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from the May 2016 issue

Derecho de autor

Para Elisú
 

Entro al Banco con mi cheque en la mano. Pregunto al guardián de la puerta si puedo cobrarlo en esta sucursal, él a su vez le pregunta a otro que no sé si es otro guardián, vestido de civil. Regresa y me dice: Primero, que sí puedo cobrar el cheque y Segundo: que las conexiones se caen a cada rato.

No sé exactamente lo que esto significa en términos técnicos, pero sí lo que trae como consecuencia. El Banco, normalmente lento, hoy luce sus mejores galas a lo slowdown. Los empleados miran las computadoras con gozo sádico, cada vez que pierden la famosa conexión.

Un señor, que pese a no ser empleado no parece abatido ni desesperado por los problemas tecnológicos o la cola que no avanza, me explica que en estos días, mucha gente viene a cambiar monedas extranjeras en CUC. Hay una gran inestabilidad en el valor del dinero y de un día para otro, lo que tienes vale mucho menos, o mucho más.

Hablando con él, que se comportaba como si la cola de espera de un Banco en una de sus peores jornadas, fuera su hábitat natural, aprendí que tenemos nuestros accionistas de bolsa, de producción nacional.  Personas que miran el cambio del día y deciden si es bueno, o si es mejor regresar otro día. Si arriesgarse y cambiar o arriesgarse y esperar. Algunos de ellos se informan antes de venir al Banco. Miran atentamente el segmento internacional del noticiero y sacan conclusiones.  Son maestros del riesgo. Brokers made in Cuba.

Siempre amable y sereno, pese a que lo único que se mueve en el Banco es el inmenso reloj de pared que está de espaldas a los empleados, por lo que ellos no ven cómo pasa el tiempo mientras nosotros deglutimos cada minuto, me contó que en Suiza, todos los días dan esa información en el televisor. Explican con gráficos cómo van las bolsas en los principales mercados financieros del planeta, el cambio de las monedas, el valor del oro y el precio del barril de petróleo en el mercado internacional, el índice Nasdaq y el Dow Jones. Que esta es  siempre la última noticia de los telediarios de la noche. -Pero los bancos suizos no son como estos-me dijo al final.

No sé quiénes son Nasdaq ni Dow Jones, seguro dos pillos de las finanzas internacionales. Tampoco logro imaginarme un banco suizo. Pero, basta ver cualquier filme para suponer que deben ser el paraíso, porque todo el mundo que se respeta en las películas, tiene una cuenta allí. Aunque no sean siempre personas respetables sino los malos de la película: mafiosos, ex nazis, falsificadores, ladrones de obras de arte, políticos corruptos o evasores de impuestos.

Pero, aunque no consiga imaginarlo, estoy convencida de que no habrá grandes colas. Seguro hay muchos bancos en Suiza y en ninguno se cae la conexión.

En este Banco que no sale en las películas, los que esperamos invocando al dios Cronos y rezando a alguna divinidad que se ocupe del ADSL, lo hacemos en un modo que podría llamarse “la cola sentada”, porque ocupamos los asientos en el orden en que debemos ser llamados para comparecer ante las cajas. Cada vez que uno de los clientes acude a una de las cajas, debemos movernos de sitio para no dejar asientos libres en el medio, como en esos juegos infantiles de la sillita o en los de dados y casillas vacías. Me viene a la mente el filme Alicia en el pueblo de maravillas y me pregunto si sus guionistas, inventaron este sistema de hacer cola o si lo copiaron de algún banco, estación de trenes, Terminal de guaguas, Oficodas, hospitales, bufetes de abogados,  oficinas de la vivienda, de inmigración, etc, etc, etc. O sea, si la ficción bebió de la realidad o si la provocó.

No oso romper la “cola sentada” y me muevo como los demás que me preceden, pero como las conexiones se caen continuamente, no hemos podido hacerlo mucho. En un momento en que se vacía un asiento, el ritmo de ocupación de sillas se rompe por unos minutos dejando libre un puesto en medio de la fila de esperadores. Una muchacha moderna y negligente que acaba de llegar, se sienta, es como colarse sentada. Esgrime un ipod, iphone, ipad, con audífonos, lo saca del bolsillo, programa algo y sigue escuchando, sorda a todo lo que no provenga de su dispositivo.

El suyo es un aparatico muy sofisticado y ella lo sabe, quizás por eso rompe la fila, no mira  a nadie, no pregunta el último. A su lado, otra muchacha, en franco desafío, decide sacar su celular-siempre creí que en los bancos no se permitía el uso de los celulares, es así como los ladrones se ponen de acuerdo para atracarlos y dar órdenes a los choferes que los esperan afuera para partir rápidos y furiosos con el botín.

Ambas muchachas, cada una con su artificio, ocupan su tiempo de espera a la vez que ostentan sus patrimonios táctiles en una especie de duelo, de partida de ajedrez, de contestación y réplica silenciosas. A mi lado, una enfermera vestida tan de blanco que mancilla con su pulcritud fría e insolente la cálida suciedad citadina, las mira severamente. La enfermera no tiene celular, pero en cambio, posee un aparato de esos de medir la presión, así que abre el estuche, extrae el esfigmomanómetro y se pone a examinar algo en el relojito.

El señor que me explicó lo de las oscilaciones de los índices de la Bolsa, y que ama los bancos suizos, está al otro lado de la enfermera y tiene una calculadora en la mano. Las propietarias de los sofisticados artefactos lo miran con extrañeza. No saben que existen calculadoras. O no creen que existan aún calculadoras que hacen solo eso, calcular. Que no tienen música ni cámara fotográfica ni wireless. La enfermera lo observa como si estuviera enfermo.

Imagino que el señor está calculando su operación según el cambio del día. Me pregunto cómo hará él para saber si es más conveniente cambiar hoy que mañana. A lo mejor tiene un gran amigo en Suiza, que lo llama y le orienta en materia de cambios monetarios. O puede ser que tenga una antena en su casa, de esas parabólicas que están prohibidas y que la gente  ha escondido de la policía de maneras tan creativas que un pintor, fascinado con un delito que era puro arte del diseño mimético, hizo una exposición en una galería de la Habana Vieja, en la que el visitante podía recrearse con todas las  variantes que sus poseedores habían urdido para camuflar sus antenas parabólicas.

O quizás el señor tiene, en su casa o en su oficina, Internet de banda ancha,  de esos que se conectan a  muchos kilobytes por segundo y encuentran y abren las páginas Web sin que  se caiga la conexión.

Los miro, enfrascados en sus objetos, haciendo agradable y provechosa la espera inexorable. No tengo una netbook para ponerme a escribir mi masterpiece infinita, es lo que se supone que tengan los escritores a mano siempre, pero traje el manuscrito de un libro de cuentos que participa en un concurso en el que soy jurado. Lo saco de mi bolso. El libro se titula “Te mueves como un gato” y el seudónimo de su autor es Juan Pérez, qué falta de imaginación para buscarse un nombre falso, quizás empleó toda su fantasía para escribir los relatos y a la hora de procurarse un alias estaba ya demasiado cansado.

Los guardianes del Banco bromean, ociosos, en la puerta. Los empleados miran las computadoras en las que la conexión  va y viene, con el placer que encierra la entropía como estado en el que nada se puede controlar y los exime de cualquier responsabilidad. La muchacha uno oye música, la muchacha dos escribe algo en su teléfono. La enfermera escudriña el esfigmomanómetro. El señor saca cuentas.

Paso la primera página del manuscrito, veo que el primer cuento es el que da título al libro,  y antes de leer la primera línea se abren las puertas del Banco y unos malhechores con las cabezas y rostros cubiertos por pasamontañas, empuñando algo que parecen escopetas recortadas o pistolas largas, irrumpen violentamente y vociferan que todo el mundo al piso, que nadie se mueva, que esto es un asalto.

Las muchachas chillan, los asaltantes las amenazan y empujan a patadas los celulares o ipods o iphones o ipads para que no puedan llamar a la policía. Empujan también la calculadora del señor que, una vez todos en el piso con las manos detrás de la cabeza, me susurra que en los bancos suizos no pasan estas cosas. Recibe una reprimenda de uno de los ladrones. Debemos, por nuestro propio bien, permanecer en silencio.

Todos los empleados son atados y se les pone precinta en la boca. Los ladrones se han equipado óptimamente. Pero, saben que tienen poco tiempo, la fachada del Banco es de cristales y seguramente ofrecemos un espectáculo bastante raro a los viandantes en esta zona tan transitada. Como no hay conexión, los que tienen las llaves de las bóvedas no están. Así que tendrán que conformarse con lo que hay en las cajas, y lo que tengamos nosotros, esos a los que el azar colocó aquí y ahora. Y que muy bien podíamos no estar aquí ni ahora.

El señor amante del orden suizo empieza a sentirse mal. La enfermera pide a los ladrones por favor, que le permitan examinarlo y señala el esfigmomanómetro, que la identifica como persona capacitada y que, luego de la patada de uno de los delincuentes, ha ido a parar a la otra esquina. A lo mejor ni funciona.

Uno de ellos  grita con voz firme que no está de acuerdo y que nadie se moverá de su sitio, enfermo o sano, si quiere seguir con vida.  Pero se cumple la regla de oro, esa de que en todas las bandas de asaltantes de bancos, hay ladrones buenos y ladrones malos. Y el bueno intercede ante el malo. El problema es que parece que el malo es el de mayor jerarquía. La escuadra de malhechores se divide en dos facciones. Una está a favor de que el señor sea atendido, y las razones son varias. La primera,  es la simple humanidad, piedad por un ser humano que nada tiene que ver con el Banco.  La otra, que la enfermera y su “esfigmo” no son peligrosos, basta que uno de ellos controle todo el proceso. La tercera, es que hay que pensar también en la posibilidad de que algo les salga mal en el asalto y si el señor muere, además del robo, les tocará vérselas con un delito de asesinato.

El bueno de la banda es el más culto. Le habría encantado a Sócrates, es capaz de divisar el bien aún en medio de tantos forajidos. Conoce el Código Penal, la Ley de Procedimiento Penal y recuerda algunas sentencias de otros casos de robo en los que hubo un muerto por falta de auxilio. Recita los nombres de los delitos, los artículos, las atenuantes y agravantes. Y finalmente enumera las direcciones de los centros penitenciarios a los que irán  a parar y el tiempo que estarán allí adentro si no hacen algo ahora mismo, por el señor que se siente mal.

El jefe dice que si siguen debatiendo la suerte del viejo, entonces sí que los cogerán a todos y les meterán por la cabeza una pila de años. Que la discusión está poniendo en peligro el plan. Que se pongan para las cosas.

La enfermera es valiente. Dice que lo hará bajo su responsabilidad y que si quieren que le disparen. Que el juramento hipocrático no tiene excepciones. Y trata de levantarse. Una de las muchachas despojadas de sus aparatos empieza a llorar y dice que al final nos matarán a todos por culpa de ella. Que se esté tranquila a ver si salimos de esta.

El llanto pone nervioso a otro de los asaltantes. Esta es otra regla, siempre en estas bandas hay alguno desequilibrado, al que le falta una tuerca o tiene complejo de Edipo. Esos siempre dan sorpresas, pueden volverse los más despiadados o ser la primera víctima del jefe desalmado, de la policía o de un empleado con exagerado sentido del deber.

El ladrón bueno, al que han dado como tarea vigilarnos, seguramente porque no tiene talento para ser todo lo malo que se necesita para amenazar cajeras, apuntarle a las sienes, romper las cajas y vaciar el dinero en sacos,  se fija en el libro, que como no fue juzgado peligroso no recibió patadas sino un par de maltratos que le arrancaron la primera y la última páginas y permanece aún a mi lado. Me pregunta si es mío. Le explico que soy escritora, que vine a cobrar un cheque de Derecho de Autor y para hacer algo mientras esperaba, me puse a leer el manuscrito porque formo parte del jurado en el certamen en el que este libro concursa.

El tipo mira el libro, pasa las páginas. Me pregunta si me gusta.

Le digo que aún no lo he empezado a leer, que estaba por hacerlo justo cuando ellos entraron.

Llega a la última página, hojeándolo con cuidado, y luego lo cierra y me dice que a él parece un buen libro. Que si fuera  jurado lo premiaría.

Le digo que no es tan fácil, que somos tres en el jurado y que hay otros 20 manuscritos que compiten. Y que si bien es verdad que hasta ahora, ninguno de los que he leído tiene pintas de ganador, me faltan por leer ese y otros dos. No le digo que soy la única del jurado que se lee los libros y que los otros dos secundarán felices mi propuesta y dirán que también para ellos, mi candidato es el premiado indiscutible.

El ladrón bueno parece sonreír bajo el pasamontañas y me dice que según sus cálculos, parece que en este momento, Juan Pérez tiene un  33 %  de posibilidades de ganar. Y se va.

Me quedo bocabajo, pensando que el ladrón culto sabe de leyes y que es rápido con las matemáticas aunque no sepa robar.

Y entonces me doy cuenta de que una de las páginas que falta es la que decía el nombre del autor.

Entonces ¿cómo supo que el autor de esas historias era Juan Pérez?

Elemental, el ladrón bueno y culto, que conoce las leyes y hace cálculos algebraicos, sabe de literatura. O sea, escribe.

Es Juan Pérez.

El descubrimiento me pone la carne de gallina. Poseo una información valiosa. Soy la única que conoce la identidad de uno de los bandoleros.

No. No tengo ninguna información. Juan Pérez es un nombre falso. Por eso se llama seudónimo. Y se usa para que uno no sepa el verdadero nombre de las personas. Sean escritores o ladrones. O las dos cosas.

Pero, si salimos de esta, bastará entregar el manuscrito a la policía, ahí estarán sus huellas digitales, o quizás se podrá identificar el tipo de impresora que produjo el libro. Al menos en las series de la televisión, basta una micro muestra de tela, de saliva, de pelo, de sudor, o cualquier trazo en una página, para que los científicos de la policía de cualquier ciudad del mundo, averigüen a quién pertenece. Las ciencias policiales han avanzado mucho.

También los delincuentes se han sofisticado. Los pasamontañas de estos son perfectos. Visten todos de negro, ropa ajustable que les permite moverse con soltura, tanto que si no fueran ladrones podrían pertenecer a una compañía de danza moderna. Y además, tienen guantes.

Quizás alguien en la Unión de Escritores, recordará la persona que entregó el libro. O conservarán la plica, ese sobre en el que los autores escriben su nombre real, el título del libro y otros datos de interés, y que se abre una vez que el jurado ha decidido el ganador del concurso.

Puede ser que Juan Pérez haya mandado su libro por correo. Y que en la Asociación de Escritores, hayan botado el sobre con el matasellos.

Pero tendrán la plica. Si Juan Pérez quiere ser premiado y recibir su dinero- que será siempre menos del que se está robando ahora mismo con sus compinches- ver su libro publicado, presentarlo y ser aplaudido, recibir críticas, integrar el gremio literario y terminar sentado en la cola de un Banco con su cheque, o acostado boca abajo en el piso de un Banco con su cheque, deberá escribir en la plica, su nombre,  dirección, teléfono y al menos, dos líneas biográficas.

Todo sucede de manera vertiginosa, hasta el reloj parece que se apura un poquito. Pero su ruido no le gusta a uno de los ladrones y le dispara. El reloj se rompe, todos gritan.  Ahora, como en la historia del sombrerero y la liebre marceña, el tiempo se detiene. 

Entonces, como salidos de cada uno de los poros de las paredes, de las hendijas de las ventanas, de las aberturas de las puertas cerradas, brotando del piso, de las gavetas, descendiendo del techo y de las lámparas, emergiendo de todas partes, una super escuadra especial de policías irrumpe en el Banco, con chalecos antibalas y armas de última generación.

Todos gritamos, menos los empleados que tienen la boca sellada con papel precinta. Pero no osamos levantarnos, y lo que hacemos es juntarnos todos, siempre con la cabeza pegada al piso para esquivar las balas.

Se forma el tiroteo, la muchacha del ipad-ipod-iphone corre a recuperarlo. Suceden muchas cosas a la vez. Es difícil mirar a todas partes al mismo tiempo, sobre todo si tratas de mantener la cabeza lo más lejos posible de los disparos de ambos bandos.

Miro a Juan Pérez, que se quita el pasamontañas pero como está de espaldas no veo su rostro. En la confusión de gritos, golpes, personas atadas y desatadas, bandidos, cajeros y clientes, desaparece. Como en aquel film con Clive Owen en el que los asaltantes se mezclaron con los rehenes. Eran tan ingeniosos y organizados aquellos ladrones que uno estaba de parte de ellos. Seguramente después de esta, no estaré nunca más de la parte de los criminales del celuloide. Seré una fundamentalista de la ley y el orden.

Bueno, no estaré de la parte de los bandidos pero no puedo evitar un sentimiento de simpatía por Juan Pérez. El ladrón sin rostro con un nombre falso, una amplia cultura y muy buenos sentimientos. El que se mueve como un gato, en su libro y para escapar del Banco.

La policía logra atrapar a todos, las armas eran de los atracadores eran de juguete pero parecían de verdad. El jefe de la escuadra anti robos nos comunica que somos todos testigos, que esa es una obligación ciudadana-me gustaría que Juan Pérez estuviera aquí para preguntarle si es verdad que estamos obligados a declarar, firmar e ir al juicio. Pero si estuviera aquí, lo habrían apresado.

El jefe sigue informándonos de nuestros derechos y deberes civiles. Y nos pide que no hagamos declaraciones a la prensa hasta que no hayamos hablado con ellos.

Les damos nuestros documentos, toman los datos de cada uno de nosotros para contactarnos y nos dicen que nos llamarán para declarar en las próximas 48 horas. Hay una película que se llama así, con Nick Nolte y Eddie Murphy. Hacían una muy buena pareja. El policía gruñón y el ladrón simpático.

No diré que Juan Pérez era uno de los ladrones. Era el único que se preocupaba por el señor que ama a los suizos, que lo defendió. Que saca cuentas, que sabe de leyes, que escribe. Sería un crimen tener un saqueador tan culto en la cárcel.

Le daré el premio. Así lo veré. Si le doy el premio, comprenderá que no lo he delatado. Aunque podrían delatarlo sus compañeros de fechorías. Por lo que vimos, él no era del agrado del jefe despiadado.

No le daré el premio. Seguramente no quiere ser descubierto, así que aunque gane, no se presentará a recibir su lauro. Podría pensar que le estamos tendiendo una trampa. Premiarlo contando con su vanidad de escritor novel, y una vez que se presenta en el salón de ceremonias, el público, compuesto íntegramente por policías vestidos de civiles, le cae arriba, le pone las esposas y se lo lleva. Preso.

No, Juan Pérez no caerá en una celada tan estúpida.
 

Pero ¿por qué mandó el libro al concurso? ¿O lo envió antes de que lo invitaran a asaltar bancos? ¿Y qué lo hizo optar por ser ladrón en vez de escritor?

Quizás Juan Pérez es un policía infiltrado en la banda. Por eso la operación policial fue tan eficiente, porque sabían todo. Pero, demoraron en llegar para no despertar sospechas. Por eso Juan Pérez escapó. Así los otros no sabrán que él no fue a la cárcel.

De todas formas, si es un agente encubierto de la policía tampoco podrá venir a recibir el galardón literario. En las premiaciones están siempre los de la televisión, filmando todo para ponerlo en la sección cultural del noticiero. Hay cámaras y periodistas, gente que hace fotos y escribe artículos que luego son publicados en la edición del periódico del día siguiente, en la página dedicada al acontecer cultural.

La policía abre la puerta de par en par para sacar la camilla del señor que será llevado en una ambulancia- estacionada afuera con las puertas abiertas y todo listo para dar los primeros auxilios- al hospital más cercano. La enfermera abnegada va a su lado y controla el reloj del efigmo, que parece que pese a las patadas sigue funcionando. Luego, podremos salir los demás. A la ciudad, al aire libre y a nuestras vidas simples de ciudadanos a los que no les sucede nada espectacular ni peligroso.

Nada de esto es cierto. No hay rapiñadores que nos amenazan ni policías que frustran el robo. Juan Pérez no es el enigmático y carismático asaltante de vastos conocimientos, lirismo y humanidad sino solo el seudónimo del autor de un libro muy mediocre. El banco, aún huérfano de conexiones, lento y rítmico en su lentitud, se balancea en la dulce paz de la espera bajo el tic tac del reloj que parece de cuco. Como una siesta colectiva. La que duermen los párvulos luego del almuerzo, en sus catres o con las cabecitas bajas en las mesitas pequeñas del aula. Cada uno con su juguete preferido, el ipod-ipad-iphone, el efigmo, la calculadora, el libro de cuentos titulado Te mueves como un gato.

Las puertas se abren, y dejan pasar a una señora con el pelo teñido de rojo menopáusico, que amablemente  me pregunta si soy la última. Me levanto y mientras me dirijo a la salida, le digo- Ya no-. Y me voy con mi cheque de Derecho de Autor, sin cobrar.

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