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from the September 2015 issue

El Ritual

Abajo mi papá está bien molesto y dice que cuando los agarren él les va a sacar la mierda. Mi mamá y María Fe están llorando y también dicen que cómo pudo pasar algo así. Parece que se han robado el cadaver de Dieguito, que han profesado su tumba o una cosa por el estilo. A mí no me dejan estar abajo porque dicen que soy muy chico, pero yo sé un montón de cosas y seguro van a querer que les cuente. Me da miedo estar aquí arriba. La casa huele a muerto, a podrido.

El Dieguito comenzó poniéndose todo aburrido: le prohibían jugar pelota y paraba metido en la cama. Ya desde esa época mi mamá lloraba mucho, pero creo que ahora está llorando más. A veces se escapaba de su cuarto para jugar conmigo y me prestaba su «Lego». Se había vuelto más bueno, ya no me pegaba tanto y hasta me contaba secretos. "¿Sabes, Sebastián? -me dijo un día-. Mi mamá me ha dicho que me van a llevar donde un doctor amigo del tío Luis Carlos y que después nos vamos a Disneyworld". Nos reímos un montón y le pedí que me trajera un «Dumbo» como el que tenía el gordito Arízaga, pero en verdad me daba pica.

No era justo: todo era para Dieguito. Los viajes, los juguetes y los libros con dibujos, ¡todo para Dieguito! Hasta los mejores dulces de la Pancha eran para Dieguito, el Pie de Limón o los Babarois de Chirimoya, ¡todo para él! A mí me daba pena ver llorar a una negra tan grandaza como la Pancha. "El niño Dieguito se va a morir, niño -decía-. Todas las veces que uno se va a los Estados Unidos se muere. Yo no sé qué tanto le hacen a la gente en ese país, niño; pero a su abuelito se lo llevaron y ¡pum!, se murió; a su tiíta Hermiña la metieron en el avión y ¡cataplún!, también se murió. A mí esos gringos no me dan confianza, niño. Seguro que no saben cuidar a los enfermos, mientras que aquí yo les doy su turrón y su mazamorra caliente». Y sí pues, porque la Pancha hacía unos dulces bien ricos.

Cuando Dieguito volvió estaba gordo, todo hinchadote y parecía un señor porque se le había caído el pelo como al tío Alejo. Nos reíamos mucho y jugábamos a que María Fe era sister Eleanor y Dieguito el padre Nicholas, porque como estaba pelado lo imitaba igualito. En cambio, no nos pudo contar nada de Disneyworld porque dijo que mi mamá se la pasó llorando todo el tiempo y tuvieron que quedarse en el hotel, pero sí se acordó de traerme mi «Dumbo» y además un «Winnie Pu». Fue por esa época, más o menos, que Dieguito comenzó a escupir sangre.

La verdad es que se había vuelto un señor completo, siempre serio y sin ganas de jugar. Decía que se iba a morir y le tenía miedo a la oscuridad, y entonces se picaba cuando le tocaba ser el cucurucho. Mi mamá seguía llorando y mi papá se encerraba en su despacho. Ahí se metía todo el día y sólo Ceferino podía entrar para llevarle sus botellas.

La Pancha seguía haciéndole postres especiales a Dieguito, pero ahora también le daba unos remedios horribles preparados por ella misma. "¡Tómese ésto, niño Diego! -le mandaba-. Una vecina mía que viene del norte sabe un montón de cosas. Ella lo va a curar, niño. Como cañón lo va a poner".

Fue así como empezamos a ir por la casa de la Pancha sin que nos vieran mis papás. Ella tomó todas las precauciones y le dio la dirección a Candelario para que nos llevara en el carro plomo, en el que íbamos a Chaclacayo.

Madame Pacheco era una señora gorda y trompuda. En la entrada de su casa había un cartelote que decía que había sido alumna de «Mandrake» y que tenía los secretos de las huaringas, las shiringas y otras pingas que ya no me acuerdo. Le miró los ojos a Dieguito, le pasó un huevo por todo el cuerpo y después lo rompió en un vaso de agua. "A usté le han hecho mucho daño, niño -dijo la vieja mirando la yema medio verde-. Yo voy a hacer lo posible, pero el mal ya está muy avanzado". La Pancha tenía razón: los gringos habían embrujado a Dieguito.

Comenzamos a ir muchas veces. Un día lo hicieron sudar mientras Candelario lo cargaba sobre unas plantas que olían a esos caramelos de menta, otra vez la señora lo hizo fumar y le pedía que viera en el humo la cara del que lo había ojeado y un día le provocó un vómito negro que dijo que era casi todo el daño que tenía adentro.

Dieguito empezó a faltar al colegio y Candelario aprovechó para llevarlo donde Madame Pacheco por las mañanas. En la noche me contaba lo que le habían hecho y yo no podía creerle: le frotaban el cuerpo con un gato negro, otro día lo habían bañado en una sopa que parecía la crema de ajos de la Jacinta y también le obligaron a rezarle a un pájaro disecado. Yo le preguntaba si se sentía mejor y él decía que sí, que «como cañón».

Una noche me dijo en secreto que Madame le había dicho que estaba en la última parte del tratamiento y que necesitaba que una persona que lo quisiera mucho hiciera algo por él, que tenía que ser alguien de la familia y que por eso Candelario no pudo ayudarlo, pero Madame no quería que le dijera nada a mis papás porque ellos tampoco podían ser y que por eso me lo decía a mí. Entonces sacó un pomo y una gillette, me enseñó en su brazo una marca que le habían hecho con lapicero y me dijo que me tenía que cortar a mí en ese sitio, que no me iba a doler y que trajera un algodón con alcohol. Yo quise decirle que el tío Luis Carlos tenía unas inyecciones especiales para eso, pero Dieguito no me hizo caso.

Cuando el pomito estuvo casi lleno, me dio el algodón con alcohol y me dijo que doblara bien fuerte el brazo. Entonces sacó unas medallitas y las mojó en la sangre con cadena y todo, y me contó que eran de Sarita, una santa de la colonia o algo así. Después cada uno se puso la suya y me dijo que Madame Pacheco le había dicho que esas cadenitas no iban a dejar que él se muriera, que no me la quitara nunca porque mi sangre le iba a dar fuerza y que él iba a estar siempre unido a mí, algo así como que no me iba a dejar nunca. ¿Y la sangre del pomito? -le pregunté-, pero él no sabía para qué era, que Madame se la había pedido y que no me podía decir más.

A los tres días Dieguito se puso pésimo y no se levantó ni para ir al baño. Mi mamá lloraba como loca y mi papá se encerró con muchas botellas en su despacho. Ya ni Ceferino entraba.

Cuando Dieguito murió yo estaba en clase de Lenguaje y sister Thomas entró para pedirnos que cantemos el Oh Mary, take my spirit in your hands por el alma de Dieguito. La casa estaba llena de flores y a mí me pusieron la ropa que tenía el día que se casó la tía Teté. En cambio, Dieguito estaba en una caja blanca con su ropa de primera comunión. Ya le quedaba chica, pero con las flores no se notaba. Me empiné hasta arriba y vi que en el cuello tenía la medallita. Al cementerio no me dejaron ir.

Desde hace días que mi mamá no para de llorar, sobre todo desde ayer, un mes después del entierro, porque la tumba de Dieguito amaneció profesada. Candelario y Pancha se asustaron y le han contado todo a mis papás. Ahora los han metido presos, creo. He oído que la policía busca a Madame Pacheco y leí en el periódico del Ceferino algo sobre Dieguito y una misa de negros o algo así. Mi papá sigue tomando y todo el día dice «carajo».

Yo también quiero mucho a Dieguito, pero me da miedo y quiero estar abajo con todos. Si Pancha estuviera aquí le pediría que le subiera Suspiro Limeño o Arroz con Leche, pero la Pancha está en la cárcel y él debe tener hambre. Cuando entró por la ventana me asusté, todo negro y apestoso, pero si no fuera por la medallita no lo habría escondido en mi ropero.

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