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from the July/August 2020 issue

Xirú

“Não tem pobrema”. Silvio se bajó de la especie dominante, “tudo bem”. Peinó con sus dedos su pelo rubio y estornudó. Cada vez que golpeaba un pie contra el suelo se desempolvaba y volvía a empolvarse un poco el pie. Entraron en el bar él y Seu Washinton Cavalcante, y Silvio miró a su patrón con desdén cuando éste volvió a la camioneta para buscar el revólver. La polvareda que había levantado la camioneta permanecía estática en el aire; un nubarrón estancado con cierto halo de muralla, un contenedor que Silvio quería trasponer, porque Silvio quería huir, lanzarse a la carrera por los sembradíos con sus piernas largas de ñandú hasta alcanzar algún lugar donde no fuera visible, o aun mejor, desde donde no pudiera ver a nadie esa noche.

Se detuvo un rato en la puerta atraído por el repiqueteo de los lembú contra el foco del zaguán; esos coleópteros enamorados de la luz: tanto tratar de salvar el límite del vidrio para llegar a esa luz que los mataría al toque.

Las mesas estaban salpicadas de cerveza. Y si al principio los xirú estaban regocijados y parlanchines, al ver luego la cara de Seu Washington Cavalcante se volvieron balbucientes; la cara de Silvio, cara tiesa de pudor, sonrosada y pueril.

La cara de Silvio, tras tres generaciones por aquellos parajes, era la misma cara de sus abuelos colonos. Cuando hablaba —esto él lo ignoraba—, sus labios rosados se desdoblaban y el hombre rubio del arcabuz se incorporaba para decir cosas a los xirú de la otra mesa, que tenían la cabeza metida entre los hombros, murmurando algo. Otra cosa: Silvio los miró y miró a su patrón, se miró y no quiso verse.

Las exclamaciones de Seu Washington eran imprecaciones revestidas de celebración. Miguel quiso enfundar la guitarra, pero el colono lo detuvo con un golpe seco sobre la mesa que salpicó cerveza por todos lados (César estaba azul); el colono pidió tres cervezas para ellos a cambio de algunas tonadillas. Los muchachos asintieron y Miguel le arrancó acordes de polca a su instrumento. Los respingos del inmigrante no se hicieron esperar y apantalló las manos para reprochar al músico su desatino.

—Toca uma do Sérgio Reis.

—Do Sérgio Reis eu não conheço nenhuma. Mas posso tocar uma do Nando Reis.

—Nando Reis? Não! Chitãozinho e Xororó.

Gabriel le pisó un pie a Miguel con tal fuerza que éste se levantó de la mesa con violencia derramando un vaso de cerveza. “Y encima le hablás en portugués”, pensó Gabriel. Los puños de César estaban cerrados. Miguel volvió a sentarse y cantó. Miguel cantó y todos escucharon. César lanzó un excesivo “¡pípuuu!”.

“Y encima le hablás en portugués”. Silvio lo pensó y pensó en su maestra de escuela que, agobiada por la cantidad de alumnos luso-parlantes con pedidos de aclaración, tuvo que enseñar en portugués en la colonia, en detrimento de sus alumnos paraguayos que mal sabían castellano.

Botas de tacones altos y hebilla resplandeciente. Las palabras de Seu Washington chocaban inútilmente contra este otro foco; sucesivos chiflidos se le escapaban espasmódicamente a Silvio, que contenía la carcajada; Seu Washington lo miraba inquisidor y miraba a los xirú de merda que chisteaban animosos.

Oleajes excepcionales anegaban el barcito cuando Silvio se apretó el estómago para contener los hipos de risa. Pero la reiteración del patrón los hizo retroceder con violencia: “Fique de olho nesses sem-terra, Silvio. Qualquer novidade você me conta”.

“Tudo bem”, camisa desabotonada hasta el ombligo diminuto y rubio, “não tem pobrema”. Algo le crispó las manos curtidas y la quijada cuando el viejo, rascándose la papada, le dijo algo al oído acerca de los cuatro muchachos; una sombra que desdeñaba y quería borrar de sí.

Quería borrarse Silvio, hacia los bananales, como un Pombéro, para no tener que escuchar aquellas sandeces. Cuando Silvio, sin hacerlo, cruzaba el umbral de la puerta y salía a caminar por el empedrado hasta meterse en los yuyales, oyó a los muchachos hablar de los sojales de Seu Washington y contempló una lluvia de plumas que las hormigas no tendrán ocasión de limpiar.

—Po, Silvio, acorda!

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