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from the May 2016 issue

Contra la Corriente

- A mí no me gusta el ballet- confesó el médico.

- Sí –dijo Nicanor- pero lo mío es distinto. No es que no me agrade el deporte, es que no lo entiendo. Como si un salmón tratara de explicarme por qué emigra. No puedo comprender un estadio lleno, gritando de entusiasmo o encabronamiento porque ocho tipos apalean mejor una bola de cuero.

- Nueve.

- Nueve. Los que sean. El asunto es que la espiritualidad no cabe en un terreno deportivo. Un artista tiene un don, eso está claro. Un matemático también. Pero un deportista sólo corre o da golpes mejor que el hombre común. Y eso, usted me dirá qué tiene que ver con la humanidad.

Nicanor era paciente de Rodríguez, pero Rodríguez estaba de licencia. Decir que era un hombre calvo, fibroso y con piel de mala calidad bastaría para describirlo. A una parte del médico le cayó mal de inmediato. La otra parte trató de actuar profesionalmente.

- El deporte es mucho más que eso. Es lucha, estrategia, trabajo de equipo. Cuando un corredor impone un record, cuando un tipo que parece de goma salta dos metros y medio, ahí hay belleza. Se trata de superar los límites humanos.

- Sí, pero en la dirección equivocada. Usted me habla de lucha y estrategia. Esa es terminología bélica.  

El médico cerró como al descuido el periódico, que tenía abierto en la página deportiva. Miró su reloj de pulsera.

- O´Donnell, usted no vino a verme para decirme lo que piensa del deporte, ¿verdad? Ese no es un problema en sí. Todo lo más, una militancia feroz, reduccionista…

- Vine a verlo porque a veces mi alma abandona el cuerpo y se mete en el de un pelotero enfrentado a una situación crítica.

El médico asintió con suavidad y sostuvo la mirada del otro sin pestañear, hasta que pestañeó.

- Su alma emigra. ¿Qué me había dicho antes de los salmones?

- Nada –repuso el paciente con impaciencia- no se va a librar de mí diciéndome que de niño mi madre me obligaba a comer pescado. Lo que, además, no es cierto. En cambio, que por espacio de un minuto me transubstancio en pelotero estrella es la pura verdad.

El médico experimentó un breve latigazo de envidia. Tengo que pedirle a Rodríguez que me analice uno de estos días, pensó con fastidio.

-¿De qué equipo?

- Industriales.

- Ya veo. ¿Y en qué circunstancias le ocurre? A veces la rutina más simple puede provocar ensoñaciones. El cansancio, digamos, o problemas con su esposa, o esnifar diez o doce rayas de…

- Lo raro es que no me ocurre a mí, sino a ellos. Situación típica: el equipo está en tres y dos al final del noveno inning, dos carreras abajo y con las bases llenas. Va a batear la última esperanza azul. Bueno, ahí es casi seguro que mi alma irá a jugar.

- Y entonces se poncha.

- No. Entonces doy un jonrón espectacular. Todo el tiempo estoy consciente de ser un intruso en un cuerpo ajeno, y tengo esa tensión, ya sabe, como si en cualquier momento fueran a descubrirme. La manera de liberar la tensión es bateando. Generalmente la boto del diamante.

- Y el alma del jugador, ¿adónde va entretanto? ¿Al cuerpo de usted?

- Habría que demostrar primero que los peloteros tienen alma. De cualquier manera, la cosa no es tan simétrica. No, a mi cuerpo le da un desmayo, y el alma del pelotero me imagino que se sienta en las gradas a mirar.

-¿Y su alma tiene algún jugador predilecto?

- Había uno, pero se fue del país. De hecho, creo que fue gracias a mi alma que se convirtió en una estrella de las Grandes Ligas. Pero la cosa no funciona a tanta distancia, así que ahora tiene que arreglárselas solo.

El médico torció la lámpara de mesa, de manera que apuntara al otro, y luego esgrimió un lapicero.

- Concéntrese aquí. Usted está cansado. Sus párpados le pesan. Quiere dormir. Cuando yo diga tres, usted se dormirá profundamente. Uno. Dos. Tres. ¿Qué siente?

- Soy un pez grande. Estoy remontando una corriente fría.

-¿Un salmón?

- No, un manjuarí.

- Pero los manjuaríes no emigran.

- No sé, sólo soy un pez, hago lo que me dicta mi instinto. Si quiere discutir de ictiología…

- Está bien, es un manjuarí y está emigrando. ¿Qué hace ahora?

- Estoy en alta mar. En la orilla hay un grupo de muchachos jugando a la pelota…

- El manjuarí es un pez de río.

Nicanor movió la cabeza y abatió los hombros.

-Así no hay hipnosis que sirva. Déjelo.

La parte del médico que detestaba al paciente era ya abrumadora mayoría. Volvió a mirar el reloj.

- Mire, su caso no es tan insólito como cree. Es verdad que un cubano al que no le guste la pelota es un bicho raro, pero en un plano más profundo, ¿qué tenemos aquí? Rechazo y fascinación, deseo y tabú. Es un cuadro claro de lo que podríamos llamar…

- Encienda el televisor.

-¿Cómo? 

- Es obvio que usted no me cree. No es casual que haya venido hoy. Como sabe todo el mundo, incluso yo, acaba de empezar el Campeonato Nacional, y ahora mismo hay juego en el Latino. Usted ha mirado varias veces el reloj; entiendo que está loco por verlo. Encienda el televisor.

El doctor obedeció.

Industriales estaba en tres y dos, en la parte final del noveno, tres carreras por debajo y con bases llenas. Un mulato nervudo ocupaba el cajón de bateo.

- Fíjese ahora –dijo Nicanor, y se desmayó.

Algo sutil pareció cambiar en el bateador. Miró a todas partes como desorientado. Incluso aferró mal el bate.

Eso no basta, pensó el médico. Es natural que el bateador esté nervioso. Necesitarás más que eso para hacerme tragar tu puesta en escena, Nicanor O´Donnell.

El lanzador disparó una curva abierta.

Toc.

El médico nunca había visto un jonrón así. Voló holgadamente por encima de la pizarra, y todavía siguió elevándose. Los cuatro hombres entraron a trotecillo corto, mientras las gradas hervían. Cuando el bateador alcanzó el home, se inclinó sobre el montículo, miró triunfalmente a cámara y dibujó algo sobre el polvo, junto al cajón de bateo.

Un pez.

Y eso fue todo. Nicanor volvió a despertar.

-¿Me cree ahora?

El médico necesitó casi un minuto para reajustar sus mandíbulas.

-  Eso fue… uf, tengo que admitir…

- Impresionante. Dígalo.

- Y usted quiere que esos… episodios terminen.

- Claro que no, doctor. ¿Cómo se le ocurre? Lo que quiero es que usted me respalde científicamente. Pienso hablar con la dirección de Industriales para ponerle precio a mis intervenciones. En definitiva, son lo que son gracias a mí.

- Pero usted detestaba el deporte.

- Lo aborrezco. Pero sería tonto no sacarle provecho.

El médico esbozó una sonrisa.

- De acuerdo. Venga mañana.

Cuando Nicanor hubo salido, el médico apretó un botón del intercomunicador.

- El paciente que acaba de salir de mi consulta… intérnenlo. Es peligroso. Manténganlo aislado, impidan que escuche radio, que vea la televisión. Sobre todo, procuren que no se duerma ni un minuto hasta que yo les avise. Si ven que parece perder la conciencia, suénenle un buen electroshock.

El médico cortó la comunicación y se quedó mirando al vacío.

- Pinar del Río campeón– murmuró.

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