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from the May 2016 issue

Mousse de biochocolate espacial a la solitaria . . . para dos comensales

For Erelvis Jiménez and Roberto Armas Saladrigas


La confección original de este exquisito postre, casi emblemático de nuestra época de la conquista del espacio, se atribuye a Ijon Tichy en 2103… aunque algunos detractores del célebre cosmonauta refutan esta hipótesis, alegando que la receta de marras no aparece siquiera mencionada en ninguno de los tomos de sus bien conocidos Diarios de las Estrellas. Grande es la envidia humana… y aún más la extraterrestre.

Lo que sí resulta indiscutible es que fue Rodolfo-Rudy- “Albahaca” Turturro quien no sólo la bautizó con el nombre con el que aún hoy es conocida, sino quien, sobre todo, la volvió galácticamente famosa en 2135, al prepararla a bordo de la Astronave Extra Sistemas "Muummeenuh", de la Nohemi Space Ships, durante su primer año de crucero a bordo, aún en calidad de Ayudante del Jefe de Cocina. Aunque el dato tampoco consta en su muy consultada Memorias de un cocinero de astronave, existen varias decenas de entusiastas testimonios de los afortunados pasajeros de aquel viaje que lo corroboran fehacientemente.

Desde aquella hoy tan lejana fecha, el mousse de biochocolate espacial “a la solitaria” ha sido el postre favorito de todos los astronautas embarcados en viajes sin compañía… y lógicamente ansiosos de ella. Se calcula que varias decenas de toneladas de este delicioso manjar se han preparado en nuestra Vía Láctea, y eso sólo considerando las confeccionadas por los pilotos de guardia de las astronaves antorcha-barredoras generacionales, obligados a turnos que necesariamente implican largos meses de soledad.

INGREDIENTES NECESARIOS:

1/2 (medio) kilogramo de cacao (Theobroma cacao) puro en polvo

Si no se dispone del mencionado polvo de chocolate, puede también servir cacao en tabletas, después de rallado, o hasta manteca de cacao… sólo que entonces el mousse quedará de un aséptico color blanco, no tan agradable como los ricos tonos pardos que se logran con el producto entero.

Por favor, evite encarecidamente recurrir a sucedáneos artificiales o especies transgénicas como el chocomaíz (Theobromazea cacaomays) lo mismo que a formas de chocolate preparadas con fines laxantes. Los resultados pueden ser… por completo sorprendentes, pero con una fuerte tendencia a lo desagradable, según demuestran los más serios estudios.

1 (un) litro de nata de leche de vaca (Bos taurus) pura y previamente refrigerada

El uso de nata obtenida a partir de leche pasteurizada, semidescremada o incluso evaporada o condensada, (aunque resulta especialmente trabajoso) tras haber sido correspondientemente hidratada, está permitido, lo mismo que el de nata lograda a partir de la leche de especies bóvidas terrestres afines como el búfalo de agua (Bubalus bubalis); el búfalo cafre o africano (Sycerus cafer); el bisonte americano (Bison bison); o el europeo (Bison bonasus). Ni siquiera deberían existir reparos teóricos contra el uso de la leche de uro o auroch genéticamente recuperado (Bos taurus primigenius) o incluso leche de soja (aunque algunos puristas extremos vetan todo lo que sea diferente de la leche de vaca 100% real, e incluso se enfrascan en largas discusiones sobre si es mejor la obtenida de ejemplares pertenecientes a la raza Suiza Parda o la de las Holsteins)

Advertencia importante: No intente bajo ningún concepto recrear la presente receta con las mal llamadas “leches” de criaturas extraterrestres, como los draguipavos de Colimán IV (Dracubirdius horribilis) o los tiburones policéfalos volantes de Swemartha XVII (Sharkopavornis aeris). Las propiedades alimenticias de los concentrados proteicos regurgitados por unos y secretados por las pieles de los otros son altas, sin duda, ¡basta considerar las enormes dimensiones de los adultos y la vertiginosa tasa de crecimiento de las crías de ambas especies alienígenas! pero también la cantidad de enzimas y hormonas extrañas que contienen.

Le recordamos que la verdadera leche sólo es producida por los mamíferos, un grupo zoológico evolucionado únicamente en la Tierra. No acepte sucedáneos mamiferoides. Por otro lado, inclusive de entre los mamíferos terrestres, no es recomendable emplear leche de ballena, león, perro, foca u otros miembros de este phyllum… como con el chocolate laxante o sustitutos sintéticos, los resultados de “cambiar la vaca por el delfín” podrían ser más bien incómodos.

Por lo mismo no se recomienda intentar la confección de la receta con otros derivados lácteos como yogurt o requesón, aunque se hayan obtenido de auténtica leche de Bos taurus terrestre.

La mantequilla, por otro lado, sí que puede emplearse sin problemas, sólo que el sabor logrado es mucho más crudo y fuerte… con las consecuencias fácilmente deducibles que de ello se derivan.

1 (un) litro de agua

Los requerimientos de este líquido no son especialmente rígidos. Mientras que se trate de H20 (y no, por ejemplo, de H202, agua oxigenada) la cantidad de impurezas orgánicas o inorgánicas y metálicas o no metálicas que puede contener no resulta un factor decisivo, lo mismo que su dureza o PH. Sirve lo mismo el agua destilada. Eso sí: se recomienda evitar el uso de aguas pesadas, con isótopos como tritio o deuterio en lugar de hidrógeno común; los resultados (sabor y consistencia) no varían, pero como todo el mundo sabe, la ingestión de materiales radiactivos en dosis masivas no es muy beneficiosa para la salud humana.

Un cuarto de kilo (250 gramos) de azúcar

Básicamente, sacarosa (C12H22O11) disacárido dextrógiro. Da igual si su forma de presentación es en terrones, como polvo, y si su condición es refino, turbinada o morena. El origen tampoco es importante: puede ser obtenida lo mismo de caña de azúcar (Saccharum officinarum) que de remolacha azucarera (Beta vulgaris, variedad altissima) o incluso arce o maple (Acer saccharum), que mediante métodos de síntesis artificial. Lo único esencial es que se trate de sacarosa (monosacáridos como la glucosa o fructuosa no logran la misma calidad de sabor en el postre final) y que no sea levógira, ya que la asimilación por el metabolismo humano de esta clase de estereoisómeros o enantiómeros resulta del todo imposible, aunque su sabor sea indistinguible de los dextrógiros.

600 (seiscientos) gramos de huevo fresco:

Lo mismo que con el agua, las exigencias respecto al origen este ingrediente no son muy estrictas. Rudy “Albahaca” Turturro usó principalmente huevos de gallina (Gallus gallus), pero se dice que en una ocasión, por una apuesta, un cocinero empleó huevos de avestruz (Struthio camelus)… claro que en reducida cantidad, dado su mayor tamaño. Pero, al menos en teoría, es posible usar con el mismo éxito los huevos de cualquier ave, terrestre o no, y hasta los de algunos reptiles. Basta considerar muy cuidadosamente los pesos y cantidades.

Obviamente, los huevos de los quelonios o grupos zoológicos afines, dado que las albúminas de su clara no se endurecen del mismo modo, no son recomendables, lo mismo que los de especies extraterrestres como el grifoide de Ar-Guliag VIII (Trifibius entereoblasticus), pues aunque sean enormes, los embriones en su interior también lo son… y tan agresivos desde el momento mismo de su fertilización (resulta imposible obtenerlos “vírgenes”) que verter uno en la mezcla podría significar quedarse con las ganas de comer postre…

Sal (NaCl, cloruro de sodio) a gusto

Por supuesto, la cantidad de este ingrediente, o incluso su misma adición, depende de cada cocinero… o comensal. En cualquier caso, sin su presencia es mucho más difícil que cuaje el mousse. Pero mejor no exagerar; la hipertensión arterial acecha…

150 (cientocincuenta) miligramos de caldo de coacervados del planeta Oparin

Este es el ingrediente clave de la receta, el que establece la diferencia con otros mousses más convencionales. La obtención de esta singular sustancia podría parecer muy complicada, ya que normalmente no se le emplea en ninguna otra receta conocida, pero dadas la popularidad del planeta Oparin como destino turístico y la abundancia de este tipo de agregados bióticos precelulares en el mar poco profundo que ocupa casi el 50% de su superficie (en algunas tiendas de recuerdos de estaciones de tránsito cercanas llegan a venderse porciones mayores como souvenir, envasadas en ampollas de vidrio) lo cierto es que disponer de esa pequeña cantidad resulta mucho más fácil de lo que generalmente se cree. Cosas mucho más raras, como esquirlas de diente de draguipavo o recortes de piel de xilogrifo (Seudogriffanus sapiens) a guisa de amuletos de fertilidad y buena suerte, se encuentran con frecuencia en el equipaje de los astronautas expertos…

ELABORACIÓN:

Prepárese un merengue con las claras de huevo (previamente separadas de las yemas, claro) con dos cucharadas de azúcar y una pizca de sal para facilitar su cuajada. Se bate enérgicamente hasta el punto de nieve u obtener una espuma suave y bien aireada, lo que suceda primero.

Simultáneamente, (o poco después, no es determinante) procédase a la confección de una crema base batiendo a su vez las yemas antes separadas (que no desechadas, importante) con la nata de leche (o la mantequilla) y el azúcar, hasta lograr la consistencia pesada y semilíquida característica.

Mézclense entonces entre sí ambos preparados, mientras se va añadiendo el chocolate rallado o en polvo sin dejar de batir, hasta homogeneizar y lograr un color uniforme.

Recomendaciones: El batido magnético en condiciones de ingravidez no está recomendado, por su brusquedad, lo mismo que la exposición al vacío y frío del espacio, que si bien estimula extraordinariamente el aumento de volumen de la espuma, puede desnaturalizar de modo irreversible, por congelación que rompe los enlaces carbonados, algunas de las proteínas determinantes del sabor del mousse.

Da para cinco porciones grandes; sírvalas en cuencos, tazas o vasos, según se prefiera, pero procurando no rebosar: existe la posibilidad de que aún crezca un poco.

Cuatro de estos recipientes póngalos a enfriar (no en el congelador, ni en el espacio cósmico) mientras que el quinto, previa adición del caldo de coacervados de Oparin (atención: nunca lo agrega a las otras cuatro porciones), deberá llevarlo al cuarto de refrigeración externa del reactor de fusión, (usando, por supuesto, el traje de protección antirradiaciones correspondiente; no hay que arriesgarse a una leucemia por un simple antojito gastronómico) y dejarse reposar ahí durante cierto tiempo.

Esencial: De la paciencia del cocinero y comensal durante este paso dependerá en buena parte el resultado final de la receta. Si se deja reposar la quinta porción en el ambiente saturado de radiactividad, rayos ultravioletas duros y electricidad estática del cuarto refrigerante del reactor durante sólo una hora, el biopreparado resultante a duras penas se arrastrará con seudópodos… en el mejor de los casos, cabe esperar que no haya rebasado la etapa sésil de porífero, celenterado, tunicado u otro equivalente evolutivo.

En cambio, si el tiempo de exposición se eleva a varias horas, es muy posible que al recuperar la única porción tratada con el caldo de coacervados de Oparin se encuentre con que ha escapado llena de curiosidad y diligencia del recipiente que lo contenía, y se arrastra o incluso corre por la estancia sobre patas quitinosas articuladas, explorándolo todo en busca de alimento y nuevas experiencias. Algunas han incluso desarrollado alas con las que revolotean erráticas; un espectáculo encantador, se lo aseguramos.

Los plazos entre 12 y 24 horas son especialmente recomendables, ya que, incluso considerando los inevitables factores aleatorios, en un 90% de los casos se puede garantizar que el organismo resultante ya será más que capaz de comunicarse de algún modo con usted, ya sea vocalizando, por señas o incluso (los ejemplos son más bien raros, pero sí que se han documentado) por telepatía parcial.

Por lo mismo, la exposición a esta combinación de factores intensamente mutagénica durante períodos de tiempo superiores a un día tampoco es recomendable: usted desea un acompañante con quien compartir en plano de relativa igualdad, no un ser tan desarrollado que lo devore ipso facto… o, peor aún (si tal cabe) opte por aplastarlo como a una cucaracha (Periplaneta americana) sin dignarse a concederle la categoría de criatura sintiente. O siquiera verlo, que es aún peor.

Por sí o por no, además de usar el traje de protección radiactiva para recuperar esa porción, al entrar al cuarto de refrigeración externa del reactor se recomienda llevar un arma disuasoria adecuada… como un arco de plasma o un desintegrador de antimateria de los menos potentes, nada totalmente letal. Armamentos más destructivos son también una opción, siempre que su puntería sea lo bastante fina como para no volar al reactor junto con el hipotético organismo peligroso… o al menos indeseado.

Aunque todos estos son casos extremos, estadísticamente muy improbables. Si su selección de ingredientes y su elaboración del producto (nada difícil, por otro lado, como se habrá deducido de la lectura de los párrafos anteriores) han sido aunque sólo sea medianamente correctas, usted se encontrará con una encantadora biomascota que paliará de forma muy eficaz sus soledades espaciales.

Un consejo final: Los primeros momentos del contacto suelen resultar decisivos. Llámela suavemente, acaríciela (puede que brille en la oscuridad por ser aún levemente radiactiva… pero nada demasiado peligroso, se lo aseguramos) mímela, haga que lo reconozca y estime… y tan pronto como pueda, llévela al comedor de la nave y comparta con ella el exquisito mousse de chocolate que ya para ese momento se habrá enfriado.

He ahí el por qué de las cuatro porciones (sin caldo de coacervados; nunca está de más recalcarlo): está claro que ni usted ni su nueva mascota se van a conformar con una sola ración de semejante exquisitez ¿no? Y ambos comprenderán entonces en paladar propio el por qué del significado latino del nombre genérico del chocolate: Theobroma; don de los dioses.

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