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from the May 2016 issue

Proyecto Sueño Real

1

El ciudadano que me recibió en la entrada del edificio no se parecía tanto al de los folletos. Parecía un poco menos corpulento y su sonrisa, que en las fotos expresaba simpatía y hospitalidad, esta vez se me antojó como la de un hombre que escondía algún secreto. No obstante, mi excitación era tanta que lo seguí sin demasiada reserva a través de una intrincada red de pasillos y escaleras hasta desembocar, veinticinco minutos después, en una oficina con puertas de cristal.

Me instalé en un sillón de mimbre, bastante cómodo. Mi anfitrión se quedó de pie.

—Soy Alfonso Ramírez —dijo, no sin cierta ceremonia—, director del proyecto Sueño Real. Disculpe que antes no me haya presentado adecuadamente.

Estrechamos las manos.

—Supongo que usted deseará entrar en materia inmediatamente —añadió.

—Sí —concordé—, creo que es lo más indicado.

El Sr. Ramírez tomó asiento en una silla giratoria, típica de los ejecutivos. Se volvió hacia la pared del fondo, en la cual apareció de pronto una enorme pantalla. La habitación quedó a oscuras. Me quedé maravillado por un instante, pues la oficina no aparentaba estar especialmente tecnologizada (salvo por la consola de la climatización y los cristales en las ventanas, podía ser la sala de estar de una mansión campestre del Caribe), y no tuve tiempo de notar qué botón había apretado el director.

Lo que vi en la pantalla no me reveló nada nuevo y no hizo más que aumentar mi impaciencia. El proyecto Sueño Real ofrecía la posibilidad de conectarse a cualquier filme que estuviese en el catálogo, e interactuar con los actores. El tiempo máximo de conexión era de cincuenta y cuatro minutos cada veinticuatro horas, siempre dentro de la misma película. Había que firmar una declaración jurada en la que se exoneraba al proyecto de cualquier daño físico o emocional derivado del servicio. Los filmes disponibles pasaban de las doce mil producciones de unas veintitrés nacionalidades. Podían encontrase clásicos del oeste, dramas, policíacos, cine experimental, artes marciales, ciencia ficción, remakes, documentales y cortometrajes. Si por casualidad otro cliente se conectaba a la misma película en el mismo espacio de tiempo, las posibles complicaciones tampoco eran responsabilidad de la empresa . . . 

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Las frases tantas veces leídas en los plegables se desvanecieron en un segundo, la pantalla desapareció y las luces volvieron a encenderse. El director estaba de nuevo mirándome a los ojos. Su sonrisa era aún más acentuada.

—Quiero aclarar algunos detalles —dijo—. En estos momentos disponemos de una tarifa fija mensual, hasta tanto podamos ampliar nuestra oferta. Recientemente hemos incluido varias series de televisión y todos los conciertos de Adele —se quedó en silencio  por unos diez segundos—. Ahora puede preguntar lo que desee —añadió.

Me surgieron dos inquietudes. La primera tenía que ver con el efecto acumulativo. Es decir, si el tiempo reglamentado me sorprendía en medio de una conversación importante, ¿podía continuarla en la siguiente sesión?

—Lamentablemente no —Ramírez se puso de pie, con elegancia—. Cada sesión de Sueño Real es independiente. Pero si es motivo de inconformidad para usted, también lo es para nosotros y le prometo que trabajaremos para añadir esa opción. La segunda pregunta, por favor.

—¿En realidad puedo interactuar libremente con los actores? —mi tono trataba de disimular la excitación—, ¿hacer cualquier cosa?

—Es libre de actuar como quiera siempre que el argumento se lo permita —bajó la voz y me guiñó un ojo—. Le advertimos que en nuestro listado no incluimos películas pornográficas, ¿me entiende?

Yo entendía.

—Por supuesto que no se le pueden pedir peras al olmo —continuó—. Usted no pretenderá, por ejemplo, usar una pistola láser en un filme como Lost in Translation, de Sofía Coppola.

Hizo la pausa necesaria para que yo notara sus profundos conocimientos de cine. En realidad, él había apelado  a un ejemplo muy tonto, ¿para qué necesitaba yo una pistola láser, en un filme donde una belleza como Scarlett Johansson se pasea por medio Tokio en busca de diversión?

En fin, después de llenar unos formularios me fue entregado un dispositivo pequeño, similar a un audífono inalámbrico y otro más grande, más parecido a un teléfono celular. En este último había que introducir un número que equivalía al código de una película.

—Y finalmente —me explicó Ramírez—, se coloca el receptor en la oreja —se refería al primer aparatico— y hace el conteo regresivo del diez al uno. Como cuando se le suministra anestesia a un paciente. A los cincuenta y cuatro minutos la desconexión es automática.

El director se dejo caer en el asiento, como si le hubiesen liberado de un gran peso. 

Por primera vez no había afectación en su postura.

—Sólo por curiosidad —dijo—, ¿con qué película le gustaría comenzar?

Respecto a eso no tenía ninguna duda: Dos amantes, de James Gray, año 2008. 

 

2

En otros tiempos hubiese escogido un filme más taquillero. Uno que le gustara a todo el mundo, con mucha acción y tiroteos y carros de lujo. Pero yo estaba tratando de hacer un cambio positivo en mi vida, y me había propuesto ver solamente películas acerca de gente linda y bien vestida, hablando de cosas lindas y agradables, en lugares lindos y bien iluminados. O al menos, que tuvieran un final feliz.

Claro que también llevaba algunos meses obsesionado con Vinessa Shaw. En Dos amantes, donde todo el mundo es judío, Joaquin Phoenix se debate entre ella, hija de un matrimonio amigo de sus padres, y Gwyneth Paltrow, una desequilibrada y depresiva vecina del apartamento de arriba. Después de que llegara a mis manos el primer folleto de Sueño Real repasé la película hasta la saciedad. Siempre terminaba mordiéndome la uñas y repitiendo el nombre de Vinessa en voz baja. Me gustaba especialmente una escena en que ella se ponía la ropa interior (y Joaquin indiferente, como si fuera lo más normal del mundo).  Nadie puede ponerse un ajustador con tanta clase como ella y de seguro no hay en toda la historia del cine una espalda tan linda como la suya. Ni siquiera la de Elizabeth Shue.

Tenía que ser mía.

Durante una semana intenté, sin éxito, allanar el apartamento del novio indeciso, donde mi amor aparecía con cierta frecuencia. También fracasé en el intento de fomentar en la Srta. Paltrow el interés por mi rival y de esta manera despejar mi camino. Aquella mujer no tenía más objetivo que terminar de volverse loca y volver locos a todos los demás. Luego quise ayudar a Phoenix en un intento de suicidio. El inconveniente era que tendría que entrar de noche al agua (el hombre intentaría ahogarse) y nunca he sabido nadar muy bien. Deseché la idea.

Por último, decidí colarme en una fiesta en la casa de mi contrincante, casi al final de la película. Siempre es más fácil decir estas cosas que hacerlas. La primera vez el portero se puso difícil. La segunda calculé mal el tiempo. Todo se puso oscuro de súbito y los créditos me golpearon en la cabeza.

La tercera vez coincidí en el ascensor con un tipo raro. Inhalaba tensión por la nariz y la exhalaba por la boca. Manos en los bolsillos. Mirada clavada en el suelo. Reconocí aquel rostro. Yo estaba seguro de que comprábamos el pan en la misma panadería o había estado conmigo en la primaria, o algo.

—Mi hermano —lo abordé, con falsa efusividad—, ¿y eso tú por aquí?

—Yo sabía que tú estabas en lo mismo que yo —respondió aliviado—, estoy detrás de la rubita flaca del último piso.

Detrás de Gwneyth Paltrow. Pudo haber escogido otra película. Iron man o Shakespeare enamorado. En fin, no era mi asunto. Me bastaba con que no pretendiéramos a la misma mujer. Respiré profundo.

—¿Ah, sí? —dije. Mi desgano también era fingido—. Yo voy a la fiesta en el apartamento de Joaquin.

—¿Se pone bueno eso ahí?

—No lo sé, voy a probar ahora.

Nos deseamos suerte mutuamente. No la tuve. Logré meterme en la fiesta. Los padres de Joaquin (eran los dueños del apartamento y su hijo se había mudado al comienzo de la película, para superar un fracaso amoroso) me recibieron con amabilidad, tal vez convencidos de que yo era un amigo atolondrado de su niñito inmaduro. Pero Vinessa no apareció en los veinte minutos que me quedaban.

Al menos pude probar la comida kosher.

 

3

Un poco decepcionado por el fracaso me tomé un descanso de tres días. Se me ocurrió que lo ideal para recuperar fuerzas sería conectarme a una comedia romántica y escogí una de esas que repiten cada catorce de febrero. Pero no por gusto dije que estaba obsesionado. Terminé hallando insípida a toda mujer que no fuera Vinessa. Y eso que allí estaban Jennifer Garner, con los dos hoyitos preciosos que se le hacen en las mejillas, Julia Roberts, con su lunar y su boca enorme y hasta Jessica Biel, con su desparpajo y su boca más grande todavía.

Regresé a Dos amantes con una nueva estrategia. Había que salir de las locaciones habituales. Abordaría a mi objetivo en otro lugar, en la calle si era preciso.

Uno de los problemas de dirigirse a una mujer en los Estados Unidos es que por cualquier cosa puedes ser tildado de acosador: tirar un beso, hablarle bajito al oído, agarrarle una mano, sacarle la lengua. El método tenía que ser otro. Propiciar un encuentro en un sitio público no muy concurrido, una lavandería por ejemplo. Acercarse discretamente, mirar más discretamente todavía, y sonreír con cierta timidez.

Me devuelve la sonrisa.

YO: ¿Vienes mucho  por aquí?

VINESSA: A veces

YO: He oído decir que las lavanderías abren hasta de madrugada. Por cierto, no soy de aquí y me siento un poco solo. ¿Te gustaría cenar?

VINESSA: Claro que sí. Nos vemos aquí  mañana, a esta misma hora. No te preocupes, yo pago.

Buen chiste. Hora de hablar en serio.

Vinessa caminaba unos ciento cincuenta metros delante de mí. Yo la había estado  acechando cerca de la guarida de su novio insensato y la seguí por un buen rato. No era nada difícil. Si una mujer tiene las piernas lo suficientemente largas, camina con el suficiente donaire y se viste con la ropa adecuada, puedes reconocerla a cualquier distancia. Además Nueva York es linda. Contrario a lo que algunos piensan, las grandes ciudades no son hostiles, ni frías. En un pueblo pequeño te sientes bien recibido sólo si su gente es hospitalaria. En una gran ciudad el carácter de la gente da lo mismo. Porque cada anuncio, parque, rascacielos y semáforo te da la bienvenida.

Aquella zona era especialmente fácil de transitar. La gente no andaba apurada, ni estaba loca por llegar a una estación del metro, ni por tomar un taxi. Me sentía tan a gusto que hubiese podido para el resto de mi vida vagando por allí.

Lo malo es que en las películas suelen pasar cosas de película. Uno de esos camiones de carga, con un rostro gigante y un número de teléfono pintado al dorso, se atravesó en mi camino. El tráfico se detuvo bruscamente, los choferes sonaron las sirenas y para cuando logré saltar el obstáculo, Vinessa había desaparecido. Corrí dos o tres cuadras y miré en todas direcciones, solo para aumentar mi sorpresa y frustración. Por si fuera poco todo el ambiente estaba cambiado. De repente me encontraba en otra parte de la ciudad y juro que había oscurecido en menos de un minuto.

En estas circunstancias cualquier cliente normal se hubiese desconectado inmediatamente, pero yo tenía que aprovechar mi tiempo (y mi dinero) al máximo. Me adentré en un callejón de esos que uno imaginaría ya no existen en Nueva York. Precisamente el tipo de lugar en el que el protagonista se mete en líos, a pesar de nuestras advertencias desde el otro lado del televisor. Edificios de ladrillo a cada lado. Tanques de basura. Un indigente cubierto de periódicos. Ratas. A un costado, el clásico bar de mala muerte. Un letrero incompleto, una puerta corrediza de metal. Junto a ella, una silueta de mujer y el humo blanco de un cigarro.

De cerca parecía la estudiante inadaptada de una secundaria americana. Una muchachita sin mucha carne en el cuerpo; a medio camino entre las gemelas Olsen y Kirsten Dunst, pero con el pelo negro y acné juvenil. Demasiado maquillaje en los ojos. Expresión desvalida y sensual. Problema seguro.

Algo en su mirada la delató. Quise hablarle y antes de que esa idea estuviese formada en mi mente, me tiraron al suelo. En la espalda sentí un peso indescriptible, en los brazos, el tipo de dolor que uno no le desea ni a su peor enemigo. En las muñecas, un frío metálico.

—Está detenido por el asesinato de Margaret Renwall, Elizabeth Renwall y Marta Estévez —gritó una voz de mujer—. Tienes derecho a permanecer callado. Todo lo que diga puede ser y será usado en su contra. Tiene derecho a un abogado. Si no puede costearlo, el estado le proporcionará uno de oficio…

Uno de los inconvenientes de esta situación es que cuando uno quiere ponerse cómodo, el otro lo interpreta como un acto de resistencia. Mientras más me movía, más se clavaba la rodilla en mis riñones. Más se aplastaba mi cara contra el piso. Tuve un instante de claridad y grité: ¡Sueño real, sueño real!

La presión en mi espalda aflojó, pero no me quitaron las esposas.

—No es él —dijo una voz, diferente a la primera.

—¿Estás segura?

—Estoy segura.

—Mejor lo llevamos a la comisaría.

—Estoy segura. Suéltalo, por favor.

Cuando me vi libre me llevé otra sorpresa. Mi torturadora era nada más y nada menos que Mariska Hargitay. Nacida en Santa Mónica, California, el 23 de enero de 1964. Actriz y modelo. De no existir Vinessa sería una prioridad en mi lista. Siempre me había gustado su tipo: mandíbula fuerte, algo varonil.  Pero nada de eso era importante. Lo importante era que Mariska Hartigay no actuaba, ni por asomo,  en Dos amantes. Y todo el mundo la llamaba detective Olivia Benson.

 

4

—Esa es mala—dije al fin.

Estaba sentado en el borde de la acera, justo al frente del edificio donde Ramírez, tres semanas antes, me había recibido. Un candado enorme impedía la entrada. Kenia, la muchacha del metro, me acababa de contar que era lesbiana debutante y aún no había hablado del tema con sus padres. Le resultaba difícil relacionarse con la gente. Casi no tenía amigos. Sueño Real le facilitó la oportunidad que esperaba. Fanática de La ley y el orden, se había conectado a cuatro capítulos antes de convencer a Mariska Hartigay (la detective Olivia Benson, de la Unidad de Víctimas Especiales) de que era una prostituta checa y un asesino de mujeres la estaba persiguiendo. Al principio la miraron con sospecha, porque su denuncia era demasiado imprecisa, pero poco a poco logró crear un perfil verosímil y  montar una trampa para el asesino. Un asesino que se parecía mucho a mí. El resto ya lo saben. Ella esperaba un buen momento para intimar con Mariska cuando yo aparecí en el callejón y le eché a perder el plan.

—Ahora tengo que empezar todo de nuevo —dijo.

Oyéndola hablar parecía mucho más madura de lo que había supuesto al conocerla. Tampoco le vi ninguna dificultad para comunicarse, todo lo contrario. Aunque tal vez sencillamente nos tratábamos con esa confianza repentina que surge entre las personas que comparten un problema. Empezaba a encontrarla muy atractiva. Aún con su voz aniñada expresaba una seguridad y una fuerza que ya a mí me estaban faltando. El hecho de que fuera lesbiana le añadía un punto extra, por aquella ilusión convertida en leyenda de que si te acostabas con una lesbiana, terminarías, en algún momento, acostándote con ella y con su pareja.

Las cosas no me estaban saliendo bien. Vinessa se me escapaba y yo comenzaba a sentir que tal vez tuviesen la razón aquellos que me decían “La carne buena no es para perros”, cada vez que me fijaba en una mujer despampanante. Por eso me había entusiasmado tanto la idea de Sueño Real. Debía resultar un poco más fácil, pero tampoco había tenido suerte. Y los dolores en la espalda y el brazo no ayudaban.

—Siento haber interrumpido tu noche —dije, y Kenia me sonrió, con cierta tristeza.

—Eso no es lo que me preocupa, sino que no tengo más dinero para pagar el otro mes —hizo silencio para apretarse un grano de la cara—. Y también me da un poquito de miedo —añadió—, si tú te cruzaste de película, lo mismo me puede pasar a mí. Sabe Dios a dónde puedo ir a parar.

Nos quedamos en silencio por un buen rato. Me puse a pensar en que yo también andaba escaso de presupuesto.

—Esa es mala —dije al fin, y me paré, porque un sujeto de traje y corbata llegó a la entrada del edificio, sacó una llave y abrió el candado.

Su sonrisa, sospechosamente parecida a la de Ramírez, nos detuvo en seco.

—¿Ustedes son clientes de Sueño Real? —preguntó.

—Sí —dijo Kenia.

—Pasen por favor.

El vestíbulo se veía ordenado y limpio. El hombre se situó detrás del buró de la recepción, abrió una de las gavetas y se puso a buscar algo en ella. Sin levantar la vista nos preguntó los nombres.

—Kenia Alcántara.

—Rogelio Gutiérrez.

—Muy bien —encontró por fin lo que buscaba, un par de sobres sellados—. Debo informarles que el Sr. Ramírez ha tenido que abandonar el negocio, pero ha dejado una explicación —nos tendió las cartas, se ajustó la corbata y volvió a sonreír. Su rostro era una invitación velada a que abandonáramos el lugar.

Leí mi carta en voz alta:

Estimado Sr. Gutiérrez:

Si esto ha llegado a sus manos es que ha confrontado problemas con nuestro servicio. Hemos decidido retirarnos del mercado porque necesitamos corregir algunas imprecisiones. Se ha reportado un número preocupante de saltos entre películas y quedan pendientes también varias quejas sobre la calidad de la imagen. Le rogamos nos disculpe y le aseguramos que tendrá la bonificación adecuada en cuanto reanudemos nuestra oferta. Mientras tanto, puede disfrutar de tres meses más de conexión, siempre  bajo su propio riesgo.

Buena suerte y hasta pronto,
Alfonso Ramírez
Director del Proyecto
Sueño Real.

—Supongo que la tuya dice lo mismo —le dije a Kenia. Ella afirmó con la cabeza— ¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.

—Yo quisiera comer algo. ¿Vas a venir conmigo?

—¿Hay alguna cafetería cerca?

—¿Y tú piensas que yo voy a comer algo aquí? —recalcó el aquí para que yo entendiera bien a lo que se refería —.Yo voy a comerme una buena McDonald. En cualquier película. No me interesa.

—¿Vas a conectarte de nuevo?¿Y si caes en una película de guerra, o en Tornado?

—Entonces ya veré, ¿vas a venir o no?

—Sí, claro que sí. No te voy a dejar sola.

Se echó a reír y me agarró por el brazo. Empezamos a caminar.

—No te rindas con Vinessa. Hay que seguir intentando. Siempre hay que seguir intentando. En tres meses cualquier cosa puede pasar. Y si no, trata con otra. ¿No te gusta más nadie?

La lista era muy larga. Le dije que me gustaba Yenira Estenoz.

—¿Quién es esa?—preguntó Kenia.

—La mejor entrevistadora de Cuba.

—¿Y es linda?

—Lindísima. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Dime.

—¿Te has acostado con una mujer en la vida real?

—¿Qué tú crees?

No dijo más nada en todo el camino. Llegamos a un parque y nos sentamos en un banco bien apartado. Antes de conectarme el receptor reparé en que no tenía dinero, pero después recordé que en lo filmes americanos, cuando no tenías el dinero para pagar la comida, no llamaban a la policía, sino que pagabas fregando. Era más fácil. 

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