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Words Without Borders is one of the inaugural Whiting Literary Magazine Prize winners!
from the September 2015 issue

Viviendo con el monstruo

Wilfredo Inuma es el jefe de una comunidad nativa amazónica. Pero sobre todo, es el guardián de la letrina.

Wilfredo fundó la comunidad shipiba de Bena Gema hace doce años, junto a 150 familias que huían de la miseria de la selva. Se instalaron a las afueras de la ciudad de Pucallpa, capital de la región peruana de Ucayali. Querían colegios para sus hijos. Y trabajo. Wilfredo ha prestado seguridad a las compañías petroleras contra los ataques de nativos agresivos. También ha recogido hojas de coca para los traficantes, cuatro kilos al día por veinte céntimos de euro. Ahora hace artesanías para las tiendas de souvenirs de Cuzco, y ninguno de sus compradores sospecha que han sido producidas a 1624 km. de distancia. Sentado frente a su choza, mientras diseña un sonajero, Wilfredo observa el retrete comunal.

-La letrina es importante para todo -explica Wilfredo-. Con ella nos enfermamos menos, las casas están más limpias, y hasta nos organizamos mejor. Antes, en las asambleas de la comunidad, algunos se marchaban para hacer sus cosas, y ya no volvían. Ahora siempre vuelven.

Pucallpa está situada a orillas del Ucayali, un río tributario del Amazonas, el más caudaloso del mundo. Bena Gema se encuentra a cinco minutos de la laguna de Yarinacocha. La región es verde, está llena de agua, y las inundaciones son frecuentes. Pero solo la mitad de los hogares tienen acceso a una red pública de agua. Y solo uno de cada tres cuenta con saneamiento básico. Entre las chozas se amontonan viejas letrinas abandonadas por la falta de mantenimiento, algunas inundadas por las crecidas, o tan bajas que se convertían en refugio de serpientes. El Estado colocó un pozo de agua, pero el agujero no tiene suficiente profundidad. El agua sale con hierro. Incluso huele a metal. Es una fuente de veneno en medio del pueblo.

Sin embargo, hoy hay en la comunidad cuatro tanques de agua, un filtro, un sistema de reciclaje y, por supuesto, el water, justo entre la casa de Wilfredo y el local comunal.

-La gente viene aquí de otras comunidades para ver nuestra letrina -comenta con orgullo el jefe de Bena Gema-. Todos quieren una como la nuestra. Ahora nuestro objetivo es que cada familia en el pueblo tenga una.

El gringo ecológico

-Me han puesto un nombre en shipibo. Significa "el gringo de axila apestosa". Pero yo prefiero que me digan Bryan.

Bryan Best -barba, pelo largo, camisa shipiba, zapatos de guante- me cuenta su historia mientras remontamos el río Ucayali en deslizador. Habla un castellano único, mezcla de inglés y shipibo. En su Nebraska natal, Bryan era un chico problema. Se ponía tan agresivo que, una vez, el director de su colegio tuvo que reducirlo violentamente. En los ochenta abrazó la música punk. Hasta que encontró su lugar en el Perú. Lleva once años en San Francisco, a 40 minutos de Pucallpa, viviendo como un nativo. Y se ha casado con una indígena shipiba.

-Mi esposa creía que la llevaría a Estados Unidos -ríe-. Pero creo que ya se está resignando a que me gusta aquí.

Bryan practica la permacultura, una ingeniería ecológica que propone construir aprovechando y protegiendo la naturaleza. Su objetivo: la preservación integral del entorno. Bryan come cacao amargo y granola. Fuma los "mapachos" negros artesanales, macerados con aguardiente. Para no ensuciar, guarda las colillas en su bolsillo. Guarda incluso mis colillas en su bolsillo.

Al llegar a Santa Rosita de Abujau, nos recibe el pueblo entero con una banda de cuatro músicos. Han sacado chuchuwasi para beber y han matado una gallina para agasajarnos.  Pero el jefe, Roberto Torres, se excusa por no recibirnos como Dios manda:

-Perdonen que no llevemos trajes típicos. Es que son muy caros. Tejer una kushma lleva cuatro meses. Y se vende por mil soles (unos €300). Si la tuviéramos, la venderíamos para comprar camisas y pantalones de quince soles. Y con el resto pagaríamos el alumbrado público por dos meses.

Roberto ha visto de todo pasar por el río. En los ochenta, los terroristas de Sendero Luminoso secuestraron a sus dos hermanos, mientras la Marina peruana arrasaba varias aldeas cercanas. Hace poco, los narcotraficantes desembarcaron en Santa Rosita para llevarse a un vecino. El pueblo entero tuvo que arrancarlo de sus garras. En otra ocasión, los pobladores detuvieron una lancha de traficantes, pero resultó que además de narcos, eran policías. Y juraron venganza.

Los habitantes de Santa Rosita también tienen enemigos más sutiles. Los mineros ilegales buscan pepitas de oro en el río. Para encontrarlas, vierten en el agua mercurio y químicos, que envenenan a los peces. Aquí la comida no se compra en supermercados. Se saca directamente del agua. Cada pez envenenado es un niño enfermo.

Pero al menos en esto último, el gringo puede ayudar. La ONG de Bryan, Alianza Arkana, con el financiamiento de la fundación Aquae y el respaldo de UNICEF, instala sistemas de agua potable y saneamiento. Fiel a su filosofía, el americano ha diseñado un sistema "permacultural": el agua se extrae del subsuelo o de la lluvia El plato de ducha, el fregadero y el lavamanos son todos el mismo espacio: una superficie de madera en listones. Los shipibos, acostumbrados al río, lavan en cuclillas sobre ella. El agua y los residuos caen en medio de un círculo de palmeras de plátano, donde progresivamente se van convirtiendo en compost, que se usará como abono. Las raíces de los plátanos filtran el jabón.

Bryan ha diseñado un modelo perfecto de saneamiento a costo mínimo, y ha salvado vidas, pero en Nebraska, eso resulta difícil de entender. Tiene un hijo de cuatro años, al que solo ha ido una vez a Estados Unidos. Su madre a veces viene a visitarlo, aunque no soporta los mosquitos y prefiere que se encuentren en la costa. Su padre nunca ha venido al Perú.

-Mi papá tiene otro modelo de vida. Ha trabajado toda su vida brindando servicios informáticos a empresas de telecomunicaciones, como AT&T o Bellsouth. Supongo que un hijo como yo no figuraba en su plan.

El padrino

Voy a apadrinar una letrina. La comunidad de Puerto Bethel, a diez minutos de Santa Rosita en deslizador, se prepara para la gran inauguración. Durante la tarde, Bryan se afana con dos shipibos afinando detalles, enterrando tubos y estudiando fallos. Todo es expectativa.

Al llegar la noche, tenemos que buscar dónde dormir. En Puerto Bethel no hay hoteles. El pueblo entero forma una hilera de 2.3 km. de casas paralelas a la orilla, con la selva como un muro infranqueable a sus espaldas. El alumbrado público apenas se enciende durante tres horas en días alternos, porque la gasolina del motor es demasiado cara. Solo hay un teléfono.

Una familia nos acoge en su casa, que es de las mejores porque tiene un fregadero. Nuestros anfitriones nos dan de cenar caldo de gallina con tallarines y cilantros. De guarnición, plátano frito. Bebemos chapu, un jugo de plátano caliente. La alimentación aquí es fuerte: carbohidratos para trabajar horas en el campo. A la vez, es la comida más fresca del mundo: los pollos, peces y vegetales son del huerto o del río. He visto vivas a todas las cosas que he comido.

El problema es que no hay desagüe. Después de comer, cuando las ganas aprietan, decido ir a la letrina que será mi ahijada. Abro la puerta de la casa. Pero afuera solo hay oscuridad. Para llegar debo andar quinientos metros con una linterna por un sendero que habitan víboras venenosas llamadas jergones.

Por la noche, bajo el cielo más estrellado que he visto, escucho historias de terror amazónicas. Me hablan del Chuyachaqui, que se disfraza de alguien que tú conoces y te lleva a la selva para que te pierdas. Nunca encuentras el camino de regreso, hasta que te vuelves loco. También está el pishtaco, que aparece como una luz cegadora y hace que te desmayes. Cuando pierdes la consciencia, se roba tus órganos vitales. Pero lo más aterrador que oigo es el consejo final que me da Bryan, con toda naturalidad:

-Antes de dormir, abre tu mosquitero y mata lo que encuentres dentro.

Ni siquiera llego al mosquitero. En la pared de mi cama hay una araña de diez centímetros. Tengo que llamar a un miembro de mi equipo para que la mate, y de paso, acabe con la cucaracha que tiene al lado. Lo que nadie puede matar son los mosquitos. Mi repelente de turista playero les da risa a esos insectos. Pican incluso a través de la camiseta.

Cuando al fin me acuesto, me aseguro de que el mosquitero no deje una sola fisura. En otra habitación, una compañera del equipo pide ayuda con algún otro bicho. En el acto más cobarde de mi vida, me niego a salir del mosquitero.

Ser pobre no es tener poco dinero. Ser pobre es tener que defecar entre tu casa y la de tu vecino. No poder dar un paso sin exponerte al ataque de un animal, o de un violador. Acostumbrarte a recibir picaduras, como una lluvia de humillaciones, y agradecer que no lleven veneno. Tardar seis horas en hacer el almuerzo, porque tienes que pescarlo tú mismo y no hay electricidad. Ser pobre es un maldito infierno.

Pero los habitantes de Puerto Bethel no pierden la sonrisa. Desde su punto de vista, cada vez están mejor. Esperaron ocho años hasta recibir del estado picos y palas, en los ochenta. Cinco años después abrió la primera escuela. Con el siguiente gobierno, llegó el motor de petróleo para la luz eléctrica. Una empresa petrolera usó el pueblo cinco años como base de comunicaciones, y les dejó un pequeño muelle. El máximo orgullo de Puerto Bethel es que una chica del pueblo ha llegado a ser policía en Pucallpa.

Así que la mañana siguiente, en la inauguración, las autoridades del pueblo ofrecen solemnes discursos junto al Poiti Xobo, que es el nombre shipibo del retrete. Los niños han compuesto una canción dedicada a su nuevo amigo. Y el coordinador de UNICEF ofrece clases sobre su uso, explicando para qué sirven las dos tapas y cómo hay que sentarse.

-Nadie quiere oír sobre waters -comenta una representante de UNICEF-. No es fácil conseguir donaciones porque nadie quiere ver su nombre asociado a defecaciones. Solo empresas de agua, como Aquae, o alguna marca de papel higiénico apoyan estos trabajos. Y sin embargo, el saneamiento es una necesidad esencial de un grupo humano. Sin él, no hay salud, ni siquiera seguridad.

Al final de la ceremonia, junto a una delegada de UNICEF, rompo una botella de aguardiente para inaugurar la letrina. Los shipibos me ponen un nombre en su idioma: Tsenan tsani, que significa "el joven que cumple sus promesas".

Sería más correcto "el tipejo de mediana edad que no se atreve a salir del mosquitero".

El animal vivo

Hace veinte años, por la ciudad de Iquitos pasaba el río Amazonas, con su cremosa agua marrón. Hoy pasa el Itaya, un río negro y brillante.

Aquí la vida es así. El agua apenas se diferencia de la tierra. Lentamente, el caudal cambia de curso, se desvía, emergen nuevas islas o se inundan pueblos enteros. El río es un animal vivo, un monstruo perezoso e implacable.

En lo que va de siglo, el monstruo está enfadado. El cambio climático lo está alterando. Los "friajes", cuando la temperatura baja hasta los 18°, han pasado de dos a trece por año. La población no está preparada para ese frío, y la incidencia de neumonía es mayor aquí que en sierras nevadas y zonas de altura.

La crecida del río, que antes duraba tres meses, se ha extendido a seis o siete, aumentando el riesgo de inundación, y con él, las plagas de mosquitos y los riesgos para la salud. Durante esos meses, además, no se puede sembrar.

Para llegar al distrito de Indiana hay que navegar por el río Amazonas, que en algunos tramos pasa del kilómetro de ancho. En ambas orillas se aprecia el verde infinito y exuberante de la selva. Y sin embargo, son zonas deforestadas. Claro que hay plantas y árboles. Pero los troncos madereros han sido depredados hace mucho, y con ellos se han ido sus frutos, y los insectos de esos frutos. Debido a la contaminación, además, numerosas especies animales, como los manatíes y los paiches, se han retirado a lagunas y ríos más apartados. Todo eso significa que hay menos comida.

Mientras avanzamos, me pregunto si hay alguna manera humana de enfrentar problemas tan grandes: la  intemperie, el abandono, la miseria, la contaminación global.

Pues estoy a punto de descubrir que sí.

Hay gente que consigue domesticar al monstruo.

Alas de mariposa

La maestra Janet Reátegui no quería entrar en política. Su esposo era el regidor, y candidato a alcalde de distrito en Indiana. Ella solo lo apoyaba. Pero un día, él enfermó.  Fue fulminante. Lo llevaron a Lima para tratarlo, y ahí falleció.

Janet tiene carácter. Cuando llevaba de vuelta el cuerpo de su marido para enterrarlo en su tierra, la línea aérea le dijo que no tenía espacio en el avión. Tendría que mandarlo después. Janet montó un escándalo. Amenazó con velar el cadáver ahí mismo, en el aeropuerto. Buscó velas y todo. Casi lo hace de verdad. Hasta que consiguió viajar con su ataúd. Quizá por esa tenacidad, al volver, los compañeros de su esposo le pidieron que ocupase su candidatura.

-La gente del distrito me entregó un memorial lleno de firmas pidiéndome entrar en política -recuerda ella-. Yo no quería porque mi marido llevaba apenas ocho días muerto. Me fui del pueblo dos meses para llevar mi luto. Pero al volver, me lo pidieron de nuevo. Justo en el Día de La Mujer: 8 de marzo. Y acepté.

No fue fácil ser una candidata femenina. El machismo está muy arraigado a su alrededor, y Janet tuvo que aguantar incluso bromas de mal gusto en público. Pero dos años después, ganó la alcaldía. Y al final de su gestión, fue reelegida.

Indiana es un distrito de 3297 km. cuadrados y 15000 habitantes. La extensión de Barcelona con una población que no llenaría ni una tribuna del Camp Nou. Ocho mil de esas personas viven dispersas en 62 comunidades nativas. Pero a diferencia de las comunidades de Pucallpa, aquí la población está organizada. Janet cuenta su secreto:

-Yo le digo a la gente: "¿Quieren agua? Únanse. No puedo poner un tanque de agua para un poblador. Pero si se organizan todos, eso es otra cosa. Por ejemplo, si quieren letrinas, recojan ustedes la maderas para construirlas. Si quieren luz eléctrica, construyan sus casas cerca unas de otras para abaratar la instalación".

Al gestionar demandas ante los ministerios y el Estado, Janet da prioridad a las comunidades que hacen su parte. Y funciona. En la comunidad de Sunicaño, están preparando letrinas flotantes. Como la crecida del río puede inundarlas -y repartir su contenido por todo el pueblo-, van a colocarles cinturones hechos con botellas de plástico. Así, de paso, se reciclan esas botellas. La alcaldesa pidió que recolectasen mil. Hasta ahora, la gente le ha conseguido 25000.

En otra comunidad, San Rafael, hay veredas. Al igual que el saneamiento, las veredas son cosas en las que nunca pensamos, pero sin las cuales no podríamos vivir: no se encharcan, son cómodas y limpias, y facilitan la movilidad de discapacitados y ancianos. Representan la diferencia entre un pueblo y una chabola.

San Rafael también cuenta con un criadero de mariposas. Aparte de ser un reclamo turístico, el criadero sirve para medir la salud del bosque según los gusanos de seda que alberga. Y por último, cuando las mariposas mueren, sus alas se venden para hacer artesanías. Incluso se fabrican bioaretes hechos con las crisálidas, joyas mágicas que un día se convierten en mariposas y salen volando. Y los criadores devuelven al bosque el 10% de los ejemplares, con el fin de mantener la especie.

La alcaldesa Janet Reátegui es el producto de dos tradiciones políticas: la izquierda y la fe católica, ya que Indiana fue fundada por franciscanos. En su despacho de la alcaldía hay un afiche con su foto y una oración pidiendo fuerzas a Dios. Y el salón consistorial se llama José Carlos Mariátegui, en homenaje al fundador del Partido Comunista del Perú.

El resultado es una combinación de vocación de servicio y organización social, aplicada con vocación pedagógica. En la capital del distrito, una especie de utopía amazónica de 4000 habitantes, el muelle está limpio, la basura se recicla, hay una Policía Municipal y luz eléctrica de 6 AM a medianoche.

Indiana muestra que, con la misma cantidad de dinero, una comunidad puede vivir en la miseria o con dignidad y bienestar. La diferencia no está en el presupuesto, sino en la creatividad y la organización.

Y, quizá, en un poquito de magia.

El hechicero formal

Al verlo con la camisa metida en el pantalón, las gafas y el peinado de estricta raya al lado, nadie pensaría que Alvaro Yaicate es un brujo. Y de hecho, a él tampoco le gusta la palabra. Él tiene su propia clasificación:

-El brujo hace cosas malas. Yo solo hago trabajos buenos. El hechicero trabaja con objetos de las personas: prendas o fotos. Yo no. Yo soy un médico vegetalista. Pero la gente de acá nos llama "curiosos".

Como todo médico, Álvaro ha estudiado: dos años con el maestro Egisberto Murayani y luego otros seis con Luis Mozombique. Sus cursos se realizan en lugares secretos de la selva, donde los maestros reúnen a sus discípulos para enseñarles las propiedades curativas de las plantas.

Quizá nuestros cuerpos de ciudad estén ya aturdidos de aspirinas, antibióticos y antidepresivos. Probablemente, seamos insensibles -o demasiado impacientes- para la medicinal tradicional. Pero en un mundo sin hospitales, y con un ritmo de vida más pausado, las plantas curan. Flor de menta para el dolor de muelas. Pampa orégano en infusión para dolor de estómago. Pulpa de camu camu para el resfrío. Piñón colorado para las pupas. Hay incluso hierbas anticonceptivas, y un preparado con aguardiente y diente de zorro para quedar embarazada. Toda una farmacia colgando de las ramas de los árboles. Además, el curioso sabe resolver problemas prácticos, como chupar el veneno de una mordedura de serpiente.

-No tengo nada contra la medicina química -dice Álvaro-. Soy padre de familia. Yo también quiero un hospital para mis hijos. Pero en muchas zonas de la selva, la posta médica más cercana está a horas o días de navegación. Entonces, pues, la gente viene a ver al curioso. A veces vienen también porque se sienten más cómodos con nosotros que con los médicos de bata blanca.

El consultorio de Álvaro -un cuarto en su casa- carece de exotismo. Nada de animales muertos ni simbologías esotéricas. Lo único que cuelga de las paredes es un calendario. Es simplemente un consultorio.

La consulta cuesta veinte soles (5 euros) y comienza con una exploración del pulso del paciente, para buscar su mal. Una vez situado el problema, Álvaro coloca sobre la zona afectada unas pequeñas piedras marinas remojadas en agua florida y tabaco. Tras diagnosticar, fuma mapachos y expulsa el humo sobre el paciente mientras recita una oración llamada "icaro". Hay una para cada enfermedad.

Muchas de sus curaciones no son esencialmente diferentes que las occidentales. Para los problemas de garganta y bronquios, receta miel de abeja. Y en su botiquín nunca falta un viejo remedio casero llamado timolina. Son simplemente remedios naturales de bajo costo.

-Las enfermedades normales son fáciles de curar -me informa Álvaro-. Los difícil es el "mal beneficiado": el mal de ojo que te ha hecho un brujo. Eso es una lucha de poder entre uno y otro. Y puede ser larga.

Álvaro no se presta para hacer mal de ojo, pero si le das el nombre y dirección de la persona que deseas, puede hacer que se enamore de ti. Eso se llama "amarre". Incluso puede conseguir, con el conjuro correcto, que esa persona se "desamarre" de su pareja. Y si necesitas ayuda en los negocios, te ofrece un hechizo con agua de colpa, que extrae de las cuevas de los animales.

Para él, nada de eso es contradictorio con los cuidados médicos occidentales. De hecho, fuera de consulta, trabaja en el observatorio municipal de vigilancia contra la desnutrición, ayudando a niños y enseñando a los padres hábitos sanos de alimentación e higiene. Con su ayuda, la desnutrición de Indiana se ha reducido nueve puntos en tres años.

Solemos oponer "nativo" contra "occidental" tajantemente, como si fuese necesario escoger entre uno y otro. "Ecológico" contra "económico". "Tradicional" contra "eficiente". Pero para domar a un monstruo, hacen falta dos riendas.

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