anchoas que dejaban los cabellos rizados y suaves, el manicure por la crema perfumada con olor a rosas,  las pinturas de uñas que yo ensayaba en mis propias manos y pies y que delataban mi condición de manicurista aficionada.

              Las actividades del salón variaban en intensidad conforme el calendario: las fiestas de Candelaria, el carnaval, la Semana Santa,  la época de graduaciones, primeras comuniones y Navidad, cuando esperábamos con la cena servida a que mis tías sacaran a las clientas rezagadas. Calientes todavía de la secadora o con la gomina fresca, salían corriendo para llegar a su casa  antes de las doce.

              Por aquellos tiempos, mis tías eran  adolescentes.  Rondaban el salón  los muchachos del barrio,  tratando de enamorarlas.  Para facilitarlo, ellas se paraban en la puerta —a ver pasar gente, decían   con sus jóvenes cuerpos sudando la lentitud y el calor de la  tarde.

              Cada una tenía su clientela.  Las más escandalosas y conversadoras iban directo con Ibis.  Mentirosa y exagerada, tenía el pelo pintado de rojo, usaba vestidos ceñidos y fumaba. Las clientas nuevas, las más tímidas, las serias, iban con Aura o las Violetas. Con sus manos pequeñas, eficientes y de largas uñas, elaboraba las complicadas edificaciones de pelo que ella podía elevar más que ninguna. Callada y taciturna, de figura finita y envuelta en su larga melena negra,  parecía siempre un poco ausente…  como si nada  pudiera tocarla.

              Mi madre hacía los tratamientos especiales y cuidaba la caja.  No obstante, las propinas llenaban siempre los bolsillos de mis tías con incontables monedas.  Yo me mantenía muy pendiente de ello, porque con frecuencia me daban plata para ir a la tienda de la esquina, donde en grandes frascos de vidrio esperaban los café con leche, las bolitas ámbar de miel, las salporosas, las milhojas...

              Las tres tenían nombres sacados de   novelas que  emocionaban a mi abuela.  Sentada en el corredor,  las leía y releía con los ojos llorosos. Yo le decía tratando de evitar su llanto: “pero abuela, si allí cuentan historias de mentiras” y, ella me replicaba con la mirada vidriosa: “aunque usted no lo crea Irenita, esas cosas… hasta a uno le pasan”.  El repertorio incluyó, en su momento, a Vargas Vila, por entonces proscrito, de donde sacó el nombre de Aura o las Violetas para mi tía Viole, la de las uñas largas.

              El taxista corta mis pensamientos con un par de observaciones, quiere entablar conversación. El Parque Central luce desmantelado, sin sus candiles de hierro, sin las viejas bancas de piedra. Es ahora una ancha torta de cemento líquido donde la bandera azul-desteñido se agita al viento. Comenta las noticias una voz nasal que sale de la radio. El taxista insiste: se queja del gobierno, tiene curiosidad de saber si soy de aquí.  Contesto que sí y eludo  la conversación que se marchita, mientras nos acercamos al viejo barrio del Cerrito del Carmen, que aparece con sus lomos desnudos, ahogado en medio de las calles populosas.

              Allí me tomaron la foto con aquella muñeca. Era regalo de mi padre, como otros que llegaban siempre en las navidades. Los llevaba don Carlos, su secretario, pequeño y nervioso como un ratón. Cajas enormes con muñecas gigantes. No podía jugar con ellas debido a su desmesura y quedaban abandonadas como estáticas presencias que con los  años fueron poblando los roperos. Puedo recordarme,  pálida y delgada, como en aquella foto. El fotógrafo de los domingos con su caballito de palo. Los niños se montaban en él, luciendo unas botas viejas  y  el sombrero  vaquero.  Yo no quise. Me abracé fuerte a la pierna de mi tía Ibis. Listo y labioso, el fotógrafo la convenció de retratarme con la muñeca que tanto parecía gustarme. Nos sentaron  en la grama. Tenía los ojos cerrados por el sol, pero las briznas iluminadas y traslúcidas de la hierba me quedaron grabadas  con una tinta de olor verde, dulce y vegetal.

              En las colinas del Cerrito del Carmen brillan las matas de ilusiones de tallos suaves.  Siento cómo se plegaban bajo los cartones sobre los que nos deslizábamos cuesta abajo. El perro de la abuela nos acompañaba. Se llamaba Chocolate y fue el único que admitió en la casa llena de canarios.   Ladraba al vernos derrapar con los cartones  hasta llegar abajo, donde la caída nos dejaba revolcados entre el polvo. Nos alcanzaba entonces para lamernos, haciéndonos cosquillas en las orejas y las narices. Nuestras risas y sus ladridos recortaban un espacio donde siempre nos encontrábamos a solas aunque hubiera mucha gente. Mi hermano y yo. El viento  mecía con suavidad los barriletes.  Desde el suelo,  veíamos temblar sus alas frágiles de papel de china sobre el azul penetrante de los cielos de noviembre. Nos miraban de regreso con sus grandes ojos fijos.  Tirados en el monte, dejábamos que la tarde pasara.

              El taxi cruza y se precipita por la avenida.

              A esa calle le dicen la Avenida de los Árboles, aunque árboles ya no quedan. Me gustaba caminar en las aceras agrietadas, jugando a no pisar la rayita. Las rayas eran ríos  poblados de lagartos, o las líneas de la cara de un monstruo que abarcaba todo el universo, o cortadas sobre un gran pastel de piña sobre el cual yo paseaba cuidándome de no caer en  los tajos, donde adivinaba inmensos precipicios. Entonces la felicidad era  fácil  y no una incierta tierra prometida.

              Tenía un triciclo  muy viejo, heredado de mi hermano.  Dijo una vez mi madre que cuando me compraron uno nuevo,  ya nunca quise usar ni el nuevo, ni el viejo.  No me acuerdo del  nuevo. Quizá no fuese  más que un mito, de esos que  nos cuentan de cuando éramos niños  y que nunca se llega a saber si son verdad. En cualquier  caso, sin percatarse, mi madre rompió  el encanto de un triciclo único que a veces era caballo y  tenía una gotita de oro sobre el timón descascarado.

              El semáforo marca un alto,  justo frente al viejo portón rojo de aquella que fue nuestra casa.    Me acerco a la ventanilla del auto.  Aquella mano de mujer con los dedos largos y finos,   cada dedo un  anillo, cuelga su imperturbable lealtad sobre la puerta.

              Por las noches, el portón se cerraba  con una tranca  atravesada  al fondo del zaguán largo y oscuro.  Sabíamos que  marcaba un término inapelable: la hora en que se cerraba la puerta. Ponía fin a las fiestas, visitas y romances. Era un toque de queda. Minutos después las luces se apagaban y la casa se dejaba envolver por las sombras.

              A esa hora, metida en las chamarras con mi abuela, oía las historias que  le fascinaba contar: la ciguanaba,  cara de caballo,  se ganaba a los hombres mujeriegos;  la llorona, con su cuerpo de tusa, bajaba a lavar la ropa al río amedrentando a las mujeres; el cadejo, un perro de ojos  como brasas, guardián de los borrachos  a  quienes acompañaba hasta su casa cuando salían de las cantinas;  el sombrerón, un pequeño hombrecito que llevaba serenata a las mujeres de cabellos largos antes de seducirlas, era el causante de que ellas enflaquecieran hasta la muerte  y de las crines trenzadas con las que amanecían los caballos en los potreros de las fincas.

              Pasaba horas escuchándola y ella, con infinita paciencia,  repetía una y otra vez los vericuetos y senderos  que me sabía de memoria.  Caminos de un mundo perdido que traían  su vertiente a mi mar.

              —Abuela, ¿por qué ya no aparecen los espantos?

              —Porque llegó la luz eléctrica, m´ija. Y se quedaba rumiando su creciente desavenencia con una realidad cada día más ajena: —Ahora ya nada sirve.  Ahora, todo es al revés…

              El taxi llega a mi destino en el barrio de La Parroquia.  Ferretería Rondolino, anuncian las letras rojas y pesadas. Allí vive mi madre con su otra familia.

              Nunca pensé volver.  Me fui para siempre el día que me fui. Vestida de blanco, como quería mi madre, quien me agradeció oficialmente años después esa condescendencia. Salir vestida de blanco, cumplir con tanta hipocresía. Quería cumplir...   Me río de mí misma: la suerte me acompañó: sufrí un desengaño. El matrimonio podía ser un conjunto vacío, un espacio lleno de nada.

               He dado una perfecta vuelta en círculo. Salir de esta casa,  de este país,  para regresar a este país,   a esta casa,  feudo tenebroso de Don Asunción.

              Cuando tenía cinco años, en las correrías por la calle frente a mi casa, se me acercó una mujer harapienta. Tenía el rostro profusamente arrugado  que luego del susto inicial, me fascinó por sus encías sin dientes.  Habló de la Navidad cercana, me invitó para ir con ella a su casa,  a jugar con muchos niños,  habló de un cuarto lleno de regalos.  La falsedad de la historia era  evidente: su aspecto llevaba impresas la miseria y la suciedad más extremas, pero  le creí. Me extendió una mano de largas uñas negras que   tomé sin reparo.

              Mi abuela daba de comer por esos días a los policías de tránsito de un cuartel vecino.  Uno de aquellos comensales me vio  con la vieja.  Al entrar y pedir el almuerzo,  se lo mencionó de paso.  Ella se alarmó. El policía, al darse cuenta de que el asunto era grave, dejó la sopa servida y salió corriendo. Tenía una bicicleta, en la que  raudo y veloz fue  a  buscarme.

              Me he preguntado muchas veces cuál hubiese sido mi historia si las cosas  no hubieran sucedido de esa manera. Quizá me hubiesen hecho jabón como dijo mi abuela.  En todo caso, el policía que me rescató esa tarde fue después el marido de mi madre y existe algo de paradójico en que ese día, cerca de Navidad, mi salvador fuese Don Asunción, quien habría de hacer añicos el tenue cristal que resguardaba  mi infancia.

              Me bajo del taxi insegura. El lío de maletas me resta la dignidad que  deseo exagerar frente a la puerta. Después de un largo momento lleno de impaciencia,  abre Emiliana, la sirvienta  que lleva  años con mi madre.  Hace un gran alboroto al verme, reproducido por dos loros que en una jaula hostigan  el silencio.  Se ríe con nerviosismo, asombrada me soba con fruición el brazo.  Se cubre la boca para ocultarme que ha perdido algunos dientes, pero más que eso, ha perdido aquella lozanía de los brazos, del torso, de su cuello.  Pareciera que se agacha, que se retrae dentro del saco grande y arrugado de  piel.

              Pregunto  por mi madre.  Contesta con su marcado acento kak´chiquel que corta y sibila las palabras. Me brinda mil explicaciones, de las que  logro rescatar que  mi madre no ha llegado, fue a recoger a la abuela al hospital. “Dice que ya no  aguanta, Doña Toya quiere morirse en su cama”,  repite con el tono melodramático de costumbre.  Finalmente, me hace entrar y me ofrece un café.

              Me resisto a esta casa, ajena, sin la presencia de mi madre.  Si no fuera por la gravedad de la abuela, no estaría aquí.     De ella no me quedaba sino ese último retrato. Sentada en el corredor,  leyendo un libro con una pose muy elegante, como  quería que la recordara.  Su pelo corto, rizado, un vestido fresco y floreado,  unos largos aretes, los labios pintados de rojo, las cejas bien delineadas. La conocí así, pulcra, trayendo con su presencia un orden benevolente y claro al mundo. Esta imagen contradecía las historias complicadas que de ella contaban mi madre y mis tías. La mujer pasional,  la rígida,  la violenta, eran para mí rostros  de una desconocida.

              Envió la foto acompañada por los reproches de costumbre, que por qué estaba lejos, que ya no la iba a ver viva. Y la misma pregunta a la que  nunca puede responder: ¿por qué la gente se va?          Nunca escuché sus reclamos, sin embargo  fue ella quien me trajo  de vuelta.  La voz de mi madre  anunció por el hilo del teléfono: Si no venís ahora, no vas a volver a verla.

              La casa está silenciosa. Llegan de la cocina los aromas del almuerzo. No deja de parecerme curioso  que aquí se cocine desde media mañana.  Platos elaborados, salsas de mil matices, un rito que ocupa por lo menos media jornada.  El reino benigno de las mujeres es la cocina.

              Don Asunción llega y su figura queda recortada en el dintel de la puerta.

              “¿Ya la vio su mamá?”,   pregunta por todo saludo.

              Me levanto confusa del sillón donde me había acomodado.  Recuerdo —y el recuerdo es borroso,  como si llegara de un lugar muy lejano— que antes de irme tenía muchos años de no hablarle. Las palabras están entumecidas entre los dos.  Alcanzan para poco. No atino sino a pararme y decirle más secamente de lo que hubiera querido: “No”.           

              Incómodo,  estira la mano con  forzada cortesía. Con levedad, rozo su piel  callosa y manchada de grasa.              Se aparta de nuestro contacto con más brusquedad de la que hubiera deseado. Camina hacia la cocina, vocifera a Emiliana, y yo pienso que desquita con ella su incomodidad, sus preguntas sin respuesta, su malestar por mi presencia. Me asomo a verlo: es ahora un hombre pequeño y delgado, con el pelo encanecido y unos gruesos lentes que hacen que sus ojos se vean desmesurados y punzantes. Era  un Tarzán de los trópicos, moreno, exageradamente musculoso, le gustaba exhibir su fuerza  cargando a la gente.  A mi madre la colgaba sobre el hombro y la paseaba por toda la casa. Ella, desde lo alto, pataleaba y gritaba indignada.

              Hijo de un campesino italiano emigrado a América hacia principios del siglo pasado,  Asunción vivió una niñez miserable. El padre viajaba a la costa, en busca de oportunidades en las grandes fincas. Sus ausencias eran largas y agónicas, porque entonces todo faltaba en la casa. Su madre tenía que  acudir a cualquier subterfugio para sobrevivir con los hijos hasta que él regresaba. Pero un día se hizo de  otra mujer y no volvió.

               Asunción era el mayor.  Sintió que era su deber y  privilegio  ocupar el lugar del padre. Era apenas adolescente. Para mantener la casa repartía pan en bicicleta, balanceando un gran canasto sobre la cabeza… oficio difícil  que muchos podrían considerar poco viril. Quizá lo haría sentirse humillado.  Pero él idolatraba a su madre.  Cuando  enfermó  muy joven aún,  se volvió sagrada.  No hubo  bajeza que   no soportara por ella.

              Cuando murió, Asunción dejó la casa a sus hermanos para rentar un cuarto con piso de tierra  en  una vecindad cerca de la línea del tren,  barrio lleno de las  prostitutas más miserables y   más baratas.

              Sin embargo, no eran las mujeres lo que le interesaba. Compró una enciclopedia que leía por las noches a la luz de una bombilla pálida y solitaria.  Se armó de conocimientos que asimiló de una forma excéntrica. De allí nacieron universos apocalípticos, delirantes explicaciones del mundo, extravagantes y sesgadas concepciones de cómo eran  las cosas.

              Su recién adquirida sabiduría le dio un nuevo sentido de sí mismo. Con extrema autoridad, exponía sus teorías con lujo de detalles a cualquiera que cayera en la trampa de oírlo. Cualquier comentario podía ser el detonante. No admitía interrupciones, ni se fijaba en el   tiempo,  exasperante, que demandaba de sus oyentes.

              El destino quiso que consiguiera una plaza en el cuartel de policía y  Asunción reverenció su buena estrella.  La Policía  habría de servirle para reivindicarse frente al mundo. Vestido con uniforme, investido de autoridad, Don Asunción encontró  un  goce profundo.

              En mi mente repaso la calle que pulula afuera.  Ahora que  llegó, su presencia transforma la casa y la atmósfera se vuelve densa.  A mí me pasa como entonces: tengo ganas de irme. Quizá por eso me casé,  proyecto fallido que de antemano sabía  terminaría en  ruptura.  Sólo para irme de una vez por todas.           Trato de aniquilar  elucubraciones sobre cosas que  nunca  sabré a ciencia cierta. Los pensamientos  agobian con su peso muerto. Hace calor y esto está muy quieto. Me seduce la idea de la calle  extendida más allá de la puerta de hierro.  La casa donde crecí está allí,  al final de la otra cuadra, quieta  como un barco que ha naufragado.

              Atravieso presurosa el jardín y salgo.  En plena acera,  una señora ha instalado una hoguera de carbón  con la que cocina e impregna el ambiente de  olor a grasa rancia. Los negocios informales  llenan las calles. Son las  llamadas de atención de una  pobreza que desborda. Me repugna el olor y la fealdad de la imagen: la señora rellena de carnes prepara repollo en un tazón amarillo, sirve vasos de  un atol blancuzco  a la clientela.  Los comensales se  sientan en  bancos de madera, interrumpiendo el paso de los peatones. Me saluda  “Buenos días, hermana”; evangélica, pienso.

              Los negocios de la cuadra se han multiplicado: una imprenta, una panadería, una funeraria, una librería...  El bullicio, el movimiento, el tráfico agobiante,  marean. Polvo y humo entran en connivencia. Forman una nube difusa que no deja respirar.  Recostados contra una  puerta  cerrada,  dos borrachos duermen  malolientes.

              Camino con incomodidad y desconfianza hacia la esquina.  Antes estaba allí la farmacia; en  la vecindad,  la Foto Serra con la vitrina llena de retratos: novios tiesos,  infantes regordetes, con frecuencia desnudos,  quinceañeras con canelones y amplios vestidos.

              Cerca de la esquina, la Escuela México era el límite permitido a mis correrías. Vivían allí Beatriz y Catalina, las hijas del director de la escuela. Las veía de lejos caminar de la mano de Don Chus, su padre. Era un hombre alto, con una impresionante barriga que colgaba por encima de su cinturón.  Los pantalones parecían a punto de caérsele. Parecía un tipo dividido: por arriba calvo, bigotudo y malgenioso, por abajo el remedo de un payaso, como si una mitad quisiera desdecir a la otra.        Su mujer, Doña Estela, era tan gorda que parecía un cántaro, inflada por en medio.  De cabecita pequeña, el moño de canas que recogía su nuca no hacía sino acentuar esa peculiaridad.

              Pasamos una tarde frente a la escuela. Doña Estela estaba en la puerta, con sus hijas.  Ella y mi abuela se pusieron a platicar, mientras las niñas y yo nos mirábamos con curiosidad, intuyendo un mundo de juegos pendientes.      El día llegó.  Mi abuela me alistó con moñas y vestido elegante. Llevé en signo de buena voluntad una de mis mejores muñecas. A ellas se les permitió, excepcionalmente, sacar sus juegos de té, guardados con pulcritud arriba del armario.

              Nos entretuvimos tanto que, entusiasmadas porque las dejábamos hacer oficio en paz, mi abuela y Doña Estela acordaron que la visita se repitiera el día siguiente y luego el otro día, hasta que ya no dejé de venir. Mi permanencia en esa casa se  alargaba y perdía su educada rigidez cada día. Ya para fines de mes, venía por la mañana y me iba al anochecer.

              La madre hacía helados que  vendía a los estudiantes.  Las pelotitas de nance, congeladas y dulces, los pedacitos de coco rayado, el ácido punzante del tamarindo, eran sabores alucinantes y fueron la piedra de tropiezo en mi inicial intención de causar buena impresión y de portarme bien, como me dejaban recomendado  cada día.              Como eran para negocio —según se nos advertía—  tenían el atractivo adicional de ser prohibidos, y por lo tanto, los hurtábamos con compulsión. Prometíamos tomar uno solo, pero la tentación nos incitaba a pecar otra vez.  Abríamos el congelador  y sacábamos los helados a escondidas, hasta que los envoltorios de papel de cera quedaban desparramados por todas partes.

              Al darse cuenta Doña Estela, salía de la cocina con su enorme figura y  una paleta en  mano. Sofocada por la cólera y la obesidad, gesticulaba de manera amenazante.   Beatriz, consciente de ser la mayor y por tanto protectora nuestra,  nos arrebataba la mano con brusquedad, haciéndonos correr  con atropello y al tope de nuestras fuerzas por el largo corredor. Catalina y yo, con las mejillas  coloradas,  reíamos con  histeria  por la emoción de la huida.

              Durante las vacaciones, la escuela vacía era  ideal para  jugar.  Los grandes corredores y patios, las pizarras y yesos de colores, estaban a nuestra  disposición.  Era un territorio inmenso que nos hacía crecer las fantasías, con sus recodos para contar secretos  y sus escondites liberadores de la omnipresencia de los mayores. Tenía lugares prohibidos, como las oficinas cerradas con llave o los orinales de uso exclusivo para varones, que aun en vacaciones apestaban a orines rancios y pungentes.  Lugares aterrantes, como los zaguanes largos e inciertos o las aulas iluminadas apenas, pobladas de telarañas, donde los escritorios viejos se amontonaban  en altas pilas.

              En medio de ese universo vacío de gente, pero dotado de infinitas puertas a nuestra imaginación, silencioso, pero lleno de voces que nos hablaban al oído, podíamos transformarnos a nuestro arbitrio, descubrirnos como la encarnación del más  desatado deseo.

              No fue casualidad que el azar nos premiara con el encuentro de  algo  mágico: el salón de actos, y en él, un escenario. A  partir de entonces  fue  el único lugar que  existía.

              Comenzamos por ser cantantes, trayendo a escena con voces destempladas, retazos de boleros, canciones rancheras que oíamos en la radio, olvidando y revolviendo letras que comprendíamos a medias. Con los días vino el teatro. Lentamente, pasamos a una fantasía más compleja que, de una trivial historia, se transformó en una vida sustituta.

              De la casa fueron desapareciendo collares, zapatos de fiesta, lencería, medias, lápices de labios, sombreros y cuanta cosa pudiera apuntalar nuestra fantasía. Todo empezaba con la repartición de las prendas, la discusión de quién iba a usar la combinación color negro que nos colgaba hasta la mitad del pecho plano, los fustanes predilectos con muchos holanes que hacían ruido al caminar, los collares largos de perlas de plástico, o los aretes más llamativos;  a quién le tocaban los zapatos de tacón alto, o las sandalias verdes,  el único sombrero.  Las bocas pintadas de rojo, la exageración del colorete,  un lunar cerca de la boca. Para el papel de galán no teníamos muchos recursos: una corbata vieja, un sombrero beige, una colonia Old Spice para la ambientación.

              Viajábamos en un trasatlántico repleto de  gente sofisticada,  reiteración de los personajes que aparecían en la tele en las películas en blanco y negro del canal tres.  Gente sofisticada, pero sobre todo hombres, con quienes inventábamos apasionados romances al estilo Hollywood.   A una le tocaba ser el galán.

              Había en ese juego algo profundamente seductor: el galán y la vedette de turno tenían  un romance que incluía besos y caricias reales.  Yo quería ser siempre la vedette y que Beatriz fuera mi novio, porque ella besaba rico. Sus besos mojados e intensos, sus labios carnosos, poseían una fuerza que vencía mi timidez y le abría la puerta a mi deseo. Aparte, Catalina estaba perdiendo los dientes y no tenía ninguna gracia besar a un galán desdentado.

              El juego era secreto. Sabíamos que caminábamos terrenos prohibidos y ello nos producía una fascinación  que no pudieron opacar,  ni  la muñeca enviada desde Francia por mi padre,  aun cuando daba besos y hablaba en francés tirando de una cuerda, ni los trastecitos de cocina y la licuadora de baterías  de  las niñas.  Los juguetes pronto fueron abandonados por cualquier parte, desplazados por el juego favorito.

              Los años pasaron, la huella quedó: siempre colocaría el amor en un escenario, envuelto en la intriga y el dramatismo del maquillaje y los ropajes que visten para el amor. Una escena aparte que, para abrirse, precisaba la indefinición y levedad de la sinuosa cortina.  Un paso en falso, un sendero cuyo misterio podía transitarse sólo bajo el amparo del equívoco, de lo fantástico, del travestismo.   (¿Sería entonces que empecé a amarte?)

              Dejé de visitar a las niñas antes que terminaran las vacaciones. Los aviones daban vueltas en el cielo. La radio anunció el estado de sitio.  Había caído otro gobierno. No me dejaban salir de la casa y los días se estancaban. Cuando al fin me dieron permiso, fui corriendo a la escuela.  La puerta estaba cerrada y nadie salió a abrir en respuesta a mis interminables toquidos.

               Los rumores empezaron a correr. Don Chus y su familia se habían ido, la gente dijo que  huyendo.  Mi abuela elucubraba:   “Don Chus   era arbencista… Por eso no se cansa uno de decirles  que no se metan a babosadas…”

              Pasaron años sin saber nada de las niñas. Fue en un baño turco donde encontré a Beatriz.  Resultó ser la señora obesa que de espaldas me había llamado la atención por su enorme cuerpo, fofo y gelatinoso. Al voltearse, se dibujó en su cara la misma sonrisa de muchacho de entonces. Recordé mis deseos  claros y fuertes de aquellos días. Una chispa de complicidad en sus ojos pareció encenderse sobre la memoria de una  libertad preciosa que al crecer fueron engrilletando las condescendencias.

              La casa de la Avenida de los Árboles se mira vieja,  con una manera absoluta de ser vieja.  Por aquellos días, se estaba cayendo a pedazos.     Las puertas con hoyos de polilla, describían paisajes de riscos y montañas inconmensurables.  Terminé por ya no examinarlos el día que descubrí una de las larvas responsable de las poderosas esculturas enroscarse con viscosidad entre las hendiduras.

              Las paredes descascaradas revelan varias capas de pintura.

               Esos pellejitos se podían  arrancar despacito, o pasando velozmente la mano por encima de las paredes, corriendo por el corredor, sintiendo un cepillo de cosquillas en la mano y dejando una estela de confeti sobre el suelo.

              A medio patio, la  enorme pila  se llena de moho.

              Con un palo se podían dibujar verdes paisajes silvestres, mientras la abuela lavaba sobre la piedra la ropa, la retorcía con las manos coloradas,  la sacudía mandando los chisguetes de agua sobre mi cara caliente y los tendía sobre los lazos al sol.

              En cuanto viene la lluvia,  la casa cambia de tono.

              Las tardes se volvían graves.  Los techos de lámina eran sacudidos por los miles de soldados de plomo que caían del cielo.  Mi hermano y yo nos quedábamos encerrados viendo la tele.  Yo dibujaba con un lápiz en las paredes y lo veía de reojo.  Armaba enormes ejércitos de fósforos que hacía enfrentarse por horas, sin concederme  un segundo de atención. Mi abuela nos llevaba de la cocina franceses con frijoles y chocolate caliente. El encierro se volvía placentero.  Con los pies sucios de andar descalza en medio de los juguetes tirados que nunca tendría que recoger,   era yo la  reina de aquel  reino.

              En la sala, las goteras caen sin misericordia.

              Nos hacían buscar botes viejos de pintura para ponerlos a recibir el agua de lluvia que se escurría por el techo.  Cada gota tenía un sonido que caía en distinto momento, formando un ritmo, una armonía que acompañaba mi tiempo, mis inventos, mis mundos, cobijados por el amor de mi abuela que siempre estaba allí en la cocina, o allí cosiendo o allí en la noche, dispuesta a que me metiera a la cama con ella, dispuesta a que enredara mis piernas entre las suyas, dispuesta a espantar mis miedos, dándome conversación, arrullándome hasta que me deslizaba despacio al sueño, sin sentir.

              Me acerco al tocador y casi con temor golpeo la puerta. El silencio es rotundo. Vuelvo a tocar y el sonido metálico resuena contundente esta vez.

              “Allí no vive nadie”,  anuncia el vendedor de periódicos recostado en el viejo árbol  frente a la casa, reiterando una verdad que ya presentía.  Miro por una hendidura: el viejo salón vacío, la luz mortecina entra apenas por un tragaluz.

              El salón se cerró.  Los muebles permanecieron, tapados con sábanas, como fantasmas de un tiempo pasado.  A escondidas, mi hermano  y yo entrábamos a jugar. Llenábamos el lugar de bulla como queriendo exorcizarlo: dábamos vueltas a los sillones giratorios, poníamos a funcionar las secadoras,  escribíamos cosas en la superficie polvorienta  de los espejos.

              Ibis  fue la primera en irse.  Un convertible rojo trajo a un mulato de apellido francés frente a la casa una tarde. Alborotada, fue a abrir la puerta. La visita era para ella.  Lo mismo el siguiente día y los restantes.  La abuela se fue incomodando.  No soportaba la presencia del mulato y —“no entrés a ese hombre a la casa”—  la mandaba a la calle con él.  Luego

—“parece que estás deteniendo la puerta, entráte ya, vas a agarrar mala fama”—, la regañaba por estar afuera.

              Pero ella (la oveja negra de siempre) le desobedecía.  Se salía con el mulato y se subía al auto estacionado a la sombra de la noche, cuestión  absolutamente prohibida para una señorita respetable.  En algunas oportunidades, a escondidas,  hasta se iban juntos.  Una vez, la oí contar en secreto  que  habían ido hasta el puerto.

              Mi abuela no terminaba de aceptar las visitas del morado ese. Pero Ibis estaba empecinada.  Se escapaba, se escondía, inventaba historias, mentía para verlo. Mi abuela se enredó con ella en una batalla campal de gritos y reclamos, de regaños y hasta violencia física: cuando la ira la rebalsaba,  bajaba del clavo el viejo chicote y la latigueaba. Nada la incomodaba tanto  como la desobediencia de sus hijos. Después de estas golpizas, mi tía ganaba terreno, le sacaba salidas: bajo la condición de que llevara algún acompañante, que casi siempre éramos mi hermano y yo. Aprovechábamos la circunstancia que nos caía del cielo para pedir gustos, ir a Pecos Bill, por ejemplo, donde nos atorábamos de  hamburguesas, papas fritas y batidos de chocolate, mientras ellos se besaban  interminablemente.

              Un día de tantos, el mulato no vino. Desapareció por largas semanas.  Ibis se desesperó y  recurrió al mejor remedio que conocía: el centro de brujería donde Doña Paula le fumaba al mulato flautas de puros gruesos y apestosos, mientras lo llamaba por su nombre. Se iba con ella bajo el puente Rodriguitos  y repetían una y otra vez la letanía: “que el hijo de puta regrese arrastrado a mis pies…”

              Yo la oía contar estas cosas sin perder detalle. Su voz   susurraba al oído de las mujeres, sibilante. Ellas asentían en silencio con los ojos encendidos. Yo me quedaba atenta, escudriñando rostros, tratando de adivinar el efecto del secreto, queriendo ver a través de sus miradas las cosas ocultas e irresistibles.

              El día llegó en que el mulato apareció como fuera vaticinado.  Venía a decir adiós. Se armó un escándalo mayúsculo cuando se lo hizo saber.  No había terminado el discurso que tenía preparado, cuando Ibis empezó a gritar en el salón. La escuchamos hasta en la cocina, desde donde  acudimos alarmados.  En medio de la clientela,   mi tía, con ojos manchados de pintura, con la nariz colorada y abriendo la boca en una gigantesca mueca de llanto, repetía a gritos: “¡No dejen que se vaya!  ¡No dejen que se vaya!” Luego,  añadió con la voz vencida: “Estoy embarazada”.

              La estupefacción nos mantenía callados. Mi hermano y yo tuvimos que retirarnos ante una mirada imperativa de mi madre.  A las pocas clientas que permanecían en el salón —otras habían salido asustadas al iniciarse el escándalo—,  las sacaron  a la fuerza. El salón se cerró a pesar de que era apenas media tarde.

              Se reunieron durante horas, y nada pudimos averiguar de lo que acontecía. Más tarde nos enteramos: la condena de la familia había sido unánime. La reputación de mi tía estaba en peligro y tenían que casarse.  La sentencia fue enunciada  a los transgresores, a quienes se hizo saber lo que harían: se cumplirían las formalidades para que la gente no hablara y luego, si no la quería, la podría devolver a la casa.  La condena era inapelable. 

              Las vecinas del barrio ayudaron a mi abuela a cocinar ollas de pollo encebollado que inundaron la casa de olor a tomillo, enormes apastes de ensalada rusa, para lo cual la factoría improvisada,  enarbolando sus  cuchillos, cuadriculó cientos de zanahorias, güisquiles y papas que sumergieron primero en el sancocho de vinagre y sal y luego en mayonesa.

              Se veía preciosa el día de su boda, a pesar de la barriga de casi seis meses que disimulaba el vaporoso vestido blanco. Se hizo  una fiesta en la casa,  con pino en el piso y marimba. Las parejas bailaban  y yo, debajo de una mesa, me entretenía viendo cómo el pino se les enredaba en los pies.

              Los comensales visitaban con asiduidad el tonel de ron con Coca-Cola y no les importaba hacer una larga fila para servirse el líquido oscuro donde flotaban los cubos de hielo y los cuartos de limón. Avanzada la tarde, muchos estaban borrachos. Las risas y las voces eran cada vez más bulliciosas. A algunos se les pasó la mano, como a mi hermano, que terminó dormido bajo las mesas, acurrucado sobre un volcán  de pino.

              Los últimos invitados se fueron ya entrada la noche. Cuando dejaron la casa desierta, mi tía se cambió el vestido y salió.  Se miraba frágil y desconcertada con una pequeña maleta en la mano, mientras  la otra sobaba  inadvertidamente su barriga.

              El mulato nunca la quiso y se la tuvo que llevar como un objeto desvalorizado que ya nadie quiere. Él  tomó la exigencia de cumplirle como una humillación, algo por lo que haría pagar a todos —pero especialmente a ella y al  hijo que estaba por nacer—, con una maldad violenta y perpetua que moldearía sus vidas, como a la roca la persistencia de las olas del mar.

              Aura o las Violetas consiguió un empleo. Su salario podía comprar las cosas que siempre había querido. Empezó a frecuentar amigas de fuera del barrio, hijas de militares. Las cosas de la casa empezaron a disgustarla. Se quejaba de no tener carro o teléfono, cosas imprescindibles para asegurar la pertenencia a ese otro rango social.

              Llegó el momento en que decidió irse. Alquiló una habitación en una casa de huéspedes, limpia, pulcra, donde en una  ventana mantenía una mata de violetas, detalle que a ella le parecía original —mantener una maceta de las flores que tenían su nombre— y que más bien tendía a subrayar su adhesión a los más almibarados lugares comunes. Reflejaba, sin que ella pudiera ocultarlo, su angustioso deseo de tener cabida.  No podía  comprender   que  sus esfuerzos serían inútiles. La  sociedad que anhelaba era —y lo sigue siendo— clasista y excluyente.

              El salón se cerró. Me asalta su imagen, nítida, en medio de la ausencia que el tiempo depositó en él: los espejos nublados de polvo,  la máquina de la permanente desarticulada y vieja, las grandes cabezas de las secadoras como estatuas petrificadas, los cajones, donde las cucarachas presurosas sustituyeron a los tubos, y esa presencia implacable del lava-cabezas parado inútilmente en una esquina.

              Estaba allí el día aquel que de pie, tras el mostrador que guardaba los productos para el cabello, las uñas, los faciales, vi entrar a mi hermano. Se quedó detenido en el dintel de la puerta, mirándome desde sus grandes anteojos.  Estaba tenso, cansado, con su pesada mochila en la espalda, las mejillas rojas.  Era casi de noche.  Toda la tarde la casa había sido un revuelo... no había regresado del colegio.

               Después de darle muchas vueltas  y discutirlo con mi abuela, mi madre se atrevió: fue a la abarrotería a prestar el teléfono, —“Sí, se quedó castigado,  pero se fue hace ya una hora.”

              Sin embargo, no llegaba y no llegaba.  Mi abuela no cesaba de repetir:       —“¿Cómo así  que lo dejaron castigado?,  y uno aquí tronándose los dedos...”         

              Mi madre, salía a la calle, caminaba hasta el Cerrito del Carmen y regresaba. No podía estar quieta.  Jugando por allí, revolviendo las cosas del mostrador, fui la primera en verlo aparecer.  No lo podía creer... Allí estaba.

              Mi madre se abalanzó  para abrazarlo.  Él contaba que el cura lo dejó castigado al final del día, porque no había querido entregarle los sellos postales con los que jugaba abstraído y que lo tenían ausente de la clase de historia. Yo lo escuchaba, atenta, viendo sus dedos nerviosos  manchados de tinta.            Comprendía como nadie su resistencia con el cura. A veces me parecía que sólo yo podía verlo cuando desaparecía encerrado en el misterio de sus inescrutables mundos.

              Él continuaba el relato,  no tenía dinero para la camioneta, así que se había venido caminando solo desde el Liceo Guatemala.

              “¿Cómo que viniste caminando solo desde allá?”  

              Yo, lo admiraba muda. Comprendí que nunca sería como mi hermano, rebelde y valiente. Capaz de cosas  enormes como resistir al cura, o caminar desde el Liceo Guatemala hasta la casa, sin miedo. No, yo nunca podría ser capaz de  un gesto así.  Curiosamente, empecé a quererlo de otra forma: con una ternura tal, que a pesar de ser yo más chica, quería cuidarlo y protegerlo porque detrás de sus rabiosos ímpetus de libertad y osadía podía ver la vulnerabilidad de los seres puros, incapaces de  hacer transacciones  con la vida.

              Fue desde entonces mi héroe. Y desde ese momento en el dintel de la puerta, donde lo vuelvo a encontrar con sus anteojos gruesos, victorioso de su aventura escolar,  escupiendo de frente a cualquier figura de autoridad, se desdoblan las mil imágenes de su retrato.

              Hace veinte años que cerré el libro de palabras compartidas con él. Fue una curiosa manera de cerrarlo, porque un albañil revolvía mezcla de cemento y arena con una cuchara que al golpear en el cemento del piso, hacía  un ruido desolado que me destemplaba los dientes.  “¿Cuándo terminarán con todo eso?”, pensaba. Al lado, los ladrillos apilados esperaban su turno para incorporarse a la pared. A tus compañeros de la Escuela de Medicina les costó trabajo cargar tu ataúd.

              No, no quería regresar, y estoy aquí hace un año, cansada como si recién hubiese regresado de un largo viaje, llena del polvo del camino, con un montón de artefactos extraños de otros lugares. Ya nadie me siente de aquí, y yo sólo a veces, como ahora, sentada en medio de la noche en este muelle donde  se oye a las ranas cantar ese extraño canto de tribu alrededor de una fogata, de tribu contando cuentos ancestrales, en este momento, me siento de aquí.

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