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from the September 2014 issue

El Testigo

Descansaba en los cementerios inundados de flores silvestre en el ámbito de las iglesias de madera.

—José Antonio Ramos Sucre, "El peregrino de la fe"

1

Leyendo una bitácora descubierta al azar en la red, y recogida también en el cuaderno de notas de John Alejandro Ruiz, se podría reconstruir las circunstancias, o suponer lo ocurrido –fuera de las especulaciones de algunos círculos góticos de analistas arquetipales- en torno al extraño caso de María de los Ángeles.

John Alejandro fue uno de los detectives expulsados del Cuerpo Técnico Judicial al finalizar la huelga de los petroleros. Por un tiempo se dedicó a brindar asesorías de seguridad a un grupo de empresas privadas pero fue acusado de promover actividades terroristas por el conductor de un programa de opinión; él tomó la previsión de no defenderse, evitó cualquier contacto con sus antiguos compañeros, sin embargo recibió expresiones de solidaridad y ofertas de ayuda que declinó; era un buen detective, tenía experiencia y sabía que de alguna manera todos quedarían involucrados en la infamia, terminarían presos o muertos; era mejor bajar el perfil, hacerse el desentendido, esperar lo suficiente, armar sus maletas y marcharse.

Se fue a Kemah, Texas, un pueblo cerca de Galveston. Comenzó desde cero, evitó cualquier ayuda de sus compatriotas en exilio, no le agradaba pensarse a sí mismo como un expatriado; la vida lo había colocado allí, en este lugar, la vida mueve a las personas con liberalidad y los caminos de Dios son inescrutables. Luego de trabajar de camarero en los hoteles y de ayudar en la administración de pequeños negocios, dejó conocer sus habilidades de sabueso. Había sido un excelente investigador, hizo un par de favores a su jefe. Asuntos comunes, desenmascarar a una cazadora de fortunas y poner en evidencia el asunto más evidente, según él, la infidelidad de la esposa de un rematador de autos usados. Desde entonces, comenzó a vivir una especie de retiro, en aquel tranquilo lugar de ferias y marinas, azotado cada tanto por los huracanes.

 

-María de los Ángeles, una periodista venezolana residente en el sur de Houston, un día desapareció siguiendo el cuento de Caperucita. De esta manera John Alejandro conoció por boca de Mattew la extravagante historia. El viejo camaronero le hizo referencia del caso una tarde en la barra del bar donde solía jugar dardos y tomar un par de copas de Jack Daniels. Aquel desbarre sobre el cuento de hadas fue suficiente para despertar una necesidad básica, deseaba ir detrás de algo sustancial, un asunto que le devolviera la estima, estaba harto de develar intrigas sobreentendidas y pueriles. El retiro a los treinta años no le hace bien a ninguna persona, los dardos, el bar frente a la marina y par de putas habituales le regalarían una muerte triste.

De inmediato rastreó a aquella mujer que se fue tras un cuento. Ése era el primer enigma a resolver, irse tras un cuento. ¿Acaso la vida y sus bifurcaciones no eran un cuento en sí mismo con sus tramas?

-Siempre la gente se ha ido tras un cuento; le ponen nombres religiosos, ideológicos, etiquetas de amor, adjetivan las historias- le dijo a una analista arquetipal a quien entrevistó al comienzo de sus pesquisas.

-Ella se ha ido tras un arquetipo complicado –afirmó la mujer exhibiendo una obesidad para nada naif. –Caperucita guarda un universo simbólico, inabarcable. En ella están Edipo, Diana, Gilles de Rais y Elizabeth Bathory. Y si busca usted en la cosmogonía yoruba encontrará a la madre Changó. John Alejandro tomó varias notas en su libreta y continuó con su investigación sobre los arquetipos arcaicos y los contrastó con la vida de María de los Ángeles, una mujer casada. La policía había descartado al marido, a pesar de haber intentado mantenerlo como sospechoso principal por mucho tiempo, pero no tenían pruebas, ni siquiera circunstanciales. John Alejandro había conseguido una cita para conversar con él a través de un periodista de una de las televisoras latinas; un hombre amable, fundador de una red de rematadores de autos, y socio de un bufete de abogados especialistas en asuntos inmigratorios. El esposo de María de los Ángeles era un vendedor de artículos de construcción en San Antonio.

-No creo que pueda agregar nada a lo que usted ya ha leído en los expedientes -dijo. Era un hombre joven, macilento y de una altura poco normal, de espaldas anchas, de nadador, tenía cara de bobo o de santo, un enorme santurrón o un gran marico, pensó John Alejandro.

-Quizás si nos hacemos las preguntas acostumbradas podríamos husmear otros rincones.

-¿Cuáles son las preguntas habituales? –el ex detective sorprendido miró sin asombro la cara de jamelgo de su interlocutor. No esperaba la pregunta. De hecho, no esperaba nada.

-Bueno, usted sabe, enemigos, amantes, amenazas, esas cosas.

-Esas cosas –repitió el hombre con lentitud, alargando la mandíbula.

-Me gustaría saber su rutina, qué hacía, eso se lo deben haber preguntado, pero quisiera repasar.

-¿Esta es una pregunta extraordinaria? –Se esbozó en su cara el gesto de un mártir cristiano o de un mafioso –Se encargaba de los hijos. No, no, no –corrigió- Usted sabe, se encargaba de las que se encargaban de los hijos. Dirigía las actividades, llevaba las agendas para ser puntual en el karate, la natación, las clases de francés, usted sabe, iba al gimnasio, iba de compras y a veces tomaba un café con una amiga.

-¿No era periodista? –preguntó John Alejandro.

Notó que el esposo contuvo una sonrisa.

-Escribía artículos de opinión para uno de esos pasquines que circulan por Katie.

-¿Entonces no hacía nada?

-¿Le parece poco?

-Hábleme de sus amigos.

-¿Esas son preguntas extraordinarias? –insistió el esposo. Unos ex compañeros de estudios en Venezuela, dos o tres contactos en Facebook o algo así.

-¿Las amigas de su esposa eran casadas?

-¿Estas sugerencias son extraordinarias? –El detective se contuvo para no soplarle un escupitajo en  la cara. Silbó. –Mire, mi mujer y yo tenemos un matrimonio abierto. No la celaba. Nuestras vidas eran transparentes, usted sabe, ella conocía mis cosas y había decidido reservarse  las suyas. Usted sabe, no me interesaba saber.

-Porque la curiosidad mató al … -quiso decir al idiota, al marico, al gafo. Hizo una pausa. –Mire, la curiosidad rebasa estos pactos liberales. ¿Nunca le gustó saber, leer, enterarse?

-Creo que hablamos sobre cosas distintas. Dejemos los supuestos, mejor dicho, usted sabe, acabemos esta conversación.

Torpe y brusco se levantó el hombre, se movió entre las sillas del oscuro restaurant, dejando una estela de torpezas, encontronazos con las mesas, con las sillas; era la imagen de un elefante flaco con cara de jamelgo. John Alejandro pidió a un mesonero enano un trago de Jack Daniels y la cuenta. Estuvo un rato pensando, pudo haber sido más diplomático, haber alargado el encuentro, ir de veras tras lo impredecible, pero aquel tipo era una vitrina, mostraba demasiado y entre todas aquellas cosas se perdía lo verdadero. La carta robada.  

Esta referencia al cuento de Edgar Allan Poe lo llevó a pensar en la correspondencia que María de los Ángeles había sostenido con sus ex compañeros de estudio en Venezuela y sus “amistades en Facebook”. Todos desperdigados por el mundo, la mayoría en las redes sociales con el culo pegado a sus sillas, maldiciendo la mala hora, el mal momento, el mal país.

Se fue al hotel, frente a la iglesia María, en San Antonio. Le había tocado un piso alto, era invierno, descorrió la cortina y miró frente a él un gran edificio, una torre parda, una construcción vieja; sintió un leve mareo, cerró los ojos y al abrirlos de nuevo vio las nubes desplazarse vertiginosamente en el remoto horizonte. Estaban cargadas de nieve y venían sobre la pequeña ciudad que se derrumbó ante él como en los días de la contienda, cuando fue devastada tras la batalla de El Álamo. La luna crecía entre la niebla, y una sirena lejana o el aullido de un coyote -nunca pudo discernir- golpeó con fuerza opresiva su corazón. Temblando llegó hasta la computadora, comenzó a navegar a pesar de saber al detalle y con pericia y de haberse actualizado en el universo virtual, John Alejandro era un hombre conservador. Llevaba las notas en sus cuadernos. Colocó la libreta a un lado del escritorio y comenzó su tarea de descifrar claves, violar códigos, y entrar a todos los sitios de María de los Ángeles. Encontró lo acostumbrado, el tedio horizontal de la novedad caótica, la anarquía predecible de las dinámicas virtuales; saludos, reverencias, fotos, coqueteos, comentarios, complicidades, ironías, activismo político, desdoblamientos místicos y competencias de originalidad se repetían en un espejo monótono, todas las cuentas de las redes sociales podrían ser su cuenta. La multiplicación las asemejaba hasta la náusea.

Escuchó de nuevo el aullido del coyote, un aullido en el centro de San Antonio, por aquellas fechas, con tanta gente en la calle, un desgarrador aullido sobre las torres que cubrían las osamentas, túmulos indígenas, fosas comunes; los cementerios. Tras un click dejó las redes sociales y por azar, con un movimiento nervioso, entró en una cuenta de correo electrónico, abrió un vínculo y nada: un blog vacío: el blog de María de los Ángeles: A mi abuela se la comió el lobo. John Alejandro largó una carcajada nerviosa. Aquella mujer realmente se había ido tras el cuento de Caperucita.

-Pudo haber dicho tragado, carajo. –Refunfuñó. Eso compensaría un poco este absurdo. Hablaba consigo mismo cuando, luego de hacer otro click y tres o cuatro combinaciones (arreglos binarios, cosas de ésas) entró al escritorio del blog y descubrió una página oculta, un lugar sólo para ser leído por la dueña de la cuenta. Estaba sobre una especie de bitácora, una lista de revelaciones. Entró. Dio uno, dos, tres pasos, dejó afuera en San Antonio el aullido absurdo del coyote y todos sus cementerios. Caminó por un laberinto, una red de palabras, una serie de horrores que lo condujeron ensimismado a Kemah con el cuaderno garabateado de notas y la firme decisión de tomar su retiro, de no abandonar aquel pueblo ni siquiera cuando fuese conminado a desalojarlo al paso de los huracanes.

2

Este es el juego más interesante que me han propuesto, ser parte de un cuento. Hace años mi abuela fue a Boston y se perdió. La buscaron durante varios días; se perdió en un bosque cercano a la ciudad, se perdió en uno de sus parques helados. Hace años yo estaba soltera e iba a visitar a mi abuela. Hace años sucedieron cosas imposibles de narrar, imposibles ni siquiera de poner en estas páginas que nadie verá. Ahora la historia vuelve a mí luego de ver a las sombras moverse sobre los cementerios cubiertos por la ciudad. Yo fui casada con uno de los primordiales, un engendro débil de los grandes maestros, arquitectos de la vida, fui casada y olvidé todo, luego del rito en la caverna…

La iglesia tenía un hermoso sótano, allí jugaba cuando era niña antes de habitar este cuerpo extraño; allí jugaba antes de que construyeran la iglesia y antes de que construyeran la iglesia existía la caverna…

Sacar los ángeles de esta mujer incauta fue difícil, meter al demonio, un juego de niños. Los niños juegan agarrándose de las manos, haciendo ruedas y cantando mientras cae el sol. Son inocentes; juegan cerca de los bosques, en cualquier lugar impensado hay bosques. Sacar a María de los Ángeles de sí misma fue difícil, meterle la idea de recordar lo olvidado, el día aquel cuando fue a visitar a su abuela en Boston. Los niños juegan en el bosque a la vera del camino, los niños juegan ahora que el lobo no está, saben que la abuela se ha perdido, cantan estrofas y dicen, la abuela se perdió por el camino corto, por el camino corto se llega a la casa, a la caverna, a ese lugar donde María de los Ángeles debe contraer matrimonio con la débil bestia ancestral.

El cuento es el siguiente: un día salió la abuela de María de los Ángeles a buscar a su nieta, tomó el camino corto por el bosque, pasó del otoño al invierno, del norte a una pequeña ciudad en Texas, San Antonio. Se inició en los rituales de los hermanos de la caverna, encargados de resguardar la memoria de los cementerios de los primordiales. Ella tomó aquella empresa como un ejercicio espiritual de caridad, pasó en otoño por Illinois, en invierno por Arkansas, y llegó a Texas de la mano de una criatura contrahecha y monstruosa. En los desiertos la alimentó con leche de  coyote. Regresó por caminos distintos, por primavera de Luisiana, Carolina del Norte y verano. Alegre y extraña, apenas mantenía la lucidez, todos creyeron que la abuela comenzaba a perderse en su mente. Mis hermanas afirmaron  que el camino corto del bosque llevaba a los profundos caminos de la mente, que no fue víctima de un predador, se perdió a sí misma, dijeron. Falso. Desde hace tiempo tomé los mismos caminos, el camino corto, Oklahoma y Colorado. El camino de los grandes álamos, Montana; el camino de los pinos. Mi abuela se perdió en el bosque, ahora que el lobo no está.

Hace años, cuando fui a visitar a mi abuela antes de que oscureciera, las niñas paseábamos por el bosque, jugábamos a las escondidas tras los grandes troncos secos de los árboles y nos robamos nuestros primeros besos, éramos niñas inquietas y felices, todos los caminos de la vida resultaban cortos y placenteros, estábamos dispuestas a pagar el precio por recorrerlos, pero ninguna llegó tan lejos como yo. Vi a un pequeño venado, finalizaba el otoño en Nuevo México y decidí seguir aquellas marcas sobre la tierra húmeda. Sobre mí el cielo anaranjado se derramaba antes del ocaso, como sangre sobre una floresta en los Apalaches. En aquel paisaje lo vi por primera vez. Corría sobre sus cuatro patas con furia delante de mí, la espalda llena de pelos danzaba sobre los troncos y alcanzaba las pequeñas lomas o los altos riscos; se detenía, volteaba su cabeza, me miraba con los ojos encendidos de azul, quemaba con su mirada, las fauces mordían a los vientos, le colgaba la lengua, parecía decirme, sólo tienes que tomar el camino indicado y pronto me tendrás en tu barriga.

Cuando cae la noche en San Antonio, sobre el canal flotan hojas podridas, muertas y las paredes de los comercios sudan, los bares pierden materialidad, se desdoblan, espejados en las aguas. Debajo de los canales reposan los muertos de cuatro cementerios, detrás de las torres, cerca de la catedral en la iglesia María, en las ruinas de El Álamo.

Veo ahora, mientras escribo, la sombra de la noche que vendrá,  siento la llama de aquella primera tarde en Boston, cuando la loba parió al niño que trajo mi abuela. Ha pasado el tiempo, ese niño está en el cobertizo de un granero abandonado en un lugar del desierto, gime o resopla, es débil, regresó, lo sé, y quiere morir en el lugar donde murieron sus ancestros. Escucho el llamado, la noche cae, nadie me sigue. La sombra de mi marido ha sido testigo de estos encuentros salvajes en los descampados, sobre los cementerios…

Me han invitado a jugar… a participar en el proyecto, a reescribir el cuento. Es parte del juego, de la vida o del sueño dejar estas notas, este diario, es el legado de los ancestros, de las cavernas; los antiguos constructores del cementerio, los peregrinos, merodeadores del bosque. Haré la última entrega y cogeré el camino corto como antes lo cogió mi abuela. Nadie participa activamente en un cuento y regresa impune. Conozco sus elipsis, los silencios, esas omisiones que aterrarían a quienes pudieran leerlo; conozco todos los desenlaces posibles, sé que no tengo alternativa, debo dejar este mensaje, pasar el testigo, debes cumplir tu destino, cruzar el invierno y llegar en primavera a Kemah a esperar el verano, la furia de los elementos; podemos creer ciegamente en la libertad, pero cuando estamos en un cuento, John Alejandro, volamos como un dardo hacia un único punto final.

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