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from the October 2014 issue

Frambuesas

Papá me regaló esta libreta. Es para que dibujés la vida, me dijo desde la cama, y para escribir, cuando aprendás a escribir, me decía con los ojos hundidos mientras yo jugaba en la alfombra.

Me dio la libreta porque yo le había contado del pájaro que cruzó la calle sobre la línea peatonal y de la araña roja con antenitas. Las arañas no tienen antenas, dijo sonriendo, y yo le dije que ésta sí, será otro insecto, me dijo, y yo respondí que no, que era una araña, que yo le había preguntado, que ella había movido las antenitas que parecían alfileres negros en su cabeza, y que eso me había confirmado que se trataba de una araña. Ayer con manos serias, me dio la libreta y dijo que tengo uno de los pares de ojos del universo y la obligación de registrar las cosas que miro, lo que escucho por las calles, como el hombre ciego vestido de santa clos que él vio años atrás y que decía, mientras agitaba una taza de plástico con una campanita atada al asa, una ayudita, una ayudita para que pueda ver esta navidad.

Mamá juega en la parte de atrás de la casa. Juega como juegan las personas grandes, en la computadora. Cuando dejo a papá en la sala o en la habitación y me voy para atrás, al cuarto al que ella llama su estudio, aunque jamás la he visto estudiar, me habla por centésima vez -como si fuera la primera- de su granja y de las cosas que ha cosechado, luego me explica por centésima vez que no, no podemos comernos las frambuesas, porque yo, por centésima vez pregunto si podemos comerlas. Le pregunto porque se enoja y entonces me dice que me vaya con papá. Cuando no pregunto por las frutas o por los animales de su granja y me voy con él, su voz cambia y antes de salir del estudio me dice algo con el mismo tono que usa Diana cuando no le quiero dar de mi helado.

Papá duerme y yo dibujo lo que vi hoy: una mujer sucia, de las que papá llama pufa pufa, iba caminando por la calle. Sonreía y el sol le daba en la cara. La vi justo cuando encontró una cinta de zapatos morada. Sonrió, se agachó a tomarla y la amarró a la altura de su rodilla. Sus piernas completas estaban llenas de cintas y listones sucios como ella. Pero llenos de colores. Su pelo me recordó al de mamá, aunque más sucio. Ese es el primer dibujo. Se lo mostré a papá en cuanto despertó. Sonrió y me acarició el pelo mientras le explicaba que la había visto desde el bus, ahí, cerca de la venta de panes con pavo. Las palabras de papá tienen un aroma seco, tan seco como la piel de sus labios. Luego fui contenta a mostrarlo a mamá, que solamente gruñó y volteó a verme menos de un segundo, de la mitad de un segundo. 

Mamá juega y unas vacas en la pantalla mugen. Mamá dice que no le quite el tiempo, que tiene que producir 700 litros de leche. Mamá ordeña vacas en la pantalla, tengo que enviar la leche al pueblo cercano, sino perderé dinero, dice y me habla de los miles de billetes que está a punto de perder por culpa de mi dibujo, de todas formas lo hiciste para tu papá, dice en el mismo tono que Diana. Pienso que es mejor irme y cuando estoy a punto de dejar el estudio, deja sus vacas un momento y me dice, quedate aquí, no molestés a tu papá, y me pide que cierre la puerta. No me gusta cerrar la puerta, el humo de mamá me molesta, me pican los ojos y huelo feo. Una vez le dije a mamá que no me gusta el olor, que los niños en la escuela me molestan, que se tapan la nariz y me dicen que huelo como el guardián y me gritan que soy hija de él, entonces mamá, deja su granja en la computadora, se levanta y la veo enorme sobre mí. Grita que no la quiero, que ahora resulta que ni su olor me gusta, que sólo quiero estar con papá y que me vaya, que me instale eternamente sobre la alfombra. Salgo corriendo. Eso dice mamá. Pero yo quería mostrarle mi dibujo, entonces dibujé unas frambuesas rápidamente en el corredor, vuelvo al estudio y le digo que el dibujo es ella, llena de cintas de colores, que viera el pelo. Entonces mamá sonríe, por primera vez en semanas, sonríe y me acaricia la cabeza. Cierro la puerta y dejo que el humo se pegue a mi ropa. Las vacas mugen. Es sábado y no voy a la escuela. 

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