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from the October 2014 issue

La joven aurora y el niño cautivo

Siempre que regreso a Guatemala, voy a visitar la avenida Bolívar, con la misma reverencia del que visita un cementerio. El tránsito avorazado, las casas azules, verdes, coloradas, cuyas puertas se abren y cierran dejando salir gentes activas y sanguíneas, sólo son como sombras, porque dentro de mí surgen otras gentes más vivas, más consistentes. Me vienen ganas de gritar, pero callado, y si alguna vez yo hubiera llorado, sería delante de ferreterías, tiendas, electrodomésticos, cines, dentistas, depósitos de azúcar, abarroterías, farmacias, tortillerías, ventas de ropa, impermeables y autobuses dolientes.

Antes venía contento. Pero cuando has cumplido 35 años, y los Estados Unidos sólo te han dado el privilegio de un salario alto derrochado inmediatamente en automóviles de lujo, televisor a colores, la humillación de ser latino, la paranoia de la migra y la creencia de que la vida es un trabajo odioso del que urge descansar, entonces regresás a tu país, hacés el inventario de los amigos que ya no tenés, constatás que también allí sos extranjero y se te vacían estómago y cerebro. Hay un volcán, pero ya no es el mismo; es menos verdadero.

La primera vez que regresé de Nueva Orleans fue en el 60. Hicieron una gran fiesta en la casa. Mi hermana Nicolasa me dijo: "Vamos a alquilar marimba". Pasamos la tarde vaciando habitaciones y amontonando muebles en el último cuarto. Luego, mientras mi madre, sudorosa, cocinaba los tamales en el viejo poyo, nosotros regábamos pino en el piso y colgábamos papel de china y vejigas de una pared a otra. La fiesta fue igual a todas: sudor, embriaguez y deseo circulaban entre las conversaciones enloquecidas de los que alzaban la voz para ser oídos sobre el ruido de la marimba. Parecía todo de mentiras: parecía un espacio creado sólo para subsistir mientras durasen la marimba, el ron, la Coca‑Cola.

Fue en esa fiesta cuando conocí a la joven Aurora. Era pequeña, vestía bien, pero fuera de moda y se peinaba como si los años cuarenta hubieran sido definitivos. Me la presentó Nicolasa: "Es la hija de la dueña de esta casa", me dijo. Yo vi las molduras de oro de los anteojos, los dientes blancos e intachables, la minucia de sus manos, la breve nariz, los ojos miopes. Vi la irresolución, el ansia de estar contenta, la infelicidad mordida a solas. Debo de ser un degenerado, porque esos atributos inocentes me la hicieron deseable. Cuando aceptó que bailáramos y mientras a codazos nos abríamos paso hasta un claro cerca de la marimba, ella sabía, yo sabía también, que un lecho nos esperaba. Nunca lo alcanzaríamos. Mientras bailábamos un 6x8, traté de empujar su cuerpo contra el mío. Los huesitos cedieron. Yo me sentí un dios; pedestre, moreno y espinudo, pero dios.

Al día siguiente, la Nico me interrogó acerca de mis avances con Aurorita. Yo fingí cinismo, la altanería del que siente próximo el sometimiento de una mujer débil: sentía, en cambio, una ternura que era casi compasión por la mujercita antigua. Esas vacaciones, que había pensado pasar junto a mi familia, las invertí, con gran pérdida de dinero, en cortejar a Aurorita.  Yo recuerdo que llegamos a besarnos. Pero muchas veces, en mis sueños, he besado a Aurorita y su saliva tiene un amargo sabor a rosas. Así que ahora no puedo distinguir entre el recuerdo de un sueño y el recuerdo de la realidad. Al final de las vacaciones, nos despedimos arrebatados, como a tirones, como en las películas habíamos visto que se separan los amantes. Yo regresé a los Estados Unidos dispuesto a acumular un capital para casarme con ella.

Una primera carta de la Nico me dejó sobresaltado. Me hablaba de "extraños rumores" que corrían en el barrio acerca de Aurorita. Como era evidente que mi hermana estaba esperando mi autorización para soltarme el chisme, le escribí una carta urgida y apremiante, en donde le suplicaba que me contara todo, "hasta en los mínimos detalles". La respuesta, cuyo volumen mostraba cuán feliz era Nicolasa en contarme esas cosas, con su mucho decir no revelaba mayores cosas. En ella, la Nico me decía que la señora de la tienda de la esquina la había advertido de que yo debía de tener cuidado "con esa mosquita muerta". El carnicero le desvió la conversación, pero la viejita de la panadería le había dicho que Aurorita ya tenía novio. Ese conocimiento fue, para mí, el más brutal de todos, porque, si bien lo que sabría después era abundantemente peor, ese primer hecho significaba la lejanía de Aurorita, de sus manos anilladas, de su piel pálida, de su aliento tembloroso.

En la segunda carta, Nicolasa me contaba que había averiguado algo más: la señorita Aurora no tenía novio. La historia era más delicada: había tenido un amante y por eso había sido desheredada. Respondí a mi hermana que la estancia en los Estados Unidos había modificado mi mentalidad. Reafirmaba mis intenciones hacia la señorita Aurora y le revelaba mi propósito de casarme con ella, en las próximas vacaciones.

La tercera carta de mi hermana estaba aplanada por un estilo policial. Acuciada por mis deseos, comenzó a soltar, en los negocios llenos de gente o en las salas de apacibles sillones de mimbre, la afirmación del probable matrimonio. En medio de rostros inexpresivos, demasiados ocupados en verificar la exactitud del vuelto, ella sonreía y decía: "tal vez", "es probable". El carnicero cayó en la trampa. Esperó que se vaciara el local y le anunció su formal visita esa noche. Cuando leí lo que el el carnicero dijo, sentí profundo, tuve la sensación de que mis pies realmente existían, de que mi cerebro era más pequeño que mis cuerdas vocales, de que mis ojos giraban en blanco. Según el hombre de las sangres, la historia de la señorita Aurora era mucho más compleja. Dijo que revelaba todo eso por mi bien, por el cariño que le tenía a mi familia desde que habíamos emigrado de Chimaltenango. Yo lo odié esa vez por un motivo diferente al que me hace odiarlo ahora. Lo odié porque me puso en vergüenza, porque su historia me hacía aparecer tonto, cornudo e ingenuo. Yo lo era, en verdad, pero dicho por otra persona me hizo infeliz. La joven Aurora, dijo el carnicero, no era señorita: tenía un hijo, fruto de una relación con un pariente. No me pude conformar. Le escribí a mi hermana suplicándole que "averiguara la verdad hasta el fondo".

La cuarta carta de mi hermana fue definitiva. Había corregido y pulido la versión del carnicero a través de francos diálogos entre ella y los tenderos del barrio. Aunque variaban en la apariencia, todos coincidían en la sustancia: la señorita Aurora había tenido un hijo con un desconocido; el niño existía, escondido en el segundo patio, sin más contacto humano que con el manso perro que siempre se oía ladrar en el fondo de la casa. Todos fingían ignorar su existencia; engañaban a la joven Aurora que creía engañarlos.

Con esto, decidí romper con Aurorita. No le respondí sus cartas y me dediqué a beber. La siguiente vez que regresé a Guatemala, no me fue difícil encontrar al que todos señalaban como el amante de la joven Aurora. Quien nos hubiera oído hablar tranquilamente acerca de una mujer que habíamos amado y, luego. perdido, pensaría que éramos poco hombres. Tal vez. Pero hay una edad, o debe haberla, en que las pruebas de virilidad parecen torneos de cansancio, fiestas de toros para animales domésticos. Así que, una noche, aceptó ir conmigo a una cantina, a beber y  a contar su historia, de menuda infelicidad, como la mía. Esa noche fui otro; a través de las palabras de aquel hombre viví otras vidas, no la mía. En parte, mi solitaria mansedumbre se debe a esa conversación.

El hombre que, delante de mí, se miraba y  estrujaba los dedos como si recitara un rosario, era ya maduro, muy moreno y con los labios gruesos, cubiertos de un bigote graso y negro. Alguien ponía, obsesivamente, la misma canción en la rockola. La canción salía, girando, del aparato y se retorcía entre las mesas, entre los ojos del hombre lleno de calvicie y presbicia que me tomaba como pretexto para recordar. Yo debía hacer un gran esfuerzo para ponerle atención, pues el ruido, su lengua pastosa y mi cerebro lleno. de alcohol eran una masa de grumo sobre lo que yo quería oír.

Puede ser que la memoria me falle; es más probable que la misma atención haya nublado mi inteligencia allí, en el momento preciso de escuchar. Recuerdo esto: el hombre me dijo cómo se llamaba. Luego me contó su historia.

"Nací en la costa", comenzó. "Cerca de Retalhuleu, hay un pueblo en donde las indias andan desnudas de la cintura para arriba. Allí nací yo. Es un pueblo tan atrasado que todavía ahora el agua la van a traer al río, en cubeta, y la luz eléctrica viene a las seis de la tarde y se va a las nueve de la noche. Yo odiaba ese hoyo en el que había nacido, así que me apliqué en la escuela, hasta ser el primero de la clase. No contento con eso, me fui a Retalhuleu, en donde fui el abanderado del instituto. Usted sabe que los retaltecos dicen que su ciudad es la capital del mundo. Para mí, ese mundo de déspotas vacunos era el sucedáneo de otro que yo había creado en mi imaginación y que todavía busco. Para no hacerla larga, me gané una beca y me vine a estudiar a la capital.

"Y aquí es donde entra la joven Aurora, que es como le decían a mi prima hasta después de muerta. Mi tía había enviudado de un comerciante rico de la capital y mi familia no ignoraba que vivía encerrada con dos hijas y un cadillac en su casa enorme. Mis padres le escribieron una carta servil, en donde, en resumidas cuentas, le pedían que me diera posada.

"¿Qué iba a saber mi tía que al responder afirmativamente se estaba desgraciando la vida? No podía saberlo y menos viéndome llegar, corno me vio, entre las risas de ella y de mis primas, cargando una valija que olía a cuero crudo y un traje que era elegante en Reu, pero triste en la ciudad. Me dieron un cuarto cerca del segundo patio y poca confianza. Yo seguía siendo el pariente pobre, mientras ellas se echaban encima, en perfumes y joyas, las ventas del comerciante muerto.

"Tenía diecisiete años. Mis primas eran apenas menores. Aurora tenía dieciséis; Margot, quince. ¿Cómo iba a pensar en ellas? Yo era estudioso, pero también inquieto. Ya hacía pequeños trabajos para el partido comunista y viajaba los viernes a la diecisiete calle, antes de que sacaran de allí a las putas. Yo enamoraba a otras muchachas, pero con distracción, un poco por feo, otro poco porque me parecían tontas de boca pintada.

"Sería un roce, una mirada, una equivocación. No me acuerdo.

"Para serle sincero: sí me acuerdo. Un día, mientras oíamos las noticias del radio, mi brazo se quedó junto al de Aurora y se me fue el aliento. La vi que estaba colorada y lo último en que pensé es que fuera mi prima. Todo fue jugarle las vueltas a la vieja. Sé que le contarán también cosas de mí con Margot. No las crea.

"Creamos, en esa casa, un aire caliginoso, como las pegajosidades de las cantinas de la costa en donde se soban las gentes. Yo no supe que había embarazado a la Aurora. Sólo me acuerdo que mi tía me gritó, me insultó como se debe insultar a un malagradecido, y me puso en la calle. No me pregunte cómo supe que Aurora esperaba un hijo. No me acuerdo. La tía mandó a mis primas a la Antigua, en vacaciones de nueve meses.

"Recuerdo que un día reuní todas mis fuerzas y me presenté a mi tía. Ella me escuchó la propuesta de matrimonio y lo mismo me echó a la calle, entre insultos y vociferaciones. Ya no volví. Fue un juramento y lo he cumplido. Mi tía ha seguido endurecida. Lo que hizo fue infame. Obligó a la joven Aurora a mentir, a seguir fingiéndose señorita. Y lo peor, lo que yo no les perdono, es haber tenido escondido a ese niño durante tantos años, pudriéndose en mi habitación del segundo patio, hablando sólo con el perro."

Quién sabe qué otras cosas me dijo. Ahora no quiero recordarlas, porque he vuelto a la Avenida Bolívar y me he parado frente a la casona donde funciona un pequeño comercio. El joven que lo atiende tiene todos los tics de la mezquindad del pequeño comerciante. Yo entro y lo veo igual a mí y siento un asco profundo, como si ese muchacho fuera una cucaracha repetida; pienso que su cabeza estará llena de los días vacíos que pasó aislado en su infancia. Lo veo y mi semilla me repugna. Debía de ser diferente. ¿Pero qué decirle, si lo único que me recuerda esta cuadra, esta casona llena de olores marrones, es a la joven Aurora, blanca, con las manos cruzadas sobre el vestido de primera comunión, después de que la encontraron flotando en la tina, donde se bañaba con esencia de rosas, en un agua tibia cuyo vapor empañaba los espejos, los frascos de medicina, los potes de cosméticos, los ojos pequeños y cerreros de la madre que murmuraba: "Así debía de ser, perra, así"?

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