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from the October 2014 issue

Paranoica city

Oíste ese ruido? —susurró la mujer a su marido e, incorporándose en un codo sobre la cama, abrió totalmente los ojos.

          —¿Qué ruido? —preguntó él soñoliento.

          —Parece que viene del patio, hay alguien en el techo o en la cocina —dijo ella asustada.

          —Levantémonos. Andá a ver a los niños, en lo que yo saco la pistola —ordenó él en voz baja y se despertó por completo.

          Mientras la mujer iba presurosa hacia la habitación de los niños el hombre sacó la pistola del armario, la revisó y se cercioró de que estaba lista para disparar. De prisa se puso las pantuflas, y entonces escuchó con mayor claridad: había alguien en la parte trasera de la casa, seguramente en la cocina. No habían encendido la luz  y los dos se habían movido en el mayor silencio. Desde la puerta de su habitación el marido hizo señas a su mujer de que permaneciera oculta. Él esperó y cuando lo creyó oportuno caminó sigilosamente hasta que, en la cocina, a unos cuatro metros de él, divisó a un hombre que de espaldas estaba abriendo gavetas y metía en un costal lo que encontraba a su paso. Pensó como en un destello que si le hablaba éste podría atacarlo, así que sin pensarlo más, cuando lo tuvo en la mira, le disparó dos veces en la espalda. La mujer sólo escuchó dos fogonazos secos, como dos cohetillos perdidos en las tinieblas y corrió en busca de su marido.

          —¿Qué pasó? —dijo, y escuchó su propia voz a punto de estallar en llanto—. ¿Estás bien?

          —Sí. No te preocupés, pero creo que maté al maldito —dijo el hombre acercándose y dándole un puntapié al cuerpo tendido en el suelo.

          —¿Y qué hacemos? ¿Llamamos a la policía?

          —¿Estás loca? ¿Querés que por esta basura me vaya a la cárcel? Arreglate rápido que lo vamos a ir a tirar a Las Guacamayas.

          La mujer miró a su marido y sin exhalar un suspiro fue a su cuarto y buscó un yins viejo, un sudadero y sus tenis de hacer aeróbicos. No pensaba en nada. Su marido, luego de comprobar que ni la servidumbre ni nadie en los alrededores se había despertado, entró en la habitación y se cambió de ropa.

          —Vamos a envolverlo en unas bolsas negras y luego lo metemos al carro —dijo a la mujer que lo miraba como autómata.

          —Bueno —dijo ella y sintió un leve escalofrío.

          Ya en la cocina, y sin hacer el menor ruido, el hombre levantó el cuerpo del piso, mientras la mujer iba abriéndole las puertas hasta que finalmente llegaron al garaje. Ella abrió el baúl del BMW y sintió el golpe del cuerpo sin vida en la alfombra del carro.

          —¿Querés que vaya contigo? —casi suplicó para que la respuesta fuera no.

          —Ni modo que voy a ir yo solo. Abrime el portón y te subís después de que saque el carro y cerrés con llave —dijo el hombre.

          La mujer obedeció. Estaba impulsada por una voz que no era la suya y que no le permitía ver más allá de sus acciones. Cuando cerró el portón, se metió las llaves en la bolsa delantera del pantalón y vio que en la calle todo permanecía en calma. Se subió al carro con cuidado y rapidez y su marido aceleró hasta el fondo. Dos calles después encendió las luces del vehículo. Ninguno pronunció una palabra hasta que llegaron a las cercanías del barranco.

          —¿Estás seguro que no hay nadie?

          —No te preocupés, por estos rumbos no se asoman ni las moscas.

          —¿Viste bien? ¿No hay otro carro?

          —No, no hay nada mujer, ya te lo dije.

          —Es que estoy muy nerviosa.

          —Yo también lo estoy, pero tenemos que hacerlo. No hay remedio.

          —Todo por tu culpa. Si no fueras tan

          —Sí, ya sé. Si no fuera tan violento, ahora quizás, en este mismo momento estarían haciéndonos lo mismo, o a los niños.

          —Sí, tenés razón, disculpame. Pero de todas formas me siento nerviosa. Estoy al borde de un ataque de histeria —la mujer se retorció las manos frías y sudorosas y con un movimiento automático se alisó el cabello.

          —¿Qué hora es? —preguntó él.

          —Las dos y diez. Tengo frío. Me están castañeteando los dientes.

          —Procurá calmarte —dijo el hombre—. Me vas a poner más nervioso.

          —¿Y si nos descubren?

          —Nadie, oíste, nadie oyó ni vio nada —la voz del hombre sonó amenazante—. Callate ya por favor.

          —No recuerdo si cerré la puerta con llave. ¿Y si los niños se despiertan y lloran?

          —Hacé shó querés. Ya te dije que no va a pasar nada.

          La mujer lo observó de frente y vio esa expresión de furia que siempre la dejaba petrificada. Prefirió ver por la ventanilla del automóvil y mirar atentamente lo que sucedía a su alrededor. Todo estaba en silencio.

          —Llegamos —dijo el hombre, y sintió que su voz había sonado hueca. Vio a la mujer de reojo y dándole una leve palmadita en el hombro, como para que reaccionara, le ordenó—: Bajemos.

          La noche estaba oscura y no se escuchaba el menor rumor. No había luna y el sitio parecía desierto. El hombre estacionó el auto entre unos matorrales que casi lo cubrían por completo. Ellos solamente lograban reconocerse por el brillo desmedido de sus ojos. Sus voces se convirtieron en leves susurros, como pequeños movimientos casi imperceptibles de hojas.

          —No hagás ruido con las llaves —imploró la mujer.

          —Callate —dijo el hombre.

          Sigilosamente se acercaron al baúl del carro y, antes de que él se decidiera a abrirlo, observaron con detenimiento hacia todos lados. Nada. Sentían como si el tiempo se hubiese detenido y estuviesen viviendo la eternidad.

          —No hay nadie —murmuró ella.

          —No hay nadie —repitió él entre dientes.

          —Abrilo entonces.

          Él abrió el baúl del carro y ambos vieron el interior.

          —Agarrale los pies. Yo voy a sostenerlo por arriba. Caminemos un poco y lo dejamos entre los matorrales de aquel lado —dijo él.

          —No —dijo ella—. Allí lo van a encontrar rápido. Mejor bajémoslo al barranco. Hasta el fondo.

          —Que lo dejemos ahí, te digo—. El hombre estaba exasperado.

          —Si empezamos esto —murmuró ella decidida— terminémoslo bien. Si no lo bajamos me voy ahora mismo.

          —No seás idiota. Calmate o te dejo con él —. El hombre la miró con odio inaudito.

          La mujer cerró la boca. Conocía lo suficiente a su marido como para saber cuando le hablaba en serio.

          —¿Ya lo agarraste? —dijo él.

          —Ya.

          —¿Lista?

          —Sí, te digo.

          —Bien. A la una, a las dos, a las tres.

          Ambos subieron el bulto y sintieron cómo iba a ser una pesada carga.

          —Pesa mucho —dijo ella en un gemido entrecortado.

          —Cargalo bien o se nos va a caer.

          —Caminá vos primero —dijo la mujer. Y agregó atemorizada—: ¿Y si hay culebras?

          —Ah, callate de una vez por todas y caminá rápido —dijo el hombre. Se dio media vuelta hasta colocarse de cara a los matorrales.

          El barranco era profundo y tardaron unos veinte minutos en llegar a su centro. Caminaban lentamente procurando no tropezarse con las piedras. Cada uno sólo lograba escuchar la agitada respiración del otro. Cuando llegaron al fondo tiraron el bulto, se sacudieron la ropa y se vieron con alivio. Estaban seguros que nadie los había visto. Él la tomó de la mano y presurosos subieron hasta llegar de nuevo a los matorrales. El carro estaba donde lo habían dejado. Entonces se percataron de que habían dejado el baúl abierto. Caminaron uno detrás del otro y, cuando el hombre iba a cerrar la portezuela del baúl, jaló a su mujer. Ambos quedaron como hipnotizados. En el sitio había otro cuerpo sin vida, más grande y robusto que el que habían dejado hacía poco en el fondo del barranco. Se miraron desolados y no pronunciaron ni una sola palabra ¿Quién lo había colocado allí? ¿Los habían descubierto? La mujer empezó a sollozar con un gemido seco, sin lágrimas.

          —Callate y agarralo de los pies —ordenó el hombre olvidándose de hablar suave. Su voz era un imperativo ineludible.

          —Un, dos, tres, ya —dijo él levantando el cuerpo, sacándolo del carro con ayuda de su mujer y tirándolo a un lado. Cerró el baúl, levantaron de nuevo el cuerpo y, sin decirse nada más, iniciaron otra vez el trayecto. Ahora no observaron con tanta atención como la primera vez y llegaron más pronto al fondo. Tiraron el segundo cuerpo a unos cuantos metros del primero. Observaron y como no vieron nada fuera de lo común subieron casi corriendo. Tuvieron cuidado de no dejar marcas de zapatos. Llegaron a los matorrales y dieron un último vistazo a su alrededor.

          Revisaron y todo estaba en orden. Se subieron al carro. El hombre puso en marcha el vehículo, retrocedió y salió rápidamente. Aceleró aún más hasta que el barranco se tornó en un punto lejano en la memoria.

          Ningún otro automóvil circulaba por las calles de la ciudad. Antes de llegar a su casa, la lluvia empezó a caer a torrentadas y ambos sintieron que era como un aviso de higiénica salvación. Cruzaron la última esquina y frente a su casa la mujer se bajó a abrir el portón. Entraron y todo estaba en calma. Ya en la mañana quemarían la ropa, lavarían el carro, dormirían un poco más.

          Cerraron todas las puertas con llave y ya en su habitación la mujer se desnudó y se puso su ropa de dormir. Se tomó dos tranquilizantes. Él apareció con un enorme trago de ron.

          —Es una barbaridad —dijo el hombre mientras con parsimonia se desvestía sentado en la cama—. No me fijé y me puse esta camisa que me gustaba tanto.

          —No te preocupés —dijo la mujer ya dormitando— mañana te compro otra. 

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