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from the March 2015 issue

El Esquinista

Estoy sentado a cielo abierto en la ciudad donde nací. Este espacio que abarco pertenece al antiguo cementerio y esto que escribo hace las veces de testimonio y epitafio. Sé de sobra que los historiadores del arte van a mal interpretarme. Me resigno a ser carroña suya con tal de alcanzar a mis otros destinatarios.

Empiezo desde arriba, 3, 2, 1. Mi nombre es Amauro Montiel. Crecí en esta ciudad, no muy lejos de aquí aunque sí bastante más arriba: en un multifamiliar del tercer nivel urbano. Entonces aún llamábamos a los niveles por su nombre completo, no como los niños de ahora, que no tienen ni idea de dónde viene las siglas UL. Soy bastante viejo. Tan viejo como la Gran Prohibición. Nací exactamente dos meses después de que entrara en vigor el tratado de Qatar. Mi hermana había nacido cinco años antes y, aunque dice no recordarlo, bajó al subsuelo en una ocasión con mi padre, que la llevó a tocar el mar cuando ya se hacía inminente la prohibición. Hay una vieja fotografía 3D. Ella en brazos de él, hacen fila sobre la escalera que cruza la muralla: todavía en construcción pero ya bien anclada en la arena. En la fila, la gente carga niños y frascos porque todavía estaba permitido llevarse consigo unos cuantos gramos de arena a modo de souvenir. El de mi familia viajaba en el bolsillo de mi padre, que en la imagen se distingue abultado.

Crecí sospechando que el privilegio de haber tocado el suelo, olido la tierra, visto el mar, designaba a mi hermana como alguien irrevocablemente superior a mí. Ella, en cambio, nunca le dio mucha importancia y al irse de casa me regaló su frasco de arena, sellado con una etiqueta militar que pone DESINFECTADO. Mi hermana no era superior, pero sí más simple. Quizá también más sabia. Con los años, he aprendido a valorar la sencillez muy por encima de la exuberancia.

He dedicado la gran mayoría de mis ochenta años a mirar hacia abajo. Me pregunté muchas veces si esta obsesión se relaciona con aquella primera gran envidia. Viví en más de veinte departamentos durante mi vida y a todos llevé conmigo el frasco: como una reliquia, como un ídolo. Sé que en la arena no crecía nada, pero era lo más cercano que yo conocí a la tierra, madre primigenia.

Durante mi infancia, no había nada arriba del UL3. Todavía no se impermeabilizaba el país y conocí la lluvia. Jugábamos en jardines que germinaban casi naturalmente sobre los techos hidropónicos del UL2. El rascacielos donde crecí fue derrumbado hace décadas y el barrio entero suplantado por un multifamiliar de mil pisos. Pero entonces aún vivíamos a un par de kilómetros del subsuelo prohibido y en invierno, si el día clareaba, podíamos verlo. O por lo menos lo buscábamos desde la ventana o los puentes. Aquí dudo: ya no sé si lo intuíamos o si realmente se distinguía aún el asfalto arcaico, colado por los hombres del siglo XXI. Me pregunté muchas veces cómo sería caminar allí. Quien esto lea ya ve que no me morí con la duda. O quizá nadie va a leerlo nunca y lo escribo nada más que para convencerme a mí mismo: es real, Amauro, estás aquí, por fin aquí.

El subsuelo, “la tierra firme” como lo llaman los geólogos, fue el tema dominante de mi niñez. Y, a diferencia de otros entusiasmos infantiles, ése nunca menguó. En mi primera pantalla leí obsesivamente los relatos de los hombres antiguos. Busqué imágenes de la gente que viajó en horizontal, de los que navegaron y recorrieron el campo descalzos; de los que dejaron a sus bebés  arrastrarse por un suelo aún no letal pero ya irreversiblemente contaminado. Era difícil encontrar imágenes porque en su necedad esa gente pasó siglos retratándose sobre materiales perecederos: ¡plata sobre gelatina! ¡Bits y pixeles! Un subtema del pasado me obsesionó por sobre todos los otros: la sepultura. Sacra o profana. Lo que me fascinaba era el mero, sórdido hecho —no menos inverosímil por histórico— de que durante milenios los hombres enterraron a sus muertos en la misma tierra de la que brotaban sus cultivos.

Llevo unas cinco horas aquí abajo. Mi traje de neopreno tiene una garantía de cincuenta años, pero a mi máscara de oxígeno le quedan dos horas de vida. La emoción que siento por haber encontrado el cementerio -¡ese faro de la intriga en mis fantasías de niño aéreo!- apenas cabe en mi traje de neopreno, mucho menos sabría meterla en esta carta. Estoy por fin aquí: donde ya no puede mirarse hacia abajo. Y sin embargo hay algo abajo. No sean más que residuos y símbolos: estoy aquí, y bajo de mí están los muertos.

 

 

En el piso 67 teníamos lo importante, agua y luz del día. Mis padres se habían rebelado contra la norma de un solo hijo y por eso vivíamos en esta ciudad, que era más grande que la suya y por ende más permisiva. Se hicieron una familia y en ella se amurallaron. De pequeño no imaginaba vivir fuera de nuestro núcleo. Quería repetir la historia valiente de estos obreros retrógradas, enfamiliados. No tenía más sueño que ése. Sobre todo no el del arte. Nunca dije “de grande quiero ser esquinista”. Nunca fantaseé con ver mi nombre en la marquesina de una galería abierta. Pero formas, siempre vi. En las vetas de la puerta y entre las huellas de humedad. Cuando alguna vez dije respecto a una mancha de aceite: “es un elefante”, mi padre lo consideró un rato y luego siguió limpiando la mesa, sin tocar la mancha. El aceite fue absorbido por el conglomerado y el elefante envejeció en mi comedor. Mi madre detenía los paseos a medio puente para que yo buscara figuras en los niveles bajos. Tienes talento, me decía, pero todas las madres dicen eso. Crecí pensando que el mío era un caso común. Ni siquiera un caso; la media: que todo el mundo, detrás del mundo aparente percibía otro, el accidental, el escondido. Hasta que a los ocho años me convencí de lo contrario.

Mi abuelo vino a la ciudad y me regaló un libro. Era algo inusitado. Yo había oído hablar de ellos, pero desde luego no poseía ninguno. Era un libro antiquísimo, con fotos 2D del primer nivel de la ciudad. Sin pensarlo, con mi dedo manchado de betún, tracé sobre las fotos figuras que veía y, naturalmente, recibí un severo castigo por hacerlo. Más que nada, recuerdo una sensación de injusticia. No me quedaba nada claro cómo funcionaba el papel de árbol ni por qué era tan grave mi error y quizá por eso obvié que me estaban castigando por haber destruido una reliquia, no por ver figuras entre los edificios. Como sea, el ardor me duró diez años. No dejé de ver cosas, pero sí evité mencionarlas o marcarlas. Mientras tanto, me salió pelo en todas partes, me volví especialista en mis defectos y aprendí a esconderme más y mejor dentro de mí mismo. El miedo al ridículo y las ganas de impresionar (esos dos polos entre los que se teje el doloroso zigzag de todo adolescente) son los peores enemigos de la creatividad y mi caso en nada fue excepcional. El esquinismo me parecía un juego ajeno, de ricos privilegiados, y mi creatividad me parecía infantil, algo que debía trascender, dejar atrás como una piel obsoleta y vergonzosa. Entre otras idioteces de la época, me convencí de que lo importante no era construirse una mirada, sino fijarse una opinión.

Llegué al esquinismo por distraído. Un día, de pie en la azotea de la preparatoria. El maestro explicaba algo sobre la estratosfera, a unos seis kilómetros de nuestras cabezas. Pero yo, de puro aburrimiento, en vez de mirar al cielo miraba hacia abajo. Distinguí entonces bajo de mí, entre las pistas elevadas de la escuela y los estacionamientos del multifamiliar vecino, la caricatura perfecta de mi amigo Alfred, sin “o”. Se lo señalé pero no pudo verlo, así que esa tarde, a escondidas, volví a la escuela y tracé la imagen sobre un panel de acrílico transparente que, sostenido a la altura correcta, unía los puntos y transmitía la idea. Un recurso típico, como descubriría más tarde, de esquinistas principiantes, o pobres, o que tienen el aerógrafo en el taller. Amarré el acrílico a una viga de acero. Volví a casa y le pedí a Alfred que subiera a verse al día siguiente. Por suerte, mi amigo Alfred-sin-o, al que lamento haber perdido por mi estupidez, era una persona de mundo que en cuanto vio el dibujo dio aviso en la dirección.

¿Cómo lo hiciste, Montiel?, preguntó la directora en la azotea.

Se puede quitar, dije.

Quiero decir, ¿cómo lo viste?

Y yo: No sé, sólo lo vi.

Y ella: Si estuviera en mis manos, te daría permiso de trazarlo en el aire.

Le dije que de todos modos no sabría hacerlo y ella me hizo prometerle que me anotaría en un curso de esquinismo con un profesor muy bueno que ella conocía. Luego, pasé lo que recuerdo como un rato muy largo en el techo, solo, con una sonrisa gigante. Algo que no sabía desacomodado acababa de embonar en mí. Las mariposas del halago son una droga bien peligrosa, pero eso lo entendí mucho después.

 

 

Inti Sol, se llamaba el maestro que la directora conocía y que, pese a su nombre tautológico, resultó un tipo luminoso. Fue el profesor más sensible que tuve jamás. Hacíamos la clase en exteriores, como debe de ser, y, una vez a la semana dábamos un paseo largo. Como todos en la ciudad por aquel entonces, yo conocía el Bisonte, trazado sobre el viejo periférico elevado, y la Galatea, a la que ya no se accede porque sólo era visible desde el primer nivel urbano. Mis padres nos llevaron alguna vez a ver ambos. Pero fue con Inti que conocí las grandes obras del Noroeste de la ciudad.

            Fue en esa época que me enamoré del esquinismo. Del esquinismo en primera persona. Pasé los siguientes años descubriendo la ciudad a paso lento. Estudié a detalle las obras locales, las corregí y aumenté en mi cabeza. Me enseñé perspectiva, composición, soltura. Nos enseñamos unos a otros, también. Cuando en grupo, no solíamos trazar porque había un solo aerógrafo destartalado para todos, pero nos señalábamos los hallazgos y en concebir la idea del otro se concentraban las lecciones. Había juego, aprendizajes, miedo del bueno. Crecíamos juntos. No estaba mejor visto descubrir una medusa que una hamburguesa, la originalidad era el último de nuestros males. Yo tiro por viaje encontraba tumbas. Con muertos que les salían, claro, o algunos dolientes alrededor, porque si no aquello no era más que un prisma rectangular, algo tan fácil de ver que nadie me hubiera dejado malgastar nuestro valioso pigmento en ello. Por esa obsesión mía con los entierros, los compañeros del taller de Inti me apodaron Lápida.

A los diecinueve años tracé mi primera imagen y no fue mortuoria. Una pareja abrazada, de tres cuadras y media. Las líneas quedaron temblorosas, además de que el viejo aerógrafo me falló a la mitad y tuve que improvisarle un sombrero a ella. Como sea, al verlo mis compañeros aplaudieron, a Inti Sol se le salió una lágrima y yo decidí que iría al Colegio Nacional de esquinismo.

Nina, quizá mi obra más famosa, es el retrato de una amiga mía de aquella época que en realidad se llamaba Lîla. Ha sido una fuente importante de diversión, para mí, durante los últimos treinta años, leer las cosas que se han escrito por ignorar este hecho. Las hipótesis son todas sosas, y falsas. Entonces me era imposible confesar la verdadera identidad de Lîla pero aquí está bien. Me digo: Amauro, quizás esta carta es para eso, justamente. Me digo: se lo debes.

 

 

La conocí en una azotea donde se improvisaban trueques de pigmentos y veladas de esquinistas en ciernes. Creo que pocos eventos posteriores me han provocado tanta emoción como la que me cimbraba al llegar a esa azotea donde todo me era nuevo e importante, donde todo era apenas en potencia.

Lîla tenía un pelo negro como de satín, y luego todas las deformaciones del adolescente. El tamaño de sus pretensiones la paralizaba y no acertaba a dar ningún primer pasito hacia el trazado. Era tímida, sabelotodo y angulosa. Cuando hablaba solía atropellarse con juicios insoportables y mis amigos no la tragaban, ni ella a ellos. Pero fue mi maestra. Como nadie más, Lîla me enseñó a mirar. Nunca la vi trazar nada pero me regalaba a cada rato descubrimientos. Mira, se está hundiendo, decía levantando un dedo que yo seguía hasta que entre la calle, el farol, el ángulo de la cuadra del segundo nivel y los depósitos de basura del primero, lo veía aparecer: un barco (ese animal mitológico) yéndose a pique.

Una vez pasamos casi una hora de pie en un puente de la zona industrial, aguantando el hedor y viendo fijo una textura móvil, como de espuma, que salía de los tubos de desperdicio de una fábrica y te generaba la ilusión de estar viendo las copas de unos duraznos en flor. Una pieza imposible de capturar, mas no por ello menos obra de arte.

A veces juego a que Lîla no desapareció. Me gusta imaginar que llegó a vieja y aún camina por allí, cerrando un ojo para hacer el encuadre, como hace sesenta años y diciéndome, como solía: El esquinista es ante todo un caminante, Lápida, un explorador. Y yo le diría que sí, que ella siempre supo más que yo, y que perdón. También me gusta imaginarla incurriendo en el pasado por algún pasaje mágico del tiempo: un grupo de hombres sin rostro la encuentran, está muerta pero saben cómo salvarla, la lavan en algún río y la llevan a una era en la que el mundo humano aún recorría la cáscara del planeta.

Un caminante, un explorador: eso era ya el padre del esquinismo. Van Gunten cumplía con su paseo matutino con un fervor religioso, independientemente del clima (político o meteorológico), y esta obsesión suya es, en materia de herencias, tan importante como su obra.

Aunque luego Holanda no ha sido el epicentro del esquinismo ni mucho menos, sí jugó un papel crucial en su nacimiento. Para comenzar, los holandeses inventaron las azoteas interconectadas. No como un asunto de supervivencia, pues todavía se podía respirar a nivel del mar, sino como una apuesta artística: meros caprichos arquitectónicos. Entonces se experimentaba apenas con lo que hoy es norma: los techos verdes, los paseos elevados para unir rascacielos, los muertos congelados con nitrógeno líquido y luego pulverizados de un golpe, el gel de cultivo hidropónico, los generadores de H2O y tantas otras cosas que hoy damos por sentadas. ¿Qué decía? Ah, las primeras azoteas con puentes. Es lógico, pues, que fuera en Holanda que nació el esquinismo: una forma de arte íntimamente ligada a la arquitectura aérea. Los hombres antiguos tuvieron selva, playa, montaña, pampa... nosotros tenemos puentes. Jashpat, autor del gran Chakni Wache de Belice, escribió en la placa junto al mirador para su obra: Los esquinismos se conciben y miran desde los puentes. Lo demás es pintura, graffiti, arte arcaico.

Holanda fue también pionera en amurallarse contra el mar. Muchas familias holandesas debieron pasear sobre la muralla, sin prever que un día se firmaría en Qatar la prohibición universal de bajar al subsuelo y por ende de atravesarla. Pero dos siglos antes de Qatar y de que yo naciera, Van Gunten deambulaba por los puentes elevados de La Haya cuando, al mirar hacia abajo, notó una figura que le divirtió. Pasó varias semanas marcando (¡con hilo de acrílico y cadenas de bolsas de plástico!) el contorno de su archifamosa Los Tres Cocodrilos. Uniendo árboles, cornisas y postes, inventó mi profesión. Cuentan que los vecinos le llevaban bolsas y algunos le ayudaban a anudar. Lo hacían porque lo apreciaban pero sin entender nada, hasta que la figura estuvo trazada en su totalidad. ¡Son tres cocodrilos!, debe haber dicho el primero, probablemente un niño.

            Rudimentarios como fueron los métodos de Van Gunten, Los Tres Cocodrilos aún se considera el primer dibujo aéreo; la primera obra de esquinismo. Por eso se restauró, unos cien años más tarde, en su actual versión metálica en UL2. (Su versión falsa, diríamos algunos). Pero desde el original, los hocicos de las tres bestias se forman por las intersecciones de varias calles y este hecho aleatorio le dio su nombre al esquinismo. No recuerdo si Van Gunten usó el término primero en una charla o en alguna entrevista, pero imagino una conversación más o menos pedestre, más o menos así:

—¿Que hizo usted qué?

—Tres cocodrilos.

—¿Que cómo los hizo?

—Juntando esquinas... esquineando... Un esquinismo, eso hice.

Así. Sin diccionarios ni convenciones ni reales academias acuñando nada. Sólo un hombre y los bichos raros que ve y la voluntad de compartirlos (porque ése es el germen que vale, el germen que sigue produciendo locos de mi estirpe), y, pero, luego, el hombre tiene que explicarse. Le sale algo al vuelo, algo insuficiente. Como tal vez todos los nombres. Pero más. Porque lo cierto es que al esquinismo siempre le quedó chico su nombre: un gran número de obras, quizá la mayoría, prescinde de ángulos rectos. Para bien o para mal hemos conservado el apelativo torpe, como homenaje o quizá por comodidad. Quizá lo conservamos para no tener que explicarle al otro el arte que ni siquiera nosotros entendemos del todo. Yo sé mucho sobre el esquinismo, pero nunca lo entendí del todo. Y eso fue algo algo bueno, por supuesto.

A pesar de la lamentable solidificación de la obra de Van Gunten, hay que reconocer que aquel gesto del gobierno holandés abrió camino para nuestro arte. Los siguientes pasos se dieron en la visión de los esquinistas y también, hay que decirlo, de ciertos científicos, con la invención de los aerógrafos a distancia y, desde luego, del pigmento flotante: herramientas que, en mi opinión, siguen siendo irremplazables. Voy a parar ya con todo esto, me disculpo: cuando uno se pone viejo le da por rememorar obviedades.

 

 

El Colegio Nacional resultó ser un fiasco. Los profesores estaban muy enterados de la teoría pero alejados de la práctica, a la que habían abandonado como un sueño de juventud. Su frustración era palpable y dotaba el aire de una cualidad pegajosa, en la que uno terminaba sumiéndose hasta confundir el esquinismo con ese triste alquitrán institucional. Éramos moscas en una telaraña, aleteando hasta que la densidad nos apagó el entusiasmo. Y sin embargo me quedé hasta el final. Porque era cómodo. Tenían los aerógrafos, tenían los pigmentos. Además, mi trabajo gustaba y la falta de crítica me mantenía el ego inflado. También los encargos, que ya me permitían vivir de mi arte. Crecieron en mí, simultáneamente, una auto complacencia enfermiza y un odio filoso por la mediocridad, saco en el que metí a todos con los que crucé camino por aquella época. Excepto a Lîla, que seguía sin trazar pero cuya práctica nunca menguaba: cada día caminaba y cada día encontraba composiciones más bellas y complejas que parecían venirle sin esfuerzo. No es cierto, contestaba tajante si yo decía que algo era difícil. Pero qué sabía ella, si ni siquiera se atrevía a trazar, a ser consecuente con su talento. El talento es un regalo, la instigaba yo: no hay nada más mezquino que guardárselo. Pero Lîla no me contestaba.

Sólo mucho más tarde entendí lo que ella siempre supo: no es cierto. Que el esquinismo es difícil es mito. Lo único complejo es renovar la honestidad. Y esto es imprescindible: ese acto de levantar el telón, rajar los nuevos velos y encontrarse de nuevo en el escenario, otra vez desnudo. Todos los días.

El joven esquinista busca guías y recibe un manual de prejuicios: hay que trazar lo que se conoce; abarcar menos de una cuadra es mediocre y más de diez petulante; es vital estar abiertos a la innovación y a las tendencias y a la crítica: ábrase usted por aquí el pecho y canjee su corazón por uno nuevo, uno más inteligente; procure no salirse de la raya punteada. Y allí van las moscas frescas a meterse en la boca abierta de las recetas... Mi abuelo contaba que, cuando lo mandaron a la guerra, “le dieron fusil pero no le dieron parque". ¿No es precisamente así la juventud?

            Pero quizás es necesario envejecer para entender. El esquinismo es más una experiencia que una visión. Una obra maestra te estruja por sorpresa aún cuando grandes letreros la señalan y absurdos pies amarillos en el suelo te recomiendan dónde colocarte para admirarla mejor. Por más que te lo han platicado, nada te prepara para ese momento en que tus ojos se acomodan y del horizonte brota incendiándose Akira, el dragón de Sophie Deveaux.

Volví diez veces en mi vida a Manchester y siempre un nuevo detalle de Akira me inyectaba emociones intensas. En verano, una hilera de casas bajas le entristecía la mirada, en primavera se convertían en pestañas coloridas. Con lluvia parecía moverse y bajo la nieve era un monstruo agazapado, acechando. Los años la embellecían, la dejaban cada vez más simple, más esencial. La última vez que la vi fue desde un foro, donde participaba en un congreso al que me invitaron para opinar sobre si había o no que preservarla. Yo voté en contra. Como único “representante” de Latinoamérica fui severamente criticado por la mayoría de mis colegas de continente. Pero ésta es mi única convicción respecto al esquinismo. He dicho otras cosas que, no dudo, el tiempo sabrá desmentir. Pero sobre el punto de la conservación quedo firme.

Algunas veces, eso sí, mirándola desde lo alto, dudé de mi voto. No por las críticas sino porque una vocecita dentro de mí me acusaba: ¡Egoísta!, ¿por qué negarle a las próximas generaciones esta vista extraordinaria? Si voté en contra es porque preservarla sería convertirla en su caricatura. Habría que desalojar a miles de personas para que otros más afortunados puedan pagarse el boleto a Inglaterra y pararse en un techo a tener un éxtasis estético más que nada para poder contar que estuvieron allí. No, el esquinismo no se trata de eso. Los esquinismos están vivos. Mutan. La vieja barda que delimitaba las llamaradas de Akira fue oxidándose hasta desintegrarse. Fue el dragón más hermoso porque su escupitajo tenía la cualidad del fuego verdadero: era extinguible.

El esquinista enmarca la danza de la urbe, pero está fuera de su poder hacer coreografías. Su trabajo es subrayar, no controlar. Me gusta para hablar de eso una frase de la propia Deveaux: Le matériel du cornerist est la ville et donc aussi le devenir et le mouvement: nuages, chantiers, corps: temps, temps, temps.Tenemos que ser firmes en esto: el esquinismo debe dejar de ser tratado como un arte puramente visual cuando es mucho más un acto escénico. Irrepetible. Longevo, sí, pero efímero. Un dragón que es muchos dragones y un día ya no es más. La cadena de mutaciones en un mismo ser conduce naturalmente a la desaparición. Los viejos entendemos de eso.

 

 

A mis cincuenta años me encontré en el cuarto nivel urbano de Sevilla, en el ultimo piso de las nuevas oficinas de Íbera, mirando hacia sus bulliciosos niveles inferiores. Me habían contratado para idear una obra que pudiera verse desde varios miradores que ya se habían instalado. Estaba parado, en más de un sentido, en la punta más alta de mi carrera de esquinista. Pero estaba ciego. Por primera vez en mi vida la ciudad me parecía una ciudad y nada más. Sólo luz, ruido, hormigas humanas.

Colocar primero los miradores y luego idear la obra es un juego válido. Ejercita la mirada e incluso, si uno está lo suficientemente abierto, puede dar lugar a una buena pieza. Sobre todo, puede ser divertido. Lo que no es divertido es pasar las mañanas, tardes y noches de cinco semanas mirando una ciudad hermosa y compleja y no ver nada. Recorría el edificio (espléndido, vacío) como un intruso, oscilando ida y vuelta todo lo largo de la escala emocional, odiando cada día más el paisaje, hasta que decidí renunciar. No podía hacerlo. Llamé y dije que devolvería el cheque. Salí a despedirme de la frustrante vista y sólo entonces la vi. Era de noche, surgió con los faroles. Su largo pelo negro, el Guadalquivir. Brotó completa, como el elefante en la mesa de mi infancia. Apareció de tajo, torpe y hermosa, como la última vez que la vi. Vino a decirme: Si recuerdas que es fácil, te perdono. Vino sólo porque dejé de pelear. El arte es así. Hay que empezar rindiéndosele.

Si pudiera darle algo de parque a algún joven esquinista le diría que sospeche de las complicaciones. En momentos de confusión lo más provechoso es cerrar los ojos. Perdonarse y ponerse a caminar. Al final, regresé el cheque. No cobré por trazar Nina porque entendí finalmente esto: fueron los pagos los que me convirtieron en mercenario. No porque no valiera (eso y más) mi trabajo, sino porque empecé a querer complacer y con ello resbalé lentamente de vuelta hasta la viscosa década de mi adolescencia, todo alejado de mí y de mi imaginación. Mucho antes de Sevilla, el contraste entre mi degradación y la pureza artística de Lîla se me había vuelto insoportable. Yo funcionaba por contratos, mientras que ella siempre dejó que su curiosidad le dictara el paso. Aquí dudo. Pero me digo: se lo debes, Amauro.

Teníamos treinta años. O más bien yo tenía treinta, ella debía tener unos treinta y tres, y acababa de inventarse un nuevo hobby. Con su evacuación definitiva, el primer nivel de la ciudad había quedado desierto, pero aún no estaba sellado y a Lîla le dio por bajar allí y mirar a la inversa: buscar formas ya no abajo sino arriba. Un día la acompañé hasta una barda abandonada que ella había estado frecuentando. Traía una mochilota y pensé que escondía un aerógrafo. Va a trazar, pensé, va a trazar a la inversa y yo voy a estar allí: seré el primer testigo de un arte nuevo, y de la genialidad de esta mujer finalmente haciéndose pública. La seguí entusiasmado, sin preguntar detalles. Bajamos al primer nivel y cuando dimos con la inmensa barda, la escalamos. Al otro lado, había un precipicio que era imposible descifrar. La evaporación de los gases del subsuelo se condensaba en una nube gris y cerrada, un merengue sucio. Nos sentamos en la barda. Arriba de nosotros, se enmarañaban cuatro niveles urbanos. Lîla alzó el brazo y me señaló una forma. Yo no logré distinguirla a pesar de que, según ella, estaba muy fácil de ver. Luego vio otra, pasó lo mismo. Me dolía el cuello y el cielo de fondo me deslumbraba. Ella insistió una, dos, tres veces, el cuello cada vez más torcido, el largo pelo bajándole por la espalda hacía el vacío. Yo me rendí y ella me miró con desprecio. Me levanté para marcharme.

—No te puedes ir, encontré una puerta.

—¿Una puerta a dónde?

—Al subsuelo —le dio unas palmadas a la mochila, —traigo provisiones—. Sacó una máscara de oxígeno y me la tendió. Yo me negué, ella insistió. Es hoy o nunca, decía: Van a sellarlas esta semana, ¿no es lo que siempre has querido?

Le dije que era peligroso, ella me llamó cobarde. Le dije: Ve tú si quieres, y me bajé de la barda. Me alejé de más, empujado por el miedo o la admiración, y cuando finalmente me volví, ni mi amiga ni lo alto de la barda se distinguían ya entre los humos que emanaba el precipicio. Lîla entró en esa nube para siempre. Se fue buscando una puerta imposible, sola con una mochila de víveres, y yo ni siquiera intenté detenerla.

Durante años soñé que regresaba trepando por la barda. O que caía. O que seguía abriendo, una tras otra, puertas cada vez más pesadas. A veces su máscara de oxígeno tenía el rostro de mi hermana. Las pesadillas y la culpa sólo terminaron cuando tracé Nina. También entonces se esfumó el aguijón de la envidia. Me resigné a no tener su talento y decidí unírmele aquí algún día, para seguir aprendiendo de ella. Me tardé tres décadas más en juntar los sobornos necesarios para poder bajar desapercibido, pero lo logré y ahora voy a alcanzarla en el misterio de la tierra firme. Me mostrará las visiones que ha tenido en medio siglo mirando el mundo desde abajo. Exploraremos juntos, enfamiliados. Esta tumba que cavo es para ambos.  

Hay que saber que soy viejo, estoy enfermo y voy a morir pronto de todas maneras. No me estoy entregando al drama. Estoy dándole un gran obsequio a mi curiosidad. Estoy aquí, por fin aquí. Subí a la muralla. Miré largo rato el mar. Me llamaba: da tanta tentación saltar, morir como un barco yéndose a pique. Pero yo no bajé para eso. Yo bajé para enterrarme. Los cerebralistas del futuro quizá llamen a esto "mi último gesto". Lástima por aquellos incapaces de imaginar la alegría de las horas que me esperan: las uñas negras, el abrazo de la arcilla, el peso en el pecho, la posición fetal. Lo que más quiere un viejo es descansar.

Caminé hasta dar con el sitio preciso. Hurgué con las manos. El cansancio hará más placentero mi último sueño: mi caminata estática. A ratos me inunda el miedo, luego se disuelve entre el sudor y el entusiasmo. El suelo, ya lo veo, no es uno sino millones de partículas. La tierra tiene una capa seca, dura, de muertos recientes y residuos químicos: la materia marrón gris de la memoria inmediata. Pero luego, más abajo, hay capas más blandas: húmedas, negras, densas como el olvido, o como lo que cubrimos porque no lográbamos olvidar.

Ahora voy a despedirme. Adiós a mí, a los hombres que fui, y a ustedes: futuro, esperanza. Emprendo la caminata. Soy todo asombro.

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